33
La primera vez que tuvo un sueño premonitorio fue a los ocho años, al menos que ella recordara.
Soñó que se caía en el colegio, y así terminó sucediendo.
Claro que, dado lo torpe que era, no resultaba de extrañar que se hubiera caído.
Solía estar más tiempo en el suelo que de pie.
Pero, aunque intentó tomárselo como una mera casualidad, en el fondo de su corazón sabía que aquella caída escondía un trasfondo más profundo, más inquietante.
La segunda vez que recordaba haber tenido un sueño premonitorio fue a los doce, el día de su primera regla.
Un río de sangre le corría por los muslos, inundando su cuerpo de una sensación obscena, deshonesta, como si aquello no estuviera bien.
Al despertar, la realidad la golpeó con la misma fuerza: ahí estaba, innegable, tangible.
Todos le dijeron que ya era « una mujer » , pero ella más bien se sentía una extraña.
Jamás le contó aquello a nadie.
A medida que fue creciendo, más sueños se sucedieron. Con el tiempo, terminaba por olvidarlos todos. Si no eran relevantes, suponía que no valía la pena retenerlos.
Nunca se hizo preguntas. Sabía que era algo hereditario, que a su madre le pasaba y que, seguramente, a la madre de su madre también le habría ocurrido. Y ahora le tocaba a ella.
Pero aquel día, el día en que todo acabó, mientras miraba a Eric con la vista perdida en el horizonte, recordó un sueño que había tenido mucho tiempo atrás; ni siquiera recordaba cuándo.
En él, veía a un hombre de perfil, con el brazo tatuado, cocinando. La escena era silenciosa, casi intocable. No hablaron; ni siquiera se miraron. De hecho, era muy posible que ella ni siquiera estuviera allí, como si aquel hombre fuera el único protagonista de su sueño y Alma una mera espectadora.
Pero ahora, al mirarlo, la certeza la golpeó como una corriente fría: era Eric. Lo supo de pronto con una convicción inexplicable. Lo había visto venir mucho antes de que se cruzaran, y eso, en realidad, explicaba muchas cosas. Lo explicaba casi todo.
El siguiente sueño que recordaría sería el que predijo el final de su relación. Ni siquiera era capaz de rememorar los detalles, pero sí la sensación. El vacío. Recordaba ver a Eric a través de un cristal, alejándose, amando a otra mujer, olvidándola.
Y, a partir de ahí, comenzaría a recordarlos todos.
Porque todos tenían que ver con él.
Sin apenas darse cuenta, se había ido otro mes. Lo que más le dolía del paso del tiempo era que, para Eric, este seguiría avanzando —como es lógico—, y todos sabemos lo que ocurre cuando el tiempo avanza: antes o después, llega el olvido. Y ella no quería que él la olvidara.
Intentaba convencerse de que no pasaba nada, de que el tiempo nunca avanza en una sola dirección y nadie está exento de sus estragos.
Pero, para Alma, parecía haberse detenido.
Deseaba romper todos los malditos relojes que marcaban cómo Eric la olvidaba, poco a poco, hasta convertirla en una sombra, insignificante, perdida en el fondo de sus recuerdos.
No era justo. No era justo que fuera la única que permaneciera atrapada en aquella historia. Tanto era así que, de haberla visto, hasta el tiempo habría sentido lástima de ella.
No sabía cómo seguir. Se limitaba a existir por pura inercia.
Comía lo mínimo y se duchaba cuando no le quedaba más remedio, que normalmente era cuando su madre la obligaba a hacerlo.
Pasaba el día en su habitación, mirando sin cesar su foto de perfil, escribiendo mensajes que nunca llegaría a enviar, deseando que él se adelantara y le escribiera primero.
Pero eso nunca pasó.
Se tragó todos los vídeos de manifestación que pudo, deseando con todas sus fuerzas que la magia no fuera solo algo de los cuentos de hadas.
Se aficionó a la meditación antes de dormir, buscando alguna forma de escapar.
Cualquiera que la hubiera visto habría pensado que estaba perdiendo la cabeza.
