La noche en que ardió el Guernica 48
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El vestido, de color azul eléctrico, brillaba aún más bajo los flashes de las decenas de fotógrafos que se agolpaban a empujones para conseguir la foto perfecta.

A Alma no le gustaban los eventos sociales, pero cuando fue invitada a un festival de literatura en Málaga no se lo pensó dos veces. Podía ser una buena oportunidad, no solo para hacer contactos interesantes, sino también para dejarse ver, por primera vez, con Eric como pareja.

Él aceptó encantado.

Y ahora ahí estaban, posando con sonrisas artificiales ante un montón de paparazis que, seguramente, no contarían más que mentiras al día siguiente. Pero disfrutando, al fin, de ese momento que les brindaba la vida de poder gritarle al mundo que sí, que estaban enamorados.

—¡Chicos, mirad aquí! —gritaba uno.

Y ellos sonreían en la dirección de donde provenía la voz, aunque no tuvieran claro qué cámara los estaba fotografiando en esa ocasión.

Otros, directamente, se olvidaban de las cámaras y se abrían paso a empujones y codazos entre la multitud, micrófono en mano.

—¿Cómo fue reencontraros después de tanto tiempo separados? —preguntó una chica que no debía de tener más de veinticuatro años.

—Estimulante —contestó Alma.

Si algo había aprendido en el tiempo que llevaba siendo una cara conocida en esa industria era a no dar más información de la necesaria. Nunca se sabía de qué manera podían tergiversarla o cuándo podrían utilizarla en su contra.

—¿Y tú, Eric? ¿Cómo llevas los rumores de una presunta infidelidad a tu expareja, la periodista Laura Castaño? ¿Son ciertos?

—Preferiría no hacer comentarios acerca de mi vida personal —contestó él, siguiendo las instrucciones que Alma le había dado antes de salir del hotel.

—¿Podríais decirnos cómo estáis en estos momentos? Alma, ¿para cuándo una próxima novela?

—A lo segundo no sabría responderte. Desgraciadamente, es una decisión que no depende solo de mí. Pero, respecto a lo primero, solo diré que estamos en una buena racha: enamorados, felices y tranquilos. No pedimos mucho más.

—¿Hay boda a la vista?

Ella soltó una risita incómoda.

—Bueno, me parece que es un poco pronto para pensar en eso.

Otra periodista, con tacones imposibles y un micrófono rojo chillón, llegó hasta ellos como un fantasma salido de la nada.

—Alma, Eric —dijo, forzando la sonrisa más blanca e hipócrita que habían visto jamás—, ¿tenéis un minuto para Revista Prisma ?

Alma hizo el amago de negar con la cabeza, pero finalmente, por pura educación —o tal vez por costumbre—, se detuvo y asintió.

La periodista encendió la grabadora y habló sin preámbulos:

—Muchos de vuestros seguidores se preguntan si todo esto es real o simplemente una estrategia de marketing para disparar las ventas del libro.

Alma soltó una risa breve, incrédula. Se debatió entre aquello que llevaba repitiéndose toda la noche —y que también le había repetido mil veces a Eric— o contestar de forma mordaz y sincera, que era lo que le pedía el cuerpo en ese instante.

Pero se contuvo y, muy sutilmente, le hizo un gesto a Eric para que le dejara manejar a ella la situación.

—¿Eso es lo que dicen?

—Es una duda legítima; ¿no crees? —insistió ella—. Después de todo, Sol de medianoche ha vendido más desde que se confirmó vuestra relación que en sus primeras semanas en librerías. Así como el resto de tus libros.

Alma la miró con frialdad, controlando el temblor de su mandíbula.

—Si me permites tomarme la licencia, diré que me cuesta creerlo. Si no recuerdo mal, cuando Sol de medianoche llevaba apenas un mes en el mercado, ya había vendido más de un millón de ejemplares.

—Bueno, eso es lo que dicen algunos medios. No me lo invento yo. —Se encogió de hombros, disfrutando del efecto de sus palabras.

—¿Y cuál sería la estrategia, exactamente? Quiero decir, según esos medios.

Eric apretó con suavidad su mano y le dirigió una rápida mirada para que se contuviera. Sabía que, cuando quería, Alma podía llegar a ser un tornado. Ese gesto la mantuvo a raya. Al menos, de momento.

—Hay quien dice que vuestra relación es una farsa. Algunos incluso aseguran que él no es el verdadero Eric del que hablas en tu novela, que tal vez ni siquiera exista y todo esto no esté siendo nada más que una —muy buena— campaña de publicidad.

Esta vez, Alma no pudo controlarse más y soltó una carcajada entre incrédula y burlona.

—¿Y qué más se dice por ahí? Cuéntamelo, por favor. Me interesa estar al día de los cotilleos sobre mi vida.

