La noche en que ardió el Guernica 29
45%

29

Eric sabía que a Alma le encantaba el arte, así que durante los días que siguieron no dudó en llevarla a visitar iglesias y museos.

Ese era el tercer punto de la lista: «Cuanto más arte, mejor».

Ella disfrutaba como una niña pequeña, absorbiendo cada detalle, y a él le encendía verla así, tan pura y entregada a la belleza de lo que la rodeaba.

Por primera vez desde que había vuelto de Alemania, vio en ella esa chispa que pensó que había perdido.

Recorrieron tiendas de artesanía local y pasearon por el mercado de Navidad, uno de los más bonitos de Alsacia, con decoraciones festivas que llenaban las calles de luces cálidas y delicias típicas de la región.

Alma, a regañadientes, probó el vino caliente especiado, poniendo de nuevo esa cara que solo ella sabía poner al probar una bebida alcohólica, lo que provocaba que él se tronchara de risa.

Era más de lo que podían soportar, pero no dijeron nada y entraron.

Al llegar a la barra, Alma pidió una Coca-Cola light, y Eric, una cerveza.

—Hay mucha gente. —Alzó la voz él para hacerse oír por encima del bullicio.

—¿Prefieres que nos vayamos? —dijo ella, leyéndole la incomodidad en todo el cuerpo.

«Por favor, di que sí».

—Después de tomarnos esta. La música no está tan mal cuando llevas un rato. Casi podría acostumbrarme.

—¿Cómo supiste de este sitio? De Riquewihr, digo. Parece que te lo conoces al dedillo.

Alma sintió que, si seguía gritando de ese modo, acabaría por quedarse afónica.

—Solía venir con mis padres de vacaciones cuando mi hermana y yo éramos pequeños. Me encantaba. Me parecía un cuento de hadas.

Le habría gustado preguntarle muchas otras cosas: saber de su madre, de su hermana, de su padre y de cómo era ahora su relación con él. Pero no parecía el lugar adecuado para una conversación profunda, así que decidió dejarlo para más tarde.

—Voy al baño —dijo Eric.

Ella asintió con la cabeza y se quedó allí, mirando a su alrededor, igual que un animalillo asustado. Odiaba las aglomeraciones de gente, la música alta y los lugares que olían a alcohol, donde ni siquiera podías mantener una conversación decente.

De pronto, el chico que estaba a su lado se giró hacia ella y los miró con detenimiento. El primer impulso de Alma fue largarse de allí, pero pensó que, si lo hacía, Eric seguramente no la encontraría a su vuelta. Así que permaneció inmóvil, esperando que regresara cuanto antes.

—Hola. —El chico le habló en inglés, acercándose a su oído para que pudiera oírlo. El olor a alcohol de su aliento hizo que Alma reprimiera una mueca de asco.

—Lo siento; no hablo tu idioma —respondió en español. Si él la entendía, bien. Si no, mala suerte.

—Menos mal, porque el inglés nunca se me ha dado bien —dijo él con una sonrisa, en un perfecto español. En realidad, tenía una sonrisa bonita.

Se sintió ligeramente aliviada al oír su idioma. Es lo que suele pasar cuando estás fuera de tu país y oyes a alguien hablar en tu lengua materna, que de pronto vuelves a sentirte en casa.

—¿Eres español? —preguntó Alma, ahora más relajada, mientras jugueteaba con su vaso.

—Aquí casi todos lo somos, preciosa. Es increíble lo que gusta en España una buena fiesta.

Ella dejó escapar una risa y le dio un sorbo a su Coca-Cola, en un intento de llenar los vacíos en la conversación.

—Disculpa si te he hecho sentir incómoda —dijo él sin dejar de mirarla—. Llevaba un rato viéndote, y la verdad es que me has llamado la atención; no sabía cómo entablar una conversación contigo.

—No te preocupes. —Alma intentó forzar una sonrisa. En ese momento, le habría gustado que la tierra se abriera y la tragara.

—El chico con el que estás... ¿es tu novio?

—¿Eric? No, qué va. Solo es un amigo.

—Guay. En ese caso... —Parecía más avergonzado que ella—. No sé si te gustaría darme tu número de teléfono; quizá podríamos tomarnos algo un día, en un sitio más tranquilo que este.

Alma empezó a construir mentalmente las mil excusas que podría darle sin sonar grosera. Nunca se le habían dado bien ese tipo de situaciones. Lo cierto es que era guapo, pero no le interesaba.

No le había dado tiempo ni a abrir la boca cuando Eric entró en escena, con cara de pocos amigos.

—Ya estoy aquí, nena —dijo, dándole un beso en la sien.

«Nena».

No recordaba que Eric la hubiera llamado así jamás. Al menos, no en serio. Pero la sorprendió aún más el beso. Se giró a mirarlo con los ojos abiertos de par en par, sin poder articular palabra. Esperaba que su expresión le diera algún tipo de respuesta.

—Hola. —Esta vez se dirigió al chico que estaba hablando con Alma, quien le devolvió el saludo con un leve movimiento de la cabeza.

—Disculpa, le estaba comentando a tu amiga...