Tal vez así era. Pero a ella la tranquilizaba y la ayudaba a mitigar las pesadillas.
Se acostaba tarde y se levantaba más tarde aún. Le dolía permanecer despierta. Las ojeras le cubrían media cara y había adelgazado más de la cuenta. Ya no era más que la sombra de lo que había sido.
Despertaba siempre en mitad de la noche, en medio de alguna de sus pesadillas. Lo primero que hacía era coger el móvil de su escritorio, cruzando los dedos.
Pero nada.
Nunca había nada.
Cuando lograba conciliar el sueño de nuevo, él volvía a aparecer.
A veces eran sueños en los que estaban juntos, felices y enamorados.
En otros, él la despreciaba, estaba con otra o apenas la reconocía.
Pero siempre eran sueños raros, como si accediera a dimensiones paralelas mientras dormía.
No sabía distinguir cuáles eran premonitorios y cuáles no, pero, sinceramente, ya no le importaba.
Soñaba con gente de su entorno a la que ni siquiera conocía: su madre, su mejor amigo, su hermana... Él le dejaba mensajes en sueños que ella intentaba retener al despertar. Pero casi nunca lo conseguía.
Y así pasaban los días, uno tras otro, sin que nada cambiara.
Sus únicos momentos de consuelo eran cuando se repetía, como un mantra: «Tal vez algún día, tal vez algún día, tal vez algún día...».
Pero ese día parecía no llegar nunca.
Y así se le iba la vida, esperando, con la sensación de que en algún punto se había perdido.
Una tarde de abril, el timbre de casa la sacó de su letargo. Se levantó con pesadez, arrastrando los pies y maldiciendo entre dientes.
Emma entró como un resorte, casi sin saludar.
—¡Tú! Recoge tus cosas. Nos vamos.
—¿Irnos? ¿Adónde? —preguntó Alma desconcertada.
—A la playa. Te vendrá bien estar cerca del mar, un poco de aire fresco.
—No pienso ir a ninguna parte.
—Oh, claro que lo harás. Aunque tenga que llevarte de la oreja. Ya lo he hablado con tu madre; me ha dado permiso para arrastrarte si es necesario.
—¿Es que acaso no podéis dejarme todos en paz? —A Alma se le empañaron los ojos de lágrimas. Era algo que le ocurría con frecuencia últimamente: lloraba más de lo que se consideraría humanamente posible.
—Lo haría gustosa; créeme. Pero, para mi desgracia, eres mi mejor amiga. Desde hace doce años, exactamente. Así que es mi responsabilidad como amiga sacarte del pozo de mierda en el que estás metida.
—No estoy metida en ningún pozo de mierda.
—Él no va a volver, Alma.
—Cállate...
—No. No me voy a callar. Porque le estás guardando luto a una sombra.
Joder, mírate. Te estás consumiendo; ¿es que acaso no lo ves?
Y te prometo que nada me gustaría más que la vida hiciese que os volvierais a cruzar algún día.
Pero, hoy por hoy, eso no va a pasar. Y tienes que seguir con tu vida.
No queremos perderte, de verdad. Así que, si tengo que arrastrarte hasta los confines del universo, te juro que lo haré.
Alma rompió en llanto sin poder evitarlo. Sentía que se ahogaba. Pero, por suerte, su amiga estaba ahí para acunarla entre sus brazos. Así había sido siempre, desde que eran adolescentes.
Emma la sostuvo cuando le rompieron el corazón por primera vez, a los catorce años.
Más tarde, fue su punto de anclaje cuando llegó la anorexia, arrasando con todo a su paso.
Desde los catorce hasta los dieciocho, no hizo otra cosa más que ser el puerto en el que Alma podía parar para que sus penas descansasen.
Cuando no quería comer, ella fue su sustento. Cuando veía las cicatrices en sus brazos, en sus muñecas y, posteriormente, en sus muslos y hasta en sus caderas, Emma fue la cura para sus heridas. Incluso para aquellas que no eran físicamente visibles.
