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—¡Es hoy, es hoy, es hoy! —gritó Emma entusiasmada mientras llevaba un bol con aceitunas a la pequeña mesa de centro.
—No sé por qué estás tan emocionada, si, total, vamos a perder, como todos los años.
—Pero este, en concreto, llevamos una buena propuesta. Seguro que quedamos en buen lugar.
—Eso decimos todos los años —replicó Alma.
—Y con Chanel estuvimos a punto.
—Asúmelo, Em: nosotras nunca veremos a España ganar Eurovisión.
—Aguafiestas.
Emma le sacó la lengua a modo de protesta, mostrándole así que estaba profundamente indignada con su pesimismo. Gesto que hizo sonreír a Alma, que se inclinó ligeramente sobre la mesa para alcanzar el cuenco de sus patatas favoritas: las de vinagreta.
Desde el salón, oía a su madre trastear en la cocina: platos que iban y venían, botellas de refresco —Coca-Cola light para Alma y Nestea para Emma—, croquetas por aquí, pinchos de tortilla por allá, aceitunas de todos los tamaños y sabores, pepinillos, boquerones que Alma no probaría porque había dejado de comer animales hacía cuatro años, pero que a Emma le encantaban, así como al resto de la familia...
Todo estaba dispuesto para la mejor noche del año. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que se trataba de una gran fiesta, pero era algo mucho mejor: esa noche se emitía la final del festival de Eurovisión.
Para Alma y Emma era tradición verlo juntas desde hacía años.
Tantos que ya habían perdido la cuenta. Es lo que tienen ese tipo de amistades: llega un punto en el que dejas de contar cuánto tiempo hace que se entrelazaron vuestras vidas y, simplemente, te limitas a sentirte agradecida, porque la vida sin ella sería mucho más difícil de soportar. A eso se reduce todo.
Cuando dio comienzo el festival, se instaló un silencio sepulcral en la estancia. Nadie se atrevía, ni siquiera, a respirar. Las miradas nerviosas cruzaban el espacio, como si esperaran que alguien rompiera la quietud.
Pero aquello no duró mucho. Pronto empezaron las risas burlonas, las primeras carcajadas, que rápidamente se desbordaron en un torrente de comentarios sarcásticos sobre los concursantes y las bromas divertidas que no lograban disimular la diversión que se respiraba en el aire.
Hasta que llegó el turno de España y el «Eaea» de Blanca Paloma iluminó la pantalla.
Observaron la actuación sin retirar los ojos de ella, intentando captar cada detalle, por nimio que fuera, para poder comentarlo después.
—Pues lo ha hecho muy bien —comentó Emma, una vez hubo terminado de cantar—. Fijo que quedamos entre los diez primeros.
Por supuesto, y como ya venía siendo tradición cada año casi desde que ganó Salomé en 1969, quedaron mucho más atrás. Algo que sorprendió a todos menos a Alma, que ya lo había predicho con las cartas.
La decepción por los resultados no duró mucho. En cuanto terminó el concurso, se vistieron y salieron a divertirse por la costa. Aún no habían regresado a Madrid, y Alma tenía cada vez menos ganas de volver. Cuando estaba en casa sentía que se ahogaba. Allí, por lo menos, podía respirar.
En la plaza principal estaba teniendo lugar un concierto.
La vibrante energía de la multitud se fundía con la música en vivo, creando una atmósfera eléctrica que parecía envolverlo todo.
Los artistas, aclamados por aquellos que los admiraban, daban lo mejor de sí mismos sobre el escenario.
Las luces brillaban con intensidad, pintando de colores la noche.
Alma lo observaba todo con una mezcla de asombro y emoción. En ese momento, mientras las canciones llenaban el aire y la gente cantaba y bailaba al unísono, algo en su interior comenzó a despertar. Como si estuviera recuperando una chispa de esperanza que había perdido hacía tiempo.
