47
Alma soltó una carcajada al ver aparecer a Eric con una mochila enorme colgada al hombro.
—¿Y eso?
—Provisiones —respondió él, como si fuera lo más evidente del mundo.
—¿Me amas tanto que has decidido mudarte conmigo?
—También. Pero eso puede esperar. Hoy es día de parque de atracciones.
Alma arqueó una ceja, divertida.
—¿Parque de atracciones?
—Claro. Te prometí que iríamos, ¿no?
Ella volvió a reír.
—Me lo prometiste hace diez años, Eric.
—Las promesas se cumplen. Te recuerdo que tenemos una lista por tachar. Así que andando..., a no ser que quieras que me vaya sin ti.
Alma negó con la cabeza, aún sonriendo, y se acercó para robarle un beso.
—Eres increíble.
—Lo sé. Ahora mueve el culo —sentenció, dándole un pequeño azote.
Cuarenta minutos después, paseaban de la mano por el parque de atracciones de Madrid. Alma saboreaba un algodón de azúcar que le había comprado Eric.
—¿Por qué me miras así? —Alma se relamía los restos de azúcar de los labios.
—Porque me encanta verte disfrutar. De hecho, estoy empezando a arrepentirme de haber venido. Tal vez deberíamos habernos quedado todo el día encerrados en casa..., en la cama —susurró eso último inclinándose hacia ella, hasta hacerle cosquillas con la barba.
Alma rio, dándole un codazo cariñoso.
—Eres un cerdo.
—No me decías eso esta mañana.
—¡Cállate! No me lo recuerdes —exclamó, sintiendo cómo las mejillas se le encendían.
—La verdad es que no me acordaba de que fueras tan... salvaje. Eres toda una caja de sorpresas, Almita.
Ella rio con más fuerza.
—¿Hemos venido a montar en la montaña rusa o a hablar de mis habilidades sexuales?
—Las dos.
—Anda, calla ya —replicó, dándole un suave empujón. Luego, tiró de su mano con una sonrisa traviesa—. Vamos a comprobar cuánto te gusta la adrenalina.
El día transcurrió entre luces de colores, música estridente y carcajadas compartidas. Para cuando cayó la noche, estaban agotados pero felices. Y Eric, sin soltarle la mano, pensó que en ningún lugar del mundo quería estar más que allí, oyendo la risa desmesurada de su Alma.
Cuando por fin se metieron en la cama, él la abrazó con fuerza, pegándola todo lo posible a su cuerpo. La piel de ambos se erizaba con cada roce. Alma cogió su libro de la mesilla de noche y lo abrió por la primera página.
Leyó la dedicatoria del principio en voz baja:
—«A ti. Para que, si el destino está de nuestra parte, este libro te ayude a encontrar el camino de vuelta».
Eric sonrió y depositó un suave beso sobre su coronilla.
—Y lo hizo —susurró—. ¿Por qué no me lees un poco más?
—¿Quieres?
—Sí. Me encanta escucharte.
Alma pasó la página y se dispuso a leer desde el principio. Por donde todo empezó.
Respiró hondo antes de comenzar. Las primeras palabras sonaron temblorosas, pero se fue acomodando a medida que avanzaba. Eric cerró los ojos, disfrutando del sonido de su voz, de la calidez del cuerpo de Alma entre sus brazos.
No tardó en deslizar una mano por su cintura, acariciándola distraídamente mientras seguía leyendo.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuró contra su cabello.
Alma sonrió y, sin dejar de leer, se acurrucó un poco más contra él.
Cuando el cansancio comenzó a invadirla, cerró el libro y buscó su boca en la penumbra.
Eric la recibió con dulzura, como si lo hubiera estado esperando.
El beso que compartieron fue voraz, cargado de todo lo que sentían el uno por el otro.
Hicieron el amor hasta el amanecer, sin prisa, como si quisieran asegurarse de que, esta vez, ninguno de los dos se desvanecería cuando llegara la mañana.
Durante todo ese enero, apenas se separaron.
Pasaban las noches enredados en la cama y los días improvisando cualquier plan.
Nunca lo planificaban antes. Simplemente se levantaban tarde, desayunaban algo y salían sin rumbo fijo.
Solo volvían a casa cuando el cansancio los vencía.
Se burlaban el uno del otro y discutían por tonterías, aunque la mayoría de las veces solo era una excusa para poder reconciliarse después.
Dormían poco, follaban mucho y se querían aún más. Todo parecía girar en torno a ellos.
Y así, poco a poco, fueron tachando cosas de la lista.
El día de Reyes, Alma lo sorprendió con entradas para un concierto de música clásica. A ella le encantaban ese tipo de eventos y quería compartir con él cada una de sus pasiones, hacerlo partícipe de todo su mundo. Al principio, Eric alzó una ceja, pero terminó aceptando con una sonrisa intrigada.
