La noche en que ardió el Guernica 32
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Tenía que dejar a Laura.

Esa era una verdad tan absoluta como que todas las mañanas sale el sol, pero, aun así, no lograba asumirla por completo.

La claridad de esa certeza chocaba con el caos de sus sentimientos, para crear una disonancia que lo desgarraba por dentro.

Y lo peor era que no existía una forma sencilla de hacerlo.

Por más que lo intentara, alguien terminaría herido.

Puede que no alcanzara a comprender del todo la magnitud de su conexión con Alma ni de lo que aún sentía por ella, pero algo en lo más profundo de su ser le decía que no sería justo para Laura seguir adelante con ella y con la boda mientras su corazón pertenecía a otra persona.

Había llegado el momento de tomar las riendas de su vida, por más desastrosas que pudieran resultar las consecuencias de sus propias decisiones.

Y, sobre todo, tenía que sincerarse con Alma, porque una relación no puede empezar con mentiras. Tenía que contarle lo de la boda y decirle que estuviera tranquila, que estaba decidido a cancelarla. Porque ella era la única persona con la que quería pasar el resto de su vida. Ella y nadie más.

La teoría era sencilla. Pero sospechaba que la práctica se le iba a complicar un poco.

La mañana amaneció soleada, con la luz dorada llenando la habitación.

Apenas parecía que faltaran unos días para Navidad.

Eric se había levantado temprano para sorprender a Alma con el desayuno.

Había seleccionado cuidadosamente cada cosa: tostadas con tomate, zumo recién exprimido, frutas frescas, churros crujientes, castañas asadas, cruasanes y todo tipo de bollería típica de Alsacia.

Lo había dispuesto todo con esmero sobre una mesita en el jardín, adornada con flores silvestres y velas aromáticas que emitían una luz suave y cálida.

—Como no estaba seguro de qué te apetecería, he optado por traer un poco de todo —dijo sonriendo al verla aparecer por la puerta trasera. Todavía despeinada y con el pijama estaba tan encantadora que, por un momento, se olvidó del resto del mundo.

Con un gesto delicado, Eric retiró su silla para que tomara asiento.

—Vaya, ¿a qué se debe este banquete? —indagó con una sonrisa sorprendida mientras el aroma de los churros y las castañas llenaba el aire.

—Bueno, estamos en el pueblo que inspiró La Bella y la Bestia . Sé que Lumière y Din Don no están aquí para cantarte «¡Qué festín!», pero... espero que te guste.

—Es perfecto —susurró, mojando un churro en el chocolate caliente.

—Necesito que, en cuanto termines de desayunar, vayas a vestirte. Te tengo una sorpresa.

—¿Cuál? —Un gesto de intriga se dibujó en el rostro de Alma.

—Si te lo dijera, ya no sería sorpresa. —Una sonrisa ladeada cruzó su rostro.

Desayunaron con calma, disfrutando de la suave brisa que se mezclaba con el canto de los pájaros. La luz se filtraba entre las hojas de los árboles cercanos, creando juegos de sombras sobre la mesa.

Alma cerró los ojos por un momento, dejándose envolver por la paz que se respiraba en el jardín.

Eric, con un gesto atento, le retiró con el pulgar una gotita de chocolate que le caía por la comisura de los labios.

Y ella, sin pensar, no pudo evitar pasarse la lengua por el lugar donde él la había tocado, en un gesto que resultó más sexy de lo que pretendía.

Eric la observó fijamente, con los ojos clavados en sus labios.

Él también quería saborearlos, perderse en ellos, comprobar si su suavidad era tal como la recordaba.

Se quedó allí inmóvil, incapaz de apartar los ojos de ella.

—Estás preciosa esta mañana —susurró.

—¿Alguien te ha pagado para que digas eso?

Eric soltó una carcajada, que se acompasó a la perfección con la de ella.

—Solo a ti se te ocurriría responder así a un cumplido.

—Y solo a ti se te ocurriría mentir tan descaradamente... —Alma se acercó un poco más a él—. ¿No vas a darme ni una pista de la sorpresa?

Eric notó un cosquilleo súbito recorrerle el cuerpo cuando Alma pronunció la palabra «descaradamente» con ese retintín insolente y sensual que solo ella sabía combinar.

—Tú pregunta. Y yo me pienso si te la mereces.

—Has dicho que vaya a vestirme, así que supongo que es porque vamos a ir a algún sitio...

—Sí —confirmó mientras dejaba caer la mirada hacia su escote por un momento.

Alma tragó saliva.

—¿Forma parte de la lista?

—Sí...

—¿Está lejos?

—Un poquito...

—¡Venga, Eric! ¡Dímelo ya! —protestó fingiendo indignación mientras hacía pucheros exagerados.

Él rompió a reír, negando con la cabeza.

—Eres una chantajista. Y una impaciente de campeonato.

—Y tú eres un misterioso insoportable. Al menos prométeme que merecerá la pena.

Eric se inclinó ligeramente sobre ella y la miró a los ojos durante un par de segundos.

—La merecerá. Te doy mi palabra —murmuró.

Alma sintió un torrente de calor subiéndole por el pecho.

—¿Promesa de meñique? —musitó con voz suave, alzando el dedo con una sonrisa traviesa.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que habían hecho aquello que ni siquiera creía que él lo recordara, pero, para su sorpresa, entrelazó su meñique con el de ella.

—Promesa de meñique.

A continuación, tal como solían hacer antaño, él le dio un beso en la mano.

