La noche en que ardió el Guernica 51 #2
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—«Me habría prendido fuego viva si me hubieras dicho que tenías frío»... —citó. Luego sonrió, quitándole hierro al asunto—. Era un poco dramática a los veinticinco.

Eric, sin embargo, se mantuvo impertérrito.

—Me dijiste la misma frase cuando volvimos a vernos en diciembre. La noche de la presentación.

—Porque la he tenido quemándome en la garganta durante diez largos años.

—¿Cuánto tiempo pasaste escribiéndolas?

Alma ni siquiera tuvo que pensarlo.

—Ocho años.

Eric frunció el ceño, girándose a mirarla por primera vez.

—Pero la última es de hace unos meses.

—Lo sé. Hay un parón de dos años entremedias.

—¿Por qué? —quiso saber él.

—Porque el amor llamó a mi puerta, supongo. No fuiste el único en rehacer su vida.

—No quería decir eso...

El silencio se instaló entre ambos antes de que Eric volviera a hablar.

—¿Ese amor... fue el chico del que me hablaste la noche del motel?

—Sí.

—¿Cómo se llamaba?

—Dani.

—¿Has vuelto a saber algo de él?

—¿Importa, acaso?

Eric suspiró. Le costaba imaginarla en brazos de otro hombre, pero se alegraba de que alguien le hubiera demostrado que ella también podía ser amada. Porque tenías que estar muy loco para no enamorarte de una mujer como Alma.

—No. Supongo que no.

Alma percibió el tono apesadumbrado en su voz.

—¿Qué pasa? —Le apretó la mano con fuerza para que supiera que estaba ahí, con él.

—Tu dolor... me rompe. No sabía que lo habías pasado tan mal. Leí tu libro, sí, pero esto me parece diferente, más íntimo, más desgarrador. Sé que te he pedido perdón mil veces, pero creo que nunca he llegado a comprender del todo la magnitud de tu tristeza. Apenas hablas de ello...

—Porque prefiero olvidarlo, Eric. No me importa el pasado.

Me da igual cuánto dolor dejamos atrás y me dan igual los años separados.

Me es indiferente con cuántas personas estuvieras antes o con cuántas estuve yo.

Lo único que me importa es este momento.

Tú y yo, pintando nuestra casa juntos, con la seguridad de que no habrá más despedidas entre los dos.

—A mí me importa lo mismo.

—Entonces, ¿por qué no parece que sea así?

—Sé que es egoísta, pero no puedo librarme de la sensación de culpa.

—¿Sientes que mi pena es una carga para ti?

—¡Claro que no!

—¿Entonces?

—Me da miedo que tu pena no se haya ido del todo. A veces aún la siento aquí, instalada entre los dos, tan viva como el día en que me fui.

Alma tragó saliva.

—Puede. Pero mi pena viene precedida por un pasado que ya no me pertenece.

Ya no soy quien fui, Eric. Y tú tampoco.

Los que se enamoraron entonces no son los mismos que se han enamorado hoy.

Y no debería importarnos otra cosa que no sea el mañana, porque yo tengo claro que habría construido mi futuro con el Eric niño y llenito de heridas, pero aún más lo quiero construir con el Eric adulto que me entrega todo de sí mismo sin condiciones.

Él la escuchaba en silencio, con el corazón oprimido.

Se acercó un poco más, como si la distancia acortara también cualquier duda.

—Ese es el Eric al que yo amo. Ese y no otro. Y ojalá tú también puedas amar a la Alma que soy, y dejar atrás a aquella que fui.

Eric siguió observándola en silencio durante unos instantes. Finalmente, habló con precisión:

—Yo amo todas tus versiones.

Alma se inclinó sobre él y depositó un suave beso en sus labios antes de esbozar una sonrisa y levantarse de golpe.

—Entonces vamos. Tenemos muchos muebles que montar —dijo, tendiéndole una mano.

Eric la miró un segundo antes de tomarla y levantarse. Sin soltarla, la atrajo suavemente hacia sí, estampándola contra su pecho. Con una mano le rodeó la cintura con firmeza, mientras que la otra se deslizó por detrás de su cabello hasta descansar en su nuca.

Alma entreabrió los labios, dando la bienvenida a los de Eric.

El calor se encendió entre sus piernas al sentir su lengua deslizándose dentro de su boca, profunda y posesiva.

La devoró con hambre, con urgencia. La apretó más contra él, provocando que sintiera la fricción creciendo en sus pantalones.

—Te amo.

A Alma ni siquiera le dio tiempo a responder antes de que él se inclinara ligeramente para alzarla a horcajadas.

Ella rodeó su cuerpo con las piernas, dejándose llevar.

Eric la trasladó en brazos los escasos metros que los separaban de la habitación y, al llegar, la recostó sobre la cama, colocándose entre sus muslos.

Alma dejó escapar un gemido al sentir cómo el deseo de Eric se endurecía contra ella.

No perdieron el tiempo. Con una mano, él le levantó el vestido manchado de pintura hasta la cintura.

Sus dedos encontraron la ropa interior empapada y, sin pensarlo dos veces, la apartó a un lado, rasgándola en el proceso.

Alma se llevó una mano a la boca al sentir la tela arañando la delicada piel de sus muslos.

Pero no le importó. Al contrario. Aquel ápice de dolor le hizo desear más.

No quería que fuera con amor, como otras veces.

