43
—¡Venga, alegra esa cara! —exclamó Emma al salir por la puerta—. Es Año Nuevo. Y, además, te he dejado guapísima. No sé por qué no te maquillas más.
—Porque las veces que lo he intentado he quedado como el payaso Ronald McDonald —argumentó Alma con la voz cansada.
La verdad era que no le apetecía nada salir.
Y menos en esa fecha. Las calles estaban llenas de locos, de borrachos y de gente con propósitos de Año Nuevo ridículos.
Ya habían cenado y se habían tomado las uvas, y Alma solo quería ponerse el pijama y meterse en la cama.
Pero Emma había insistido en salir. Y decirle que no a Emma era como decirle que no a un huracán.
—Pero para eso estoy yo aquí —canturreó su amiga—. Hoy pillas cacho seguro.
—No quiero «pillar cacho», Em.
—¿Te ha llamado en estos días?
«Touché» .
—No.
—Ahí lo tienes.
Abrirse paso entre la marabunta que abarrotaba la entrada de la discoteca fue complicado. Por suerte, su amiga siempre había gozado de una buena red de contactos, así que en menos de lo que canta un gallo ya estaban dentro.
—No entiendo qué les ves a estos sitios —gritó Alma por encima de la música mientras se abrían paso a codazos hacia la barra—. Es como meterse en un horno de borrachos.
—Deja de quejarte y disfruta. A la primera ronda invito yo.
Emma se inclinó sobre la barra con seguridad y pidió dos roncolas.
—Yo prefería agua —dijo Alma.
Su amiga la miró arqueando una ceja.
—¿Qué pasa? Tengo el hígado en huelga —añadió.
—Pues dile que haga horas extras, porque hoy vamos a celebrar.
—¿El qué?
—Que somos jóvenes, que todavía estamos buenísimas y que, aunque tu ex sea un capullo, no va a joderte la noche. Y ahora, ¡vamos a bailar! —exclamó, arrastrándola a la pista.
Alma resopló, pero no pudo evitar sonreír. Cuando Emma se ponía en plan monitora entusiasta de gimnasio, no había quien la parara.
Era la discoteca a la que solían ir cuando cumplieron la mayoría de edad. Los años no habían hecho mella en el lugar, pero sí en su forma de verlo.
—¿Qué ha pasado aquí? —Alma miraba a su alrededor con asombro—. Son todos unos niñatos.
Emma negó con la cabeza.
—Somos nosotras las que hemos crecido.
Al final, salir no había sido tan mala idea. Siempre disfrutaba de hacer cosas con Emma, ya fuera ver Titanic encerradas en casa o meterse en un horno de borrachos el 1 de enero.
Un par de chicos se acercaron a ellas. No debían de tener más de veintiséis años. Alma activó su escudo de protección contra babosos. Emma, en cambio, pareció encantada.
—¿Cómo os llamáis? —preguntó el más decidido.
—Yo soy Emma, y ella es Alma. Es un poco cortada al principio, pero enseguida se suelta.
Alma sentía que todo le daba vueltas. Intentó concentrarse en la conversación sin bajar la guardia.
—Nosotros somos Aitor y Pablo —respondió él—. Oye, ¿te apetece que te invite a una copa?
—¡Claro! —exclamó Emma, girándose hacia su amiga—. Ahora vuelvo, ¿vale? No tardo.
—¿Qué? No se te ocurra dejarme sola, Emma.
—No seas dramática; solo serán cinco minutos. Además, no estás sola: te dejo con Pablo —dijo guiñándole un ojo.
—Em, por favor, no me encuentro bien.
—Relájate; no tardaré. ¿Por qué no te diviertes tú también? Está bien bueno —susurró divertida.
Sin darle tiempo a protestar, se perdió entre la multitud. Alma la llamó una última vez, pero ya no la oyó.
Con un resoplido, se giró hacia Pablo. Lo cierto era que Emma tenía razón: estaba bien bueno. O quizá solo fuera efecto del roncola.
—Siento la encerrona —declaró él—. A mi amigo le ha gustado tu amiga y..., ya sabes, tenía que hacerle la cobertura.
Alma asintió. Apenas podía mantener la mirada en un punto fijo. Las piernas le flaqueaban y el universo giraba demasiado rápido. Intentó disimular y esbozó una sonrisa forzada.
No podía dejar de pensar en Eric. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Acordarse de ella, seguro que no. Ni siquiera le había escrito para felicitarle el año. Lo más probable era que ya hubiese vuelto a su perfecta vida con su aún más perfecta novia.
