28
Alma tenía una manía: contar hasta tres antes de hacer algo que la aterraba.
Pero ese día, parada frente a la habitación de Eric, contó por lo menos hasta mil. Y se quedó corta.
Llamó suavemente con los nudillos y, sin esperar respuesta, entró. Mientras caminaba hacia él, se reprochó no haberse hecho un esquema mental con todo lo que quería decir. Pero ya era tarde para lamentaciones.
Se sentó en una esquina de la cama, bajo su atenta mirada. Sintió el corazón subirle a la garganta y las palmas de las manos perladas de sudor.
Eric quiso ahorrarle incomodidad y rompió la tensión.
—¿Hasta cuánto has contado antes de entrar?
Alma se sonrió. Contra todo pronóstico, él era la persona que mejor la conocía, y eso la reventaba y la encendía a partes iguales.
—He perdido la cuenta —respondió.
—¿Y ya tienes claro lo que vas a decirme?
—No. Porque no sé si he venido a pedirte que me escuches o a rogarte que me toques.
Aquella confesión les cortó el aliento a los dos. No esperaban tanta honestidad. Pero cuando levantó los ojos y se encontró con los de Eric, lo que vio en ellos la dejó aún más expuesta, porque sabía que él estaba leyendo lo mismo en los suyos.
Fuego.
Del más puro e intenso. Del que te arrastra. Del que no te deja respirar.
Alma se levantó de súbito, dispuesta a salir de la habitación, como si estar allí fuera un gravísimo error. Pero, casi sin pensar, él se incorporó tras ella y la agarró por la muñeca antes de que pudiera cruzar la puerta.
Ella se giró al instante, sorprendida. Y entonces él dio un paso. Y otro. Y otro más, hasta que la espalda de Alma chocó contra la madera desgastada.
Se inclinó hacia ella y apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, encerrándola entre sus brazos mientras se sostenía en el marco de la puerta.
Ella contuvo la respiración.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó él con la voz temblorosa.
Su aliento, cálido y contenido, rozó el rostro de Alma.
No respondió. Solo lo miró, con más intensidad de la que cabía en su pecho.
—Pídemelo —susurró Eric contra sus labios, sin llegar a rozarlos—. Pídemelo y te juro que lo haré, Alma. A estas alturas, ya deberías saber que no puedo negarte nada.
Ella se humedeció los labios. Él bajó la vista hacia ellos y luego volvió a sus ojos.
Y entonces se acercó un poco más. Alma lo sintió duro contra su cuerpo. Una oleada de calor le subió por el vientre. Tuvo que reunir todas sus fuerzas para no gritarle que lo hiciera, que la tocara sin medida.
Eric alzó una mano lentamente y acarició con delicadeza su mejilla. Luego, con cuidado, la bajó hasta su cuello, muy despacio, como si le pidiera permiso.
—Dime que me detenga —murmuró.
Pero ella no dijo nada.
Solo respiró hondo y cerró los ojos, sintiendo que estaban cayendo juntos a un abismo del que no podrían regresar.
Alma tragó saliva al notar cómo él acariciaba la curva de su escote. Eric interpretó su silencio como una invitación y continuó descendiendo, rodeando el contorno de su pecho hasta llegar a su abdomen.
—Dime qué quieres que haga —imploró, deteniéndose—. Haré todo lo que me pidas.
Alma abrió los ojos lentamente, sintiendo el vértigo acumularse en su pecho.
—¿Todo? —susurró.
—Lo que sea.
Se arqueó hacia él sin darse cuenta.
—Sigue.
Eric deslizó la mano por debajo de su camiseta, acariciando la piel cálida de su abdomen.
Rozó el ombligo con la yema de los dedos y se detuvo un instante al sentir el frío metálico del piercing.
Siguió bajando, lento, hasta alcanzar el borde de su cinturón. Alma cerró los ojos de nuevo y apoyó la cabeza contra la puerta, emitiendo un leve gruñido.
No sabía lo que haría él a continuación, pero sí sabía que estaba dispuesta a entregarse a él con todas sus consecuencias.
Entonces Eric se arrodilló frente a ella, sin apartar las manos de su cintura. Alma enredó los dedos en su cabello y él le levantó la camiseta con cuidado, depositando un suave beso en la piel de su cadera, justo donde tenía el pequeño tatuaje de la mariposa que se había hecho a los diecinueve.
Alzó la cabeza para contemplarla.
—Mírame —le ordenó.
Alma abrió los ojos y le sostuvo la mirada. Ni siquiera la había tocado, pero el deseo ardía en cada rincón de su cuerpo.
—¿Qué has hecho conmigo? —murmuró él con la voz ronca.
—No sé a qué te refieres... —respondió ella con dificultad. Apenas conseguía que la voz le saliera del cuerpo.
—Soy tuyo.
Lo dijo con tanta convicción que a Alma se le erizó la piel.
Eric volvió a besarle suavemente la cadera y, esta vez, recorrió con la lengua las líneas de su tatuaje. Apoyó la frente contra su abdomen y respiró de manera entrecortada, sintiendo el calor que emanaba del centro de su cuerpo. Todo en ella lo empujaba a acercarse más.
—Por favor, pídeme que pare..., porque yo no soy capaz —masculló contra su piel—. Pídemelo antes de que sea demasiado tarde.
Alma cerró los ojos con fuerza. Le temblaban las manos. Todo su cuerpo le suplicaba que siguiera, pero sabía que esa era una línea que no podían cruzar.
—Para —susurró con un hilo de voz.
Eric se aferró a su cadera, dejando los dedos marcados con suavidad en su piel.
—No te oigo...
Alma sintió el nudo haciéndose presente alrededor de su tráquea.
—Eric —jadeó, esta vez con la voz más firme—. Por favor, para.
Él no se movió al instante. Solo respiró profundamente, aún con la cabeza apoyada contra su abdomen, inhalando de su cuerpo.
A continuación, se incorporó con lentitud y apoyó la frente contra la suya, haciendo un esfuerzo sobrehumano por separarse de ella.
Solo cuando lo hizo, ambos pudieron respirar.
Alma se llevó una mano a la cabeza, sintiendo el pulso acelerado y la respiración agitada.
Él se dio la vuelta. Y ella no se movió.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió, intentando calmarse.
—Tranquilo —dijo Alma, como si le leyera la mente—. Podemos olvidarlo.
Eric no contestó de inmediato. Sin girarse a mirarla, masculló:
—Olvídalo tú, si es que puedes. Pero no me pidas que yo lo haga.
Alma lo observó de espaldas, en silencio. Sabía que no podían volver atrás, pero también que continuar hacia delante no era una opción. Aún no.
—Podemos... intentar ser amigos —soltó casi sin pensar, con una media sonrisa, aunque la voz le tembló un poco.
Eric dejó escapar una carcajada seca y rasgada.
—¿Amigos? —repitió, como si la simple palabra resultara absurda—. Tú y yo nunca hemos sabido ser amigos, Alma.
—Por eso he dicho que «podemos intentarlo». No que lo vayamos a conseguir.
Esta vez, la risa le salió con más sinceridad que antes.
Pasaron unos segundos de silencio abrumador y, entonces, él se giró.
Se acercó despacio y, con una expresión ambigua —mitad rendición, mitad desafío—, le tendió la mano.
—Está bien —sentenció con una leve sonrisa torcida—. Amigos.