38 #2
Como si tal cosa, se dejó caer en uno de los incómodos asientos de la línea 11. Subió al primer tren que pasó y se bajó tres estaciones después, en Alonso Martínez. Podría haberse bajado en Plaza de España, pero sabía que, si lo hacía, se pasaría todo el trayecto de pie.
Así que cambió de andén y esperó.
La pantalla indicaba que el siguiente metro llegaría en veinte minutos.
«Genial —pensó—. Podría estar en casa desde hace una hora».
Alma miraba la pantalla del móvil, incapaz de concentrarse en nada más.
Cada minuto que pasaba allí esperando, más se desesperaba.
Hasta que, de repente, algo cambió en el aire.
Una sensación, como una corriente eléctrica, le recorrió el cuerpo de arriba abajo.
Su instinto lo sintió primero: ese cosquilleo en la piel que solo se experimenta cuando sabes que alguien está cerca, aunque aún no lo hayas visto.
Miró a su alrededor. El bullicio del metro seguía siendo el mismo.
Sin embargo, cuando su vista se dirigió hacia la esquina que daba a las escaleras mecánicas, lo vio.
La figura de Eric apareció como una sombra entre la multitud, caminando con paso decidido, ajeno al mundo.
Su corazón dio un vuelco y, antes de que pudiera reaccionar, él le devolvió la mirada.
Sin embargo, no se detuvo. No hubo ningún gesto. Ningún asomo de sorpresa en su rostro.
Pero ella no podía quedarse ahí, viéndolo pasar como una espectadora más, aunque no entendiera su reacción.
Sin pensarlo, se levantó rápidamente y, con el pulso acelerado, caminó hacia él.
—¿No me vas a saludar? —Su voz sonó más firme de lo que sentía, en un intento desesperado de recuperar algo de control en un momento en que se le escapaba de las manos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, sin detenerse. Alma pudo percibir el nerviosismo que se filtraba entre sus palabras.
—He quedado esta tarde y ya me iba a casa. ¿Y tú?, ¿qué haces aquí?
—Acabo de salir de trabajar. Joder, Alma... Lo último que me esperaba era encontrarme contigo.
—Ya... Bueno, te aseguro que yo estoy igual de sorprendida que tú.
Eric solo frenó sus pasos cuando llegaron al final del andén. Fue entonces cuando quedaron frente a frente, en silencio, como si todo el bullicio a su alrededor hubiera dejado de existir. Se miraron durante unos segundos, estudiándose, tratando de leerse entre líneas.
Habían pasado cuatro meses y, sin embargo, parecía que no había transcurrido ni un solo día.
Alma sentía que el tiempo se había quedado congelado.
Allí estaba él, tan real, tan cercano, al alcance de sus dedos, pero al mismo tiempo tan lejano que resultaba imposible de soportar.
Era como si nada hubiera cambiado, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto, pero, a la vez, todo estaba fuera de lugar.
El silencio entre ellos no era molesto, como lo había sido con Álex. Era más bien sereno, tranquilo. La calma que precede a la tormenta.
—Te han quitado la escayola —comentó Alma, fijándose en su brazo desnudo.
—Sí. Me ha quedado solo una pequeña cicatriz. —Eric se señaló una marca diminuta, casi imperceptible.
—¿Esto de aquí? —Alma acercó los dedos al punto exacto que él le señalaba. En realidad, fue solo una excusa para tocarlo, para sentir de nuevo la cercanía de lo que había perdido. La calidez de su piel.
—Sí.
Sus ojos se cruzaron y todo a su alrededor desapareció. El mundo se desvaneció por un instante. Y, por primera vez en meses, Alma recordó lo que era estar cerca de él. Ese hormigueo en el estómago, esa sensación de familiaridad que nunca se había ido del todo.
—No te había reconocido de rubia —murmuró él, como si la voz se le escapara sin querer.
Alma estuvo tentada de preguntarle si la veía guapa.
Pero no le pareció que procediera en un momento como aquel, así que se contuvo.
En cambio, le preguntó por su madre, por su padre, por su hermana, por su trabajo, por sus amigos...
Necesitaba saberlo todo. Saber qué había sido de su vida durante esos cuatro meses.
Necesitaba sentir que aún podían compartir algo, aunque fuera solo por unos minutos.
Algo en su tono la hizo intuir que no estaba saliendo con nadie.
Y eso la hizo sonreír por dentro, aunque intentara disimularlo.
Mientras él hablaba, ella no podía dejar de contemplarlo con atención.
Se fijó en las motitas verdes de sus ojos, que ahora se clavaban en ella con una intensidad que la desbordaba.
En la goma para el pelo que llevaba a modo de pulsera.
En cómo jugueteaba con el mechero entre los dedos.
En los tatuajes que recorrían sus brazos: el nombre de su hermana pequeña en el antebrazo izquierdo, el intrincado patrón de flores que cubría todo el brazo derecho, desde el hombro hasta la muñeca, y ese rey de picas en el dedo anular.
