La noche en que ardió el Guernica 42
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Eric había pasado los dos últimos días en casa de Raúl. Su amigo lo acogió sin protestar, como en los viejos tiempos, cuando discutía con Laura y no sabía adónde ir. Pero esta vez no era una discusión más. Era un punto final.

Esperó un par de días a que la situación se calmara antes de ir a recoger el resto de sus cosas.

Después volvería a España. Ya había hablado con su madre: podía quedarse con ella el tiempo que fuera necesario hasta encontrar algo.

De ese modo, cuando le dieran el alta a su padre, tal vez podría empezar a recuperar el tiempo perdido con él.

Y lo más importante: estaría cerca de Alma.

Respiró hondo varias veces frente a la puerta de su apartamento, sin atreverse a entrar. Pensó que lo mejor sería llamar al timbre, pero ni siquiera sabía si Laura estaría en casa o si querría abrirle. Así que utilizó su propio juego de llaves y la cerradura cedió. Al menos, no la había cambiado.

Al entrar, todo estaba completamente en silencio y a oscuras. Dio un par de pasos a tientas cuando, de pronto, tropezó con unos tacones en medio del pasillo. Laura era una maníaca del orden. Unos zapatos en el suelo no encajaban con ella. Eric frunció el ceño: algo no iba bien.

Siguió avanzando con cautela, procurando hacer el menor ruido posible. El aire parecía volverse más denso a su alrededor, como si se condensara conforme se acercaba a la habitación. No sabía qué se encontraría al girar el pomo, pero presentía que, fuera lo que fuese, no sería nada bueno.

La puerta estaba entreabierta y un tenue hilo de luz se filtraba a través de ella.

Un montón de ropa —sujetadores, vestidos, tangas...

— estaba esparcida por el suelo, desde el sofá hasta lo que había sido su antigua habitación.

Eric se detuvo frente a la puerta, dudando sobre si entrar o dar media vuelta. Finalmente, la empujó con sumo cuidado.

La imagen que encontró fue aún más desconcertante de lo que había imaginado.

En la cama, rodeada de sábanas revueltas, Laura yacía abrazada a otra mujer.

El rostro de Eric se volvió inexpresivo mientras su mente trataba de procesar lo que veía.

La mujer, con el cabello desordenado y la piel pálida, parecía completamente ajena a su presencia.

Laura, por su parte, tampoco se había percatado de su llegada.

Eric dio un paso atrás, con el pecho comprimido.

Llevado por el estupor, chocó contra un mueble que se encontraba a sus espaldas.

Las dos mujeres se sobresaltaron de golpe, cubriéndose el pecho con las sábanas blancas.

Al verlo allí, el rostro de Laura se congeló en una expresión de sorpresa y pavor.

La otra mujer, en cambio, parecía aliviada.

—Eric... —murmuró Laura, con la voz quebrada.

Él tardó unos instantes en reaccionar.

—Perdona; no debería haber venido sin llamar —dijo, dando media vuelta a toda prisa para salir de la habitación.

Laura lo siguió, cubriéndose con el edredón. Cerró la puerta a sus espaldas para que Sarah no pudiera oír aquella conversación.

—No es lo que parece.

—Laura, da igual, en serio. Solo he venido a por mis cosas.

Estaba tan aturdido que ni siquiera sabía cómo reaccionar, ni mucho menos cómo debía sentirse.

¿Qué se hace en estos casos? ¿Gritar? ¿Llorar?

¿Pedir explicaciones? Supuso que, a esas alturas, ya no serviría de nada, pero tampoco creía que aquello fuera algo nuevo.

¿Cuánto tiempo llevaba Laura engañándolo?

¿Acaso él había estado tan volcado en sus propios asuntos que no había sabido verlo?

—Deja que me explique, por favor —suplicó ella.

Eric la miró con una mueca amarga, notando cómo las palabras se atoraban en su garganta.

—¿Cuánto hace?

Laura se tomó unos segundos antes de responder. Al fin y al cabo, Eric había formado parte de su vida. Lo mínimo que se merecía era honestidad.

—Seis meses.

Eric resopló. Seguía sin saber cómo sentirse.

—¿Llevas engañándome seis meses?

