34
Apenas eran las nueve de la mañana cuando Alma irrumpió corriendo en la habitación de Eric, gritando como si hubiera perdido la cabeza.
Lo zarandeó con desesperación, lo destapó de un tirón, descorrió las cortinas y abrió todas las ventanas de par en par, dejando que el aire fresco se colara en el cuarto, arrastrando consigo el frío de la mañana.
—¡Despierta! ¡Está todo nevado!
—Me encanta tu entusiasmo, Alma, pero seguro que sigue nevado dentro de un par de horas. Por Dios, déjame dormir —murmuró él con la voz somnolienta, tapándose la cara con la almohada, buscando refugio en la oscuridad.
—¡Despierta! —gritó, tirándole del brazo con tal fuerza que casi lo arrastró de la cama.
—Ya voy, pesadilla —se rindió finalmente.
La realidad era que, en Madrid, no estaban acostumbrados a que nevara y, mucho menos, a que la nieve cuajara.
Cuando Eric abrió los ojos y observó a través de la ventana, se despertó de golpe.
El paisaje se extendía como un manto blanco hasta donde alcanzaba la vista.
La nieve cubría el suelo y las ramas de los árboles, formando un espeso colchón que reflejaba la luz tenue del sol invernal.
El aire frío parecía cortar la piel, y el cielo gris y nublado estaba plagado de nubes bajas que daban la sensación de que la nieve no dejaría de caer nunca.
—Nena —dijo, contemplando las colinas nevadas que se extendían ante ellos—. Me parece que va siendo hora de tachar el siguiente punto de la lista.
Tan solo media hora después, ya estaban fuera, con unos patines que habían encontrado en el desván de la casa. Se dirigieron a una pequeña explanada, donde la capa de hielo, aunque imperfecta, era lo suficientemente sólida como para patinar. O, al menos, como para intentarlo.
Una hora y muchas caídas después, ya casi se mantenían en pie.
Eric se deslizaba sobre el hielo con una agilidad sorprendente, girando y haciendo piruetas que Alma no solo se veía incapaz de imitar, sino que ni siquiera lograba visualizar con claridad.
Supuso que sus años como skater debían de ser los responsables de esa destreza.
Ella, en cambio, no contaba con la misma suerte.
Aunque no le iba del todo mal, su torpeza y el suelo resbaladizo no eran la mejor combinación. Y menos aún si tenía que mantenerse en equilibrio sobre dos cuchillas deslizantes que no parecían dispuestas a cooperar.
—Hacía siglos que no patinaba —exclamó Eric, con una sonrisa divertida.
—¿Por qué dejaste el skate ?
—Cuando me rompí el brazo, no quise arriesgarme a más accidentes. Soy cocinero; trabajo con mis manos. Me jodió, porque el skate era mi vida, pero no me quedó otra. Supongo que a veces hay que renunciar a un par de sueños para dar paso a otros.
—¿Te gustaría retomarlo?
—Me encantaría. Y creo que este puede ser un buen comienzo.
Siento que contigo estoy volviendo a hacer muchas cosas por primera vez, experimentando cosas que jamás creí que volvería a experimentar...
Por un momento, aquí, a tu lado, con el paisaje nevado a nuestro alrededor y nuestros patines, siento que puedo volver a empezar.
—Hizo una pausa, se acercó un poco más y se colocó frente a ella, mirándola con intensidad—. Tú me incendias la piel, Alma.
Ella sonrió suavemente, intentando disimular el rubor de sus mejillas.
—¿Y te gusta cómo quemo? —Una sonrisa pícara le iluminó el rostro.
—Me encanta —afirmó Eric, acercándose un poco más hasta tocar la punta de su nariz.
Alma se apartó con dificultad. Se había prometido a sí misma guardar las distancias hasta que Eric solucionara todos sus asuntos. Especialmente, aquel asunto llamado «Laura». Pero no le estaba resultando, precisamente, una tarea sencilla.
Cuando volvieron a la casa, el aire frío del exterior dio paso a una sensación de calidez y quietud.
El resto del día transcurrió de manera tranquila, mientras veían los copos de nieve estrellarse contra la ventana, leyendo libros en el sillón con las piernas entrelazadas y comiendo castañas que se deshacían entre los dedos.
—El otro día te hablé de mi padre... —empezó diciendo Eric mientras jugaban a un juego de mesa que habían encontrado en los armarios polvorientos—. Pero hay algo que no te conté.
—No hace falta que lo hagas si no quieres.
—Tú te has abierto mucho a mí en este viaje. Es justo que yo haga lo mismo.
Alma lo miró, dispuesta a escuchar lo que quisiera contarle.
—Desarrollé un miedo brutal al rechazo a causa de mi relación con él.
Y creo que, de algún modo, ese miedo se mezcló con la inseguridad de no ser suficiente, por culpa de mis exparejas.
Sobre todo, por culpa de una: Eva. Me dejó por mi mejor amigo.
Ridículo, ¿no? —Soltó una pequeña risa al recordarlo—.
Cuando lo nuestro terminó, te dije que te parecías a ella.
Pero lo pienso ahora y..., joder, no sé cómo no me escupiste.
—Debería haberlo hecho —bromeó Alma.
—Me lo habría merecido, sin duda —repuso él con una sonrisa—. El caso es... que eso me convirtió en una bomba de relojería, capacitado para destruir a cualquiera que se me pusiera por delante.