—No es mi amiga —lo interrumpió Eric.

—Lo siento; ella me ha dicho que...

—Ya, ya imagino lo que te habrá dicho —volvió a interrumpirlo—. Ella es así. Le gusta mucho bromear.

—Entonces, ¿sois...?

—¿Novios? —adivinó Eric antes de que él terminara de formular la pregunta—. Sí. Somos novios. Y, si no te importa, ahora debemos irnos. Llegamos tarde a cenar.

Alma lo miraba boquiabierta, preguntándose qué demonios estaba haciendo. Pero, antes de que pudiera decir una sola palabra, Eric agarró su abrigo, se lo puso sobre los hombros y la guio hasta la puerta, dejando al chico completamente atónito.

—¿Qué cojones ha sido eso? —preguntó ella en cuanto salieron al frío nocturno.

—Te estaba molestando, ¿no? Te he visto incómoda y he querido echarte un capote —contestó él, poniéndose a andar.

—No me estaba molestando, Eric. Solo estábamos hablando.

—Por Dios, Alma, no seas tan ingenua. Ese no quería únicamente hablar contigo; te lo aseguro. Me conozco a los tíos como él.

—Bueno, y si fuera así, ¿qué? —gritó, haciendo que él se parara en mitad de la calle y la mirara de frente. A ella ni siquiera le hicieron falta palabras para entender lo que pasaba—. Espera; ¿estás celoso?

Al escuchar eso, Eric echó la cabeza hacia atrás y rio con fuerza, provocando que varios transeúntes se giraran a mirar.

—Pero ¿qué dices? Claro que no estoy celoso —respondió a la defensiva, con la cara desencajada.

—Estás celoso. —Esta vez no fue una pregunta, sino una afirmación—. Estás celoso igual que lo estabas el otro día con Víctor.

—Estás flipando —se burló, retomando el paso.

—Pues sí que empieza bien esta amistad —murmuró Alma a sus espaldas, aún con una sonrisa en los labios.

Al cabo de un rato, pararon a cenar en uno de los restaurantes más típicos de Riquewihr.

El ambiente era acogedor, casi como si estuvieran dentro de una cueva de piedra.

No había ventanas, y la luz solo llegaba a través de las lamparitas que iluminaban las mesas de madera.

La atmósfera era cálida y tranquila, en perfecto contraste con el frío exterior.

Alma pidió un plato de verduras gratinadas, mientras que Eric se decantó por el estofado de ternera.

—Vale, igual estaba un poco celoso —admitió de repente.

Ella rompió en carcajadas.

—Admitirlo es el primer paso.

—No te rías —contestó. Su voz sonó baja, tensa, como si no quisiera que nadie más oyera aquella conversación—. Me hierve la sangre solo de pensar que otros tienen la posibilidad de tocarte y yo no.

—Creía que habíamos acordado ser amigos. —Alma apartaba distraídamente los trocitos de pimiento de su plato, para dejarlos a un lado.

—No puedo ser tu amigo cuando todo mi cuerpo me incita a acercarme a ti. —Bajó un poco más la voz a medida que hablaba, hasta que no fue más que un susurro—. Sobre lo del otro día...

Alma sintió cómo una oleada de calor la recorría al evocar lo cerca que habían estado la otra noche de dejarse llevar.

—También acordamos no hablar de eso —sentenció, llevándose un trozo de berenjena a la boca. Eric ni siquiera había probado el estofado. Tenía el estómago completamente cerrado.

—No he dejado de pensar en lo que pasó —continuó, ignorando su comentario—. Estás muy dentro de mí, y ni siquiera sé por qué. Dime qué puedo hacer. ¿Qué harías tú?

Alma se tensó en su silla.

—Lo que he hecho todos estos años, Eric. Porque yo puedo permitirme sentir lo que quiera sin miedo —declaró—. Pero tú..., tú ni siquiera sabes lo que sientes. Y eso no es justo para mí.

—Lo sé —confesó.

—Yo creo que todo está bastante claro. Solo te pido que no me marees. Ya te vi marchar una vez, y, aunque estoy preparada si decides hacerlo otra vez, no me hagas perder el tiempo. Me merezco a alguien que me elija con todo lo que tiene. Alguien que no dude.

Él se quedó en silencio, pensando en las palabras que Alma acababa de pronunciar. De todos modos, tenía razón. No había nada que pudiera responder a eso.

De pronto, el móvil de Eric vibró sobre la mesa, interrumpiendo la conversación. Un nombre apareció en la pantalla iluminada. Intentó ignorarlo, pero la tensión en su pecho se volvió insoportable. Disimuló su turbación y, con una disculpa rápida, intentando no mirarla, se levantó a responder.

—Cariño, ¿dónde te metes? Llevo llamándote todo el día. —La voz suave y preocupada de Laura llegó a través del teléfono, penetrando en su mente con un peso imposible de ignorar.

Eric apretó los dientes, tratando de calmar el ritmo frenético de su corazón.

—Hola, amor. Eh..., sí, he estado... liado. El congreso ha sido duro.

—¿Qué tal ha ido?

