41
La estación de Alicante estaba abarrotada a esas horas de la mañana.
Alma arrastraba la maleta entre la multitud que descendía del AVE, buscando con la mirada tres caras conocidas. No tardó en encontrarlas.
Claudia, Andrea y Nuria la saludaban a lo lejos, agitando los brazos con entusiasmo. Sin perder tiempo, corrió hacia ellas y las cuatro se fundieron en un abrazo.
Había conocido a su grupo de amigas a los trece años, durante unas vacaciones, y desde entonces se habían vuelto inseparables.
A pesar de que la distancia no siempre lo ponía fácil, habían logrado mantenerse unidas a través del tiempo y las circunstancias, por más desastrosas que estas fueran.
Alma sabía que, mientras ellas existieran, siempre tendría un hogar.
Y ahora, con su mundo patas arriba, había decidido visitarlas antes de que todas retomaran la ajetreada rutina del trabajo.
—No sabéis cuánto os he echado de menos —exclamó sin soltarlas.
—Y nosotras a ti, nena —respondió Nuria.
Solo pasaron por casa para que Alma pudiera dejar las cosas y cambiarse de ropa. Rápidamente, volvieron a salir.
Alma reía, nerviosa. Había transcurrido mucho mucho tiempo desde la última vez que se vieron, pero nunca habían roto el contacto. Seguían al tanto de sus vidas a través del divertido grupo de WhatsApp que compartían. Aquellos momentitos con ellas le devolvían la vida.
—¿Qué tal por Madrid? —preguntó Claudia cuando se sentaron a comer en una hamburguesería de la zona.
—Bien... —Alma se encogió de hombros—. Ahí voy.
—Yo te veo mejor —añadió Nuria.
Claudia apoyó los codos sobre la mesa y entrecerró los ojos con picardía.
—¿Has vuelto a saber de él?
—No.
Silencio.
—No te preocupes —dijo Claudia al fin, con una sonrisa confiada—. Ya sabes lo que decimos siempre: todos vuelven.
Esa era su frase estrella. La repetía hasta la saciedad. Y, la mayoría de las veces, tenía razón. Pero, en esa ocasión, Alma lo dudaba. Sintió un nudo en el estómago y bajó la cabeza, deseando que su amiga no se equivocara.
—Oye, cuéntanos cómo va eso del tarot —intervino Andrea—. ¿Ya te estás ganando la vida como brujita?
Una sonora carcajada escapó de los labios de Alma.
—Claro que no. Solo es un método de distracción. Me ayuda a no pensar.
—A mí me encanta todo eso. Ya sabes: soy de las que preguntan el horóscopo en la primera cita. —Claudia le dedicó una sonrisa ladeada—. ¿Has traído las cartas?
—Sí, las tengo en la maleta. Luego, si queréis, miramos qué tienen para deciros.
Comieron con calma, hablando del trabajo de Nuria, los novios de Claudia y los viajes de Andrea. Ellas tres eran las únicas personas en el mundo con las que Alma sentía que pertenecía a algún lugar. Y eso le había pasado muy pocas veces en la vida.
Cuando llegaron a casa por la noche, Alma les leyó las cartas a todas. Menos a sí misma.
—Joder, tía. Das en el clavo en todo —exclamó Claudia—. ¿Cómo es posible?
—Supongo que ya son muchos meses de práctica. —Alzó una ceja divertida.
Aquel día se acostaron pronto, porque tenían planeado madrugar para prepararse unos bocadillos e ir a pasar el domingo a la playa.
Antes de que Alma se quedara dormida, Claudia irrumpió en la habitación y se sentó a los pies de la cama. En las manos llevaba un papel.
—Conozco a una persona en Madrid —dijo—.
Es medio brujita, como tú; le gustan las energías, el tarot y todas esas cosas.
Te he apuntado su dirección y su número de teléfono aquí.
—Extendió el papel hacia ella—. Quizá pueda ayudarte a buscar respuestas.
Dile que vas de parte de una amiga; así no tendrás ningún problema. Se llama Lola.
Alma lo cogió y lo observó con curiosidad.
—Gracias, Clau. La llamaré.
Cuando Claudia salió de la habitación, Alma se quedó con el papel entre los dedos, repasando el nombre escrito en él: Lola.
No estaba segura de qué esperaba encontrar si accedía a ir a verla. Ni siquiera sabía si quería respuestas. Pero algo en su interior la impulsaba a aferrarse a cualquier indicio que pudiera ayudarla a entender lo que estaba sintiendo.
Dejó el papel sobre la mesilla y apagó la luz. A pesar del cansancio del viaje, el sueño tardó en llegar. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, oyendo la respiración tranquila de sus amigas en la habitación de al lado.
Por primera vez en meses, no se sintió sola.
Y, con ese pensamiento envolviéndola, finalmente se dejó arrastrar por el sueño.
El fin de semana pasó en un suspiro. Lo que más odiaba Alma de aquellas visitas exprés era el momento de la despedida: apenas tenía tiempo de acostumbrarse a la presencia de sus amigas cuando ya debía volver a Madrid.
