32 #3
—Por esa regla de tres, entonces, ¿piensas que yo no te quise? —insistió él, desafiándola con la mirada.
—Pienso que quisiste quererme. Pienso que tú eras mi persona, pero quizá yo, en ese momento, no fui la tuya.
O tal vez sí. Pero lo que teníamos no te compensaba lo suficiente como para convertir aquella chispita en un incendio.
Pienso que estabas cagado de miedo. Y el miedo es siempre el peor enemigo del amor.
—Pues yo no lo veo así —declaró Eric con firmeza.
—¿Y cómo lo ves tú?
—El amor no tiene momentos correctos e incorrectos, pero las personas sí. Creo que alejarme de ti fue, precisamente, un acto de amor.
Alma no pudo evitar sonreír con ironía.
—¿No me digas que eres de los que piensan que, si amas algo, debes dejarlo ir y todas esas bobadas?
—No. Lo que pienso es que, si estás herido y amas a alguien, no puedes quedarte a sangrar sobre esa persona.
Porque no es responsabilidad suya curarte.
No eres una maldita organización benéfica, Alma.
No puedes salvar a todo el mundo. Pero que las personas se alejen de ti no significa que no te quieran.
A veces se alejan justamente por eso. Porque te quieren.
—¿Crees entonces que deberíamos estar agradecidos de que nos rompan el corazón? —Alma lo miró fijamente, sin saber si quería desafiarlo o simplemente comprender su perspectiva.
—Creo que deberíamos estar agradecidos de dar con personas que quieran protegerlo, aunque eso conlleve que se nos rompa momentáneamente. Al final, las piezas siempre vuelven al lugar que les corresponde. Ningún corazón se rompe nunca del todo, aunque lo parezca.
—A mí, sí. A mí aquel día se me rompió por completo. —Su voz se quebró levemente, pero al final lo dijo con una honestidad devastadora, dejando escapar una pequeña verdad que había mantenido oculta durante tanto tiempo.
—Y, sin embargo, aquí estás.
Alma se quedó unos instantes en silencio, con la mirada perdida, sopesando las palabras de Eric.
Nunca se lo había planteado así. Y no sabía si le gustaba aquella idea, pero, poco a poco, sentía cómo las piezas de su corazón, que se habían roto y esparcido por toda la ciudad hacía diez años, comenzaban a recomponerse.
Tal vez no completamente. Pero aquel era un buen comienzo.
Y, después de haberlo perdido todo, por el momento le bastaba con saber que seguía respirando.
—¿Qué harás cuando regreses a Alemania? —preguntó al fin, cambiando de tema. Aunque le aterraba sacar aquel asunto, sabía que antes o después tendría que enfrentarse a esa conversación.
—Por el momento, poner en orden mi vida.
—¿Te la he desbaratado mucho? —Alma intentó restarle peso a la pregunta, pero no resultó muy convincente.
—Me la he desbaratado yo solo, yendo siempre con el viento en contra. Pero esta vez intentaré hacer mejor las cosas.
—¿Qué quieres decir? —Alma sintió un nudo en el estómago. Con un gesto instintivo, se mordió el carrillo por dentro, como si temiera oír la respuesta.
—Voy a dejar a Laura.
El corazón de Alma dio un brinco de alegría. No pudo evitar que una mezcla de emoción y sorpresa aflorara a su rostro. Intentó disimularlo, pero no lo consiguió. A Eric le resultó imposible reprimir una pequeña sonrisa.
—¿Y después? —siguió indagando ella.
Él sabía que era ahora o nunca. Tenía que contárselo todo, con el corazón en la mano. Pero, una vez más, fue incapaz. No quería volver a perderla después de lo mucho que le había costado recuperarla. Así que, en su lugar, optó por otra verdad a medias.
—Después, volveré a Madrid. Llamaré a tu puerta. Y te besaré.
—Suena como una muerte anunciada.
—Tal vez lo sea. Pero esta vez no tengo intención de huir a ningún lado.
Siguieron remando con tranquilidad, disfrutando del momento y de la compañía del otro, como si les sobrara todo lo demás. No sabían en qué momento el sol había dejado de brillar y el cielo había comenzado a cubrirse de nubes grises.
De repente, algo impactó en el rostro de Alma, sorprendiéndola. Se tocó la mejilla y retiró de ella un pequeño copo de nieve.
—¿Está... nevando? —balbuceó con un atisbo de confusión en su voz.
—Estamos en diciembre. ¿Qué son unas Navidades sin nieve? —Una sonrisa traviesa enmascaró su rostro.
