36
Laura aporreaba con dureza el teclado de su ordenador, inmersa en el siguiente artículo que le había encargado su jefe: una noticia mediocre sobre el ecosistema marino y la crueldad del comercio de aletas de tiburón.
Nada que la entusiasmara.
Pero, al menos, durante las horas que pasaba trabajando en la redacción, se mantenía ocupada y evitaba pensar en Eric. Aun así, su mente siempre acababa desviándose hacia él y hacia las fotos con esa chica, ahora al alcance de todos.
Las había visto mil veces, analizando cada detalle. Se las había aprendido de memoria y, al final, la única conclusión a la que llegaba era que daba igual si Eric le había puesto los cuernos o no.
Todos creían que sí.
Y eso era más que suficiente.
Cuando llegó a la oficina esa mañana, todo eran miradas condescendientes y palabras de consuelo. Se había tomado una breve pausa para tratar de ordenar sus ideas, pero no podía huir eternamente, así que ese día se armó de valor y fue a trabajar.
Evidentemente —eso sí—, había rechazado ser ella quien soltara el bombazo, y se lo habían terminado encargando a Sarah.
Esta también quiso rechazarlo por consideración, pero finalmente Laura la convenció para que lo aceptara.
Total, alguien tendría que encargarse de dar la noticia al mundo.
¿Y quién mejor que Sarah? Era una de las mejores periodistas que tenían.
Las fotos les habían llegado por correo ordinario, de forma completamente anónima.
Laura no creía que fuera casualidad que, de todos los periódicos del mundo, justo hubieran ido a parar al periódico alemán en el que ella trabajaba.
Pero, a esas alturas, le importaban más bien poco los motivos detrás de aquella decisión o quién se hubiera encargado de ello.
—Laura —oyó la voz de su jefe a sus espaldas—. ¿Te importaría acompañarme a mi despacho un minuto?
Sin detenerse siquiera a responder, se levantó de la incómoda silla giratoria y lo siguió por el pasillo, ante las miradas escrutadoras de sus compañeros.
Cerró la puerta detrás de él cuando llegaron a su despacho.
—¿Qué tal estos días? —se interesó Felix—. ¿Te han venido bien para pensar?
—Más o menos. Me siento un poco apática.
—¿Has podido hablar con Eric?
—Lleva dos días sin contestarme al teléfono; lo tiene apagado —respondió ella.
Felix dio un par de vueltas por la habitación, llevándose los dedos a la barbilla, un gesto que siempre hacía cuando tenía algo que decir y no sabía cómo.
Finalmente, habló con seguridad:
—¿Crees que estaría dispuesto a concedernos una entrevista?
Laura arqueó una ceja. Por un momento, creyó que no había oído bien la pregunta.
—¿Disculpa?
—Una entrevista —repitió, como si no hubiera quedado claro la primera vez—. Tener la primicia ha estado bien, pero una entrevista... Eso sería la hostia, Laurita.
Odiaba cuando la llamaba de ese modo.
Pero odiaba, más aún, lo que le estaba proponiendo. Que insinuara, siquiera, la mera posibilidad de que convenciera a Eric para dar una entrevista sobre aquel asunto era... demasiado.
—Pues no lo sé, la verdad. Como te digo, no he hablado con él.
—Pero ¿crees que lo haría?
—¿Por qué no te doy su número y se lo preguntas tú mismo? Quizá tú tengas más suerte que yo y a ti sí te coja las llamadas.
Felix dejó escapar una risa de lo más desagradable, que provocó que a Laura se le erizara el vello de los brazos y pusiera los ojos en blanco. Puede que para él eso fuera gracioso de la hostia, pero estaba claro que no lo veían del mismo modo.
—Está bien, está bien. No te pongas a la defensiva; no hay prisa. De todos modos, no era eso lo que quería preguntarte.
—Ve al grano, entonces. Tengo mucho trabajo —replicó, empezando a perder la paciencia.
—¿Y tú? ¿Estarías dispuesta a conceder una entrevista?
Laura frunció el ceño, como si no terminara de entender a Felix. De hecho, rezó con todas sus fuerzas por haberlo malinterpretado.
