39 #2
Alma parpadeó aturdida.
—¿Sigues ahí? —oyó que decía Emma al otro lado del teléfono.
—S-sí... Aquí estoy.
—Llego en diez minutos. No se te ocurra moverte de casa.
Dicho y hecho.
Diez minutos después, las dos estaban tiradas en el sofá con una cerveza en la mano. A Alma ni siquiera le gustaba la cerveza, pero ese día hizo una excepción. Su cabeza iba a estallar.
—¿Y bien? —inquirió Emma, mirándola por encima de la lata—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Con qué?
—Bueno, a ti él te mola, ¿no?
—Emma, ¿dónde estabas cuando su novia hablaba en televisión de lo mucho que se quieren? —puntualizó Alma, haciendo énfasis en la palabra «novia».
—¿Te ha besado?
Alma la miró incrédula.
—¿Qué?
—Tienes cara de que te ha besado. ¿Lo ha hecho?
—Sí. Me ha besado.
Emma alzó las manos, triunfal.
—Entonces tanto no la quiere.
—Las cosas son más complicadas que eso.
—Cariño, en este caso las cosas no son complicadas en absoluto. Es fácil: ¿tu novio no te pone los cuernos? Te quiere. ¿Tu novio te pone los cuernos? No te quiere.
—No le ha... puesto los cuernos.
—Un beso son cuernos.
—Cállate.
—Vale, pero sabes que tengo razón —sentenció Emma, encogiéndose de hombros—. Por cierto, ¿por qué sigues viviendo aquí? Ganas una pasta. Puedes permitirte algo mejor que este cuchitril.
—No me gustan los lujos.
—¿Y qué hay de eso que decíamos cuando éramos adolescentes? Que, cuando una de las dos fuera millonaria y famosa, mantendría a la otra.
—Primero, no soy millonaria. Y segundo, tienes más cara que espalda.
Su risa fue interrumpida cuando el móvil vibró sobre la mesa de cristal. Alma extendió la mano para alcanzarlo y miró la pantalla.
—¡Joder, es él! —exclamó, incorporándose de golpe.
—¡Cógelo! ¡¿A qué esperas?!
—Pero ¿y qué le digo?
—Yo qué sé; ya improvisaremos algo.
Alma descolgó justo a tiempo, mientras Emma le hacía gestos frenéticos para que pusiera el altavoz.
—¿Alma?
—Hola, Eric, ¿qué tal? —intentó sonar desenfadada, pero la voz le salió excesivamente tensa.
—¿Lo has visto?
—Am..., sí. Lo he visto.
—¿Puedo ir a verte y hablamos?
Alma miró a Emma, que movía los brazos como una loca, indicándole que dijera que sí.
—Verás..., no sé si es buena idea.
—Solo cinco minutos.
Dudó. Emma seguía gesticulando con tanta energía que parecía a punto de caerse del sofá. Y ella no sabía tomar decisiones bajo presión.
—Está bien —cedió.
—Menos mal, porque estoy en la puerta de tu casa. Abre.
—¿Cómo?
En ese instante, el timbre sonó.
Alma dejó el móvil sobre la mesa, se apresuró a recoger los restos de la improvisada merienda y se atusó el pelo con nerviosismo antes de ir a abrir la puerta.
Eric apareció todavía con las maletas y la ropa arrugada del viaje.
—Lo siento muchísimo; no tenía ni idea. Esto no es propio de ella; no sé qué le ha podido pasar para aceptar una entrevista así —aseguró mientras entraba apresuradamente en la casa.
Ni siquiera reparó en Emma, que lo observaba desde el sofá con una ceja arqueada.
—¿Has hablado con ella?
—No me coge el teléfono.
—Si te soy sincera, yo tampoco te lo cogería —intervino Emma.
Eric se sobresaltó.
—¡Hola! —Emma se puso en pie con una sonrisa—. Soy Em, su mejor amiga. Seguro que te ha hablado de mí.
Se acercó y le plantó dos besos antes de que Eric pudiera reaccionar. Luego lo miró de arriba abajo con descaro y silbó por lo bajo.
—Sí. Algo he oído hablar de ti —murmuró él.
