38
Estaba nerviosa.
Daba toquecitos con la punta del pie en el suelo mientras esperaba su turno en la peluquería.
La ansiedad comenzaba a apoderarse de ella.
La avisaron de que tendría que esperar, ya que había llegado sin cita previa, pero llevaba casi una hora sentada en aquella incómoda silla y ya se sabía las revistas de cotilleo del derecho y del revés.
Finalmente, una de las peluqueras la llamó con un gesto para que tomara asiento al fondo.
Se miró en el espejo con detenimiento. Observó su pelo, largo y de un tono moreno azabache, con algunos reflejos. El flequillo le caía sobre los ojos, redondeado, perfecto, dándole un aire más maduro que suavizaba sus rasgos. En realidad, estaba bastante guapa.
Y eso era, precisamente, lo que más rabia le daba.
Había tomado esa decisión de manera impulsiva, como solía hacer con casi todo. Ella las llamaba «crisis existenciales». Pero, esta vez, era mucho más que una simple crisis.
Ni siquiera podía mirarse en un espejo.
No era capaz de sostenerse la mirada más de treinta segundos. Le recordaba a él. Y no solo a él. Le traía a la mente las últimas palabras que le había dicho aquel día. Le recordaba al fantasma de alguien que ni siquiera había conocido pero que, de pronto, sentía impregnado en cada rincón de su ser.
Cada vez que se miraba al espejo, veía a otra que no era ella.
Veía demasiadas cosas que prefería olvidar.
Suficiente tenía con haber vuelto a Madrid hacía dos días y que cada rincón de esa maldita ciudad le trajera su recuerdo.
Así que, con un suspiro, se despidió mentalmente de aquella imagen, de él y de todo lo que representaba.
No le tembló el pulso cuando dijo con voz firme, casi desafiante:
—Lo quiero rubio.
Tardaría en acostumbrarse a su nueva versión. Tampoco es que no estuviera guapa. Había sido rubia toda la vida, pero se había acostumbrado tanto al moreno que, de repente, le resultaba raro verse en las fotos con otro color de pelo.
Casi se sentía una extraña.
Desvió la vista del espejo cuando su móvil vibró sobre la cama, avisando de un mensaje nuevo. Lo cogió apresuradamente, como siempre, ansiosa por si era él.
Pero no lo era.
Nunca lo era.
Disimuló una mueca de decepción antes de fijarse en el nombre que brillaba en la pantalla: «Álex».
No le sonaba de nada. En cambio, lo tenía guardado en la agenda.
El mensaje decía:
Hola, Alma, ¿cómo te va? Sé que hace mucho que no hablamos, pero me he acordado de ti y me preguntaba si te gustaría quedar conmigo para tomar algo esta tarde. Bueno, ya me dirás lo que sea. Un beso.
Amplió la foto de WhatsApp y solo entonces logró hacer memoria.
Álex era un chico al que había conocido en una página de citas un par de años atrás. Quedaron solo una vez. Y, aunque se lo pasó bien, la hizo reír y le pareció bastante guapo, no sintió que hubieran conectado. Seguramente él tampoco, porque no volvieron a quedar. Ni siquiera llegaron a besarse.
Volvió a leer el mensaje. Quería verla esa misma tarde.
Miró la hora e hizo una lista mental de pros y contras.
Llevaba desde febrero sin quedar con ningún chico.
Sabía que no podía seguir posponiéndolo.
En algún momento tendría que enfrentarse a aquella situación.
Y, seguramente, sería más fácil hacerlo con alguien a quien, al menos, ya conocía.
Pero solo habían pasado cuatro meses. ¿No era demasiado pronto?
¿Estaría Eric también rechazando a chicas por ella?
No.
Claro que no.
La imagen de él con otra le revolvió el estómago.
Abrió el chat de WhatsApp y contestó antes de arrepentirse:
¿Te viene bien a las cinco?
Quedaron en el Centro Comercial de Príncipe Pío. Alma llegó con media hora de antelación, más por nervios que por otra cosa. Estaba atacada. Se había puesto un top negro y unos pantalones cortos a juego. No quería destacar, pero tampoco pasar completamente desapercibida.
Mientras esperaba, varias veces se le pasó por la cabeza poner una excusa y salir corriendo.
Ni siquiera le gustaba el chico. Pero hacer eso sería rendirse.
Y lo último que quería era quedarse en casa arrastrando la misma sensación de impotencia.
Tener una cita era una forma de superarse a sí misma. Como quitarse una tirita de golpe.
Claro que, en este caso, la herida seguía abierta.
Álex llegó diez minutos tarde, justo cuando Alma comenzaba a perder la paciencia. Odiaba a la gente impuntual. Cada minuto de espera era un recordatorio de lo incómoda que se sentía.
Lo vio aparecer entre la multitud que salía del metro.
Era bastante alto, con un cuerpo bien definido y una sonrisa bonita.
Ese día estaba guapo. Algunos mechones de pelo rubio le caían sobre la frente, lo cual le daba ese aire aniñado que a Alma le resultaba insoportable.
Sus ojos, de un tono verde esmeralda, brillaban con una intensidad que le hizo sentir, por un segundo, que toda su atención estaba puesta en ella.
Cuando llegó a su altura, la rodeó con los brazos de manera exagerada, como si estuviera saludando a su mejor amiga.