Laura asintió.

—Y... —Eric no sabía cómo formular la pregunta que le quemaba en la lengua—. ¿Qué significa esto para ti?

—No lo sé.

—¿Cómo cojones no vas a saberlo?

—¡Pues no sabiéndolo! —exclamó ella, alzando la voz—. ¿Vale? Ya está. Recoge tus cosas y vete. Te he dejado las maletas en la puerta.

—¡Joder, Laura! Solo quiero entenderlo. No te pongas a la defensiva.

—No hay nada que entender, Eric. ¿Qué es lo que te duele exactamente?, ¿que te engañe o que lo haya hecho con una mujer?

—No vayas por ahí, Laura. Lo que me duele es haberme pasado seis años con una persona a la que no conocía, con alguien que jamás se atrevió a abrirme su corazón y decirme cómo se sentía. Me duele tener que enterarme de este modo.

—¿Y no te parece que eso es exactamente lo que has hecho tú?

Eric se quedó helado por un segundo, con la rabia saliendo a borbotones de su cuerpo.

—¿Qué? ¿Me estás comparando contigo? —Una risa amarga brotó de su garganta—. ¡Yo no me la he follado, Laura! ¡No he metido a tus espaldas en nuestra cama a otra persona durante seis meses!

—¡Pero estabas enamorado de otra! ¡Lo supiste desde el momento en que la volviste a ver!

—¡Y te lo dije en cuanto me di cuenta! ¡No jugué contigo, no te mentí, no oculté nada! ¡Tú me mirabas a la cara todos los días sabiendo lo que estabas haciendo!

—Bueno, pues lo siento. Tú eres perfecto y yo un desastre, como siempre.

—¡Maldita sea, no estoy diciendo eso!

Ella, con la cabeza gacha, apenas logró mirarlo. El desprecio y la culpa se mezclaban en sus ojos. Ya no era la persona que él había conocido, ni la que pensaba que había sido capaz de amar.

Eric respiró hondo, tratando de calmarse.

Sabía que seguir discutiendo no los llevaría a ningún lado, solo los alejaría aún más.

Ambos habían hecho cosas cuestionables. La rabia comenzó a desvanecerse, reemplazada por una tristeza desgarradora.

Porque, a pesar de todo, se habían querido. Se habían querido muchísimo.

—Laura...

Ella levantó la mirada. La distancia entre ellos, tanto física como emocional, parecía más grande que nunca.

Aun así, Eric hizo caso omiso de todo lo que estaba pasando en ese momento y dio un paso hacia ella.

Sin pensar en si era correcto o no, la atrajo hacia sí con una ternura abrumadora.

La envolvió en un abrazo, casi desesperado por sentir su cercanía, por salvar algo de lo que habían perdido.

Laura, al principio, permaneció rígida. Pero no tardó en entregarse al gesto. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas, que había estado conteniendo durante tanto tiempo, comenzaran a caer.

—Lo siento tanto... —susurró.

—Soy yo el que debería sentirlo, mi niña.

—Vas a ser muy feliz con Alma.

Eric no respondió de inmediato; solo la sostuvo más fuerte.

—También he sido muy feliz contigo.

Poco a poco, fueron separándose. Quien diga que hay despedidas más fáciles que otras miente.

Las despedidas duelen siempre. Cuando Eric se había separado de Alma una década antes, sintió que una parte de él se rompía inevitablemente.

Y ahora, al darle el último adiós a la mujer que le había entregado los años más felices de su vida, no se sintió mucho mejor.

—Que tengas suerte, Laura.

Ella asintió, con una expresión vacía y perdida, incapaz de encontrar las palabras correctas para despedirse. Después de todo lo vivido, después de todos aquellos años, ya no quedaba entre ellos nada más que el silencio.

Eric la miró una última vez. Había compartido su vida con ella, la había amado, la había odiado, la había entendido y, a veces, ni siquiera la había conocido del todo. La sensación de pérdida, de un final inevitable, se apoderó de ambos por completo.

Finalmente, dio media vuelta, cogió las maletas que aguardaban en la entrada y salió de aquella casa sin mirar atrás, sintiendo que las puertas que había dejado abiertas ya estaban cerradas para siempre.