39
Eric le pidió a Alma que lo dejara en la puerta del hospital.
Habían pasado las trece horas de trayecto en silencio, sumidos en sus propios pensamientos.
Principalmente, en los de los últimos días.
El viaje había llegado a su fin, pero las sensaciones que había despertado en ellos seguían ahí, imposibles de ignorar.
Antes o después, tendrían que enfrentarse a ellas.
—Bueno... —comenzó diciendo ella, metiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros mientras se balanceaba ligeramente—. Gracias por todo. Ha sido divertido.
—Espero que Alsacia haya estado a la altura de tus expectativas —respondió Eric. Se quedó en silencio un instante antes de añadir—: Y lo siento si yo no lo he estado.
Alma esbozó una sonrisa ladeada. En realidad, ambos se habían quedado con ganas de seguir tachando cosas de la lista, pero sabían que, antes o después, tendrían que aterrizar de nuevo en la realidad.
—El primer día te dije que, si consideraba que el viaje había valido la pena, te dedicaría mi libro. ¿Lo recuerdas?
—Sí.
—¿Puedo?
Eric entrecerró los ojos.
—¿Crees que ha valido la pena?
—Ahora lo averiguarás.
Él se inclinó sobre su maleta y abrió el bolsillo exterior. Sacó Sol de medianoche y un bolígrafo y se los entregó a Alma. Ella cogió el libro sin dudar, lo abrió por la primera página y, apoyándose en el capó del coche, empezó a escribir.
Eric apartó la vista cuando la camiseta de Alma se deslizó ligeramente sobre su espalda, dejando al descubierto un fragmento de piel.
—Léelo cuando estés solo —le pidió, tendiéndole el libro y el bolígrafo.
El silencio se instaló entre ellos mientras se envolvían en un abrazo. Fue un instante largo, más de lo necesario, más de lo que debería haber sido. Ninguno quería separarse. Pero lo hicieron.
Alma subió al coche y arrancó. Eric la vio alejarse hasta que desapareció en la distancia. Solo entonces suspiró, sujetó con más fuerza el libro y encaminó sus pasos hacia la entrada del hospital.
Al llegar a la habitación 405, encontró a Alfredo viendo un programa de cocina en la televisión. De alguien había sacado él su pasión por la gastronomía. Rezó mentalmente para que, aquel día, estuviera de buen humor.
Por primera vez, fue Alfredo quien rompió el silencio.
—Ya has vuelto —afirmó, echando un rápido vistazo a la maleta que cargaba Eric.
—Acabo de llegar.
—¿Has estado con esa chica? —indagó.
Eric supo al instante que mentir no serviría de nada.
—Sí. He estado con Alma.
—Habéis liado una buena...
Eric frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Yo también tengo acceso a las noticias; ¿sabes? Estáis por todas partes. Hasta en esas aburridísimas revistas del corazón que me sube la enfermera todos los días.
—Ah..., sí. Respecto a eso..., supongo que era un riesgo que asumíamos.
Las tornas habían cambiado. Normalmente, era su padre quien no tenía fuerzas para hablar. En esta ocasión, era a Eric a quien no le apetecía hacerlo. Aun así, quería aprovechar aquel momento, reconciliarse con él, recuperar los años perdidos..., si es que aún quedaba margen para ello.
—Creía que te casabas dentro de dos meses —dijo Alfredo.
—Y lo hago.
—¿Estás seguro?
Eric bajó la vista pensativo.
—No. La verdad es que no.
Su padre dejó escapar un suspiro antes de hablar.
—Si me permites un consejo..., hazlo.
Eric le sostuvo la mirada, esperando que dijera algo más.
—Cásate y olvídate de esa chica. Hazme caso. La fama nunca trae nada bueno. Es una jaula de oro.
—¿Aunque me case sin amor?
—No serías el primero ni el último.
—¿Tú te casaste con mamá sin amor?
Alfredo tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz salió cargada de amargura.
—Mi padre siempre me decía que escuchara a la cabeza, nunca al corazón. El corazón es mentiroso, traicionero. Hice caso a sus palabras toda mi vida. No espero que tú hagas lo mismo, pero..., por una vez, podrías dejarte de mariconadas y pensar en qué es lo mejor para tu futuro.
Se vio interrumpido por un nuevo ataque de tos antes de que pudiera seguir hablando. Eric esperó a que se calmara.
—Te veo mejor —comentó, cambiando de tema con una sonrisa ladeada.
—Tengo mis días.
Alfredo cogió el mando de la televisión y comenzó a hacer zapping , saltando de canal en canal sin detenerse en ninguno..., hasta que uno llamó la atención de Eric.
—¡Espera, espera! —le pidió apresuradamente—. Vuelve atrás.
Cuando lo hizo, lo que vio le heló la sangre.
Una presentadora de televisión hablaba sin parar.
En una esquina de la pantalla iban apareciendo, una tras otra, las fotos que le habían sacado con Alma.
Aún no había tenido el valor de buscarlas en internet.
Pero ahora allí estaban, en plena emisión, siendo comentadas por un rostro de melena rubia que reconoció al instante.
—No puede ser.
Alma llegó a su casa veinte minutos más tarde.
Durante todo el trayecto notó que el móvil vibraba sin parar en el bolsillo trasero de los pantalones.
Seguro que era la pesada de Emma. Ya había hablado con ella el día anterior y le había dicho a qué hora llegaba, pero ni siquiera había tenido tiempo de instalarse.
