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Alma se recluyó en sí misma.
En agosto, Claudia, Andrea y Nuria desaparecieron de su vida después de más de una década de amistad. Solo permaneció Emma. Nunca le hizo falta más, pero mentiría si dijera que no le dolió.
Siguió visitando a Lola cada semana. A veces le leía las cartas. Otras, simplemente, hablaban de la vida y sus desastres. Pero siempre volvía a casa con una lección nueva.
También seguía soñando con Eric. Todas y cada una de las noches. Quien diga que el tiempo cura todas las heridas miente. No cura una mierda. Solo te obliga a vivir con la ausencia. Para Alma, el vacío que Eric había dejado ya formaba parte de ella.
Lo buscaba en todas las canciones. Cada noche de luna llena llevaba su nombre.
Miraba al cielo y pedía un deseo, preguntándose dónde estaría y si, en ese instante, él estaría contemplando el mismo cielo, pensando en ella.
Tal vez, en alguna de esas noches, sus recuerdos se entrelazaron, abriendo una grieta en el universo.
A Alma le gustaba creer que su historia no había terminado, sino que seguía desarrollándose lejos de allí, en una realidad paralela donde nada podría mancillarla.
Se dice que existen infinitas realidades alternativas, donde habitan nuestros deseos, nuestros sueños, las cosas que no llegaron a ocurrir.
Alma encontraba consuelo en la idea de que, en algún rincón del cosmos, había una versión de ellos viviendo la vida que en esta realidad se les había negado.
Fue precisamente en una de esas noches cuando se preguntó qué pasaría si lo escribiera. Si relatara su historia. Lo que fue y lo que nunca llegó a ser. Sus anhelos más profundos y la tristeza por lo perdido. Todo lo que podría haber sido.
Se sentó frente al ordenador y comenzó a escribir.
Lo hizo sin descanso, volcando sobre aquella página en blanco cada emoción, cada sentimiento que aún pesaba en su pecho, cada palabra que nunca llegó a pronunciar.
Habló de su primera cita y de la última.
Del beso en aquel museo y del día en que él le rompió el corazón.
Describió cómo se resquebrajó en pedazos diminutos, hasta desvanecerse por completo.
Habló, también, de la esperanza. De esa que aún recorría su piel con la ilusión de un nuevo día.
Pensó que, quizá, de ese modo, Eric volvería a ella.
Aquel libro, Sol de medianoche , fue su manera de desafiar al tiempo.
Y, en su imaginación, Eric lo leía. Se abría paso entre la oscuridad y no descansaba hasta despejar el camino.
Ella, como le había prometido, estaba esperándolo al final.