Quería hacer una radiografía mental de su cuerpo, de cada detalle, por si no volvía a tener otra oportunidad como aquella. Como si la única salida que le quedara fuera tener que aprender a vivir con su recuerdo.
No quería olvidarse de él.
Maldijo para sí cuando oyó el sonido del metro al llegar a la estación. La gente empezó a amontonarse y las puertas se abrieron, invitándolos a subir. En ese momento, lamentó no haberse bajado en otra parada. El tren estaba tan lleno que no cabía ni un alfiler.
Pero, si lo hubiera hecho, no estaría allí con él.
Eric se apartó ligeramente para dejarla pasar primero.
Se abrieron paso entre el gentío hasta llegar al pasamanos junto a la puerta de salida.
Sus cuerpos estaban tan cerca que Alma casi podía sentir el calor de su piel.
Intentó, con todas sus fuerzas, reprimir las ganas de alzarse de puntillas y volver a besar sus labios.
Estaba tan guapo como lo recordaba.
Ojalá él estuviera pensando lo mismo de ella.
Eric hablaba apresuradamente, casi sin dejarle espacio para intervenir.
Pero a Alma no le importaba. Le gustaba escuchar su voz.
Y, en realidad, no creía tener nada interesante que contar.
Se había pasado los últimos cuatro meses llorando y buscando respuestas en las cartas del tarot, con su vida convertida en un caos emocional.
Eso había sido lo más relevante que había hecho en todo ese tiempo.
—Me voy a Alemania en agosto —espetó él de repente.
Alma sintió que su corazón se hacía más pequeño. Fue como un golpe seco, un puñetazo directo al estómago.
Claro que lo sabía. Lo había soñado. Pero no se atrevió a decirlo. No quería que pensara que estaba loca.
Sin embargo, ahí estaba la confirmación. En dos meses, un universo se interpondría entre ellos. Mucho más grande y feroz que el que ya se había alzado entre ambos durante los últimos cuatro meses.
La distancia arrasa con todo.
Alma casi lo agradeció. Quizá así lograría olvidarlo. Pero, en el fondo, sabía que se estaba mintiendo a sí misma.
—Te irá genial. —Esbozó una débil sonrisa—. Estoy segura de ello, Eric. Te lo mereces.
Cuando llegaron a Príncipe Pío, él le preguntó si se bajaba allí. Aunque, técnicamente, ella debía continuar, no pudo evitarlo y le dijo que sí.
Eric caminaba apresuradamente, y a Alma se le hacía difícil seguirle el ritmo. Quizá solo estuviera nervioso. O tal vez, simplemente, quería deshacerse de ella, igual que ella se había deshecho de Álex un rato antes.
Dios sabría.
Alma solo quería arañar un poco más de tiempo con él. No le importaba si rozaba lo patético. Quería prolongar la sensación que le provocaba estar a su lado, aunque solo fuera por un segundo.
—¿Adónde vas? —preguntó él cuando llegaron a la parada de autobús. El conductor ya estaba esperando.
—No lo sé.
Eric rio genuinamente. Alma agradeció que él hiciera como si nada. No quería enfrentarse a más humillaciones.
—Es que... me acaba de escribir una amiga para quedar —improvisó rápidamente—. Aún no me ha dicho dónde.
—Bien, pues... pasa buena noche.
—Y tú.
Ambos se quedaron mirándose en silencio durante unos instantes que parecieron eternos, suspendidos en el tiempo, completamente ajenos al mundo que seguía girando a su alrededor.
Allí, en mitad de la calle, desearon quedarse a vivir en esa última fracción de segundo, en ese momento fugaz donde solo estaban ellos dos y las despedidas no llegaban.
Finalmente, Alma fue la primera en hablar, con voz suave.
—Cuídate.
—Tú también —respondió él.
Alma no pudo contenerse más y se lanzó hacia él, envolviéndolo en sus brazos. Eric le devolvió el gesto; sus manos descansaron sobre su cintura. Fue un abrazo breve, casi sutil, pero con la suficiente intensidad para que ambos sintieran los latidos acelerados del otro.
Cuando se separaron, sintió que una parte de sí misma, que había comenzado a recomponerse, volvía a romperse.
Se alejó con pasos lentos, sin atreverse a mirar atrás. Eric ya se había quedado con su corazón una vez, y ella, sin quererlo, se lo había entregado de nuevo, sin reservas.
Siempre le pertenecería. Esa era la verdad. Su corazón no volvería a ser completamente suyo mientras existieran unos brazos a los que regresar.
Esa fue la última vez que se vieron.
Ni siquiera debería haber estado allí. Fue un cúmulo de casualidades, otra cruel broma del destino, como solía llamarlas.
Pero es que, cuando dos personas están destinadas, da igual cuánta tierra pongan por medio, cuánto tiempo pase o cuán profundo sea el abismo entre ellas.
Antes o después, cuando menos te lo esperas, la magia ocurre.
Y, ese día, la magia ocurrió.