La noche en que ardió el Guernica 32 #2
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32 #2

Lola le había dicho exactamente lo mismo hacía unos días.

—Empiezo a darme cuenta.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. Me siento bien cuando estoy cerca de él.

—Alma evitó contarle que Eric tenía novia, porque sabía lo que le diría.

Lo mismo que se decía ella misma cada día.

Y, egoístamente, no le apetecía oírlo de boca de otra persona—.

Creo que a él le pasa lo mismo. Nos entendemos de una forma... No sé cómo explicarlo.

—No hace falta; sé lo que quieres decir. Y es genial, amiga, en serio. Solo yo sé cuánto has esperado esto. Pero es mi deber moral decirte que tengas cuidado.

—¿A qué te refieres?

—Ya lo sabes. Él te dejó destrozada, Alma; no lo olvides. No creo que sea un mal tío, pero tiene esa tendencia que tienen todos los hombres: la de huir cuando las cosas se ponen serias. Ya le pasó una vez. Y no creo que tú seas capaz de soportarlo otra.

—Han pasado diez años, Em. —No supo si lo había dicho para convencer a su amiga o para convencerse a sí misma—. Él no estaba bien en ese momento, acababa de salir de una relación...

—Sí, y te dijo que no podía estar contigo porque le recordabas a ella, entre otras cosas.

—A Alma se le paró el corazón al oír eso.

Había pasado una eternidad intentando olvidarlo—.

Siento decirte, cielo, que para que te parezcas a alguien no basta con que tengas el pelo un par de tonos más oscuro que la media y flequillito despuntado.

—Mejor no me lo recuerdes. Estuve años yendo de rubia después de aquello, y me quedaba fatal.

—Lo que intento que entiendas, cariño, es que estaba un poco... desquiciado. —Alma dejó escapar una sonrisa—. Que, oye, ha pasado muchísimo tiempo; la gente cambia. Pero hay desquiciamientos que perduran por encima de las posibilidades de algunas personas. Así que, por favor, ten cuidado.

—Lo tendré.

—En fin, tía, cuantos más años pasan, más claro lo tengo: eres el Save the Children de los hombres con trastornos paranoides de todo tipo.

Alma estalló en carcajadas al oír la comparación.

—Cuando quieras, hablamos de los tuyos, zorra —bromeó.

—Mejor no abramos el cajón de mierda —respondió Emma, aún con una sonrisa, antes de que su tono se volviera más serio—.

Sabes que te quiero, mi niña. Sé que a veces puedo ser un poco coñazo, y no procede que ejerza de madre contigo a estas alturas de la vida, pues ya somos mayorcitas, pero me preocupo por ti.

Lo único que he deseado siempre es que tú estuvieras bien.

No conozco a nadie sobre la faz de la tierra que lo merezca más que tú.

—Lo sé, Em. Y te lo agradezco. Yo también te quiero a ti.

—Avísame cuando vuelvas, ¿vale?

—Descuida.

Sin decir nada más, colgaron. Le había venido bien hablar con Emma. Se quedó unos minutos más apoyada contra la puerta, rememorando la conversación que acababan de tener, hasta que pensó que se estaba haciendo demasiado tarde. No quería hacer esperar a Eric.

Intentó desterrar todos los pensamientos negativos de su cabeza y se dirigió al armario para elegir la ropa que se pondría. Quería disfrutar de los últimos días en Riquewihr sin estar acompañada por los fantasmas del pasado. Aunque estuviera durmiendo puerta con puerta con uno todas las noches.

Optó por un vestido rojo que le quedaba por encima de las rodillas y unas medias negras tupidas con pequeños corazones.

Cuando bajó, Eric ya la estaba esperando.

Llevaba una sudadera verde que Alma reconoció al instante y unos vaqueros ajustados.

Se había arreglado la barba y estaba arrebatadoramente guapo.

Tanto que, al verlo, todas las maldiciones que le había estado lanzando mentalmente minutos antes se desvanecieron como por arte de magia.

Pero no fue la única que tuvo que asegurarse de que aún mantenía los pies en la tierra. Los ojos de Eric la recorrieron de arriba abajo con intensidad.

—¿Qué tal voy? Como no me has dicho adónde nos dirigimos... ¿Debería cambiarme?

—Solo si quieres arruinarme el día.

—Eres imbécil —replicó ella con una sonrisa.

Un par de minutos después, ya estaban en el coche, con Eric al volante. El paisaje se deslizaba rápidamente mientras Alma lo observaba con devoción desde la pequeña ventanilla de su Ford Fiesta.

El vestido se le subió ligeramente, dejando al descubierto la parte superior de sus muslos.

Eric no pudo evitar que su mirada se detuviera un momento allí, un momento demasiado largo.

Inconscientemente, se pasó la lengua por los labios mientras hacía un esfuerzo por concentrarse en la carretera. Pero era inútil.

Alma, al percatarse de la situación, decidió divertirse un poco. Le sostuvo la mirada durante unos segundos que a ambos se les hicieron eternos. A ella, por la vergüenza. A él, por la erección que se dibujaba bajo sus pantalones. Se había pasado toda la mañana intentando disimularla.

Con un gesto sensual y lleno de picardía, Alma levantó un poco más su vestido, hasta dejar a la vista la banda elástica de las medias. En un movimiento rápido, sin detenerse a pensar en lo que estaba haciendo, se deshizo de ellas, revelando unas braguitas de encaje negro.