Por primera vez desde aquel fatídico día, sintió una ligera corriente de vida recorriéndola, como si estuviera sanando poco a poco, reparando los pedazos rotos de su alma.
Pero, por supuesto, y como suele suceder en estos casos, el proceso de duelo no es lineal.
Nadie dijo que lo fuera. Un día, tu risa suena alta y clara.
Al siguiente, bajita y torpe. Después, ni siquiera suena.
En algunos momentos sientes que se rompe.
En otros, que miente. Porque el dolor te confunde, te desordena, te tuerce y te transforma, pero rara vez te da tregua.
El proceso de duelo no consiste en olvidar, sino en fingir que lo haces hasta que termines creyéndolo.
Pero Alma ni siquiera esperaba darle la bienvenida al olvido con tanta rapidez. Así había sido ella siempre: olvidaba poco a poco, a sorbitos, porque, cuando algo tocaba su corazón, se quedaba a vivir en su pecho durante mucho tiempo.
Odiaba ese rasgo de su personalidad y admiraba la capacidad que tenía Emma para pasar página.
Se permitía llorar tres días exactos. Al cuarto, volvía a nacer.
Ella, en cambio, se quedaba allí, aferrada y condenada a pasarse toda la vida amando, sufriendo, olvidando y vuelta a empezar.
Como una noche eterna en la que lo único que terminaba pesando era el dolor por la ausencia.
Los recuerdos bonitos se difuminaban y, al final, solo permanecía la pena.
Pero, como suele suceder cuando te encuentras en un proceso de duelo, los momentos de paz duran menos que el aleteo de una mariposa de Vietnam. Los días grises y apagados no tardaron en volver.
—No puedo más —le dijo una noche a Emma, con el móvil en la mano, a punto de enviarle un mensaje—. Necesito escribirle, saber cómo está... Siento que voy a volverme loca.
—No lo hagas —respondió su amiga—. No va a salir bien, cariño; hazme caso.
—Pero ¿y si sí? —Un deje de esperanza tiñó su voz—. No puedo saberlo; ¿no crees?
—Amor, no quiere tener contacto contigo ahora mismo. Sé que duele, pero está pensando en él, y es razonable. Tú deberías hacer lo mismo. Si quiere volver, ya lo hará. Pero no en este momento. Tuvisteis algo bonito y terminó. Quédate con eso y sigue adelante.
Alma sintió que se le empañaban los ojos. Quería a Emma, pero a veces podía llegar a ser sincera hasta el extremo. No quedaba mucho de su mundo en pie, pero lo poco que aún permanecía intacto se estaba desmoronando por completo con aquella dosis de realismo.
—Lo sé. Pero estoy tan triste, Em... Es todo tan duro...
No puedo quitarme de la cabeza la sensación de que me utilizó, de que yo para él no fui nada, mientras que él para mí fue el universo entero.
Y no lo entiendo. No entiendo nada. No entiendo su forma de actuar; no comprendo su cambio repentino ni cómo hizo las cosas.
Y no sé nada tampoco. No tengo respuestas, ni siquiera un mísero mensaje.
Y eso me está matando —escupió de pronto—.
Porque creo que, al final, lo único que esperaba era eso: un mensaje tonto, un simple «hey, ¿cómo te va?
». Tal vez, incluso estúpidamente, aún espere un «feliz cumpleaños» el mes que viene.
Algo. Lo que sea. Cualquier cosa que me haga sentir que los motivos de aquel final no fueron los que yo sentí que fueron, y que todos los sentimientos que percibí como sinceros fueron sinceros de verdad.
Una pequeña señal que me indique que, a pesar de cómo se dieron las cosas, él también me recuerda con el corazón en las manos.
Que todo lo que en algún momento sintió fue por mí, y no por el fantasma de otra.
Que no fue un error. Lo que sea que haga que mi mente pueda descansar durante un ratito.
Porque no hay nada peor que esta sobrecarga de pensamientos cuando apago la luz por las noches.
