51 #3
Alma jadeó al sentir cada pulsación dentro de ella, el calor derramándose en su interior y provocando que su propio cuerpo temblara en respuesta. Sus respiraciones erráticas se mezclaron en el aire.
—Soy tuyo, Alma... —volvió a susurrar contra su oído, aún extasiado—. Soy tuyo. Y tú eres mía. Para siempre.
Ella sonrió como única respuesta y se dejó caer sobre la cama, exhausta. Él se recostó a su lado, sudando y respirando entrecortadamente. Se giró hacia ella y le retiró un mechón de pelo que le caía sobre la frente.
—Eres preciosa...
—Eso es porque estoy muy enamorada.
Eric sonrió.
—¿Ahora citas a Padmé Amidala?
Alma frunció el ceño.
—Pensaba que no habías visto Star Wars .
—Las vi por ti.
—Yo vi One Piece por ti.
Él soltó una carcajada.
—¿Estás loca? Son como..., no sé, ¿un millón de episodios? —exageró.
—Ni idea. Perdí la cuenta a partir de los mil.
—¿Por qué demonios harías una cosa así? —A Eric le resultaba imposible dejar de reír.
—Quería comprobar si de verdad me parecía tanto a Nico Robin como solías decirme. —Alma esbozó una pequeña sonrisa—. Y la verdad es que me sentí halagada. Ese personaje mola de la hostia.
—¿Solo por eso?
—Y tal vez, solo tal vez, un poquito porque quería estar preparada para cuando decidieras volver. Nunca creí que aquel fuera nuestro final.
—Creo que es la mayor muestra de amor que me ha dado una chica.
Alma apoyó la frente contra la suya y sonrió.
—De eso puedes estar seguro.
Eric deslizó los dedos por su mejilla, trazando el contorno de su mandíbula con la yema del pulgar.
—Me haces querer ser mejor; ¿sabes?
Alma entrecerró los ojos, disfrutando de la caricia.
—Eso lo consigues tú solito.
Hubo un instante de silencio. Uno de esos en los que no hace falta decir nada más porque todo radica en la forma de mirarse. Hasta que Eric sonrió con picardía.
—¿Sabes lo que solían hacer antiguamente algunos guerreros después de sus peores batallas?
—¿Qué?
Se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído. Alma rio al oír lo que acababa de proponerle.
—¿Quién es ahora el loco? —replicó con una sonrisa.
—¿Qué me dices? ¿Te animas?
Ella ni siquiera tuvo que pensarlo.
—Contigo me animo a lo que sea.
Casi estaban cerrando cuando llegaron al estudio de tatuajes, pero, puesto que el dueño era buen amigo de Eric, les hizo un hueco.
Se alegró mucho de volver a verlo después de tanto tiempo —prácticamente desde que le había tatuado ambos brazos— y les pidió que aguardaran cinco minutos en la sala de espera; enseguida estaría con ellos.
—No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto —protestó Alma con una sonrisa.
—No irás a echarte atrás ahora, ¿verdad? —Eric alzó una ceja, divirtiéndose con la situación.
Ella bufó y se cruzó de brazos.
—Por supuesto que no.
Él la observó con atención.
—¿Ese brillito en tus ojos es... miedo?
Ella apartó la mirada.
—¿Qué dices? Si el que llora como una gallina cada vez que le sacan sangre eres tú.
— Touché.
Antes de que Alma pudiera añadir algo más, el tatuador asomó la cabeza por la puerta del estudio.
—Listo, tortolitos. ¿Quién va primero?
Eric se giró hacia Alma con una sonrisa retadora en los labios.
—Las damas primero.
Ella se levantó con paso decidido y tomó asiento donde le indicó el tatuador. Acto seguido, le explicó el diseño que quería y la zona donde lo deseaba. Apartó la mirada en cuanto sintió la aguja perforando la piel de su muñeca.
Desde la puerta, Eric observaba todo el proceso con atención. Ella, en cambio, no fue capaz de mirar ni un solo instante.
—Ya hemos acabado —dijo el hombre mientras le limpiaba con una gasa humedecida el exceso de tinta.
—¿Ya? —preguntó Alma, volviéndose para mirar el resultado.
—¿Ves como no ha sido para tanto?
Sonrió al ver el tatuaje terminado. Lo acarició con la punta de los dedos, como si quisiera cerciorarse de que era real.
Supo que, pasara lo que pasase, no se arrepentiría de la elección que había tomado.
Ahora llevaría a Eric para siempre en su piel.
No podía imaginar una mejor manera de retenerlo consigo lo que les quedara de vida.
A continuación, fue el turno de él, que eligió el mismo diseño, pero en el costado.
Alma observó cada movimiento, fascinada por cómo la tinta iba cobrando forma hasta convertirse en una fecha nítida y perfecta. Un solo número: 13. El día en que habían asumido todos los riesgos de enamorarse, aun sabiendo que un corazón herido es siempre una bomba de relojería.
Y puede que digan que es el número de la mala suerte, pero para ellos fue la inconfundible certeza de que todos tenemos un amor ahí fuera, esperando a que sea el momento.
De que todas las lágrimas derramadas por amores pasajeros fueron en vano.
Porque, cuando el destino se impone, la vida se abre paso. Y merece la pena vivirla con pasión.
Ellos lo descubrieron un día 13, el día de la mala suerte, cuando comprendieron que, quizá, dar un salto al vacío de la mano de un extraño merecía la pena.
Porque ese extraño había sido capaz de verlos por dentro, de morderles el alma.
Y quizá, solo quizá, ese paso hacia lo desconocido era la puerta a una realidad que siempre los había estado esperando.
Se lo tatuaron para no olvidar que, en medio de la mala suerte, descubrieron la fortuna de haber hallado su lugar en el mundo.