—¿Por qué demonios iba yo a conceder una entrevista hablando de que mi novio me está poniendo los cuernos? —espetó.
—Lo entiendo; es difícil. Pero escucha lo que tengo que decir antes de negarte, ¿vale?
Laura asintió con la cabeza mientras le sostenía la mirada para que continuara hablando.
—No es cosa nuestra. De hecho, nosotros no tenemos nada que ver aquí. Hemos recibido una llamada de un periódico muy importante de tu país, de España. Tienen algunas oficinas en Berlín y les gustaría que fueras la semana que viene a hablar de lo que esto ha supuesto para ti.
—Define «esto» —respondió, subrayando la última palabra.
—Ya sabes. Esa chica es un pelotazo, sus libros se han traducido a muchísimos idiomas y la gente la adora.
Eso convierte a tu novio en una de las personas más conocidas, no solo de España, sino del mundo entero.
Si concedieras una entrevista hablando del tema, tú también podrías despegar. Sería un gran paso en tu carrera.
—¿Despegar? Yo soy periodista , Felix, no una tertuliana de Telecinco.
—¿De dónde? —preguntó extrañado.
Por un momento, Laura olvidó que estaba en Alemania. Allí todavía no había llegado La isla de las tentaciones .
—Es igual —contestó.
—Escúchame: solo piénsalo, ¿de acuerdo? Les he dicho que estarás allí el martes.
—¡¿Has aceptado?!
Laura tenía la cara desencajada y se pasaba las manos por el pelo con nerviosismo. Se habría valido de toda su fuerza para pegarle una bofetada a Felix por tomar decisiones en nombre de ella. O dimitir. Lo que fuera más fácil. Pero no se atrevió a hacer ninguna de las dos cosas.
En su lugar, se quedó inmóvil, esperando a que Felix continuara hablando.
—No te enfades, Laurita. Lo he hecho por ti.
«Esto es el colmo», pensó.
—¿Por mí? ¿No querrás decir, más bien, que lo has hecho por ti?
—¿A qué te refieres?
Laura sabía que estaba a solo una palabra más de que la pusiera de patitas en la calle. Pero no le importó. Además, tenía la seguridad de que Felix nunca se atrevería a despedirla. Llevaba desde que había empezado a trabajar para él queriendo follársela.
—¿Cuánto dinero te han ofrecido, Felix? Porque, de hecho, recuerdo cierta cláusula de mi contrato que hablaba de «exclusividad». Así que ha tenido que ser una buena cantidad si has decidido aceptar.
Si algo tenía claro era que siempre habría gente como él, dispuesta a venderse al mejor postor.
—Nadie te está obligando a hacerlo, Laura.
Solo te estoy diciendo que lo pienses con calma, ¿vale?
Además, ¿crees que he hecho negocios sin pensar en ti primero?
Tú también te vas a llevar un buen porcentaje de las ganancias.
Y, si sigue en pie tu casamiento, déjame decirte que las bodas no se pagan solas. Puede ser una buena oportunidad.
—Sí, una buena oportunidad para convertirme en «cornuda mundial» —ironizó.
—No van a preguntarte nada comprometido, ¿vale?
Es más, en esas fotos ni siquiera se ve que se estén dando el lote.
Tú solo vas, dices que no tenías ni idea de que el libro de Alma hablaba de Eric, contestas un par de preguntas tontas con una sonrisa y se acabó.
Te vuelves a casa con los bolsillos llenos. ¿Qué te parece?
«Que sois unos buitres carroñeros; eso me parece», le habría gustado responder.
Laura pareció pensarlo durante un segundo.
—¿Y dices que es el martes?
—Sí.
—Genial. Es irónico que sea justo el Día de los Santos Inocentes, porque esto parece una puta broma.
Laura salió del despacho con un cabreo de tres pares de narices. Y la situación no hizo sino empeorar al darse de bruces con Sarah.
—¿Estás bien? —le preguntó al percatarse de su expresión.
—De puta madre —contestó Laura con sarcasmo.
Intentó pasar de largo, pues había decidido que se tomaría el día libre, pero Sarah la detuvo.
—¿Podemos hablar?
—Tengo prisa —declaró Laura sin detenerse.