Y hasta Emma, que siempre tenía las palabras exactas para cada momento, se quedó sin ellas.
—Lo sé, cariño —respondió finalmente, cuando encontró las fuerzas para hacerlo—.
Pero las cosas son así y no puedes cambiarlas.
Da igual si fue bueno o malo; tienes que pasar página y punto.
Y pensar en ti. ¿De qué te serviría una conversación con él ahora?
Absolutamente de nada. Sé que lo echas de menos y que te aferras a ese sentimiento porque no quieres ni pensar en desprenderte de él.
Por eso le preguntas al tarot todas las noches por lo mismo.
Te oigo, Alma. Pero la realidad es la que es, la que te demuestra.
Y no quiere saber nada de ti. —Le retiró una pequeña lágrima que se deslizaba por su mejilla—.
Sé que duele; no voy a decirte que dejes de llorarlo, pero o no te quería o no se veía preparado para estar contigo.
Y, seguramente, fuera lo segundo. Él también está viviendo un proceso de duelo, a su manera.
Puede que fuera decisión suya, pero no lo hagas retroceder escribiéndole un mensaje y, sobre todo, no retrocedas tú.
Céntrate en ti, en lo que quieres hacer con tu vida, en tu entorno, y deja los fantasmas del pasado atrás. No traen nada bueno.
Alma se acurrucó entre sus brazos. Y, por un momento, volvió a sentirse una niña pequeña, llena de miedos que nunca desaparecerían. Porque no hay nada peor que el miedo a que no te hayan querido.
—Lo echo tanto de menos que no lo soporto —susurró.
—Lo sé, mi vida. Lo sé —volvió a responder Emma, acariciándole el pelo con parsimonia—. Pero tienes que seguir. Tienes que dejarlo ir y no mirar atrás. Juntitas siempre, pero hacia delante.
Alma siguió preguntando por Eric al tarot cada noche, todos y cada uno de los días. Era su forma de sentirlo cerca, de retener un poquito de él, porque el tarot llega a donde no alcanzan otro tipo de respuestas.
A través de las cartas encontraba consuelo, una conexión que la mantenía aferrada a la esperanza.
Sabía que aquello era solo un espejismo.
Las cartas no podían traerle a Eric de vuelta, no podían cambiar la realidad, pero le ofrecían refugio.
Un lugar donde las cosas —en ocasiones— eran como ella quería que fueran, y sus emociones se sentían escuchadas, comprendidas.
También era su manera de practicar, de aprender a leer aquella herramienta que se le antojaba fascinante y singular.
Al principio, se apoyaba en libros, vídeos y foros de internet.
Poco a poco, dejó de hacerle falta. Aprendió a desarrollar su intuición, y leer el tarot se convirtió en algo tan sencillo como hablar.
Le leía las cartas a cada persona que se prestaba a ello: amigas, familiares e incluso desconocidas con las que hablaba a través de las redes sociales.
Desconocidas que compartían su misma pasión, que la entendían y no la juzgaban.
Hay momentos en los que es mucho más sencillo abrirte a alguien que no te conoce, porque sabes que no hay lugar para los juicios de valor.
Nunca se le había dado del todo bien leerse a sí misma, pero siguió intentándolo.
A veces, el tarot le decía lo que quería oír; otras, no.
Esas lecturas eran las peores. Pero, cuando aprendió a soltar la obsesión de preguntar incansablemente por Eric, el ritual comenzó a calmarla.
Se sentía embargada por esa sensación de que el hilo que los unía aún no se había cortado por completo.
Y, aunque sabía que la vida seguía su curso, no podía evitar aferrarse a aquellas predicciones, como si, de algún modo, pudieran salvarla del vacío que Eric había dejado tras de sí.
El mundo cobraba otro color para ella cuando miraba las cartas fijamente y, casi por instinto, sabía que lo que estaban intentando transmitirle en esa ocasión era una sola cosa: paciencia.