—Vaya... Alma se quedó corta. No me esperaba que fueras tan... —Se interrumpió a mitad de la frase, para poder escanearlo de pies a cabeza.
—¿Tan qué? —inquirió Eric, con una sonrisa traviesa en los labios.
—Tan nada —terció Alma antes de que se muriera de la vergüenza—. ¿No has pasado por casa?
—No he tenido tiempo. Estaba en el hospital con mi padre cuando vi lo de la entrevista. Vine directo aquí.
—¿Quieres darte una ducha?
—¿No te importa?
—Claro que no.
Eric siguió a Alma hasta el baño.
—Puedes secarte con esta toalla. Y aquí tienes champú, gel... Usa lo que quieras.
—Gracias, Alma.
No le dio tiempo a salir del cuarto de baño antes de que Eric comenzara a desnudarse. Apartó la vista rápidamente y se fue al salón con Emma, tras cerrar de un portazo.
—¡Tía, está buenísimo! —exclamó Emma, todavía en shock—. ¿Y si lo espiamos un poco?
—Estate quieta, por Dios —suplicó Alma, agarrándola del brazo justo antes de que pudiera acercarse al picaporte.
Emma puso cara de niña traviesa, pero finalmente suspiró.
—Tienes razón; será mejor que os deje solos.
—¿Qué? Ni se te ocurra. Te juro que te mataré.
—Nena, has estado viviendo con él una semana. Creo que podrás aguantar un ratito más.
Alma murmuró un insulto en voz baja justo cuando Emma cerraba la puerta de la calle, pero ya no la oyó.
Se sentó en el sofá a esperar a que Eric terminara. El sonido del agua cayendo sobre su piel la hacía enloquecer. La imagen de él, desnudo, a tan solo unos pasos de ella, se instaló en su mente sin que pudiera evitarlo. Se puso los auriculares en un intento de distraerse.
Eric salió al cabo de un rato, con una toalla atada a la cintura y el pecho todavía húmedo por la ducha. Alma tragó saliva varias veces, haciendo un esfuerzo sobrehumano por desviar la mirada.
—¿Necesitas... algo de ropa?
—En realidad, solo quería provocarte un poco.
—Qué gracioso —exclamó ella, lanzándole un cojín—. Vístete.
Eric sonrió con aire travieso antes de desaparecer de nuevo en el baño. Cuando volvió, ya vestido, se sentó junto a ella en el sofá, más cerca de lo que Alma se sentía capaz de soportar.
—Mientras venía de camino, me saqué un vuelo para Berlín. Me voy mañana.
—¿No es un poco pronto?
—Más bien demasiado tarde —respondió, envolviendo una de las manos de Alma entre las suyas—. Necesito saber si esperarás a que vuelva.
—¿Eso es lo que quieres?
—Quiero lo que sea más justo para ti.
Alma suspiró.
—Lo más justo para mí sería estar contigo.
Él guardó silencio, con la mirada perdida en un punto fijo.
—Me encantaría ver la vida a través de tus ojos. Tú no dudas, no tienes miedos.
—Sí que los tengo.
—¿Y qué haces con ellos?
Alma sostuvo su mirada.
—Los ignoro. Porque sufrir no siempre es perder. Pero rendirse no será jamás una victoria.
Se quedaron así un rato más, recostados en el sofá, sin hablar, solo con las manos entrelazadas. Quedaron en verse cuando Eric volviera de Alemania. Alma sabía que se arriesgaba a que él, una vez más, tomara la vía fácil. A que desapareciera de nuevo, incluso.
Pero asumió el riesgo de todos modos.
Porque perder por amar siempre sería más digno que no haber amado nunca.
Se despidieron con un abrazo y, en cuanto Alma cerró la puerta, Eric cogió Sol de medianoche , lo abrió por la primera página y leyó la dedicatoria:
Escribí este libro pensando en el amplio abanico de posibilidades, en todos los futuros a los que estabas diciéndoles que no. Y en qué habría pasado si tú me hubieras escogido.
Hace diez años no pudo ser.
Permíteme reescribir nuestra historia ahora. Descubramos juntos si lo que habría pasado era mejor que lo que imaginé.
Y, si un día no me encuentras, búscame en el Guernica. Allí siempre te estaré esperando.