De pronto, la nieve comenzó a caer con más fuerza. Imparable. Eric y Alma echaron la cabeza hacia atrás, dejándose cubrir por los copos, y comenzaron a reír. Rieron porque eran jóvenes. Porque estaban vivos. Porque, en ese momento, volvían a tener veinticinco años.
Con dificultad, remaron de vuelta al muelle.
Poco a poco, los árboles que rodeaban el lago de Gérardmer comenzaron a teñirse de blanco.
A Alma le encantaba la nieve. Sabía que aquel día se convertiría en uno de sus favoritos para siempre; el típico recuerdo que atesoraría hasta volverse cenizas.
Solo por debajo de la cita en el museo que dio inicio a aquella loca, asombrosa y pequeña historia de amor.
—Bueno, creo que va siendo hora de volver, ¿no? —comentó, acercándose al coche con un ligero escalofrío.
—¿Estás de broma? Ahora es cuando empieza lo bueno. —Eric abrió el maletero y sacó una cesta de mimbre y un mantel de cuadros rojos y blancos—. He traído la comida.
—¿Estás loco? ¿Con la que está cayendo?
—¿Acaso te asusta un poco de nieve?
Alma rio con intensidad, como si de pronto fuera una niña pequeña que veía la vida con ojos inocentes. Su risa, llena de libertad, resonaba en el aire frío mientras lo seguía por el sendero cubierto de nieve.
Ya no tenían que continuar ignorando sus sentimientos.
Ahora que, por fin, él había logrado reconocérselos a sí mismo y a ella, estos empezaron a crecer como un huracán entre los dos, volviéndose cada vez más imposibles de disimular.
La vida les había dado una segunda oportunidad para hacer las cosas bien y no tenían intención de desaprovecharla.
Juntos, extendieron el mantel sobre el césped y se acomodaron en él. Eric sacó de la cesta todo lo que recordaba que a Alma le gustaba: ensaladas de pasta, aceitunas, frutas, chocolates..., incluso una botella de vino. De la misma marca que habían tomado la noche en que se conocieron.
Mientras la nieve caía sin cesar, ellos se sumergieron en su pequeño pícnic improvisado, envueltos por el sonido suave de los copos al tocar el suelo.
—Veo que lo has tenido todo en cuenta —murmuró con una sonrisa tierna.
—Espero haber acertado.
—Te acuerdas de todo, Eric. Has recordado hasta que me pirran las aceitunas. Y yo me he pasado una década entera creyendo que ni siquiera recordarías el color de mis ojos...
—Imposible olvidarlos. —Eric fijó la mirada en el profundo azul de aquellos ojos, como si se perdiera en ellos por un momento, y se humedeció los labios antes de preguntar—: ¿Recuerdas el último fin de semana que nos vimos?
Ella asintió con la cabeza, dándole pie para que continuara.
—Aquel sábado habíamos planeado ir de pícnic.
Lo teníamos todo preparado. Al final hacía frío, yo no me encontraba bien y te dije que lo dejáramos para otro momento.
Tú te pusiste muy triste, pero a cabezota no hay quien me gane —recordó Eric con una sonrisa melancólica—.
Puede parecer una tontería, pero me arrepentí mucho de no haberte concedido al menos eso.
Te prometí que lo haríamos más adelante, pero ya sabemos lo que pasó después.
Alma volvió de nuevo a aquel día. Se vio a sí misma, sentada a la mesa de la cocina de casa de Eric, intentando contener las lágrimas para que no descubriera tan pronto su vulnerabilidad.
Tratando de convencerlo de que, total, no hacía tanto frío para un pícnic, que le hacía ilusión. Pero él no quiso dar su brazo a torcer.
—Hoy también hace frío —murmuró.
—Lo sé. Pero ya no quiero seguir negándote nada.
Sacó la lista de su bolsillo e hizo un tic en el segundo y en el tercer punto.
Al verla estremecerse levemente, se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros. Fue un gesto rápido, natural, como si llevara una eternidad ensayándolo en silencio.
—Gracias —susurró ella, sin atreverse a mirarlo.
—Ya no quiero que vuelvas a pasar frío por mi culpa.
Alma supo que, en ese momento, no se estaba refiriendo al tiempo.
—¿Sabes? Creo que ningún libro podrá hacerle jamás justicia a nuestra historia.
—Y, si intentaras escribir ese del que hablábamos antes, ¿cómo lo titularías?
Alma no tuvo que pensarlo mucho. Dio con la respuesta casi al instante, como si la hubiera estado esperando todo el tiempo.
— La noche en que ardió el Guernica.