51
—Este es precioso. ¿A ti te gusta?
—Sí, amor. Es muy bonito.
—Has dicho eso de los últimos siete que hemos visto —protestó Alma, cruzándose de brazos.
—Bueno, es que todos me parecen muy bonitos.
—Esto fue idea tuya. ¿Podrías mostrar un poquito más de interés, por favor?
—Alma, hemos dado cuatro vueltas al Ikea. Me duelen los pies, tengo hambre y ya no distingo el rosa del azul. Elige uno, el que sea. Solo es un sofá.
Ella lo miró ofendida, llevándose una mano al pecho dramáticamente.
—¡No es solo un sofá! ¡Es nuestra primera casa! ¡Todo tiene que ser perfecto!
Eric se paró frente a ella sonriendo con ternura. Le levantó la barbilla con una mano para que lo mirara directamente a los ojos.
—A mí lo único que me importa es estar contigo. Podríamos dormir en el suelo y me seguiría pareciendo perfecto. Lo que convierte una casa en un hogar no son los muebles.
Alma pareció pensárselo durante un instante. Finalmente, suspiró, hizo un leve puchero y se dejó caer sobre el sofá de muestra.
—Tienes razón; perdona. Prometo ser menos exigente a partir de ahora. Es solo que... quiero que todo salga genial.
Eric tomó asiento a su lado y entrelazó sus dedos con los de ella. Alma apoyó la cabeza en su hombro.
—Y yo prometo aprender a distinguir el marrón cobrizo del marrón canela.
Alma soltó una risita y él continuó:
—No hay nada más perfecto que esto que estamos viviendo. El resto es secundario. Así que, por favor, no te agobies. Vas a tener la casa de tus sueños; promesa de meñique.
—Te quiero.
—Yo también, mi amor. Pero, ahora, vamos a comer antes de que me desmaye. Ese ruido que oyes no es el aire acondicionado: es mi estómago. Y, si te portas bien, a la vuelta nos vamos de excursión a Leroy Merlin.
Ella volvió a reír y se levantó tras él, sin soltarle la mano.
Caminaron un rato hasta dar con una hamburguesería cercana y, sin pensarlo demasiado, entraron.
Poco después, estaban sentados frente a frente, con las bandejas entre ambos. Alma dio un sorbo a su refresco antes de hablar.
—¿Cómo vais Gabriel y tú con lo del restaurante? —preguntó, dejando el vaso a un lado.
Eric terminó de tragar un bocado antes de responder:
—Avanzando, poco a poco. Hoy por hoy, el papeleo es lo que más guerra nos está dando. Entre licencias, permisos y proveedores, parece que, en vez de montar un restaurante, vamos a abrir una embajada.
Alma sonrió, jugueteando con una patata fría.
—Pero, una vez que consigamos eso, ya todo irá rodado.
—¿Estáis ilusionados?
—Mucho —asintió él, dejando la hamburguesa sobre la bandeja—. Aunque hay días en los que me planteo si no sería más fácil montar un chiringuito en la playa y vivir de eso.
—Pues en Madrid no creo que tuvieras mucho éxito —le sonrió.
—Siempre me quedará Torremolinos. Allí los espetos están muy cotizados.
Alma rio con ganas, sin poder contenerse.
—Oye, ¿y cómo llamaréis al restaurante? ¿Habéis hecho ya lluvia de ideas?
—Aún no. Había pensado que quizá tú tuvieras alguna.
—¿Yo?
—Claro. Eres escritora.
—En paro.
Eric se encogió de hombros con una media sonrisa.
—Minucias.
Volvieron a casa al cabo de cuatro horas, con el maletero repleto de muebles. Otros llegarían a lo largo de la semana. Alma ya había hecho la mudanza completa y el salón estaba a rebosar de cajas de cartón con sus cosas.
Apartaron algunas y se cambiaron de ropa enseguida. Ella eligió un vestido de flores antiguo que no le importaba manchar de pintura, mientras que Eric se enfundó en una camiseta de tirantes negra y unos pantalones del mismo color que encontró al fondo del armario.
Ella colocó un CD de música de Disney en el reproductor y se pusieron manos a la obra.
—No sé si esto ha sido una buena idea —dijo—. Quizá deberíamos haber contratado a alguien para que se encargara de la pintura.
—¿Y privarme de este momentazo de peli cursi contigo? Ni hablar.
Se habían decidido por un color neutro para las paredes del salón, algo cálido pero lo suficientemente versátil como para adaptarse a lo que viniera después.
El tono se extendía de manera imperfecta sobre la superficie, pero, de alguna forma, ese desorden los hacía sentirse complacidos, como si estuvieran convirtiendo un lugar completamente ajeno en algo suyo.
Cada pincelada era un pequeño triunfo compartido, una victoria de todo lo que habían conseguido y todo lo que estaba por llegar.
Bailaron y cantaron a pleno pulmón, sin importarles que pudieran molestar a sus futuros vecinos.
En un momento, Eric alcanzó a Alma de un brazo para acercarla a él y poder darle un beso, sin darse cuenta de la brocha recién sumergida en pintura blanca que sostenía entre las manos. Cuando vio el manchurrón en su camiseta, ella no pudo evitar echarse a reír.
—Conque esas tenemos, ¿eh? —dijo él, a la vez que sumergía su propia brocha en el bote de pintura.
Alma vio claramente sus intenciones.