Durante el viaje de regreso, no dejó de pensar en la dirección que le había dado Claudia. Apretó el papel arrugado en el bolsillo de su chaqueta.
Se tomó un par de días para descansar y decidir qué hacer.
Finalmente, llegó a la conclusión de que no había nada que perder. Así que se subió al coche, puso la dirección en el GPS y arrancó sin pensarlo demasiado.
Mientras conducía, tamborileaba con los dedos sobre el volante, sintiendo la inquietud instalarse en su pecho. ¿Y si todo aquello era una pérdida de tiempo?
Se repitió de nuevo a sí misma que daba igual, que iba sin expectativas.
Cuando llegó a la dirección, aparcó el coche y se quedó unos segundos en silencio, con las manos aferradas al volante. El cartel sobre la puerta era discreto pero visible. Apenas un nombre escrito con tinta dorada sobre un fondo negro. lectura de cartas. canalización. energías.
Alma tragó saliva.
Salió del coche, caminó hasta la puerta y llamó con un par de golpes suaves. Apenas pasaron unos segundos antes de que esta se abriera.
—Hola, soy...
—Tú debes de ser la amiga de Claudia —la interrumpió la mujer antes de que pudiera presentarse—. Pasa, cariño, te estaba esperando.
Alma vaciló un momento antes de cruzar el umbral. El sitio era lúgubre, con una tenue luz cálida proveniente de las velas, que proyectaban sombras danzantes en las paredes. El aire estaba cargado de un aroma espeso, una mezcla de inciensos, hierbas y aceites que no supo reconocer.
Sobre las estanterías, montones de cartas y amuletos se apilaban con cierto desorden.
—Siéntate, cielo —indicó Lola, señalando una mesa redonda cubierta con un mantel bordado.
En el centro, un mazo de cartas descansaba junto a una esfera de cristal y varias piedras semipreciosas desperdigadas al azar.
Alma obedeció, sintiendo que un escalofrío le recorría la nuca.
—¿Qué te trae por aquí?
—Si soy completamente sincera, ni yo misma lo sé.
—Creo que en el fondo sí lo sabes. Pero no te atreves a decirlo en voz alta. Temes que me parezca una tontería... o que las cartas te digan algo que no quieres oír. Pero ellas nunca mienten. Lo que salga siempre tendrá un propósito mayor.
Alma se humedeció los labios, insegura de por dónde empezar. Lola le sostuvo la mirada con atención. En ese instante, supo que con ella podía ser completamente sincera. No la juzgaría.
—Conocí a un chico...
—Bien, eso ya es un avance —dijo Lola satisfecha—. ¿Y qué pasó? ¿Te rompió el corazón?
—En trocitos muy pequeños.
—Y necesitas respuestas, ¿verdad?
—Más bien necesito un milagro para que deje de doler.
—Milagros no hago, niña, pero para dar respuestas soy bastante buena. ¿Qué te parece si empezamos por ahí?
Alma asintió.
—¿Cómo se llama él?
—Eric.
Con un gesto elegante, Lola comenzó a barajar las cartas y a repartirlas sobre la mesa. Alma contuvo el aliento, observando cada movimiento.
—Compartes una conexión muy especial con él. Muy profunda. Pocas veces he sentido algo así en una tirada. Antes me hablabas del dolor que sientes, pero... ¿y si te dijera que ese dolor no es del todo tuyo?
—¿Cómo?
—Estáis conectados energéticamente. Muchas de las emociones con las que cargas no te pertenecen a ti. Le pertenecen a él.
—¿Y qué puedo hacer?
—Nada. Cortar el lazo que os une sería un error. Os haría daño a ambos.
—Pero... no lo entiendo. Si nuestra conexión es tan fuerte, ¿por qué no estamos juntos?
—Porque una cosa es el plano terrenal y otra el astral. Las almas tienen un lenguaje distinto. Que estéis destinados no significa que podáis estar juntos en esta vida.
—Entonces..., ¿no va a volver?
—Eso solo lo dirá el tiempo.
Alma suspiró, tratando de asimilar sus palabras.
—Ten paciencia, Alma. Las cosas que merecen la pena se hacen esperar. Quizá ahora no sea vuestro momento, pero eso no quiere decir que no vaya a serlo nunca. El destino tiene formas peculiares de reunir a las almas gemelas.
La miró en silencio, preguntándose si aquella era la respuesta que esperaba oír.
—¿Por qué se fue?
—Porque estaba herido, igual que tú. Sanad por separado, para que, cuando llegue el momento, podáis crecer juntos.
Alma sintió un nudo en el pecho. Aceptar que sería el tiempo el que decidiera por ellos le resultaba insoportable. Pero más aún lo era la idea de no volver a verlo.
Bajó la mirada hacia las cartas sobre la mesa. Las respuestas estaban ahí. Y, de momento, eso tendría que bastarle.
Luego alzó la vista hacia Lola, con un brillo de lágrimas en sus ojos azules, y preguntó en un susurro:
—¿Y ahora qué hago yo con esta herida, si las vueltas de la vida no nos vuelven a juntar?