La rabia le subió como un incendio por las venas y se bebió el resto de su copa de un trago. Si Eric no pensaba en ella, ella tampoco estaba dispuesta a pensar en él.
—¿Estás bien? —Pablo se inclinó un poco hacia ella para que pudiera oírlo mejor.
—S-sí —mintió Alma. La discoteca parecía un tiovivo.
—¿Seguro? No lo parece.
—Solo... necesito un poco de aire.
—Vamos fuera, si quieres.
Alma dudó. No tenía claro si era buena idea salir con un desconocido, pero tampoco quería desplomarse en medio de la pista y acabar siendo viral en TikTok con el hashtag #chicadesmayada.
—Vale —aceptó, sujetándose a su brazo para no tambalearse demasiado.
Salieron a la calle, donde el aire frío la golpeó en la cara como una bofetada. Inspiró hondo, agradeciendo la tregua del ruido y el calor de la discoteca.
—¿Mejor? —se interesó Pablo, soltándola con cuidado.
—Un poco.
—Déjame adivinar... ¿Una amiga que te ha obligado a salir en contra de tu voluntad, demasiados roncolas y un ex imbécil?
Alma lo miró de reojo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Llevas escrito en la frente: «Estoy en un antro de mala muerte, cuando lo que en realidad me gustaría es estar en mi casa en pijama con una tarrina de helado viendo Netflix y odiando a un tío».
Sin poder evitarlo, a Alma se le escapó una risa enternecedora.
—Vale, has acertado.
—No sé qué ha pasado, pero, si ese tío no ve la suerte que tiene, es más imbécil de lo que me imaginaba.
Alma sintió que se sonrojaba de pies a cabeza. Chasqueó la lengua, dudando sobre si contarle sus dramas a un desconocido.
—Ni siquiera me ha escrito para felicitarme el año.
Pablo suspiró.
—Lo dicho: un imbécil.
Se quedaron en silencio un momento, hasta que él sacó algo del bolsillo.
—Toma.
—¿Qué es?
—Un chicle de menta. Mano de santo para cuando has bebido más de lo debido.
Alma lo miró con desconfianza.
—¿No sabes que no se deben aceptar cosas de desconocidos?
—Bueno, eso tiene fácil solución.
Se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Finalmente, Alma cogió el chicle y se lo llevó a la boca, agradeciendo el frescor.
—Volvamos dentro. Me encuentro mejor.
En medio de la pista, Emma y Aitor ya se estaban comiendo la boca.
—Me sé de dos que no han perdido el tiempo —comentó Pablo, acercándose a Alma.
Ella reconocía aquella mirada, el tono pícaro en su voz, las manos que se posaban con suavidad en su cintura, como quien no quiere la cosa.
No hizo nada. Se limitó a rodearle el cuello con los brazos y sostenerle la mirada.
Él estaba pidiendo permiso, y ella se lo estaba dando.
No sabía si era por el alcohol, porque ahora le parecía más atractivo que hacía un rato, o, sencillamente, porque también tenía derecho a divertirse.
Se quedó muy quieta, esperando a que él tomara la iniciativa.
Pablo se inclinó ligeramente hacia ella, reduciendo la distancia entre sus rostros. Alma sintió su aliento fresco, con un leve rastro a menta y alcohol.
—Si no quieres, dímelo —murmuró él.
Era curioso. Estaba acostumbrada a que los tíos se lanzaran sin preguntar.
—Hazlo antes de que me arrepienta —respondió, con una sonrisa ladeada.
Él rio por lo bajo.
Se quedaron un segundo así, como si ninguno terminara de atreverse. Y entonces, justo cuando Alma pensó que quizá él se lo había pensado mejor, la besó.
Fue un beso lento, sin prisas, como si quisiera darle tiempo a cambiar de opinión. Pero Alma no lo hizo. Se dejó llevar, cerró los ojos y se aferró a su camiseta, sintiendo cómo la música retumbaba en sus huesos.
Pero sin dejar de pensar en Eric.
Era todo lo que ocupaba su mente.
Eric era las mañanas de verano y la nieve de Alsacia.
La calma que sentía entre sus brazos y la herida que nunca terminaba de cicatrizar.
Estaba tatuado en su piel, por todas partes.
Alma ya había descubierto que había vida después de él.
Por supuesto que la había. Nadie muere por amor.
Pero también había descubierto que no la quería sin él.
El mareo regresó de golpe. Era como si el alcohol en sus venas le hubiera dado un respiro solo para regresar con más fuerza, como el mar cuando el agua se retira de la costa antes de un tsunami.
