46
Mirarla mientras dormía no era suficiente.
Necesitaba fundirse con su piel, asegurarse de que era ella y no otro de sus sueños.
Había pasado los últimos diez años sumido en un trance.
Al principio, antes de conocer a Laura, había intentado calmar el vacío refugiándose en camas ajenas que nunca llegaron a darle lo que necesitaba.
La buscaba, sin darse cuenta, en aquellas miradas hipnóticas y altivas.
Anhelaba su dulzura, su romanticismo, lo que ella le había entregado y él había echado a perder, arriesgándose a no volver a encontrarlo en otros ojos.
Porque hay cosas que solo pasan una vez en la vida.
Después, cuando conoció a Laura, siguió buscándola.
La buscaba en sus silencios, en la manera en que se colocaba el pelo como solía hacerlo ella.
En su boca, perdido, intentando encontrar un rastro de lo que Alma había dejado tras de sí.
Pero nunca terminó de comprender que no hay dos amores iguales.
Y que lo que había abandonado jamás podría hallarlo en otro lugar.
Sabía que algún día dejaría de imaginar lo que podría haber sido y Alma no sería más que un recuerdo lejano y borroso.
Pero, justo cuando parecía que ese día estaba llegando, ella apareció. Como solo podía ser. Para sacarlo de su letargo.
Abrió los ojos y lo miró.
—¿En qué piensas? —susurró.
—En lo bonita que eres.
—¿Llevas mucho rato mirándome?
—Unas cinco o seis horas.
Ella frunció el ceño y se revolvió en la cama.
—No serás un psicópata ni nada así, ¿verdad? —bromeó.
—Si estar enamorado es un delito, entonces me declaro culpable —respondió Eric con suficiencia.
Alma soltó una risa perezosa antes de incorporarse sobre él y rozar sus labios en un beso lento y profundo que los dejó con ganas de más.
Se apartó a regañadientes.
—Me voy a duchar —murmuró contra su boca.
Se deslizó fuera de la cama sin apartarle la mirada, dejando al descubierto cada curva de su cuerpo desnudo. No había ni rastro de pudor en ella. Era como si hubiera nacido para ser contemplada por Eric. Antes de salir de la habitación, se giró una última vez y le guiñó un ojo.
Él sonrió sin dejar de observarla, sintiendo cómo el deseo volvía a despertar en su interior. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sacó los pies de la cama y la siguió al baño.
Cerró la puerta tras de sí, atrapó a Alma por el brazo y la estampó suavemente contra la madera antes de devorarla en un beso hambriento. Un gemido quedó ahogado entre sus labios cuando sintió los dedos de él explorando su cuerpo.
—Estás empapada —le dijo, con la respiración entrecortada y los labios apenas rozando los suyos.
Alma sonrió, deslizando las manos por su espalda desnuda.
—Esto es lo que provocas en mí.
Sin dejar de besarse, avanzaron a trompicones hasta la ducha. Se estremecieron cuando el agua caliente comenzó a deslizarse sobre sus cuerpos.
Delicadamente, Eric tomó a Alma por la cintura y la giró, poniéndola contra la mampara. Ella contuvo un gemido al sentir el contraste frío en su mejilla. Toda su cordura se desvaneció cuando sintió los dedos de Eric masturbándola desde atrás.
—Dime qué quieres que te haga —susurró, mordisqueando el lóbulo de su oreja.
Alma gimió con fuerza antes de poder articular una respuesta.
—Fóllame, Eric... —suplicó con voz temblorosa.
Él gruñó contra su piel antes de empujarla más contra la mampara.
Le abrió las piernas y se hundió en su interior de una sola embestida.
La penetró con fuerza, sin perder ni un segundo más.
Se moría por estar dentro de ella, por sentir su sexo estrechándose en torno a él.
Entró y salió con dureza, aumentando el ritmo a medida que ella suplicaba más.
Deslizó una mano por su cuerpo hasta atrapar uno de sus pechos, mientras con la otra la sujetaba por la cadera, marcando cada movimiento.
—¿Te gusta así?
Alma arqueó la espalda y dejó escapar un gemido ahogado.
—Sí... Joder, sí... No pares.
Eric hundió los dedos en su cadera mientras la embestía con más fuerza. Se apartó solo lo justo para girarla con rapidez y cogerla a horcajadas, antes de volver a hundirse en su interior. Alma le rodeó el cuerpo con las piernas.
—Quiero que me mires —susurró Eric, atrapando su barbilla entre los dedos para obligarla a sostenerle la mirada—. Así me gusta.
