31
Eran pasadas las doce de la noche y Eric todavía no había vuelto a casa después de la discusión en el restaurante.
Alma pensó en llamarlo, escribirle, incluso ir a buscarlo.
Riquewihr no era muy grande; estaba segura de que podría encontrarlo en cualquier rincón del pueblo.
Pero no lo hizo. Tal vez porque era demasiado orgullosa o porque, con la experiencia que solo el paso del tiempo puede otorgar, comprendía por fin que de nada valía ir en busca de alguien que no la estaba esperando.
Cuando ya estaba comenzando a desesperarse, oyó el ruido metálico de la cerradura.
De inmediato, los pasos resonaron por la estancia, como los de un león enjaulado.
Ella, en cambio, procuró hacer el menor ruido posible, casi conteniendo la respiración.
Era preferible que pensara que estaba dormida.
Al amanecer recogería sus cosas y se iría sin despedirse, como si nada de aquello hubiera ocurrido.
Era mejor así.
No le dio tiempo a reaccionar cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe y Eric entró como una exhalación. Instintivamente, se cubrió con las sábanas, con el corazón a mil por hora.
—¡¿Qué cojones estás haciendo?! —gritó, levantándose de un salto.
—Tienes razón —declaró Eric sin dejar de dar vueltas de un lado al otro de la habitación, visiblemente nervioso—.
Tienes razón en todo, Alma. Soy un cobarde de mierda.
Te perdí una vez porque no fui capaz de enfrentar mis propios demonios.
El otro día me preguntaste si creía que lo nuestro había sido amor.
Pues, joder, sí. Lo creo. Solo que no lo supe ver entonces porque pensaba lo mismo que piensan todos a los veinticinco: que solo hay un amor bueno, que te marca, y que después de él nada vuelve a ser igual.
Pero me equivoqué. La realidad es que vas a tener un sinfín de amores a lo largo de tu vida, y solo ahora comprendo lo absurdo que fue renunciar al nuestro por pensar que no sería suficiente.
—Tragó saliva antes de continuar—. Me he pasado toda la vida escondiéndome tras excusas, dejándome arrastrar por prejuicios absurdos e ideas preconcebidas sobre lo que «debería» ser el amor: la casa, la familia, la boda, los hijos, el maldito nido...
—Hizo una pausa y su voz se quebró al acercarse a Alma, acortando la distancia hasta que la espalda de ella tocó la pared—.
Y resulta que no es nada de eso. El amor es ese segundo exacto en el que miras a una persona a los ojos y sientes que el mundo podría acabarse en ese preciso instante y te daría igual.
Yo no he vuelto a sentir eso con nadie...
—Apoyó su frente contra la de ella y cerró los ojos en un gesto de profunda derrota—.
Hace diez años, después de besarte en cierto museo, te dije que me dabas paz...
Sigo sintiendo lo mismo. Y creo que eso es el amor... Nada más que eso.
—Eric... —susurró Alma, pero él le puso un dedo sobre los labios, impidiéndole continuar.
—No digas nada, por favor. Solo... déjame hacer las cosas bien, ¿vale?
Mi vida ahora mismo es un caos absoluto.
Necesito ponerla en orden antes de que alguien más salga herido...
—Recordó a Laura y sintió el peso de la traición quemándole la piel—.
Hace diez años no te elegí. Permíteme hacerlo ahora.
Quizá sea demasiado tarde para pedirte que me esperes, pero solo...
dame un poco de tregua. Lo solucionaré; te lo prometo.
—Te he esperado durante diez años, Eric. Creo que podré hacerlo un poco más.