—Y esa fui yo —murmuró Alma.
—Y esa fuiste tú —confirmó Eric—. Cuando lo nuestro acabó, estuve yendo a terapia un tiempo.
Creo que me di cuenta de lo mucho que lo necesitaba a raíz de mi relación contigo.
Siempre me había negado; creía que era para «gente débil», ya sabes.
Pero aquello me ayudó, me hizo ver todo lo que tenía que sanar, todos los bloqueos y las partes magulladas que había dentro de mí, y me puse a ello.
—Los hombres y su tendencia a huir cuando las cosas se ponen serias... —replicó Alma con una sonrisa, citando lo mismo que le había dicho Emma hacía unos días.
—Estoy aprendiendo a dejar de hacerlo.
—Yo creo que lo que pretendes es distraerme para que pierda. Y eso no pasará. Mueve ficha.
Sonrieron al unísono y continuaron jugando en silencio.
Cuando llegó la hora de la cena, Eric cocinó para Alma.
El olor reconfortante de la comida se mezclaba con el crepitar de la leña.
Comieron acompañados únicamente por la tenue luz de un par de velas.
La tormenta había dejado el pueblo a oscuras y las noticias recomendaban no salir ni coger el coche, ya que el riesgo de desprendimientos era alto en aquella zona montañosa.
Pero, en ese pequeño refugio al que ya consideraban un hogar, nada de eso los preocupó.
Esa noche durmieron abrazados al pie de la chimenea, con el calor de las llamas combinándose con la cercanía de sus cuerpos.
Las sombras de la habitación danzaban lentamente mientras se sumían en un sueño tranquilo, el uno en brazos del otro, como si no existiera nada más en el mundo que ese preciso instante.
El sonido del teléfono móvil interrumpió el silencio, sacando a Eric de su letargo. Sus dedos tantearon la alfombra, todavía con los ojos cerrados, en busca del aparato. Finalmente, lo encontró. El brillo iluminó su rostro cuando vio el nombre de Raúl aparecer en la pantalla.
Se levantó con cuidado de no despertar a Alma —que permanecía plácidamente dormida al pie de la chimenea— y salió al aire fresco de la noche.
Sin saber muy bien qué esperar, respondió:
—Hola, tío, ¿qué pasa?
—¿Que qué pasa? ¿Qué coño te pasa a ti, Eric? —La voz de Raúl al otro lado de la línea sonaba claramente alterada—. ¿Dónde estás?
—En casa —mintió, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Te piensas que soy gilipollas? Llevo toda la noche intentando ponerme en contacto contigo. Joder, Laura se acaba de quedar dormida; ya no sé ni cómo coño tranquilizarla.
—¿De qué hablas? —La confusión se apoderó de todo su cuerpo, como si realmente no tuviera ni idea de qué era lo que pasaba.
—Ah, ahora resulta que no sabes de qué hablo —Raúl respondió con tono sarcástico—. De las fotos, Eric. De las putas fotos.
—¿Qué fotos? —Definitivamente, ya era oficial: Eric no tenía ni idea de lo que pasaba. El nerviosismo y el desconcierto lo envolvieron por completo.
—Las fotos que te sacaron por Madrid con esa chica. La escritora. Están por todas partes, joder. Todo el mundo está hablando de ellas. Así que más te vale que tengas una buena explicación.
A Eric se le nubló la vista y creyó que se desmayaría de un momento a otro.
—Yo... —titubeó, tratando de hallar las palabras idóneas—. Alma es... solo es una amiga.
—Conque solo una amiga, ¿eh? —Raúl no parecía dispuesto a creerse ni una sola palabra.
—¿De verdad me crees capaz de hacerle algo así a Laura?
—No lo sé, Eric. No sé de qué te creo capaz. Lo único que sé es que se ha pasado toda la noche llorando. He tenido que persuadirla para que no cogiera el primer avión que saliera del aeropuerto y se plantara en España.
Apretó los ojos con fuerza, llevándose los dedos al puente de la nariz.
—¿Cómo está ahora? —preguntó con un poco de miedo.
—¿Cómo cojones quieres que esté? De repente abre las redes sociales y se encuentra fotos de su prometido con otra chica. Y no quieras ni leer los artículos.
—¿Puedes despertarla? Me gustaría hablar con ella.
—No creo que sea lo mejor; estaba muy alterada. Espera a mañana, que ya se habrá calmado un poco. Llámala a primera hora. —Oyó a Raúl suspirar al otro lado del teléfono; casi pudo visualizar su expresión cansada—. Te sale el avión de vuelta pasado mañana, ¿verdad?
—No lo sé —confesó Eric.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Es que no estoy exactamente... en España.
—Explícate.
Eric supo a ciencia cierta que, de haber estado Raúl allí, seguramente le habría dado un puñetazo. Y lo peor era que se lo merecía.
—Estoy pasando unos días fuera.
—¿Estás con esa chica?
Silencio.
—Eric, ¿estás con esa chica sí o no? Joder. —El enfado de Raúl iba en aumento.
—Sí —admitió.
—¿Sientes algo por ella?
Su primer impulso fue decir que no. Negarlo todo. Huir, como hacía siempre que las cosas se complicaban. Pero estaba cansado de tomar la vía fácil, de ser el de siempre. No quería seguir desestabilizándoles la vida a los demás con su falta de honestidad.
Así que, sencillamente, respiró hondo. Y contestó:
—Sí.