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Alma no solo escribió un libro entero contando su historia con Eric.
También volcó en cartas y poemas todo lo que no podía decirle.
Textos que él jamás leería. Pero era su manera de escapar.
En la escritura, como en el tarot, encontró un refugio; una forma de sentirlo cerca y conservar intacto aquel sentimiento, lo que habían sido.
Moría por que él los leyera, por que algún día se topara con uno de esos escritos que gritaban su nombre y eso lo trajera de vuelta, lo enloqueciera, le hiciera preguntarse cómo había sido capaz de dejar escapar un amor como el suyo.
Pero, al mismo tiempo, esperaba que no lo hiciera, que no los leyera jamás.
Porque, como dijo Mario Benedetti, le destrozaría saber que, a pesar de eso, no la había buscado.
Septiembre pasó en un suspiro. Alma supuso que, a esas alturas, Eric ya estaría instalado en Alemania, empezando una nueva vida, lejos de ella.
Lejos de todo. Esperaba poder hacer lo mismo algún día: dejarlo atrás, encontrar a alguien que la quisiera y volver a empezar.
Y, aunque sabía que ese momento acabaría llegando, qué difícil era imaginar un futuro en el que no fueran sus brazos los que la sostuvieran.
Eric era su principio y su final. Y, aunque el destino había sido cruel, sabía que podrían pasar diez mil años y jamás encontraría un amor igual en otros brazos.