—¿Te está gustando? —El segundo acto había dado comienzo. A él le brillaban los ojos mientras contemplaba a los músicos con atención.
—Más de lo que imaginaba, amor. Gracias por traerme —susurró, dándole un dulce beso en la sien.
Cada acorde de aquellos instrumentos lo transportaba a un lugar mágico y maravilloso al que no comprendía por qué había tardado tanto tiempo en llegar.
Alma se estremeció al sentir los dedos de él entrelazándose con los suyos sobre el reposabrazos de la silla.
Se inclinó ligeramente sobre Eric antes de hablar.
—¿Sabías que Beethoven compuso muchas de sus obras más famosas cuando ya estaba completamente sordo?
Él frunció el ceño con curiosidad.
—¿En serio?
—Así es. Dicen que mordía una vara de metal apoyada sobre el piano para sentir las vibraciones de la música.
Eric se la quedó mirando un instante.
—Eres la persona más inteligente que conozco.
Alma no pudo evitar reír.
—Creo que es lo más bonito que me has dicho en diez años.
—Bueno, no sé si tiene mucho mérito, teniendo en cuenta que en los últimos diez años no te he dicho muchas cosas.
Rieron al unísono antes de volver a centrar toda su atención en el concierto.
Otro día fue él quien sorprendió a Alma con un viaje exprés a la montaña. Alquiló uno de esos hoteles burbuja y decidió que sería buena idea pasarse todo el fin de semana encerrados, haciendo el amor sin parar. Pero lo cierto era que no podían quedarse quietos ni un solo segundo.
—Eric, por Dios, vas a matarme —masculló ella con la lengua fuera mientras hacían una ruta de senderismo.
—Eras tú la que quería andar.
—¡Sí, pero no tanto! Me duelen los pies —protestó, sentándose en el suelo.
—Claro, es que no traes el calzado adecuado —respondió él, dirigiendo la mirada a sus botines de ante—. Venga, sigamos antes de que se nos haga tarde.
Sin darle siquiera tiempo a levantarse, retomó el paso.
—¡Eric Acevedo, te juro que te arrepentirás de esto! —le gritó ella desde atrás.
Cuando aquel fin de semana —maravilloso y tortuoso a partes iguales— llegó a su fin, como si de una competición se tratara por ver quién sorprendía más a quién, Alma decidió sacar entradas para ir a ver un monólogo cómico.
—Una vez me dijiste que nunca habías ido a uno. Supongo que en estos años habrás tenido tiempo de ir, pero...
—La verdad es que no —la cortó Eric.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Nunca has ido a ver un monólogo?
Eric negó con la cabeza.
—Esto va a ser divertido.
Fueron a La Chocita del Loro, en plena Gran Vía, a ver un divertido monólogo titulado Los veganos y el mundo . Eric no paraba de reír, lanzando miradas a Alma de vez en cuando, como si intentara descifrar su reacción. Por suerte, ella sabía reírse de sí misma.
—¿No vas a ofenderte ni un poquito? —le susurró Eric, divertido.
—Lo haré cuando los chistes sean buenos —respondió, esbozando una media sonrisa.
Para cuando terminó el espectáculo, salieron con las mejillas doloridas de tanto reírse y un hambre feroz. Madrid seguía vibrante a esas horas. Caminaron de la mano por Gran Vía, iluminada con luces de neón y llena de vida.
No tardaron en encontrar un bar abierto y se dejaron caer en una mesa junto a la ventana. Pidieron un par de raciones de bravas para compartir y se quedaron un rato más allí, charlando despreocupadamente sobre lo que les había parecido el show y lo que harían al día siguiente.
—Ha sido divertidísimo —comentó Eric.
—Ya te dije que lo sería —respondió Alma mientras se llevaba una patata a la boca.
Así comenzaron a transcurrir sus días. Fueron a ver un musical.
Luego repitieron la experiencia del concierto —esta vez con un artista que a ambos les gustaba— y montaron en las barquitas del Retiro.
Se perdieron por el Rastro un domingo por la mañana, revolviendo libros antiguos y vinilos polvorientos, bailaron en la calle, a plena luz del día, y subieron al Faro de Moncloa para contemplar Madrid desde las alturas.
En un mercadillo de antigüedades, Alma se encaprichó de una vieja máquina de escribir que Eric insistió en comprarle.
Se retaron en la bolera, pasaron la tarde en un escape room discutiendo quién era más ingenioso y visitaron una bodega a las afueras, donde Alma se dedicó a probar todos los vinos sin alcohol que encontró.