—Venga, Laura. Llevas días sin dirigirme la palabra, no contestas a mis mensajes, ni a mis llamadas, y encima ahora me esquivas —contraatacó Sarah.
Pero Laura no pareció escucharla. O quizá decidió hacer oídos sordos a sus reclamos—.
Oye, siento mucho lo de Eric, de verdad, pero yo no tengo la culpa.
Sabía que estaba pagando con ella algo de lo que no era responsable, pero tampoco le apetecía hacer como si nada después de la última conversación que habían mantenido en su casa.
La situación se había vuelto irrevocablemente incómoda.
Ni siquiera le entusiasmaba la idea de tener que cruzarse con ella por los pasillos.
Pero trabajaban juntas. Así que no le quedaba otra.
Con un suspiro, se detuvo de golpe y le sostuvo la mirada altivamente.
—¿Qué quieres, Sarah? —preguntó en voz baja, cerciorándose primero de que no había nadie cerca que pudiera oírlas.
—Primero que nada, saber cómo estás.
—Como una mierda.
—¿Por... la posibilidad de que Eric te esté engañando? —inquirió. No estaba segura de querer saber la respuesta.
—A todo el mundo le ponen los cuernos, Sarah. Si soy completamente honesta conmigo misma, resultaría hipócrita por mi parte que eso fuera lo que más me jodiera de todo este asunto.
—¿Entonces?
—Pues que no a todo el mundo se los ponen con una escritora mundialmente conocida.
Joder, ¿sabes la cantidad de mensajes que estoy recibiendo por Instagram?
Las noticias corren como la pólvora en las redes sociales.
Los putos adolescentes tienen un don para descubrir hasta tu código postal con un par de búsquedas en Google.
—Lo siento.
—Todos creen que yo soy la mala del cuento. Además, tampoco es agradable ver cómo emparejan a tu prometido con otra. Ni siquiera puedo meterme en X sin ver ochocientos memes por minuto. Es una puta tortura.
—¿No has pensado en que quizá sea una señal?
—¿Una señal de qué? —preguntó Laura desconcertada.
—De que deberías cortar con él.
Laura se llevó las manos a la cabeza con exasperación. No le apetecía mantener aquella conversación, y mucho menos en ese momento.
—¿Puedes dejar de pensar en tu propio ombligo durante un minuto, por favor? Un puto minuto.
—Yo no...
—Mejor no digas nada —la cortó Laura—. No voy a dejar a Eric.
Él me ha metido en este marrón, y él me va a sacar de él.
Me da igual si me odia el mundo entero. Pienso ir hasta el altar con la cabeza bien alta.
No voy a darles ese gusto a las quinceañeras que me están poniendo a parir hasta por correo electrónico.
—Por el amor de Dios, Laura, tienes treinta años. No puede ser que vayas a meterte en una guerra absurda con cuatro adolescentes por shippear a su escritora favorita con tu novio.
Laura no pudo más y, finalmente, toda la rabia que había estado conteniendo se desbordó de su cuerpo como un caldero en ebullición.
—¿Crees que porque hayamos follado un par de veces tienes algún tipo de derecho sobre mí o sobre mis decisiones?
—Había levantado la voz más de lo que esperaba y enseguida miró a su alrededor para comprobar que seguían estando solas—.
No somos novias, Sarah. Nunca lo vamos a ser.
Métetelo en la cabeza: no me interesas. Mi vida ya estaba muy bien antes de que te cruzaras en mi camino y me metieras en esto, así que, por favor, deja de acosarme.
Laura se arrepintió al segundo de haber pronunciado aquellas palabras, pero ya era tarde.
Vio cómo se le nublaban los ojos a Sarah y quiso retroceder en el tiempo para no haber dicho algo así.
Había hablado desde la frustración, el dolor y el enfado, pero, sobre todo, desde la rabia que le suscitaba saber que Sarah podía mostrarse al mundo tal y como era, amar sin miedo, y ella no.
—Me parece que no he sido yo quien te ha metido en «todo esto» —respondió Sarah antes de alejarse de allí.
Laura lo entendía.
En ese momento, de haber podido, ella también habría huido de sí misma.