—Que esta relación es solo temporal. Que tú, Alma, no has superado por completo lo que ocurrió y te lo estás jugando todo por un final feliz que quizá nunca llegue.

Eric sintió cómo se tensaba a su lado. Y, a pesar de la advertencia de Alma de que no interviniera si las cosas se ponían feas, supo que tenía que salir en su defensa o al día siguiente todos los titulares empezarían diciendo: «La exitosa escritora Alma Ferrer arrastra de los pelos a periodista incauta en la entrega del Premio Málaga de Novela y se lleva un mechón como trofeo».

El ambiente se enrareció durante un par de segundos. Luego, Eric dio un paso adelante.

—¿Sabes qué? —dijo, sereno pero firme—. Que piensen lo que quieran. Nosotros sabemos lo que hay.

Y, sin darle más vueltas, estrechó a Alma contra sí y le estampó un beso en los labios ante decenas de cámaras que capturaban emocionados el momento.

—Que hablen sobre esto los medios.

Sin esperar una réplica, se giró con Alma de la mano, que aún estaba estupefacta por lo que acababa de ocurrir, y se la llevó consigo. Dejaron atrás a los periodistas, que esperaban ansiosos poder hablar con ellos, tras los micrófonos intimidantes y las cámaras que aún parpadeaban en rojo.

Ambos respiraron al unísono.

—Bueno, pues no ha sido tan difícil —comentó Eric.

—Que no se te olvide que ahora vendrán los titulares sensacionalistas.

Se alejaron del tumulto y entraron en la sala principal del festival, donde el ambiente era más relajado y el murmullo de las conversaciones literarias reemplazaba el griterío de los reporteros.

Tomaron asiento justo cuando una presentadora anunciaba desde el escenario que iban a dar comienzo los premios anuales.

Sin apartar los ojos de ella, Eric se inclinó sobre su oído.

—Estás espectacular esta noche. —Alma se tensó en su butaca al sentir las manos de Eric escalando por su muslo hasta alcanzar el borde de su ropa interior—. ¿Y si pasamos de toda esta parafernalia y volvemos al hotel?

—¿Y arriesgarnos a que los medios hablen de nosotros mañana? —murmuró ella con una sonrisa juguetona.

—Que les den a los medios.

Alma lo miró con un brillo de picardía en los ojos antes de hablar.

—No podemos irnos; hay algo que no te he contado.

Eric adoptó una expresión más seria, creyendo que se trataba de algo grave.

—¿Qué pasa?

—Estoy nominada —dijo Alma, con una sonrisa entre el orgullo y el nerviosismo.

—¿En serio? —Eric abrió los ojos de par en par, entusiasmado—. Eso es increíble, Alma. Vas a ganar.

—No lo creo. Pero ya estar nominada es una locura.

—Eres la persona con más talento que conozco, joder. Empieza a creértelo de una vez.

Ella soltó una risita justo cuando las luces del recinto comenzaron a bajar.

Una mujer subió al pequeño escenario improvisado con un sobre dorado en la mano.

Llevaba un vestido color turquesa y el pelo recogido en un moño alto.

El murmullo del público se fue apagando hasta quedar solo el leve crujir de las sillas y el rumor de la ansiedad compartida flotando en el aire.

La mujer esperó un segundo más antes de acercarse al micrófono.

Alma contuvo la respiración.

—Buenas noches a todos y a todas —comenzó con voz clara y templada—.

Qué emoción ver esta sala repleta de escritores, editores y, en definitiva, personas que aman los libros.

Gracias por acompañarnos, un año más, para celebrar el valor de la palabra escrita, las historias que nos transforman y el esfuerzo de quienes las crean.

Esto no sería posible sin todos vosotros.

Hizo una pausa breve mientras giraba el sobre entre sus dedos.

—El Premio Málaga de Novela no es solo un reconocimiento literario. Es un homenaje al oficio de escribir, a los cuadernos tachados, a los borradores infinitos y a ese momento íntimo, casi mágico, en el que alguien decide abrirse el pecho con la valentía de mostrarle al mundo parte de lo que es.

Un murmullo de asentimiento recorrió la sala. Alma notó que se le aceleraba el corazón.

—Este año, el jurado lo ha tenido especialmente difícil.

Nos han acompañado novelas extraordinarias, y todas merecen estar aquí hoy.

Por desgracia, solo podemos quedarnos con una.

—La mujer abrió el sobre—. Por su honestidad emocional, por su manera de abordar el deseo, el duelo y la identidad de uno mismo.

Y, por supuesto, porque su obra está plagada de sombras y luces que la hacen, si cabe, aún más humana. Una mujer con voz propia.

Alma contuvo la respiración.

—Y el ganador del Premio Málaga de Novela es... Alma Ferrer, por su obra Sol de medianoche .