Ambos gimieron con más fuerza cuando sintieron que el clímax estaba a punto de alcanzarlos. Eric aceleró el ritmo, aferrándose a sus caderas con desesperación. Alma perdió el control de su cuerpo, gritando su nombre mientras el placer la sacudía por completo.
Se estremecieron al unísono, dejándose arrastrar por la oleada de éxtasis y fundiéndose en un último temblor, atrapados en la intensidad de la mirada del otro.
La madre de Eric corrió a recibirlo en cuanto lo oyó llegar. Había pasado por casa para cambiarse y coger un par de cosas antes de reunirse de nuevo con Alma. Querían recuperar el tiempo perdido.
—Al fin te dejas ver —dijo su madre, plantándole un sonoro beso en la mejilla.
—Perdona; he estado un poco liado estas últimas semanas. Pero te he echado mucho de menos.
—Y yo a ti, cariño. Feliz año.
—Feliz año, mamá.
—A ver, cuéntame... ¿A qué se debe esa cara de felicidad? —preguntó mientras tomaban asiento en el sofá.
—Supongo que será por las ganas que tenía de verte.
Ella entrecerró los ojos.
—Mmm..., mi vida, te he parido. A mí no me engañas. Esa es tu cara de «estoy enamorado hasta el tuétano».
Eric sonrió.
—Bueno, puede que eso también tenga algo que ver —admitió al fin—. ¿Recuerdas a Alma?
—Alma, Alma... —repitió su madre, tratando de hacer memoria—. ¿La guapa?
Eric rio. Eso era lo único que su madre recordaba de Alma: que era guapa y que lo hacía feliz. Nunca había llegado a presentarlas, pero sabía que se habrían llevado muy bien.
—Es mucho más guapa en persona.
—¿Es ella la que se esconde detrás de esa sonrisa?
—Sí, mamá. En el fondo, creo que siempre ha sido ella. Me encantaría que la conocieras.
Su madre no pareció sorprendida.
—No me dices nada que yo no supiera ya —murmuró.
—¿En serio?
—Claro. Las madres sabemos esas cosas. —Hizo una pausa antes de continuar—. Por cierto, hay algo que no te he contado. No quería decírtelo por teléfono.
Eric frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Le han dado el alta a tu padre.
—¿Está aquí? —Se puso en pie de inmediato.
—Sí, está en su habitación. Ten cuidado si entras a verlo; estaba un poco cansado.
—Tranquila.
Se dirigió a la habitación de su padre y abrió la puerta con cautela. El hombre estaba despierto, con el periódico en las manos.
Eric contuvo el aliento. Su padre era impredecible. Nunca sabía de qué humor lo encontraría.
Alfredo levantó la vista y lo miró con expresión indescifrable.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Eric, rompiendo el silencio.
Su padre dejó el periódico sobre la mesilla y lo observó con detenimiento, como si tratara de descifrar sus intenciones.
—He tenido días peores —respondió con voz áspera—. ¿Y tú?
Eric se apoyó en el marco de la puerta, sin saber cómo desenvolverse. Puede que fuera su padre, pero, para él, era prácticamente un desconocido.
—Bien. Me alegra verte en casa por fin.
Alfredo esbozó una sonrisa irónica antes de cambiar de tema.
—Me han dicho que al final no hay boda.
—No. Supongo que nunca he sido bueno siguiendo a mi cabeza, como me aconsejaste.
—Siempre haciendo lo que te da la gana.
—Quizá te la presente algún día, si tú quieres.
—¿A la escritora? No, gracias.
—Vamos, papá. Dame un poco de tregua. Te caería bien.
Su padre soltó un resoplido y volvió la vista al periódico.
—No necesito que nadie me caiga bien.
—Pues, entonces, hazlo por mí.
Alfredo pareció dudar. Sin girarse a mirarlo, murmuró:
—Me lo pensaré.
Eric sonrió. Aquello era más de lo que esperaba.
—Gracias, papá. Nos vemos más tarde. Ahora que he vuelto a España, tenemos todo el tiempo del mundo para recuperar los años perdidos.
—Qué ilusión —respondió Alfredo con evidente sarcasmo.
Eric dio media vuelta y salió del cuarto. Se había despedido de Alma hacía apenas una hora y ya contaba los minutos para volver a verla.
Antes de encaminarse hacia su casa, sacó el móvil del bolsillo y buscó un nombre en la agenda. Al otro lado de la línea, una voz grave respondió:
—Gabriel Acosta al habla.
—Gabriel, soy Eric. Eric Acevedo. He estado pensando en nuestra conversación y... ya tengo una respuesta.