Eric sonrió para sus adentros y apretó el volante con fuerza.

Sin pensárselo, extendió el brazo hasta alcanzar la piel desnuda de las piernas de Alma y ascendió por ellas con delicadeza. Ella cerró los ojos, deleitándose con el contacto. Una oleada de calor la recorrió entera, y Alma sintió cómo su cuerpo reaccionaba, dejando un leve rastro de humedad.

Eric la acarició hasta llegar al borde de su ropa interior.

Se detuvo al alcanzar el encaje y sentir el calor que emanaba, con los dedos temblando por la urgencia.

Podía oler el deseo en el aire, casi saborearlo.

Se moría por tocarla, por descubrir lo húmeda que estaba; ansiaba sentir cómo su cuerpo ardía en deseo con cada una de sus caricias.

Pero no ahora.

No así.

Con más fuerza de voluntad de la que creía posible, Eric retiró la mano. Ella abrió los ojos nuevamente, con una mezcla de decepción y satisfacción, y apoyó la frente en la ventanilla. Seguía ardiendo, mientras él apretaba la mandíbula.

Siguieron el resto del viaje sin decir nada. Ninguno de los dos mencionó el tema. Algo que Alma agradeció y, seguramente, Eric también.

Al cabo de una hora y media, llegaron a su destino.

Si Alma creía que no existía nada más bonito que Riquewihr, se equivocaba.

Ante ellos se extendía el lago de Gérardmer, con aguas cristalinas y serenas, rodeado por un paisaje natural de ensueño.

El verdor de los bosques de pinos y abetos cubría las colinas cercanas, creando un contraste vibrante con el azul profundo del agua.

A lo largo de su orilla, los senderos se deslizaban suavemente entre árboles imponentes.

El agua brillaba con intensidad, reflejando los destellos dorados del sol que se filtraban entre las ramas.

—¿Alguna vez has montado en las barquitas del Retiro? —preguntó Eric cuando bajaron del coche.

—Un par de veces; ¿por qué?

—Porque esto va a ser parecido, solo que sin el agua mugrienta.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Alma.

—¿Estás de coña? ¿Vamos a montar en barca?

—¿No te gusta?

—¡Me encanta! —Si no hubiera estado rodeada de gente, probablemente habría empezado a dar saltos de alegría—. ¿Cómo lo sabías?

—No lo sabía. Me he arriesgado. —Eric le lanzó una sonrisa cómplice.

Avanzaron por un muelle cuyas tablas de madera crujían con cada pisada, hasta llegar a un pequeño barco de remos.

Eric fue el primero en subir. Con un gesto tierno, le ofreció una mano a Alma para que pudiera unirse.

Se sentaron el uno frente al otro. Él tomó los remos con seguridad mientras el sol acariciaba su rostro y creaba destellos dorados en su cabello. Alma lo miraba con devoción.

Con más dificultad de la que estarían dispuestos a admitir, comenzaron a alejarse poco a poco de la orilla, hasta quedar rodeados únicamente por una masa de agua.

—¿Qué pasa? —preguntó Eric, al ver la sonrisa que comenzaba a formarse en el rostro de Alma.

—Parecemos Ariel y Eric. Solo falta Sebastián cantando «Bésala».

Él también rio.

—Vale, sirenita, ¿quieres probar? —le propuso, ofreciéndole los remos.

—A no ser que quieras darte un chapuzón de buena mañana igual que ellos, será mejor que ni lo intente —respondió ella con una sonrisa—. ¿Sabes? —añadió, admirando el paisaje a su alrededor—. Creo que podría escribir toda una saga de libros hablando solo de este lugar.

—¿Por qué no lo haces? —Alma arqueó las cejas—. Escribir un libro sobre este viaje. Algo así como Sol de medianoche: Parte dos .

—¿Qué pasa? ¿Te has acostumbrado a que escriba sobre ti? —indagó ella con una sonrisa traviesa.

—Aún no. Pero creo que podría acostumbrarme.

Eric le devolvió la sonrisa con un guiño cómplice.

—Tal vez lo haga; depende de cómo acabe esta vez. No creo que mis lectores puedan soportar más finales dramáticos.

—¿Y si supieras con certeza que esta vez tendrá un final feliz? —murmuró él, dejando de mover los remos por un momento y permitiendo que fuera el vaivén del propio lago el que los balanceara.

—Eso no puedo saberlo. —Alma fijó la mirada en el agua.

—Ya, pero ¿y si lo supieras? —insistió.

—Entonces supongo que lo escribiría.

—¿Y cómo terminarías la historia?

—La terminaría diciendo que el amor verdadero es aquel que sabe esperar a que llegue el momento correcto.

—¿Crees que el amor tiene momentos correctos e incorrectos?

—Creo que son las personas las que lo complican.

Pero supongo que eso no vende. Es más fácil hablar de «momentos incorrectos» como medida de consolación para no sufrir tanto cuando no nos eligen.

Siempre hemos oído decir eso de «era la persona, pero no el momento» .

Bueno, yo creo que, si de verdad es la persona, haces hasta lo imposible para que también sea el momento.

—Aunque intentó sonar neutra, sus palabras se tiñeron de amargura, perdida en el atisbo de rencor que aún sentía por cada una de las decisiones que había tomado Eric.