Esperó a dejar las maletas antes de mirar el móvil. Más le valía que fuera algo importante.
Tenía cincuenta y cuatro mensajes de ella, la mayoría ininteligibles.
Treinta y dos llamadas, y hasta tres correos electrónicos.
Pero no solo eso. Emma no era la única que la había estado bombardeando.
Su madre, sus primas, antiguos compañeros de clase cuyos nombres ni siquiera recordaba, gente con la que apenas había cruzado dos palabras años atrás...
Todos parecían haberse puesto de acuerdo para escribirle de golpe.
Alma revisaba los mensajes con el ceño fruncido, tratando de averiguar qué demonios pasaba, cuando el teléfono sonó de nuevo.
El nombre de Emma apareció en la pantalla.
—¡Pon la tele, rápido! —gritó antes de que ella pudiera decir una palabra.
—¿Qué pasa?
—¡Que pongas la tele, te he dicho!
Con el pulso acelerado, Alma se dejó caer sobre el sofá, agarró el mando y encendió la televisión.
En pantalla apareció un rostro que parecía esculpido por los mismísimos dioses.
Su melena rubia caía con delicadeza sobre los hombros, enmarcando unos ojos castaños de una profundidad hipnótica.
Cada gesto, cada movimiento, parecía perfectamente calculado, como si hubiera ensayado aquella escena mil veces.
Era guapísima.
Frente a ella, la entrevistadora la observaba en silencio, embelesada.
—No, yo no tenía ni idea de que se trataba de Eric. ¿Cómo iba a saberlo? —insistió la chica, que no debía de tener más de veintinueve años.
—Y, cuando te enteraste, ¿cómo reaccionaste?
—Pues imagínate. Estamos en el mejor momento de nuestra relación y, de repente, aparecen esas fotos. No daba crédito.
Alma sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies y tuvo que aferrarse al sofá para no acabar desplomada.
—No me jodas —murmuró.
Subió el volumen de la televisión. A través del teléfono, podía oír la respiración entrecortada de Emma.
—¿Qué te dijo Eric cuando las fotos salieron a la luz?
La expresión de Laura cambió en un instante. Algo en su mirada se tensó, como si estuviera conteniendo la ira.
—No he podido hablar con él —farfulló—. Está en un viaje de negocios.
—¿Crees que puede estar con Alma? —insistió la entrevistadora.
—No. No creo que esté con Alma. Una cosa es que ellos tuvieran una historia en el pasado y otra que me esté poniendo los cuernos.
—Pero ellos se han visto desde que él regresó de Alemania. Las fotos están ahí.
—En esas fotos no se ve nada.
El plató se sumió en un silencio incómodo. Laura mantenía el tipo, pero Alma se fijó en cómo retorcía los dedos sobre las rodillas sin darse cuenta. Era el mismo gesto que ella misma hacía cuando los nervios la traicionaban.
—¿Has leído Sol de medianoche ?
—No he tenido el placer. Pero estoy segura de que Alma Ferrer ha escrito un gran libro.
Intentaba mantenerse neutra. Eric le había comentado que Laura era periodista. Probablemente, sabía cómo esquivar preguntas incómodas.
—Si me lo permites, lo tengo aquí mismo —dijo la entrevistadora, levantando un ejemplar de Sol de medianoche —. ¿Te importa si leo un fragmento?
Laura apretó los puños sobre el vestido de flores que llevaba.
—Claro. Adelante —respondió con una sonrisa forzada.
La mujer abrió el libro por una página cualquiera y empezó a leer:
—«Dicen que hay amores que nunca terminan, y no sé cuánta verdad hay en eso, pero, si es cierto que hay conexiones indestructibles, tal vez puedas contarme algún día, en algún sueño, cómo te va, si encontraste la salida por la que quisiste huir, si de vez en cuando piensas en mí.
Y tal vez yo, entonces sí, pueda decirte que soy feliz, aunque a veces siga escribiendo sobre la noche de Madrid vista desde el ventanal del Reina Sofía, besos en salas vacías, copas de vino, helados de frambuesa, atardeceres desde el Templo de Debod, corazones verdes, promesas de meñique...
y sobre qué sería de ti y de mí ahora si nunca hubieses pronunciado aquel adiós».
Laura se secó una lágrima con rapidez. Alma hizo lo mismo. Y, al otro lado de la línea, Emma dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Joder, tía —exclamó—. Qué piquito tienes.
La entrevistadora no se detuvo ahí.
—¿Qué sientes al escuchar eso y saber que el hombre del que habla es tu pareja?
Laura inspiró hondo antes de contestar.
—Bueno, como ella dice, hay amores que siempre duran. No la puedo juzgar por ello.
—¿No te pone celosa saber que vivieron algo así? Voy más allá: ¿no te genera inseguridad que él pudiera sentir por ella algo que nunca sentirá por ti?
La mandíbula de Laura se tensó. Sus ojos le lanzaron una mirada helada.
—Yo creo que hay muchos tipos de amor. El de ellos fue solo uno más.
La entrevistadora iba a replicar, pero Laura la interrumpió.
—¿Hemos terminado?
—Bueno, en realidad aún nos queda...
—Lo siento; no tengo más tiempo. Ha sido un placer. Gracias por invitarme.
Y, sin más, se levantó y salió del plató, dejando a la mujer con la palabra en la boca.