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Lo primero que sintió fueron unas manos rodeando su cintura.
Lo segundo, un aliento cálido acariciando su nuca.
Lo tercero, unas piernas entrelazadas con las suyas.
Se giró con cuidado, procurando no despertarlo. Eric dormía profundamente, con el rostro relajado y la respiración pausada. Sus pestañas, oscuras y espesas, se curvaban hacia arriba con delicadeza. Alma lo observó en silencio. En sus párpados encontraba la infinidad del mundo.
Sentía que la cabeza iba a estallarle y tenía vagos recuerdos de la noche anterior. No recordaba cómo había llegado hasta su cama, pero no le importó.
Habían dormido abrazados.
Y, cuando ella se había removido angustiada en mitad de alguna de sus pesadillas, él la había estrechado aún más contra su pecho.
Recordaba su voz, suave y tranquila, susurrándole que estaba a salvo.
Eric abrió los ojos lentamente, sintiendo los dedos de Alma deslizarse por la curva de su cuello.
—¿Eres un ángel? —murmuró, repitiendo las mismas palabras que ella le había dicho la noche anterior.
Alma esbozó una sonrisa tímida. Hasta ese momento, ni siquiera había reparado en que estaba en ropa interior, pero no hizo ningún amago de cubrirse.
—¿Qué haces aquí?
—Te dije que vendría a buscarte. Y lo he hecho.
—¿Volverás a irte?
Eric la miró a los ojos y negó con suavidad.
—No, amor. No me iré a ningún lado. No hay nada que quiera si no estás tú en la ecuación.
Alma suspiró aliviada y se pegó más a él, refugiando la cara en el hueco de su cuello.
—Nunca he dejado de pensar en ti —susurró Eric, enredando los dedos en su pelo.
Su voz vaciló un instante.
—Incluso durante los años en los que creíste que ya te había olvidado.
Entonces tu recuerdo venía a mí con más fuerza.
Puede que me autoengañara, que intentara construir mi vida sin ti...
, incluso odiarte. Sé que suena estúpido, pero así fue.
Intenté odiarte, porque pensé que esa era la única forma de no verte cuando cerraba los ojos por las noches.
—¿Lo conseguiste?
—Nunca. A veces sentía que estábamos unidos por un hilo invisible.
Hace poco me hablaste de tus sueños, pero los míos no se quedaban atrás.
Los dominabas todos, Alma. Por completo.
Eran tan reales que me despertaba buscándote.
Perdí la cuenta de las veces que cogí el móvil para escribirte...
, pero nunca me atreví. Y creo que, en el fondo, eso solo lo empeoraba, porque te veía en todas partes: en el humo de mis cigarros, en los cachorros con los que me cruzaba por la calle y que siempre te parabas a acariciar, en esas librerías y en esos museos que tanto te gustaban.
Siempre estabas ahí. Creí que iba a volverme loco.
—Yo tampoco pude dejar de pensar en ti, Eric —confesó ella—. Intenté con todas mis fuerzas no hacerlo, pero lo que sentía por ti era más fuerte que yo. Más fuerte que todo. Y ahora estás aquí.
—Estoy aquí —repitió él, depositando un tierno beso sobre su coronilla—. Y no pienso volver a irme.
—¿Promesa de meñique?
—Promesa de meñique.
Alma entrelazó su meñique con el de Eric y lo apretó con seguridad. Él sonrió y, sin soltarle la mano, la acercó hasta sus labios para dejarle un beso sobre los nudillos.
Eric deslizó los dedos por su espalda desnuda, recorriendo su piel con una lentitud abrumadora.
Alma cerró los ojos y suspiró contra su cuello, aferrándose a él con más fuerza.
La besó en la frente, luego en la mejilla, después en la comisura de los labios.
Ella inclinó el rostro y buscó su boca, saboreando la calidez de su aliento.
El beso comenzó suave, como si aún temieran romper la burbuja que los envolvía, pero poco a poco se volvió más profundo, más urgente.
Las manos de Eric descendieron por su cintura, recorriéndola con la adoración de quien lleva toda la vida soñando con ese momento. Alma tembló bajo su caricia, dejando escapar un leve jadeo que él atrapó entre sus labios.
No hubo prisas. No hubo dudas. Esta vez ni siquiera hubo culpa. Solo ellos dos, reencontrándose piel con piel.
Sutilmente, Alma dejó que el edredón resbalara por sus hombros, deslizándose con suavidad. Eric se moría por contemplarla y susurrarle lo preciosa que era, perderse en cada rincón de su piel, pero eso supondría tener que apartarse de sus labios, y no estaba dispuesto a hacerlo.
La atrajo más hacia él, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo.
Alma deslizó la mano bajo su camiseta y acarició su torso con lentitud antes de bajar y atrapar su sexo con firmeza.
Eric reprimió un jadeo, apretando los ojos con fuerza mientras el deseo lo sacudía de pies a cabeza.
Sus respiraciones se entremezclaron, irregulares y entrecortadas.
