37 #2
—He estado pensando y... tal vez me plantee escribirlo, aunque no lo tenga —argumentó—. Solo que mataré a tu personaje.
Lo dijo en tono de broma, pero le salió de manera tan natural que Eric no pudo evitar echarse a reír.
—Está bien, fiera. Me parece un buen plan.
Comieron entre risas apabullantes que les recordaron lo importante de la simpleza de esta vida que todos solemos dar por sentado. Ni siquiera tenían luz, ni una cena de gala, nada más que un poco de humus, otro tanto de aguacate, un par de velas y sus piernas encontrándose por debajo de la mesa.
No les hacía falta nada más.
Cuando terminaron de cenar, decidieron salir a dar un paseo por el jardín.
Alma dejó escapar una risita cuando un copo de nieve le cayó en la nariz, y Eric no pudo evitar sonreír al verla así: tan natural, tan libre. Tan ella.
—¿Bailamos? —propuso al tiempo que agarraba a Alma de la cintura y la colocaba frente a él, en posición de baile.
—No hay música.
—Yo la haré.
Alma rio con fuerza, echando la cabeza hacia atrás, cuando de los labios de Eric comenzó a salir una melodía suave, casi imperceptible al principio, pero lo suficiente como para hacerla sonreír aún más.
—Cantas fatal —declaró entre risas.
—Pues es lo mejor de mi repertorio.
Alma cerró los ojos un instante, dejándose llevar por el momento, mientras sus cuerpos se balanceaban al ritmo de la música que estaba tarareando Eric.
—Es extraño, ¿no? —pronunció ella al cabo de un rato—. Cómo a veces pensamos que necesitamos tanto para ser felices, y resulta que lo único que nos hace falta es esto: estar al lado de alguien con quien poder ser nosotros mismos.
Eric asintió, notando una paz familiar. La nieve seguía cayendo, cubriéndolo todo, pero nada parecía más importante en ese momento que esa calma compartida entre dos almas que, aunque diferentes, por fin se encontraban en el lugar de equilibrio.
Si hubiera podido reunir las palabras, seguramente le habría dicho que quería besarla. No. La habría avisado de que iba a besarla. La habría avisado para que estuviera preparada. Por si quería rechazarlo, cerrar los ojos o, simplemente, pensárselo dos veces.
Pero las cosas más importantes de la vida suceden mejor sin pensar.
Así que no dijo nada. Las palabras se quedaron atascadas en su garganta, porque sabía que, si decía algo, jamás se atrevería.
Se inclinó ligeramente hacia ella, contemplándola como si quisiera grabarse a fuego cada lunar, cada línea y cada expresión de su rostro.
Memorizarla. Aprendérsela de memoria para los momentos en los que no la tuviera cerca.
Ella le devolvió la mirada, con esa chispa de timidez y picardía.
Y, en ese instante, ambos supieron que eso es lo que sucede cuando encuentras a la persona con la que deseas compartirlo todo —incluso el silencio—: sobran las palabras.
Sus respiraciones se entrelazaron, más lentas, casi suspendidas, mientras la punta de la nariz de Eric acariciaba la de Alma.
Era el mismo roce de aquel primer encuentro, cuando aún creían que les quedaba toda una vida por delante.
Y, sin embargo, ahora todo parecía más real, más urgente, como si no pudieran desperdiciar ni un segundo más de vida.
Por fin habían comprendido que el tiempo sigue avanzando, y ya había avanzado demasiado sin ellos.
Ella rodeó su cuello con las manos, ejerciendo una ligera presión que lo invitaba a acercarse aún más. Cada milímetro de distancia entre ellos era un abismo.
Y Eric no pudo resistir por más tiempo.
Cuando sus labios finalmente se encontraron, el torbellino de sensaciones borró todo lo que habían estado intentando recordar desde que volvieron a verse: la barrera que delimitaba lo que estaba bien de lo que estaba mal se vino abajo de un soplido.
Eric cedió a sus impulsos más primitivos y la envolvió en un beso voraz que, ahora lo sabía, sería imposible de borrar.
Qué tontería. Como si en algún momento hubiese podido borrarla.
La lengua de Alma salió a buscar la suya y ambas se encontraron en un baile lento y apremiante que suplicaba más. Siempre más. Porque nunca tendrían suficiente el uno del otro.
Él la apretó más contra su cuerpo, con una vehemencia que la dejó sin aliento, y ella sintió que se deshacía entre sus brazos.
No fue como aquel primer beso que habían compartido: dulce, tímido y lento. Juvenil.
Esta vez fue distinto: ardiente, apasionado y vibrante. Adulto.
Labios, dientes, lenguas, manos... Todo se fusionaba en una armonía excitante y feroz, como si no pudieran dejar de probarse, de comprobar que eran ellos.
Ellos y no otros. Como si ese beso fuera un grito mudo de todo lo que no habían podido decirse en una década.
Y era tan intenso, tan necesario, que ni en mil vidas podrían haberse saciado.
—Te he esperado durante tanto tiempo... —murmuró Eric, separándose apenas un milímetro de sus labios antes de volver a besarla.
Sus dientes chocaban sin descanso, tan ávidos como estaban el uno del otro, aferrándose a aquel deseo puro y sin filtros.
Fue un beso descoordinado, torpe y frenético.
Las risas se mezclaban con los jadeos entrecortados cada vez que se separaban lo justo para tomar aire, y sus cuerpos, desesperados por seguir buscándose, se atraían con una fuerza casi violenta.
—¿Qué vamos a hacer ahora, eh? —Eric agarró la cara de Alma con firmeza.
Ella respondió tirando de su nuca, acercándolo más.
—Vivir.
Y volvió a besarlo, dejando espacio únicamente para la calma y el silencio, sintiendo que ahora todo pesaba un poco menos.
Porque, cuando realmente conectas con alguien, las cosas no pueden ser de otro modo.
Cuando realmente conectas con alguien, todo es sencillo, sin complicaciones.
Y tal vez la vida os separe, os transforme, os haga dar vueltas por el mundo hasta que, con el tiempo, os convirtáis en dos desconocidos incapaces de recordar que un día se amaron.
Pero, al final, cuando de verdad conectas con alguien, vuestras almas siempre encuentran el camino de vuelta.