El aplauso fue atronador. Durante un segundo, Alma no se movió. Tardó en reaccionar y comprender que era su nombre el que acababa de resonar en la sala. Hasta que Eric le dio un pequeño codazo a modo de llamada de atención.

—¡Vamos, ve!

Por fin se levantó y caminó con pasos inseguros hasta el escenario. Eric la miraba con el orgullo y el amor desbordándose por cada poro de su piel.

Durante los escasos veinte segundos que tardó en recorrer el pasillo, Alma percibió algunos cuchicheos y sintió varias miradas que le helaron la espalda.

Había rostros que la juzgaban, aunque no la conocieran, que hablaban de envidia y de incredulidad.

No todo el mundo aplaudía con entusiasmo, ni todo el mundo creía que realmente mereciera aquel premio.

En ese momento, ni ella misma parecía creérselo.

Era el maldito síndrome de la impostora, que siempre la acompañaba.

Aun así, Alma no bajó la cabeza. Al contrario, alzó ligeramente el mentón y se colocó frente al micrófono, con el corazón desbocado y los ojos húmedos de emoción.

—Me gustaría empezar dando las gracias al Ayuntamiento de Málaga por esta oportunidad, y a todos mis fieles lectores, que me han seguido la pista desde que publiqué mi primera novela.

Parece que ha pasado una eternidad —dijo, buscando entre el público la mirada de Eric—.

Este premio es un reconocimiento a años de trabajo duro, de esfuerzo, y también a la verdad que intento contar en mis libros.

De repente, un rumor entre la multitud hizo que todos giraran la cabeza.

Una mujer con mirada desafiante se abrió camino con paso firme y decidido, apartando sin miramientos a quien se interpusiera en su trayectoria.

Se detuvo frente al escenario, justo delante de Alma, que seguía inmóvil, paralizada por la tensión del momento.

—¿De verdad crees que te lo mereces? —le espetó con voz cortante—.

Si estás aquí esta noche es porque has prostituido tu vida.

Ese premio no vale nada. Está mancillado.

Tú hablas de dolor y lo llamas «verdad», pero no tienes ni idea de lo que significa esa palabra.

Lo que haces es exhibicionismo emocional.

Pornografía del trauma. Te disfrazas de víctima para vender libros.

Para que te aplaudan. Para que te miren con lástima.

Pero la realidad es que estarías dispuesta a abrirte de piernas por unas migajas de éxito.

No eres valiente. Eres oportunista. Y un poco zorra.

El murmullo entre el público se hizo más profundo. Algunas caras mostraban incomodidad; otras, una atención morbosa. La mujer dio un paso más hacia el escenario, elevando la voz.

—¿Y sabes qué es lo peor? Que hay gente que sí ha pasado por infiernos de verdad, y nunca ha necesitado un escenario para que se los reconozcan. Tú, en cambio, te has construido una carrera a base de exponer tu miseria. Das pena, Alma Ferrer.

Alma apretó los puños. El rostro le ardía. La garganta se le había cerrado. Intentó contener las ganas de llorar.

Eric se levantó de un salto y caminó hacia ella. Pero, cuando llegó a su altura, Alma le hizo un gesto para que se contuviera y, con pasos tranquilos y seguros, bajó del escenario, hasta posicionarse a un palmo de la mujer que acababa de estropear el momento más feliz de su vida.

Sabía que, si respondía como realmente quería hacerlo, rompería en llanto. Y no pensaba darle esa satisfacción. Así que prefirió responder de forma cortante, mordaz e irónica, como solo ella sabía ser.

—Vaya... —empezó diciendo, con una sonrisa petulante en los labios—. Lamento mucho que tengas tan mal perder.

La mujer se removió ligeramente, sorprendida por su frialdad.

—Debe de ser frustrante ver cómo alguien a quien desprecias consigue lo que tú ansías desde hace años. Pero, tranquila, que lo superarás.

Alma ladeó la cabeza y chasqueó la lengua, fingiendo compasión.

Luego, sin añadir una palabra más, tomó a Eric de la mano y se dirigieron a la salida, ignorando a los periodistas que volvieron a echarse sobre ellos en cuanto los vieron aparecer por la puerta.

Solo cuando estuvieron en la calle y lo suficientemente lejos como para que ningún paparazi pudiera hacer de las suyas, Alma se aferró a Eric y rompió a llorar.

No tenían fuerzas para hablar de lo ocurrido. Caminaron en silencio, compraron unas hamburguesas para llevar y se encerraron en el hotel a ver películas románticas. Una tras otra.

Al día siguiente, el cincuenta por ciento de las noticias abriría diciendo: «¡BOMBAZO! Alma y Eric: la pareja del momento».

Y el otro cincuenta por ciento rezaría: «La escritora Alma Ferrer responde de forma grosera a una reportera».

Pero, esa noche, nada importaba.

Esa noche solo eran un chico y una chica que se querían.