La noche en que ardió el Guernica 49
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—¿Y si no les gusto? —Alma se giró hacia Eric mientras él mantenía la vista fija en la carretera.

—No seas tonta; les vas a encantar.

—Ya, pero ¿y si no?

—Pues entonces serán unos auténticos idiotas.

Eric sonrió, le apretó la mano y se la llevó a los labios, dejando un beso suave sobre sus nudillos.

—Además —añadió—, es 13 de febrero. ¿Qué mejor día para que los conozcas?

Alma le sostuvo la mirada con una sonrisa cómplice.

—Te has acordado.

—¿Acaso creías que podría olvidarlo?

Eric aparcó su recién estrenado Audi A5 en la entrada y se bajó para abrirle la puerta del copiloto a Alma.

—¿Estás lista? —preguntó, entrelazando sus dedos con los de ella.

—No.

Él soltó una risa suave y sacó las llaves del bolsillo.

—Demasiado tarde para huir.

Ella suspiró y caminó junto a él hacia la puerta de hierro forjado. Sus piernas temblaban levemente mientras cruzaban el portal y subían las escaleras. Era un primero, pero el trayecto hasta arriba se le hizo eterno.

Eric apretó su mano con suavidad y le dedicó una sonrisa tranquilizadora antes de llamar al timbre.

—Respira, Almita. No es un interrogatorio.

Tragó saliva y se acomodó el pelo justo cuando oyó unos pasos acercándose al otro lado.

La puerta se abrió de golpe, revelando a una mujer de pelo corto y expresión afable.

No debía de medir más de metro cincuenta y los observaba con una mezcla de emoción contenida y expectativa, como si hubiera estado esperando ese momento durante años.

De algún modo, así era. A Alma le transmitió confianza de inmediato.

—¡Qué alegría que ya estéis aquí! —exclamó con entusiasmo—. Pasad; la comida está casi lista.

Acto seguido, se volvió hacia Alma y la envolvió en un abrazo cálido, como si la conociera de toda la vida.

—Tú debes de ser Alma —dijo, apartándose lo justo para mirarla con curiosidad—. Vaya, Eric tenía razón: eres muchísimo más guapa en persona.

Alma sonrió, sintiéndose extrañamente cómoda.

—Eric exagera.

Consuelo se giró hacia su hijo y le estampó un beso en cada mejilla.

—Hola, mamá —añadió él—. Huele de maravilla.

—Hola, cariño.

Luego se volvió de nuevo hacia Alma con una sonrisa.

—Eric me ha contado que eres vegana —dijo—. Así que estoy preparando una pasta gratinada que espero que te guste.

—Muchas gracias, no tenía por qué haberse molestado.

Consuelo hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

—Molestia ninguna. Pero, venga, sentaos. Tu padre está en la habitación; saldrá dentro de un momento.

Eric apoyó los codos sobre la mesa y la miró con suspicacia.

—¿Está de buen humor hoy?

—Nunca está de buen humor. —Su madre se encogió de hombros—. Pero, si te refieres a si hoy será uno de esos días en los que vuelen los cuchillos..., no lo creo.

Alma oyó el chasquido de una cerradura seguido de unos pasos acercándose por el pasillo. Instintivamente, se enderezó en la silla y clavó la vista en la mesa, conteniendo la respiración sin darse cuenta.

Ante ella apareció un hombre de mediana edad, pelo canoso y un porte que lo hacía parecer más mayor de lo que realmente era.

Aunque intentaba mantenerse erguido, su espalda tendía a encorvarse al caminar.

Sus ojos, del mismo tono que los de Eric, recorrieron la estancia hasta posarse en ella con una expresión indescifrable.

Alma se levantó instintivamente, con intención de saludarlo, pero él ni siquiera hizo el más mínimo esfuerzo por corresponder. Simplemente tomó asiento frente a ella, cruzando los brazos y observándola en silencio. Eric le apretó la mano por debajo de la mesa, intentando tranquilizarla.

—Así que al fin conozco a una de las novias de Eric —dijo Alfredo.

Alma guardó silencio.

—Tú eres la escritora, ¿no?

—Sí, señor —respondió ella, bajando ligeramente la cabeza.

Eric le lanzó una mirada de advertencia a su padre, pero Alfredo apenas le prestó atención.

