La noche en que ardió el Guernica 37
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La Navidad siempre era tiempo de cambios.

Pero, a medida que fue creciendo y las cosas comenzaron a complicarse, esa ilusión se desvaneció poco a poco.

Todo empezó cuando tuvo su primer novio, a los diecisiete.

Le hizo odiar todas las fechas especiales que antes tanto la entusiasmaban, porque en todas acababa llorando.

Sin excepción. Parecía una competición contra sí mismo para ver en qué fecha conseguía hacer sentir peor a Alma: en San Valentín o en Año Nuevo.

Tal vez en su cumpleaños. O en los aniversarios.

La cosa era que siempre dejaba el listón demasiado alto como para que ninguna de esas fechas pudiera sobresalir por encima de otra.

Todas eran una mierda.

Poco a poco, y con el tiempo —que dicen que todo lo cura—, fue recuperando la ilusión por esas fiestas. Y, a pesar de todo, ya no había vuelto a perderla.

Si algo tenía claro era que, contra todo pronóstico, nadie volvería a arruinarle las Navidades nunca más.

Y esas, en concreto, como si se tratara de otra cruel broma del destino, tenía que pasarlas con Eric.

Fuera, el pueblo seguía sumido en un manto de tinieblas. La nevada, implacable, había cubierto cada rincón, hasta dejar las calles desiertas y bloqueadas. Los teléfonos móviles ya no daban señal y nadie podía salir de su domicilio.

Estaban atrapados.

Y, por si eso fuera poco, Eric había perdido el vuelo a Alemania el día anterior debido a la tormenta.

Eran las ocho de la noche cuando Alma se enfundó en un vestido negro de corte largo, elegante y perfecto para la ocasión. La tela fluía con suavidad, abrazando su figura con delicadeza.

No en vano, cuando había dicho que lamentaba no haber hecho la maleta con más cabeza, no se refería solo a olvidarse de lo práctico, sino también a no haber utilizado la corteza prefrontal del cerebro: esa parte que ayuda a pensar con la razón.

Porque, en cuanto supo que viajaría con Eric, le faltó tiempo para volcar en la maleta los vestidos más pomposos y despampanantes de su armario.

Al fin y al cabo, una nunca sabe cuándo va a tener que sorprender a un hombre. Y Alma pensó que sería mejor ir preparada.

Cuando bajó las escaleras, lo encontró de pie junto a la ventana, contemplando el paisaje nevado con la mirada fija en los árboles que abarcaban toda la calle.

Bastó el sonido de sus tacones para que él se girara de golpe.

Ambos tuvieron que tragar saliva al verse.

Alma parecía un sueño hecho realidad. Su belleza emanaba una fuerza serena, casi etérea, que lo desarmaba y lo empujaba a acercarse a ella.

Pero no en un sentido sexual. Era como si todo su cuerpo le gritara que se acercara y la tocara.

Eso era todo. Una simple caricia. Cuando estamos enamorados, eso basta.

El azul de sus ojos refulgía con intensidad en la penumbra. Y Eric solo pudo pensar en qué habría hecho bien en otra vida para tener la oportunidad de compartir esta con ella.

Él, por su parte, también se había arreglado.

Su traje oscuro, de un azul profundo, era impecable, con cortes precisos que resaltaban su cuerpo. La chaqueta fina caía con suavidad sobre sus hombros, y los pantalones, ajustados a su cintura, provocaron en Alma un escalofrío imposible de disimular.

Se había recortado la barba, de manera que lucía una mandíbula delineada y bien definida, mientras que su cabello, cuidadosamente peinado hacia atrás, dejaba entrever una masculinidad tranquila e imponente.

Joder, qué guapo estaba.

Alma sintió que le temblaban las piernas cuando lo vio acercarse lentamente hacia ella, seguro y confiado. No esperaba menos de él.

Se detuvo a escasos centímetros; ambos se miraron en medio de aquella oscuridad, conteniendo la respiración.

—Estás impresionante —murmuró Eric. Aunque le parecía que aquella palabra se quedaba corta para definirla.

—Tú estás... —Eric arqueó una ceja, esperando a que continuara— resultón.

Dejó escapar una carcajada que casi derritió la nieve. De todos los apelativos que se esperaba, ese era el único que jamás habría imaginado. Pero así era Alma: sorprendente, impredecible y una jodida máquina de descolocarlo con su mera presencia.

No podía negarlo: estaba loco por ella.

Apoyó con delicadeza una mano en la parte baja de la espalda de Alma, guiándola hasta la mesa. Le retiró la silla para que tomara asiento y él se sentó frente a ella.

La estancia estaba apenas iluminada por un par de velas.

—Sé que no es gran cosa —dijo—. Cocinar sin electricidad... es bastante complicado. Pero espero que te guste. Es todo vegano.

Alma lo miró de hito en hito, con la mandíbula descolgada hasta el suelo. No solo no esperaba tanta variedad, dado que llevaban tres días sin luz, sino que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que él se tomara la molestia de preparar una cena completamente vegana para ella.

—¿Has hecho todo esto por mí? —La voz se le entrecortó a mitad de camino.

—Absolutamente todo —respondió Eric con firmeza.

Ella lo observaba con una sonrisa de oreja a oreja mientras él hablaba apresuradamente, explicando cada uno de los platos, como el buen chef que era.