Con un movimiento decidido, se acomodó entre sus muslos, abriéndoselos con premura. Alma ahogó un gemido al sentirlo presionando su entrepierna con un ritmo lento y certero. El tejido de la ropa era apenas una barrera entre ambos.
Eric deslizó las manos por su espalda hasta encontrar el cierre del sujetador.
Lo desabrochó en un solo movimiento, dejándolo resbalar por su piel antes de lanzarlo a un lado.
Alma, atrapada entre el deseo y la impaciencia, agarró el borde de su camiseta y se la quitó de un tirón, descubriendo el torso cálido y tonificado de Eric antes de atraerlo de nuevo hacia ella.
Él descendió lentamente por su cuerpo, dejando un reguero de besos desde su cuello hasta sus pechos.
Atrapó un pezón entre los labios, saboreándolo con delicadeza, mientras sus dedos viajaban hasta la goma elástica de su ropa interior.
Rozó la tela con intención, sintiendo su humedad, antes de incorporarse y deslizar las braguitas por sus muslos, apartándolas por completo.
La contempló en silencio durante unos segundos, expuesta y abierta para él. Luego, con suavidad, introdujo un dedo en su interior, arrancándole un gemido ahogado. Alma apretó las sábanas con fuerza y se mordió los labios mientras el placer la envolvía.
Eric deslizó un segundo dedo y comenzó a moverlos con maestría dentro de ella, sin dejar de observarla. Pero no se detuvo ahí. Fue descendiendo con besos lentos por la cara interna de sus muslos, alargando la espera, saboreando su reacción.
—No sabes las ganas que tenía de hacer esto —susurró contra su sexo.
El aliento templado de Eric acarició su piel. No se sentía capaz de aguantarlo mucho más.
Empezó con una caricia suave, un roce apenas perceptible de sus labios contra su sexo.
Luego, su lengua trazó un camino lento y preciso, dibujando pequeños círculos mientras se deslizaba de arriba abajo.
Alma arqueó la espalda, buscando más. Las piernas le temblaban.
Eric la sujetó con firmeza por las caderas, impidiéndole moverse demasiado, marcando el ritmo a su antojo.
Su lengua se movía con la misma cadencia experta que sus dedos.
Alma entrelazó los dedos en su cabello y tiró suavemente, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba.
—Eric... —murmuró, ahogada en deseo.
Él levantó la cabeza para mirarla, con un brillo intenso en los ojos.
—¿Quieres que pare?
—No..., no pares...
Eric sonrió contra su piel antes de redoblar el ritmo.
Alma apretó los muslos en torno a su cabeza, sintiendo que iba a explotar de placer.
Él persistió al sentir las contracciones de su sexo, ardiente y húmedo.
No dejó de saborearla hasta que la sintió temblar y rendirse por completo, hasta que su cuerpo se arqueó y se abandonó, exhausto y saciado.
Dejó un último beso en su muslo antes de volver a su boca. Alma tardó unos segundos en recuperar el aliento, mientras permitía que su corazón recobrara el ritmo normal.
—Quiero más —susurró contra sus labios.
Con un movimiento rápido, ayudó a Eric a deshacerse de sus pantalones y de su ropa interior.
Clavó los dedos en su espalda justo cuando él la llenó por completo, embistiéndola con cuidado, sin apartar los ojos de los suyos. Alma curvó la espalda, aferrándose a sus hombros.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí..., sí, me gusta.
—Dime que eres mía —pidió, con la frente apoyada en la suya.
—Soy tuya.
Eric aumentó el ritmo, follándola con hambre, con una urgencia casi salvaje mientras le devoraba la boca.
Alma lo sentía moverse con destreza, entrando y saliendo de ella sin parar, duro y preciso.
Él deslizó una mano entre sus cuerpos y presionó su clítoris con el pulgar, frotando en círculos rápidos mientras continuaba empujando con fuerza en su interior.
—Joder, Eric... —jadeó—. Voy a correrme otra vez.
—Hazlo, amor. Córrete para mí.
Se aferró con más fuerza a él mientras su cuerpo se tensaba y una oleada de placer la recorría. Se estremeció bajo él, temblorosa, pronunciando su nombre entre jadeos.
Eric la siguió poco después, enterrando el rostro en su cuello mientras su cuerpo se sacudía con la llegada del clímax. Se quedó inmóvil durante unos segundos, recuperando el aliento, antes de depositar un beso lento en su clavícula.
Alma, aún con el pulso acelerado, deslizó los dedos por su espalda con una sonrisa temblorosa.
—Esto no puede ser real —balbuceó, sin dejar de sonreír.
—Si aún no te lo crees, puedo seguir comiéndotelo.
Alma prorrumpió en carcajadas.
El sexo no es solo una manera de saciar nuestros instintos más primitivos.
Y la intimidad no consiste únicamente en desnudarse ante otro cuerpo, sino en atreverse a ser, a mostrar lo que nadie más ha visto: las cicatrices y las zonas magulladas. Y permitir que el otro mire dentro, confiando en que tratará con cariño ese cuerpo que otros destrozaron.
—¿Dormimos un poco más? —preguntó Eric.
—Depende... ¿Seguirás aquí cuando despierte?
—Siempre.