—¿Y de qué escribes, si puede saberse?

—Pues... de todo un poco.

Alma dudó. Si le decía que escribía principalmente novelas románticas, lo más probable era que no la tomase en serio.

Alfredo resopló con escepticismo.

—Pero habrá un género que te guste más que otro —insistió, con una mirada inquisitiva.

—La verdad es que...

—Deja de atosigar a la muchacha —intervino Consuelo, dejando una bandeja de comida sobre la mesa.

Alma le dedicó una mirada de agradecimiento.

—A este no le hagas ni caso. Está siempre de un humor de perros —dijo mientras servía la comida en los platos—. Mejor cuéntame a mí: ¿has querido ser escritora desde siempre?

—Bueno, en cierto modo. Siempre me gustó mucho leer, así que creo que solo fue cuestión de tiempo.

—Así que eres una lectora empedernida...

—Sí, señora —respondió Alma con una sonrisa.

—Puedes llamarme Consuelo, cielo.

Alma asintió con una tímida sonrisa.

—¿Y qué lees?

—Cualquier cosa que tenga letras —bromeó—. Pero me gusta mucho la poesía.

—¿Te gusta Benedetti?

—Benedetti, Neruda, Baudelaire... Aunque ahora estoy intentando leer a más autoras femeninas. Las grandes invisibilizadas de la literatura. Este año me he propuesto descubrir nuevas voces, pero mis favoritas son Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath.

—Vaya... —le sonrió Consuelo—. Eric nos habló de lo guapa que eras, pero se le olvidó mencionar que también eres increíblemente inteligente.

—Venga ya, mamá —intervino Eric, haciéndose el indignado—. Claro que lo dije. Pero, como siempre, tú te quedas con lo que te conviene.

Alma sonrió, algo avergonzada.

—Bueno, eso es discutible. Pero, sin duda, con la belleza no se llega lejos en la vida.

—Eso también es discutible —intervino Alfredo.

Alma se tensó en la silla, pero se prometió no dejarse intimidar. Eric se lo había advertido esa mañana: con su padre, o sacabas carácter o te comía viva.

—¿Qué quiere decir? —preguntó, desafiándolo con la mirada.

—Hay muchas chicas guapas que han llegado lejos en la vida, y no precisamente por méritos propios.

—¿Insinúa que yo soy una de ellas?

Eric la miró de reojo, conteniendo el aliento. La idea de que se enfrentara a su padre lo divertía y lo aterraba a partes iguales.

Alfredo alzó una ceja, divertido por su reacción.

—No sé, dímelo tú —replicó con tono neutro, llevándose la copa de vino a los labios.

Alma sostuvo su mirada sin pestañear.

—Todo lo que tengo en la vida me lo he ganado a pulso, trabajando duro. No concibo otro modo de llegar lejos que no sea por mi propio esfuerzo.

Eric apretó los labios, reprimiendo una sonrisa. Sin duda, su padre no se esperaba aquello.

Alfredo sostuvo la copa de vino en el aire por un instante, observando a Alma con atención.

—Vaya, una idealista —murmuró antes de dar otro sorbo a su vino.

—No. Solo alguien que no le debe nada a nadie —replicó Alma con serenidad.

Consuelo carraspeó, rompiendo la tensión.

—¿Quién quiere más pasta?

—Estaba exquisita, Consuelo, muchísimas gracias, pero creo que he quedado satisfecha.

—Entonces, pasemos a los postres. Me ha dicho un pajarito que te encanta el tiramisú, así que he adaptado mi receta especial.

Comieron el tiramisú mientras Consuelo y Alma hablaban sin parar de arte, y Alfredo y Eric las escuchaban en silencio.

De vez en cuando, Eric observaba a su padre e intentaba evaluar sus reacciones.

Pero, como siempre, su expresión era impenetrable.

Aun así, intuía que Alma le había causado una buena impresión.

Al fin y al cabo, eso era todo lo que Alfredo necesitaba: un poco de mano dura. Y Alma, bajo todas esas capas de dulzura, también escondía un carácter fuerte que sabía sacar a relucir en el momento preciso.

Alma se despidió de ellos prometiendo que volvería pronto y, después, subieron al coche.