Quería que fuera duro, brusco y salvaje, casi animal.

Jadeó cuando él liberó su erección y, sin advertencia, se hundió en su interior de una sola estocada.

Eric gruñó contra su cuello al sentir la calidez húmeda de ella apretándose en torno a él.

Alma se aferró a sus hombros mientras la embestía con más fuerza.

Le arañó la espalda y cerró los ojos, sintiendo una punzada de dolor.

—¿Te duele? —preguntó Eric, frenando un poco el ritmo.

—Sí.

—¿Quieres que pare?

—No. Puedo soportarlo.

—¿Estás segura? —insistió.

—Sigue, Eric —imploró ella, con la respiración agitada.

Él le sujetó un muslo, levantándolo para deslizarse con más precisión dentro de ella.

La sentía temblar bajo su cuerpo y empujar las caderas contra él.

Alma no podía hacer otra cosa más que gemir y agarrarse a él con desesperación, sintiendo el placer acumularse en su vientre como una bomba a punto de estallar.

Eric le tapó la boca con la mano libre, ahogando sus gritos de puro deseo entre los dedos. Ella apretó el puño con fuerza en torno a la sábana hasta sentir que las uñas le desgarraban la piel.

—¿Te gusta que te lo haga así? Dímelo, quiero oírtelo decir.

Él le liberó la boca para que pudiera responder, metiendo la mano por debajo del vestido hasta alcanzar uno de sus pechos y apretarlo con fuerza.

—Me encanta... —susurró con la voz entrecortada—. Me encanta cómo me lo haces.

Eric gruñó complacido y deslizó la mano entre sus cuerpos, provocando que ella se arqueara con un grito. Sonrió al sentir las contracciones del sexo de Alma.

—Así... Joder, así —murmuró ella con la respiración acelerada—. No pares, Eric.

Él se detuvo tan solo un instante, lo justo para hacerla desesperar un poco.

—Pídemelo por favor.

—Por favor... —jadeó—. Por favor, no pares...

Él redobló el ritmo sonriendo contra su piel, saboreando cada una de sus reacciones mientras la llevaba al límite.

Alma sintió cómo el placer la desbordaba por completo.

Un calor abrasador le recorrió la columna mientras su cuerpo se retorcía debajo del de Eric, convulsionando en espasmos involuntarios.

Su interior palpitó con fuerza antes de ser sorprendida por una sacudida violenta.

La oleada de éxtasis la hizo estallar, empapando sus muslos y los de él.

Eric se quedó quieto por un momento, sintiendo la calidez mojarle la piel, antes de gruñir contra su cuello y entregarse al impulso, tomándola con más fuerza, como si la visión de Alma corriéndose de esa manera lo hubiese vuelto completamente loco.

—Aún no hemos acabado —murmuró contra su hombro cuando sintió que las pulsaciones de Alma volvían a su estado natural—. Date la vuelta.

Ella obedeció sin dudar, sintiendo cómo el deseo volvía a prenderse en su interior con solo escuchar su voz rasgada. Apenas se giró, Eric la tomó por las caderas y la empujó suavemente contra el colchón, inclinándose sobre ella hasta que su aliento caliente le rozó la nuca.

—Así me gusta... —susurró, deslizando las manos por su espalda y acariciando su piel erizada.

Sin darle tiempo a reaccionar, arremetió de nuevo, arrancándole un gemido que ahogó contra la almohada. Sus dedos se aferraron a las sábanas mientras él marcaba el ritmo, más lento esta vez, disfrutando de cada estremecimiento de su cuerpo.

Eric deslizó una mano por su espalda hasta enredar los dedos en su cabello, tirando con firmeza para obligarla a echar la cabeza hacia atrás. Un jadeo escapó de sus labios cuando él acercó la boca a su oído y dejó que su aliento caliente le rozara la piel.

—Soy tuyo, Alma... —susurró con voz ronca antes de mordisquearle el lóbulo de la oreja.

Al mismo tiempo, su otra mano descendió hasta atrapar uno de sus pechos, sin dejar de penetrarla.

—Quiero que te corras dentro... —susurró ella.

—¿Qué hemos dicho antes...?

—Por favor... —imploró—. Por favor, córrete dentro. Quiero sentir cómo lo haces.

—Eso está mejor...

Eric aumentó el ritmo sin soltarle el cabello, a la vez que jugueteaba con sus pezones. Deslizó la mano por su cuerpo hasta alcanzar su clítoris, todavía inflamado y húmedo, y lo acarició con movimientos certeros. Con la otra mano, le sujetó el cuello, presionando ligeramente.

—Dímelo otra vez —pidió Alma.

—¿El qué?

—Lo que me has dicho hace un momento. Quiero que lo digas.

Eric supo exactamente a qué se refería.

—Soy tuyo.

—Repítelo.

—Soy tuyo, soy tuyo, soy tuyo... —repitió él, penetrándola con fiereza—. Joder, estoy a punto.

—Hazlo, Eric...; córrete dentro de mí.

Él se estremeció contra su piel, aferrándose a sus caderas para hundirse más hondo en ella, cuando un espasmo lo sacudió, arrastrándolo al clímax.

Alma presionó más contra él, sintiendo cómo la llenaba por completo.

Eric dejó escapar un gemido gutural, enterrando el rostro en el hueco de su cuello mientras el placer lo desgarraba desde dentro.