La pregunta le llegó como un martillazo en el pecho.

—Bien..., todo bien —respondió escuetamente.

—Oye... —Eric rezó con todas sus fuerzas para que no le preguntara si estaba bien—, te noto raro. ¿Seguro que estás bien?

«Mierda».

—Sí, claro, es que... te echo mucho de menos. —Sin embargo, algo hizo que su voz vacilara, algo que no logró disimular.

Una lágrima rebelde comenzó a deslizarse por su mejilla. No podía mentirle a Laura. Pero tampoco podía decirle que se sentía más perdido que nunca, que, en ese momento, todo lo que quería no era estar con ella, sino con Alma.

Laura había sido la oportunidad de rehacer su vida, de dejar atrás los fantasmas del pasado.

Ella lo había acogido en su hogar y le había entregado un amor sin restricciones, arriesgándose a salir herida, tal y como se había arriesgado Alma.

Pero con Laura era diferente. Con Laura se había prometido a sí mismo hacer las cosas bien.

—Yo también te echo de menos, mi vida. Pero dentro de unos días nos vemos.

Sentía que la conversación lo aplastaba. Si continuaba hablando, se desmoronaría allí mismo.

Miró a Alma, que seguía manipulando las verduras con el tenedor.

No tocaba la comida. Solo jugaba con ella, evitando levantar la mirada.

Alma..., la misma mujer con la que había experimentado un amor tan fugaz y auténtico que llegó a pensar que sería para siempre.

Igual que lo piensan todos los jóvenes enamorados alguna vez.

Alma había sido su refugio, su caos y su salvación al mismo tiempo. Y, ahora, él no era más que un faro de contradicciones.

Se recompuso y decidió cortar la llamada antes de que Laura notara que algo se estaba rompiendo en su interior.

—Te llamo en otro momento, ¿vale? Estaba a punto de cenar.

—Que no se te olvide. Te quiero.

Quiso responderle que él también, pero no lo hizo. Porque una parte de sí mismo lo hizo dudar. Y tembló al darse cuenta de que, una vez más, el amor le quedaba grande.

Colgó y volvió a la mesa, donde Alma aguardaba con la mirada perdida.

—Era ella, ¿verdad? —murmuró cuando Eric tomó asiento. Pero ni siquiera hizo falta que respondiera. Veía todas las respuestas cobrando vida frente a sus ojos.

Asintió, sin poder articular palabra. La culpa lo ahogaba; la vergüenza lo estrujaba desde dentro.

—Sí.

Alma respiró hondo, y su pecho subió y bajó con rapidez. La lucha interna que había estado callando se desbordó de golpe cuando preguntó, con una frialdad que no dejaba espacio a dudas:

—¿Por qué has decidido hacer este viaje conmigo, Eric?

La pregunta le cayó encima como una losa. Alma estaba buscando una respuesta que él no tenía. Pero no sabía cómo salir de esa espiral.

—Alma, yo... —Dudó, mirando a los ojos a la mujer con la que había compartido tantas cosas, pero sabiendo que, una vez más, no podía ofrecerle nada—. No puedo hacerle esto.

«Aunque me esté muriendo por quedarme contigo».

Ella lo miró con una intensidad helada. Las palabras no necesitaban pronunciarse para que ambos entendieran lo que ocurría. Se estaba desangrando por dentro, y él, simplemente, no tenía la valentía para cortar el lazo que los unía.

—¡Ya se lo estás haciendo! ¿O acaso piensas que, como no hemos follado, no le estás siendo infiel? —levantó la voz con rabia.

Un silencio abrumador se instaló entre los dos. Alma no lo miraba con odio, pero sí con una decepción devastadora que hizo que a él se le congelaran los huesos.

—Eres un cobarde, Eric. Siempre lo has sido. Y ahora que tienes la oportunidad de elegir, de hacer las cosas bien..., sigues sin atreverte. Porque eres incapaz de tomar las riendas de tu vida. Sigues siendo un niño asustado que no tiene ni idea de lo que es el amor.

—Alma... —empezó él, intentando calmarla. Pero sabía que estaba en su derecho de sentirse así y que nada de lo que pudiera decir mejoraría la situación.

—¡No! —La rabia y el dolor se desbordaron en un grito que resonó en el aire como una condena—.

Estoy cansada de esta mierda, Eric. Ya no tengo veinticinco años.

No voy a perder el tiempo al lado de alguien que ni siquiera sabe quererse a sí mismo y que nunca me dará el lugar que me merezco.

—Hizo una pausa antes de añadir—: Mañana mismo me vuelvo a España.

Solo entonces Eric levantó la vista de su plato, intacto, para mirarla.

Su mundo entero se desmoronó. Extendió la mano por encima de la mesa, tratando de alcanzar la de Alma, desesperado por retenerla.

Pero ella la retiró con fuerza y dio un paso atrás, levantándose de la silla con un movimiento brusco que hizo que su copa de vino se derramara sobre el mantel.

El resto de los comensales se giraron hacia ellos, pero a Alma ni siquiera le importó.

Luego, sin decir una palabra más, se alejó, dejándolo solo en la mesa.