34 #2
Un silencio desconcertante se instaló al otro lado de la línea. Pasaron varios segundos. Sintió cómo la espera le oprimía el pecho; no había tenido tiempo de prepararse para aquella conversación. Ni siquiera sabía qué esperaba por parte de Raúl. ¿Un reproche? ¿Una reacción violenta?
Cuando ya pensaba que no iba a responder, oyó su voz.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Vas a cancelar la boda?
—No —respondió por instinto, pero entonces recordó aquello de no seguir huyendo y cambió de opinión—. No lo sé. Tal vez.
—Navidad es dentro de tres días. Laura te espera.
—Lo sé.
—No le falles, Eric. Y no me refiero a las fiestas. Si no estás seguro de lo que sientes por ella, si no quieres casarte, será mejor que se lo digas antes de que sea tarde. No le hagas daño. No se lo merece.
—No se lo haré.
—Ya es tarde para eso.
Sin más palabras, Raúl colgó el teléfono.
Eric se quedó unos minutos todavía fuera, apoyado en la puerta de madera, intentando que el aire fresco de la madrugada lo ayudara a acomodar sus ideas.
La brisa fría golpeaba su rostro, pero no conseguía disipar la presión que sentía en el pecho.
Las palabras seguían resonando en su cabeza, clavándose como agujas.
Cuando se dio la vuelta para entrar de nuevo en la casa, la mirada de Alma le heló la sangre.
Estaba allí, de pie. Le temblaba el labio inferior y tenía los lagrimales a punto de estallar.
No sabía hasta dónde había oído ni qué retazos de la conversación había captado.
Egoístamente, deseó que no hubiera oído lo de la boda.
Quería ser él quien se lo contara cuando estuviera preparado.
—¿Qué ha pasado? —Alma no logró disimular el temblor en su voz.
—Al parecer, hay unas fotos nuestras rulando por ahí —aclaró él—. Han llegado hasta Laura y... no está muy contenta, que digamos.
—Joder, Eric..., lo siento; no creía que fuera capaz de hacerlo.
—¿De qué estás hablando? —inquirió desconcertado.
—Martina, mi editora..., tenía unas fotos nuestras. Me amenazó con sacarlas a la luz si no hacía lo que ella quería. Le dije que aceptaba el «trato», pero supongo que no le ha parecido suficiente. Ofrecían una buena suma por esas fotos... Lo siento mucho.
Eric se pasó las manos por el pelo, apesadumbrado, buscando a toda prisa una solución. Dejó escapar una maldición en voz baja. Sabía que no era algo que lo afectara exclusivamente a él. La principal escaldada de todo aquel asunto había sido Alma.
Finalmente, se rindió.
—Da igual —dijo—. El mal ya está hecho. Supongo que ahora solo queda lidiar con las consecuencias.
—Lo solucionaré, ¿vale? —respondió muy segura de sí misma, dando un paso hacia él.
—Esas fotos deben de estar por todas partes, Alma. Lo único que no quería era hacerle daño a Laura —replicó con tono apagado.
Ella lo miró fijamente, con el ceño fruncido.
—¿Crees que los momentos que hemos vivido y lo que hemos sentido no iban a destrozarla de todos modos? —espetó—. Joder, no puedes ser tan ingenuo.
Eric le sostuvo la mirada, aunque sus ojos no lograban enfocar del todo.
Esas palabras dieron vueltas en su cabeza como un eco ensordecedor.
Intentó disimular la opresión en su garganta, pero el nudo seguía ahí, pesado, ahogándolo.
Lo había pensado, claro que lo había pensado, pero jamás de la manera en que lo sentía ahora.
Sabía que lo que estaba haciendo no solo era arriesgado, sino que cruzaba límites.
Era un abismo en el que caía de cabeza, sin frenos.
En algún oscuro rincón de su mente era consciente de que estaba jugando con fuego, pero el calor que sentía dentro de él lo mantenía aferrado a la llama.
Esa atracción, esos momentos, eran lo único que de verdad sentía suyo.
—Lo siento —reculó ella, al percatarse de la expresión de profunda tristeza que enmascaraba su rostro.
—No —suspiró—. Tienes razón. De todos modos, yo antes o después iba a terminar con todo. Supongo que esto solo ha acelerado el proceso.
—Me siento egoísta. —Ahora fue ella quien deseó con todas sus fuerzas desaparecer en ese mismo instante.
—¿Por qué?
—No quiero que renuncies a todo por mí.
—Oye —Eric dio un paso al frente y cogió la cara de Alma entre las manos—, es elección mía, ¿de acuerdo? Tú no me estás obligando a nada.
—Lo sé, pero...
—Nada de peros —la cortó él—. La vida es una tragedia.
Y necesito que sepas que yo elijo vivirla contigo.
Porque, dentro de la fealdad del mundo, tú has sido mi milagro más grande.
La noche en que nos conocimos no solo ardió el Guernica : ardió todo el jodido cosmos.
Quiero decir «sí» a todo lo que está por venir: a hacer pícnics bajo la nieve, a los cerezos en flor, a los museos perdidos en los que sería capaz de encontrarte una y otra vez.
Durante estos años no he dejado de sentir que, de algún modo casi macabro, todo me estaba llevando a ti.
Ahora puedo confirmarlo. Y puedo asegurarte, Alma mía, que, si no soy tuyo, no seré de nadie.
Alma se quedó sin respiración. El amor tiene esas cosas: a veces te da aliento y a veces te lo quita. Pero siempre siempre siempre te hace sentir viva.
Cuando se abrazaron, el universo entero se durmió entre sus brazos.