La noche en que ardió el Guernica 40
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Eric llegó a Berlín al anochecer. Nada más poner un pie en el aeropuerto, la presión en su pecho se intensificó.

Había pasado todo el vuelo repasando mentalmente lo que le diría a Laura, ensayando cada palabra, cada posible respuesta.

Pero ahora, de pie frente a la puerta de su apartamento, se dio cuenta de que no estaba preparado.

Cuando entró, la encontró en el salón, descalza y con una copa de vino en la mano. La televisión estaba encendida, pero con el volumen tan bajo que apenas se oía. Ni siquiera giró la cabeza al oír la cerradura ni el sonido de sus pasos resonando en la estancia.

Dejó caer la maleta en el suelo sin molestarse en deshacerla. Dio un par de pasos hacia ella, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.

—Hola...

La voz le salió temblorosa, casi imperceptible. Por un momento, creyó que ella no lo había oído.

—¿Qué tal el viaje? —Su tono era tan neutro que resultaba inquietante.

—Ha estado bien.

—Me lo imagino.

Eric inhaló hondo. No podía andarse con rodeos.

—Laura, lo siento mucho.

Ella lo miró durante varios segundos y parpadeó un par de veces, como si intentara procesar sus palabras. Después, sonrió con incredulidad. Eric sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿El qué sientes? ¿No haberme llamado en una semana porque estabas con otra mujer? ¿No haberme dicho que el libro de Alma trataba sobre ti?

—Yo no lo sabía. No tenía ni idea de qué había sido de su vida. Le perdí la pista hace diez años. Me enteré de todo al llegar a España.

—Debió de ser toda una sorpresa. —Hizo una pausa antes de añadir, con la mirada perdida—: ¿Te has acostado con ella?

La pregunta golpeó a Eric como una bofetada.

—¿Qué? No. Claro que no.

Laura asintió despacio, como si estuviera sopesando si creerlo o no. De todos modos, no era tan ingenua como para pensar que no había pasado absolutamente nada entre ellos. Pero prefirió no indagar.

—Bien. Entonces imagino que nuestra boda sigue en pie.

Eric contuvo el aliento, dirigiendo la mirada al suelo. Era ahora o nunca.

—No puedo hacerlo.

El silencio que siguió fue cortante. Laura se tensó visiblemente. Sus dedos se aferraron con más fuerza a la copa de vino, pero su rostro se mantuvo inexpresivo.

—Estoy enamorado de ella.

Y ahí fue cuando la calma fingida de Laura se quebró. Su mandíbula se endureció y se levantó de golpe, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco.

—Será una broma.

—No lo es —afirmó Eric, alzando la cabeza para mirarla directamente—.

Cuando volví a verla, todo mi mundo se tambaleó.

Y ojalá algún día puedas perdonarme, Laura.

No quiero que pienses que no te he querido.

Pero lo que siento cuando estoy con ella es...

distinto. Y sé que suena egoísta, pero no quiero renunciar a eso.

Laura soltó una risa amarga que rozaba lo sarcástico. Pero Eric vio en sus ojos el brillo de lágrimas contenidas.

—Por favor, no me hagas creer que lo nuestro ha significado algo para ti.

—Significó mucho —respondió con sinceridad—. Y sigue significando mucho, muchísimo. Me importas, Laura; me gustaría conservarte en mi vida, pero de otra manera. Las cosas han cambiado.

—¡Ella te ha cambiado! —gritó Laura, fuera de sí—.

¡Te fuiste hace dos semanas, Eric! ¡Dos semanas!

¡Y ahora vuelves diciéndome que estás enamorado de otra mujer, de alguien a quien no has visto en diez años!

—Se tomó un segundo para respirar, pasándose las manos por el pelo—.

¿Qué te ha hecho? ¿Qué pájaros te ha metido en la cabeza?

—Esto no tiene nada que ver con lo que ella me haya dicho o hecho. Tiene que ver con lo que yo siento.

—¿Y ya está? ¿Así de fácil? ¿Me estás dejando?

—Laura... —dijo Eric, dando un paso hacia ella, pero esta se apartó antes de que pudiera tocarla.

—No puedes hacerme esto.

Eric sintió que el nudo en su garganta se volvía insoportable. Nadie dijo que sería fácil, pero tampoco imaginaba que fuera a dolerle tanto.

—No quiero hacerte daño —susurró—. Pero estoy enamorado de Alma. He tenido que volver a verla para darme cuenta. Y esa es una verdad que no va a cambiar, aunque me casara contigo mañana.

El labio inferior de Laura tembló, pero rápidamente apretó la mandíbula.

—Eres un hijo de puta.

Eric cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de sus palabras.

—Lo sé. Y lo siento.

Laura apartó la vista. Sus manos temblaban. Eric estuvo a punto de acercarse a ella, pero sabía que no serviría de nada.

—Vale —susurró ella.

Él se quedó inmóvil unos segundos. Luego, recogió su maleta y se dirigió a la puerta sin mirar atrás.

Cuando la cerró, sintió que por fin podía respirar.

Pero no se sintió mejor.