Alma odiaba a la gente que estaba siempre tan alegre.
—¡Qué entusiasmo! —exclamó ella al separarse.
—Estás guapísima; no has cambiado nada —respondió Álex mientras entraban al centro comercial.
—Bueno, no ha pasado tanto tiempo.
—Y, cuéntame: ¿qué tal te ha ido?
—Pues... bien —mintió, encogiéndose de hombros—. Bien, supongo.
—¿Solo bien? Han pasado dos años; algo tendrás que contar.
—Han sido dos años muy aburridos. Mejor háblame de ti.
A Alma siempre le había gustado más escuchar que hablar. Fingir durante horas que era una persona sociable nunca se le había dado bien. En cambio, se le daba de maravilla aparentar que le interesaba lo que le estaba contando la persona que tenía delante.
En ese momento, lo único que quería era que aquello terminara rápido.
Se sentaron a tomar algo en el primer sitio que encontraron. Pidieron una Coca-Cola y algo de picar. Alma agradeció tener las manos ocupadas, por si la conversación se volvía incómoda.
—Bien, ¿por dónde íbamos? —dijo Álex—. Ah, sí, mi vida. Pues nada que destacar tampoco. Mucho curro, salidas con amigos, alguna chica...
En realidad, a Alma le importaba un bledo. No quería volver a pasar por eso. No quería tener que volver a preguntarle a un desconocido cuál era su color favorito o a qué se dedicaba.
—¿Y a qué te dedicas?
—Soy ingeniero de telecomunicaciones.
—Suena interesante...
«En realidad, no».
—Tú eras actriz, ¿verdad?
—Sí. Bueno, al menos lo intento. La formación la tengo. El trabajo... ya es otro tema.
—Debe de ser jodido ganarse la vida así.
—El arte es un oficio ingrato. Pero merece la pena.
—Quizá algún día seas famosa y pueda presumir de que te conozco —bromeó con una sonrisa.
Alma intentó reírle la gracia, pero estaba tan acostumbrada a que se la hicieran que la risa le salió floja, casi automática.
—Quién sabe —respondió por compromiso.
Cuando terminaron lo que habían pedido, salieron del centro comercial y caminaron por un sendero de tierra.
Alma estaba completamente ausente, sin prestar atención a lo que decía Álex.
Sabía que no estaba siendo la mejor compañía del mundo.
Se limitaba a asentir, responder con monosílabos y soltar alguna risa incómoda cuando la situación lo requería.
Sin darse cuenta, llegaron al lago de la Casa de Campo. Se sentaron sobre un murito de piedra que había enfrente, viendo cómo el sol comenzaba a esconderse tras el horizonte. La tensión entre ellos era insoportable.
—Y, dime, ¿tienes novio? —se interesó Álex, sacándola de sus pensamientos.
—¿Qué?
—Que si tienes novio —repitió él, mirándola fijamente.
—Ah. No. No tengo. No he tenido mucha suerte con los chicos; todos me salen rana.
—Me cuesta creerlo —murmuró Álex con un tono travieso, acercándose más.
Alma mantuvo la mirada fija en el lago. No quería ser grosera, pero tampoco quería seguir allí.
Se preguntó, por un momento, qué pasaría si lo besara.
El último chico al que había besado era Eric.
Aún sentía el tacto de sus labios en la piel.
¿Cómo sería aventurarse a probar otras bocas, a explorar otros cuerpos? ¿Se veía capaz de hacerlo?
Todavía no. Eso estaba claro.
Saltó del muro donde estaban sentados y se puso en pie de golpe.
—Está anocheciendo y tengo un poco de frío. ¿Nos vamos?
Álex la miró unos segundos, evaluando su reacción. Seguramente, ambos sintieran que estaban teniendo una cita con un alienígena.
—Claro.
Varios minutos después, llegaron a la estación de Príncipe Pío. Fueron todo el camino en completo silencio. A esas alturas, poco le importaba a Alma. Solo quería acabar con eso cuanto antes, llegar a casa y olvidarse del resto del mundo. Aquella cita había sido un error.
—Me lo he pasado muy bien —mintió mientras se separaban para coger el metro.
—Yo también. Tal vez podríamos repetir algún día. La semana que viene estoy libre; quizá podrías venirte a casa a ver una peli o algo.
—Claro, eso estaría genial. Lo vamos viendo —respondió, sin mucha convicción.
En realidad, lo más seguro era que, cuando llegara a casa esa noche, bloqueara en WhatsApp a todos los hombres de su agenda para que ninguno pudiera volver a ponerse en contacto con ella nunca más.
A todos menos a uno.
—Bueno... —empezó a decir Álex, visiblemente incómodo—. Yo me voy por allí.
Alma se dio cuenta de que era la misma línea de metro que tenía que coger ella.
«Mierda.
»Vamos, Alma. Piensa. Rápido».
—Qué pena... Yo me voy para el otro lado.
Lo sé. Sé lo que estáis pensando. ¿A quién se le ocurre coger una línea de metro en dirección contraria a las doce de la noche solo para librarse de un hombre? Bueno, pues, sencillamente, a Alma.
Sin pensarlo más, dio media vuelta en silencio y se dirigió al otro andén. Ni siquiera sabía adónde iba. Solo quería escapar. No le apetecía seguir forzando sonrisas ni riendo gracietas estúpidas ni un segundo más.