Se apartó ligeramente de Pablo, sintiendo que el mundo entero daba vueltas hasta desplomarse sobre ella. Oyó su voz a lo lejos. No sabía qué le estaba diciendo. Seguramente, preguntándole si estaba bien.
Miró al suelo. Sentía un nudo en la garganta, como si algo viscoso se revolviera en su interior.
Las Adidas de Pablo fueron lo último que vio antes de doblarse sobre sí misma y vomitar.
Llegó a su casa cerca de las seis de la mañana. Lo primero en lo que reparó al entrar en el portal fue en que el ascensor estaba averiado.
«Genial».
Suspiró y comenzó a subir las escaleras, agarrándose con fuerza a la barandilla para no acabar rodando por ellas.
La borrachera seguía instalada en su cuerpo.
De hecho, parecía no querer abandonarla.
La resaca al día siguiente sería legendaria, de eso estaba segura.
Pero en ese momento solo podía pensar en quién demonios la había obligado a mudarse a un quinto piso, si siempre le habían dado miedo las alturas.
Eso, y lo mucho que lamentaba haberle vomitado encima al único chico simpático que había conocido en toda la noche.
Cuando estaba a punto de poner un pie en el último escalón, chocó contra algo. O, mejor dicho, contra alguien.
Un cuerpo.
Alguien la esperaba sentado en las escaleras.
Estuvo a punto de caer, pero unas manos grandes y fuertes la sostuvieron justo a tiempo.
Trató de enfocar la vista para identificar a su caballero de brillante armadura, y esto fue lo que vio: sonrisa radiante, mirada profunda, brazos fuertes y tatuados, y expresión cansada.
—¿Eres un ángel? —preguntó ella, apartándole un mechón de pelo de la frente.
—Joder, amor. Vaya cogorza llevas. ¿Dónde tienes las llaves?
—¿Mmm?
—Las llaves de casa. ¿Dónde están? Te llevo dentro.
—No... no lo sé.
Eric suspiró y comenzó a cachearla con cuidado, buscando en los bolsillos. Alma se removió inquieta, entre risas.
—Me haces cosquillas.
—¡Aquí están! —exclamó al encontrar el llavero de la sirenita.
Alma apenas podía caminar. Eric la sostuvo con fuerza por la cintura y ella se colgó de su cuello.
Haciendo malabarismos, logró abrir la puerta y llevarla hasta su habitación, prácticamente a rastras.
Cuando por fin la dejó caer sobre la cama, respiró aliviado.
Había sido como arrastrar un peso muerto.
—Está bien, nena, te ayudaré a cambiarte para que estés cómoda, ¿vale?
Ella apenas se inmutó. Se limitó a hacer un ruidito con la boca que a Eric le pareció de lo más tierno. Se sentó junto a ella y empezó a ayudarla a sacar un brazo por la manga del vestido, pero Alma opuso resistencia.
—Respétame —murmuró—. O se lo diré al chico del que estoy enamorada y vendrá a darte una paliza.
Eric no pudo evitar reírse.
—¿Y de quién estás enamorada, si puede saberse?
—No te importa.
Eric rio aún más fuerte. No sabía si se estaba haciendo la tonta o si, con la borrachera que llevaba, realmente no lo había reconocido.
—Soy yo, Alma. Tranquila. Estás a salvo.
Ella pareció relajarse un poco, y Eric aprovechó para terminar de quitarle el vestido. Aquello le llevó al menos diez minutos. Desistió de ponerle el pijama, así que simplemente la metió bajo el edredón y la arropó.
—Me he besado con un chico —susurró ella.
Eric sintió un golpe seco en el pecho. Y, luego, una oleada de celos arrastrándolo por completo.
—Y después le he vomitado encima.
—Espero que, al menos, fuera guapo.
—No tanto como mi Eric.
«Mi Eric».
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Será mejor que me vaya al salón. Mañana hablamos.
Se incorporó, pero, antes de que pudiera terminar de levantarse, las manos de Alma lo detuvieron. Con los ojos entrecerrados, lo miró como si intentara recordar dónde lo había visto antes.
—No te vayas.
Eric dudó un segundo, planteándose si aquello sería buena idea. Sabía que, cuando amaneciera y ella despertara en ropa interior, metida en la cama con él, lo más probable era que se llevara un susto de muerte. Pero entonces le devolvió la mirada.
Tenía el maquillaje corrido, el pelo enredado y las pupilas dilatadas, pero aun así...
Sintió cómo miles de fuegos artificiales estallaban en su pecho.
Todos a la vez.
Y... no pudo negarse.