Y lo más importante: se amaron sin medida todos y cada uno de los días.
—Joder, Alma..., como sigas tocándome así, voy a tener que arrancarte la ropa aquí mismo —susurró Eric en la última fila del cine.
De pronto, parecía que volvieran a ser un par de adolescentes.
—Chist..., calla; no querrás que nos echen... La gente está intentando ver la peli —respondió ella sin dejar de deslizar la mano sobre su entrepierna, lenta y deliberadamente, subiendo y bajando.
En realidad, solo había un par de personas en las primeras filas. Estaba todo milimétricamente pensado.
—Por Dios, dudo que nadie le esté prestando atención a esta mierda. Este era tu plan, ¿verdad? —murmuró Eric contra su boca—. Traerme a ver la película más mala de la cartelera para poder abusar de mí en los asientos de atrás.
Alma tuvo que taparse la boca con la mano que tenía libre cuando se le escapó una risita.
—Calla y mira la peli.
Sonrió de lado y se inclinó sobre él, dejando un beso húmedo en su cuello antes de deslizarse lentamente hacia abajo.
Sus labios reemplazaron la caricia de su mano, y Eric tuvo que morderse el puño de la chaqueta para no dejar escapar un gemido cuando sintió la lengua de Alma recorriendo su erección.
—Joder... —susurró con la cabeza echada hacia atrás y los ojos clavados en la pantalla, sin procesar nada de lo que pasaba en ella—. Voy a correrme, Alma.
Ella lo miró con una sonrisa traviesa, sin detenerse ni un segundo.
—Hazlo —murmuró contra su piel antes de volver a devorarlo con la boca, aumentando el ritmo, disfrutando de cada estremecimiento de su cuerpo.
Eric hundió los dedos en su pelo, conteniendo un gruñido cuando la sensación lo alcanzó de lleno. Su pecho subía y bajaba con fuerza mientras ella lo relamía entero antes de apartarse con una sonrisa satisfecha.
—Espero que la peli te esté gustando tanto como a mí —susurró ella en su oído antes de enderezarse en el asiento como si nada—. ¿Palomitas?
Eric soltó una risa ahogada y negó con la cabeza.
—Un día de estos vas a acabar conmigo.
Alma se encogió de hombros con fingida inocencia y le lanzó un beso antes de volver a fijar la vista en la pantalla.
El 31 de enero fueron a un karaoke, donde Alma entonó un par de canciones —y desafinó en las dos— yendo algo pasada de copas.
Eric la animaba desde su asiento sin poder dejar de reír, con las mejillas encendidas a causa de la cerveza.
—¡Lo estás haciendo genial, mi amor! ¡Que tiemble Shakira! —gritó, causando las risas de algunas de las personas de su alrededor.
Cuando la canción llegó a su fin, bajó del escenario tambaleándose y se apoyó contra él.
—Llévame a casa. Me parece que necesito una ducha de agua fría.
Eric le puso la chaqueta sobre los hombros y llamó a un taxi cuando salieron del local.
Al llegar a casa, la desnudó y la ayudó a meterse en la bañera. Él se metió con ella, acomodándose detrás, de manera que quedó atrapada entre sus piernas.
Dejó caer la cabeza sobre su pecho, y se relajó al sentir cómo él le masajeaba el pelo con ternura. Después de un rato, Eric sintió que, si no lo decía, se volvería loco. Y no pudo contenerse más.
—Te quiero.
Salió de manera natural, espontánea. Casi como si hubiera estado esperando el momento justo.
Las palabras que no se atrevía a decir. Recordó entonces que, la primera vez que se lo había dicho, tantos años atrás, estaban en una situación similar.
Se lo había soltado de golpe mientras se duchaban juntos.
Parecía que, entre ellos, las confesiones más importantes llegaban siempre en el momento menos oportuno. Pero así era mejor.
La situación había cambiado un poco, aunque el sentimiento seguía siendo el mismo.
O quizá no. Quizá ahora era más grande, más fuerte, más imposible de ignorar.
Los años no lo habían debilitado, sino todo lo contrario.
Se había arraigado en lo más profundo de su ser, creciendo en silencio, esperando el instante en que resurgiría con una fuerza abismal.
Alma abrió los ojos de golpe y lo miró fijamente. No dijo nada. Simplemente lo besó en silencio, saboreando sus palabras, la certeza de un amor que estaba destinado a ser desde el principio, que vivía y moría en ella.
Se separó lo justo para poder responder:
—Yo también te quiero.
Eric le tomó la cara entre las manos y volvió a perderse en sus labios, con la convicción de que, cuando el momento llegara, podría irse en paz. Porque había cumplido la misión más importante de todas: amar y ser amado con la misma intensidad.