—Ni se te ocurra.
Pero, antes de que pudiera replicar, ya tenía media mejilla completamente blanca. Esta vez fue él quien rio.
—¡Eric! —exclamó ella con una sonrisa nerviosa, frotándose la cara—. ¡Ahora verás!
La respuesta fue una risa suave que, poco a poco, se convirtió en una pequeña persecución por el salón. El tiempo pareció detenerse por un momento, solo para disfrutar de esa conexión pura y sencilla.
Cuando se sentaron al final de la jornada, agotados pero satisfechos, observaron el salón recién pintado. Aunque no era perfecto —había manchas aquí y allá, y las líneas no siempre eran rectas—, les pareció que acababan de construir algo único, inquebrantable.
—Lo hemos hecho bien —declaró Alma.
—¿Lo dudabas? —respondió él con un tono pícaro.
La casa empezaba a tomar forma, aunque el caos aún era evidente.
El aroma a madera nueva y a pintura fresca llenaba el aire, pero Eric no pudo evitar notar lo vacío que todavía se veía el lugar sin los recuerdos de ambos, sin esas pequeñas huellas que marcan el paso del tiempo y que solo un hogar lleno de vida puede ofrecer.
Mientras ella se dirigía a la cocina a colocar la vajilla que habían comprado, Eric empezó a organizar algunas cajas para hacer espacio.
Abrió una al azar, buscando hueco para los nuevos muebles, y se topó con un montón de cuadernos, libretas y folios apilados.
Algo le llamó la atención: un papel doblado, con una frase escrita a mano. Reconoció su letra al instante.
Encuentra a alguien que baile delante de los espejos contigo.
Frunció el ceño, sonriendo para sí. Dudó un segundo, preguntándose si debía hurgar, pero la curiosidad le ganó. Estaba fechado el 24 de mayo de 2023. Al principio, pensó que era algo sin importancia, pero, cuando leyó la primera línea, su curiosidad creció.
Se sentó en el suelo y comenzó a leer con atención:
No quiero que tus manos toquen a otra, que tus labios dibujen constelaciones sobre una espalda de distintos lunares.
Tampoco quiero que lo hagan los míos. No quiero otro primer beso.
Me prometiste que el nuestro iba a ser el último, y ahora estoy aquí, pensando en cuántos primeros besos me quedan aún por delante, en cuántos te quedan a ti, en si ya te habrán robado alguno mientras yo sigo escribiendo sobre el que compartimos.
Y, en el fondo, yo poco importo en esta ecuación.
En el fondo, espero que te roben tantos primeros besos que hasta tus labios comiencen a agrietarse; que encuentres un amor sincero, que te cuide y te quiera tanto como no me dejaste hacerlo a mí.
Que la vida te sonría y alguien llene tus vacíos, quizá una chica guapa que tenga el color de mis ojos.
Alguien que esté dispuesta a convertirse en tierra para verte florecer.
Yo me habría prendido fuego viva si me hubieras dicho que tenías frío. Así que, por favor, nunca te conformes con menos de eso. Porque ella será muy afortunada. Pero ojalá tú lo seas más.
Y, sí, puede que egoístamente siga esperando que la vida nos ponga juntos al final del camino. Pero, si eso no sucede —o incluso aunque suceda—, espero que lo recorras agarrado a unas manos honestas.
Yo prometo hacer lo mismo. Mientras tanto, esta es la última carta que te escribo.
Y supongo que despedirme diciéndote que te deseo tanto amor como te quepa en el pecho es mi forma de querer.
Eric pestañeó un par de veces, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
La vista se le nubló sin que pudiera evitarlo y las letras se tornaron borrosas.
Había, al menos, una treintena de tacos de folios como aquel, todos con la letra de Alma y su nombre escrito en ellos: «Para Eric».
Eso significaba que había estado escribiéndole durante ocho años. Quizá más.
Sintió que el corazón se le salía del pecho. Las manos le temblaban y la certeza de una Alma solitaria y completamente rota, escribiéndole cartas sin parar, durante años y años, hizo que también él se rompiera un poquito.
La última carta estaba fechada apenas cinco meses antes de que volvieran a encontrarse. Pero, justo cuando iba a leerla, ella reapareció en el salón con unos cuencos de porcelana china entre las manos y aún restos de pintura en la cara y en la ropa.
—No sé dónde poner esta vajilla que nos regaló tu madre. El armarito está a tope y me da miedo que se rompa.
Eric la miró como un niño al que acaban de pillar haciendo una travesura. Alma se dio cuenta. Primero fijó la vista en él y, a continuación, en el papel que sostenía entre los dedos.
—¿Qué tienes ahí?
—Perdona; no quería...
Se apresuró a dejarlo en su sitio, pero, antes de que pudiera hacerlo, Alma ya se había sentado a su lado en el suelo, apoyando los cuencos en una mesita de madera.
—¿Por qué me pides perdón? —preguntó al fijarse en la carta que Eric sostenía en la mano.
—Era algo personal.
Alma suspiró, sin apartar la vista de él.
—En realidad, no. Las escribí para ti.
Eric mantuvo los ojos fijos en la pared de enfrente. No se atrevía a mirarla.
—No debería haber leído nada sin tu consentimiento.
—¿Qué has leído exactamente?
—Una del 24 de mayo de 2023.
Alma cerró los ojos por un instante, recordando.