30
Marzo llegó arrollador, imparable. Y, con él, la primavera, los cerezos en flor que prometieron ver juntos, las puestas de sol que iluminaban las avenidas.
Su vida se había convertido en algo inidentificable, sin sentido.
En un invierno helado y permanente que se llevó la ternura y arrasó con cualquier rastro de humanidad que hubiera sobrevivido al desastre.
Aquellas primeras semanas amaneció como Frida sin colores: con todo el amor en las manos y un huracán en su pecho, la vida en gris y el peso implacable del tiempo, el llanto desolador de María Casares llevando flores a Albert Camus el día de su despedida.
Lo peor de morir por amor es que no te mueres. Y puede que, en el fondo, eso sea lo más desgarrador.
Ella no murió por amor todas esas veces que había creído que lo haría.
Su nombre no apareció en la esquela de ningún periódico.
No le llevaron flores a su dolor. Su corazón no dejó de latir; nadie asestó el golpe mortal.
Pero qué difícil fue, después de aquella última despedida, seguir respirando.
Porque, en realidad, perdió mucho más que un amor. Se perdió a sí misma.
Durante aquel mes, las entradas y salidas del hospital se convirtieron en algo habitual.
No es que no quisiera seguir viviendo, es que la vida sin él no tenía sentido.
Era como si le hubieran arrebatado la mitad de su alma.
Y dolía. Vaya si dolía. Escribió mensajes y cartas, hubo besos, abrazos, despedidas, lágrimas, pesadillas, gritos, súplicas, vacíos...
Y lo único que resonó por encima de cualquier muestra de cariño o de pena fue la ausencia de todo. De un todo incompleto, distante, hueco.
Porque él ya no estaba.
Porque el mundo parecía demasiado grande y ella se sentía cada vez más pequeña.
Le escribió, le lloró, le rogó. En silencio y a gritos.
Se despidió también de él.
«No te sientas culpable. Gracias por esto».
Voló como vuela la tristeza cuando la sentimos acariciar nuestros recuerdos.
Y esperó.
Esperó...
Esperó...
Le habría gustado que en su lápida pusiera algo así como «Amé como solo aman los valientes».
Si algo aprendió ese marzo fue que morir no duele.
Lo que duele es lo que dejamos por el camino, las palabras que enmudecen días fríos, manos torpes que empuñaron con fulgor la inocencia de lo etéreo, del placer de la carne en unos labios agrietados, ávidos de sexo y de vidas aún por estrenar.
Primeras veces que supieron a cariño, envueltas en bailes lentos.
El amor, la pulcritud, la vejez, las arrugas por lo ya vivido que marcaron el final de una era, la piel de él amortiguando la caída de la de ella, y recordar, siempre recordar que, aunque nuestra existencia acabe hoy, ya hemos vivido.