Había olvidado aquella sensación. Una de las primeras cosas que le dijo cuando se conocieron fue que la hacía reír.

Algo tan sencillo, pero tan necesario al mismo tiempo.

Reírse con él le salía de manera tan natural como respirar.

A continuación, Eric abrió la botella de vino y llenó ambas copas hasta el borde.

—Brindemos —dijo, levantando la suya.

Alma lo imitó.

—¿Por qué?

—Por ti, por mí..., por esta noche y por las vueltas de la vida.

Hicieron tintinear sus copas sin apartar los ojos el uno del otro. No porque no quisieran, sino porque, literalmente, no podían. Les resultaba imposible desviar la atención. Podrían haber estado contemplándose toda la vida, y no les habría parecido suficiente.

—¿Te cuento algo de mí que no sabes? —dijo Eric después de un rato.

—Claro.

—Cuando era pequeño, mi madre me enseñó a pintar... Ella se dedica a eso; no sé si lo recuerdas. Es artista, como tú. Son ramas diferentes del arte, pero, al final, el objetivo es el mismo, ¿no? Transmitir algo.

—Siempre digo que el arte no debe comprenderse, debe sentirse.

—Sí —respondió—. Así es. La cuestión... es que a mí me encantaba.

Ella siempre andaba haciendo exposiciones por todas las ciudades del mundo, y yo me pasaba horas viéndola pintar.

Era relajante. De hecho, en mi casa, todas las paredes están repletas de sus cuadros.

Hay hasta en el cuarto de baño. —Añadió esto último con una sonrisa—. Y un día le dije que me enseñara.

—¿Y aprendiste?

—No tan bien como ella, desde luego. Pero me manejo.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque he estado trabajando en algo estos últimos días que me gustaría que vieras. Sé que, técnicamente, Navidad es mañana, pero no puedo esperar.

Debido a la escasa luz de la estancia, Alma no se dio cuenta de en qué momento Eric se había inclinado ligeramente y sacado algo de debajo de la mesa.

—Este es mi regalo. Espero que te guste.

Extendió hacia Alma un paquete cuadrado, perfectamente envuelto en papel de Navidad. Ella lo cogió con las manos temblorosas.

—Pero... yo no tengo nada para ti.

Eric dejó escapar una pequeña sonrisa.

—No hago esto para que tú me des nada a cambio, Alma, sino porque quiero hacerlo. Sin condiciones.

—Gracias —susurró, y procedió a desgarrar el papel.

Al principio, trató de abrirlo con cuidado, con esa delicadeza que su abuela le pedía cada Navidad cuando era pequeña.

«No lo rompas, que así lo reutilizamos», solía repetirle.

Y su madre, por supuesto, la contradecía sin parar: «Déjala que lo abra como quiera; es Navidad».

Alma intentaba seguir los consejos de su abuela, de verdad que sí. Pero, al final, los nervios y la ansiedad acababan ganando la partida, y el envoltorio terminaba hecho añicos.

Como en esa ocasión.

Observó el regalo de Eric con el corazón acelerado. Era un marco sencillo y elegante que contenía una pintura hecha a mano.

Reconoció la escena de inmediato: en primer plano, dos figuras besándose; al fondo, el imponente Guernica de Picasso, consumido por las llamas.

Ellos, en cambio, parecían ajenos al caos, suspendidos en un instante de amor, como si nada pudiera perturbarlos, ni siquiera el mundo desmoronándose a su alrededor.

La obra, titulada La noche en que ardió el Guernica , no era solo una representación. Era una declaración. Un acto de rebelión contra el tiempo. Una manifestación de cómo el arte y la historia se interrelacionan con la pasión y el dolor humano.

Las llamas hablaban de destrucción y de renacimiento. Algo muy parecido a lo que estaba sucediendo en sus propias vidas.

Alma se quedó sin aliento, incapaz de apartar la mirada.

Eric la observó en silencio, atento a cada una de sus reacciones. No esperaba que ella dijera nada. Solo quería que viera lo que él había querido expresar: su visión, sus sentimientos, todo lo que había volcado en ese cuadro que los representaba a ellos la noche en que se conocieron.

Las palabras no eran necesarias.

Él solo quería que, a pesar de todo, ella fuera consciente de su amor.

—Es... increíble, Eric. Cómo... —Apenas le salían las palabras, pero a él no le hicieron falta para entenderla.

—He tenido una buena musa. —Dejó escapar una sonrisa—. Tú escribes libros sobre nuestra historia, y yo..., bueno, yo pinto cuadros. Sé que no tiene tanto mérito, pero...

—Cállate —lo interrumpió Alma—. Ni se te ocurra desmerecer esto. Es impresionante.

—Me he tomado la licencia de robarte, para la pintura, el título de tu próximo libro. Espero que no te importe. Me pareció que representaba bien lo que supuso esa noche para los dos: la noche en que ardió el Guernica , aunque todo aquí dentro estuviera en calma.

Extendió una mano por encima de la mesa hasta alcanzar la de Alma. Su piel se erizó con el contacto y entrelazaron los dedos casi por inercia.

—Mi hipotético próximo libro —apostilló Alma.

—Oh, es cierto. Solo si la historia tiene esta vez un final feliz, ¿no?