—Le he caído fatal a tu padre —suspiró, mirando por la ventanilla.

—¿Estás de coña? Le has encantado. No está acostumbrado a que le den caña.

—¿Seguro?

—Segurísimo, amor —respondió Eric, entrelazando sus dedos con los de ella.

Por fin, Alma pudo relajarse en su asiento y liberar toda la tensión contenida.

—Te has pasado el desvío —comentó cuando vio que Eric seguía recto.

Él sonrió de lado, sin apartar la vista de la carretera.

—Lo sé.

Alma entrecerró los ojos, mirándolo con curiosidad.

—¿Adónde vamos?

—Es una sorpresa.

Aparcó diez minutos más tarde frente a un edificio blanco de enormes ventanales que Alma no reconoció. Sintió un vuelco en el estómago y lo miró con suspicacia cuando él se bajó del coche, con ella pegada a sus pasos.

Sacó unas llaves del bolsillo trasero de su pantalón.

—¿Dónde estamos? —Alma frunció el ceño mientras observaba la fachada.

Eric no respondió enseguida. Se limitó a sonreír y, tras abrir el portal, le hizo un gesto para que lo siguiera.

Subieron en silencio por las escaleras hasta la primera planta. Frente a una puerta de madera clara, Eric se detuvo, giró la llave con suavidad y empujó.

Alma cruzó el umbral, todavía sin terminar de comprender.

Sus ojos recorrieron el espacio con rapidez: techos altos, luz natural inundándolo todo y un salón completamente vacío.

La casa entera estaba sin amueblar. En las paredes, blancas e impolutas, no colgaba ni un solo cuadro.

Y en el aire flotaba el inconfundible olor a nuevo.

Eric se metió las manos en los bolsillos y la miró, conteniendo la respiración. La voz le tembló ligeramente al empezar a hablar.

—Llevamos más de un mes sin separarnos el uno del otro. Prácticamente vivo contigo. Y quiero que siga siendo así. Puede que te parezca pronto, o precipitado, pero ¿cuándo hemos sabido ir despacio tú y yo?

Alma esbozó una sonrisa, con los ojos empañados de lágrimas. Eric tragó saliva y continuó hablando.

—Si algo tengo claro en esta vida es que quiero que seas lo primero que vea al abrir los ojos por la mañana.

Y lo último cuando los cierre por la noche.

Quiero refugiarme en tus brazos después de un mal día y que me leas poesía antes de dormir.

Besarte el cuello cuando estés escribiendo, con esa cara de concentración que pones y que me vuelve loco...

Y hacer el amor los días de luna llena, porque dices que así conectamos más.

Te quiero, Alma. Y quiero vivir contigo.

Eric desvió la mirada un segundo, antes de volver a buscar sus ojos.

—Así que..., bueno, digamos que he comprado esta casa para nosotros —añadió con una sonrisa nerviosa—. No tienes por qué aceptar. Mandarme a la mierda siempre es una opción, pero si aceptaras..., si dijeras que sí..., me harías el hombre más feliz del mundo.

Alma creyó que cualquier palabra que pronunciara solo estropearía el momento.

Así que no dijo nada. En su lugar, se lanzó a sus brazos, rodeándole la cintura con las piernas y enlazando las manos detrás de su cuello.

Eric la sostuvo con fuerza contra él, justo antes de que ella buscara su boca y lo besara con desesperación.

Sus manos recorrieron con ternura la espalda de Alma mientras ella enredaba los dedos en su pelo.

—¿Eso es un sí? —pronunció, separándose lo justo para poder mirarla a los ojos.

—¡Sí, sí, sí! ¡Acepto! —exclamó ella con una sonrisa de oreja a oreja.

No hicieron falta más palabras antes de volver a fundirse en un beso que borró todo rastro de las heridas que habían tenido antaño. Si aún quedaba cicatriz alguna, por insignificante que fuera, desapareció en ese mismo momento.

Eric la tumbó con suavidad sobre el suelo, bañado por la luz tenue que entraba por los ventanales, y se colocó entre sus piernas, desnudándola despacio.

Alma le sostuvo la mirada en todo momento, recorriendo con los dedos la línea de su mandíbula, como si quisiera cerciorarse de que aquello era real.

Su vida juntos acababa de empezar.