Ella le devolvió el gesto con un beso igual de dulce en el mismo lugar.

Antes solían sellar ese tipo de promesas con un beso en los labios.

Ambos se quedaron en silencio, como si supieran lo que venía a continuación y estuvieran haciendo acopio de todas sus fuerzas para contenerse.

Alma recordó entonces que una de las últimas cosas que le había dicho aquel infausto día en que todo acabó fue que había roto sus promesas de meñique.

Lo dijo entre sollozos, llorando hasta desbordarse, sintiéndose patética, pero él apenas se inmutó.

Nada de lo que ella dijo logró hacerlo cambiar de opinión.

—Voy a arreglarme —susurró, alejándose en dirección a la casa.

Una vez en su habitación, se apoyó contra la puerta, tratando de serenarse.

Durante todos esos años había intentado con todas sus fuerzas odiar a Eric y cómo había hecho las cosas, pero nunca lo consiguió. Sin embargo, odió hasta desgarrarse la forma en que él la hizo sentir. Odió lo pequeña e insignificante que se sintió aquel día y todos los que vinieron después.

Dejó de preguntarse dónde estaría él y empezó a cuestionarse dónde estaba ella. En qué parte del camino se había perdido. Y cómo había permitido que ocurriera. ¿Tenía sentido? La verdad, no lo sabía.

Lo único que sabía era que, en algún punto, había dejado de sentir tristeza por el recuerdo de Eric. Lo que realmente la destrozaba era el eco de la suya propia.

Y eso, sin duda, es lo peor que puedes sentir cuando no sientes nada.

Había pasado más tiempo del que era capaz de recordar y, aun así, temía que aquello fuera una herida destinada a permanecer siempre abierta. Incapaz de avanzar. Incapaz de perdonar. Incapaz de tantas cosas.

De pronto, el sonido del teléfono móvil la sacó de su letargo. Descolgó sin mirar quién llamaba.

—¿Sí?

—¡Zorrona! ¿Dónde te metes? Hace siglos que no contestas a mis mensajes.

—Hola, Em. Perdona. Han sido unas semanas... intensas.

—¿Qué te parece si quedamos esta tarde para tomar un café y nos ponemos al día? —propuso Emma.

—No voy a poder. No estoy en Madrid ahora mismo, pero nos vemos a mi vuelta; ¿quieres?

—¿Cómo que no estás en Madrid?

Solo entonces Alma cayó en que no había informado a su amiga de las últimas novedades. Pensó en cómo resumírselo sin que pusiera el grito en el cielo.

—Me he ido de viaje unos días. Con un... amigo. —Tragó saliva al pronunciar esta última palabra.

Al otro lado, el crujir de una bolsa de patatas interrumpió la conversación. Emma masticaba con calma, sin darle mucha importancia a lo que le estaba contando.

—No es por contradecirte, cariño, pero soy tu única amiga y yo estoy en mi casa.

—Estoy con Eric —soltó Alma de golpe.

—¿Eric? ¿Qué Eric? —Su tono sonó despreocupado, como si realmente hubiese olvidado aquel capítulo de sus vidas.

—Pues Eric... Eric . Joder, Em. El único Eric que conocemos.

Solo entonces se hizo el silencio. Alma no oía ni el zumbido de una mosca al otro lado del teléfono. Casi podía visualizar a su mejor amiga, boquiabierta, con una patata en la mano, cruzada de piernas en el sofá de su casa, intentando procesar la información.

No pudo evitar que esa imagen le sacara una pequeña sonrisa.

—¿Disculpa? —El tono despreocupado de antes había desaparecido por completo—. ¿Te refieres a Eric... Eric ?

—Sí, Em. Eric. —Alma sintió que estaban llegando a un callejón sin salida.

—¿El Eric que te morreó en un museo y te hizo caer en una depresión profunda cuando te dejó tirada dos semanas después?

—Ese mismo.

—Joder.

—¿No vas a decir nada más?

—¿Habéis follado?

—¡Emma María! —Alma solo la llamaba por su nombre completo cuando soltaba una burrada de las suyas, algo que sucedía con bastante frecuencia.

—¿Qué? Es una pregunta de lo más normal.

—No, no hemos follado.

—¿Y vais a follar?

—¡Por el amor de Dios, Emma! —exclamó—. ¿Quieres centrarte durante un minuto, por favor?

—Perdona, perdona, es que esto es... raro.

—Lo sé.

— Muy raro.

—Lo sé —repitió Alma.

—Pero ¿cómo? Es decir..., ¿qué me he perdido?

—Prefiero contártelo en detalle cuando nos veamos, pero digamos que... fue a la presentación de mi libro.

—¿Qué libro? ¿El que escribiste inspirándote en vuestra historia?

—Ese libro.

—Joder —volvió a decir Emma.

—¿Puedes decir otra cosa, por favor?

—Es que..., jo-der.

Alma no pudo evitar reírse. Daba igual lo que dijera o hiciera Emma. Con ella siempre se acababa riendo. Era su lugar seguro.

—¿Ese tío no estaba en Alemania?

—Eso creía yo. Pero, al parecer, volvió por un congreso de gastronomía o algo así.

—Y... ¿qué has sentido? Ya sabes; al volver a verlo después de tanto tiempo...

—Todo —respondió Alma con sinceridad—. Es como si no hubiera pasado el tiempo, amiga. Es... increíble.

—Hay conexiones que, por mucho que quieras, nunca desaparecen del todo.