Cuando no quería salir de casa, aparecía con una botella de vodka barato en la mochila y una sonrisa que, a todas luces, decía: «No sé quién de las dos está más jodida, pero vamos a divertirnos».
Su amistad se tejió entre promesas y veranos que parecieron eternos.
Ni la distancia pudo con su vínculo. Y si algo aprendieron fue que la adolescencia puede ser un infierno, pero merece un poquito la pena —solo un poquito— si tienes algo a lo que agarrarte.
Y ellas siempre se tuvieron la una a la otra.
No mucho tiempo después, se hicieron adultas juntas.
Y, aunque no podían ser más distintas, era una aventura formidable seguir creciendo agarraditas, bien agarraditas de la mano.
Por eso, Alma decidió no oponerse. Porque nada malo podía pasar si estaba con ella.
Hizo las maletas, cogieron el primer tren que salió de la estación de Chamartín y, juntas, dejaron atrás Madrid.
No permanentemente, desde luego, pero sí durante uno o dos meses.
Lo suficiente para que Alma pasara el duelo, lejos de los recuerdos que la mantenían atrapada en un bucle de tristeza interminable que la estaba volviendo irreconocible para todos los que la querían.
Las primeras semanas de aquel viaje fueron complicadas.
Alma se movía por la casa como un fantasma.
Poco a poco, y con mucha paciencia, comenzó a salir de su caparazón.
Su risa cada vez sonaba un poquito más alta y menos forzada.
Emma celebraba todos los pequeños pasos que daba: ir a darse un baño a la playa, salir a cenar, ir a ver la puesta de sol, tomarse un helado por el paseo marítimo...
Todo contaba. Todo era un motivo para celebrar.
Porque, en una escala del uno al diez, los días en los que Alma se sentía un dos siempre serían mejores que los días en los que se sentía un uno. Y eso era lo único que importaba.
Con todo, siguió teniendo sueños extraños. Eran precisamente esos días en los que peor estaba, cuando se levantaba con la mirada perdida y Emma pensaba que había vuelto a sentirse un uno. Pero nunca perdía la calma y seguía intentando que su amiga se sintiera, por lo menos, un dos.
No siempre lo conseguía.
Una noche, Alma soñó con un prado estéril. Se vio caminando por él, con sus pies moviéndose cautos pero seguros. Al final del camino, la esperaba él. Como si hubiese permanecido allí toda la vida. Sin embargo, su rostro no mostraba ninguna expresión; se lo veía completamente imperturbable.
Cuando Alma llegó a su altura y se detuvo frente a él, Eric solo le dijo una frase: «Me voy a Alemania».
Eso fue todo.
Cuando despertó, supo que ese sueño era uno de los premonitorios. Y no tardó en confirmarlo. Porque, como ella bien decía, las redes sociales son un arma de doble filo.
Ese mismo día, le dijo a Emma que se iba a dar un paseo sola. Su amiga insistió en acompañarla, pero Alma se negó. Le dijo que necesitaba pensar. Emma la conocía lo suficiente como para saber que estaba mintiendo.
Aun así, no dijo nada.
Alma buscó en Google todas las tiendas esotéricas de la zona y, una por una, las recorrió, dejando que cada local la guiara más cerca de lo que sentía que necesitaba. En cada rincón polvoriento de esas tiendas, con su aire antiguo y sombrío, le parecía estar entrando en otro mundo.
Y, finalmente, dio con lo que buscaba.
Cuando tuvo la baraja frente a ella y la sostuvo entre sus manos, supo que no podía ser otra. Tenía que ser esa.
Aquel día, adquirió su primera baraja de tarot. No era ninguna maravilla, solo la clásica de Rider-Waite, aunque, para ella, ese mazo era algo más. Era su mazo. La llave a algo que aún no comprendía del todo, pero que sentía que la conectaba con algo profundo y desconocido.
Para ella, era la baraja más especial del mundo. Porque, a partir de entonces, en la escala numérica de su vida, sus días comenzaron a ser un tres.