La noche en que ardió el Guernica 27 #3
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Sin tener muy claro qué decir, apoyó una mano sobre su espalda y decidió que entrara en juego la improvisación. Por lo menos, en el arte de improvisar era una experta.

Automáticamente, él se giró.

El aire se tensó entre ellos. Eric trató de centrarse en las fresas, pero su mente se desvió rápidamente hacia otro lugar.

Solo fue capaz de pensar en la visión de ella desnuda, imaginando qué pasaría si se le cayera la toalla en ese momento.

Por un instante, rezó a todos los dioses que conocía para que el universo escuchara sus plegarias.

Una creciente excitación comenzó a formarse en sus pantalones.

«A la mierda», pensó.

Y esta vez no hizo ni el más mínimo esfuerzo por disimularla.

Alma no pudo evitar desviar la mirada hacia ese punto exacto de su cuerpo.

«Así que eso provoco en él», pensó.

Intentó no recrearse mucho en aquella imagen y habló, segura y decidida. Porque, si seguían mirándose de ese modo, él terminaría por ponerla a horcajadas sobre la encimera y follársela hasta que ambos se desbordaran, tal y como habían imaginado la noche anterior.

Desde luego, ella no estaba dispuesta a oponer resistencia. Así que lo mejor sería tratar de redirigir sus pensamientos.

Pensar en la Biblia o en gatitos atropellados parecía una buena opción.

—¿Me partes un poco de fruta? —Alma tomó asiento en una silla frente a él.

—Claro, ¿unas fresas?

—Sí, fresas está bien.

—¿Qué harás el viernes? —masculló Eric, cambiando de tema.

—¿El viernes? —arqueó una ceja, tratando de hacer memoria.

—Claro, es Nochebuena. ¿Lo has olvidado?

Claro que lo había olvidado. La situación no estaba como para pensar en esas fechas —tan cristianas, por otro lado—, cuando la imagen de Eric desnudo ocupaba todos sus pensamientos.

—Dios mío, es verdad —respondió—. He perdido un poco la noción del tiempo.

Eric colocó dos boles de fresas sobre la mesa y se sentó al lado de Alma.

—Supongo que lo pasaré con mi familia —afirmó—, igual que todos los años. No creo que hagamos nada muy emocionante. Tal vez pase, en algún momento de la noche, mi amiga Emma.

«Chica lista —pensó ella—, sigue así y apenas se dará cuenta de los pensamientos impuros que te están consumiendo».

—¿Y tú? ¿Lo pasarás con tu novia? Debes de tener muchas ganas de verla.

Alma ni siquiera se detuvo a pensar en sus palabras. Cuando quiso darse cuenta, ya las había escupido. Era el mayor defecto que tenía: a veces, abría la boca antes de tiempo y hablaba sin pensar.

El rostro de Eric se tornó pálido; toda su expresión cambió sin poder evitarlo. Lo último que le apetecía en ese momento era pensar en Laura. Si los pensamientos de Alma eran impuros , prefería no pensar en una palabra que definiera los suyos, o vomitaría allí mismo.

—Lo siento —murmuró ella, al darse cuenta de lo fuera de lugar que había estado aquello, dada la situación tan inverosímil que se había instalado entre los dos. Pero era un tema que no podían evitar eternamente. Sobre todo, Eric.

—No te preocupes. Y sí. Supongo que pasaré las Navidades con ella.

Alma intentó aliviar la tensión con una sonrisa forzada, pero ni siquiera ella se creyó su propio gesto. Era como si todo lo que estaba pasando comenzara a pesar demasiado.

Aunque seguía serio, la miró fijamente durante un momento antes de volver a la comida. Por un instante, ella pensó que diría alguna cosa más, pero algo en su interior le pidió que no lo hiciera. Era mejor que las palabras se ahogaran en el silencio.

Se levantó lentamente de la silla, esquivando su mirada, y caminó hacia la ventana, con su mente llena de pensamientos contradictorios. Cuando la niebla de la mañana cubrió el paisaje, se sintió irrevocablemente perdida en ellos. Apoyó las manos en el alféizar.

No estaba segura de cómo había llegado hasta allí, de cómo había terminado sentada frente a él, comiendo fresas, compartiendo el mismo espacio, pero con mundos tan distantes entre ellos.

—Pues... —añadió, rompiendo el silencio—. Espero que te diviertas.

Eric asintió, aún mudo.

—Todo esto es un poco raro, ¿no? —comentó él, mirando al horizonte—. Dime que no soy el único que lo nota.

—No, no eres el único —confirmó Alma después de un momento, girándose a mirarlo por primera vez—. No sé, Eric. Es muy difícil descifrarte; ¿sabes?

Él la miró confundido por un instante.

—¿A qué te refieres?

—Pues a que un día estás bien; parece como si... —Se contuvo antes de decir lo que estaba pensando. Temía haber malinterpretado sus intenciones y quedar en ridículo una vez más.

—¿Como si qué?

—Como si quisieras besarme —soltó a bocajarro—. Y al siguiente eres un extraño con el que únicamente estoy compartiendo unas fresas, mientras me cuenta que va a pasar la Navidad con su novia.

Eric la observó por unos segundos, como si estuviera evaluando su reacción.

Finalmente, se acercó a ella. Alma volvió la vista al paisaje que se extendía frente a ellos.

No podía seguir mintiéndole respecto a su inminente casamiento y, a la vez, tampoco podía dejar que ella creyera que todo lo que estaba pasando entre los dos era un puro espejismo. Porque no lo era. Era real.

—Lo siento —suspiró—. Supongo que no sé hacer las cosas de otro modo.

Alma rio sin muchas ganas. La risa le salió con un ligero toque de tristeza que no supo disimular.

Sin decir una palabra, Eric tocó ligeramente su brazo. Ella se giró, sorprendida por el gesto, pero, antes de que pudiera decir algo, él ya estaba saliendo por la puerta.

Se detuvo un segundo al cruzar el umbral, como si estuviera a punto de dar media vuelta. Pero no lo hizo. No se sentía con derecho a pedirle nada y, sin embargo, lo deseaba todo.

El roce de sus dedos había sido fugaz, pero suficiente para que ambos notaran la electricidad en el aire.

Con un suspiro, Alma se alejó de la ventana y se dirigió hacia su habitación.

Sin saber muy bien qué estaba buscando, se sentó en la cama con la mirada perdida en un punto fijo y se preguntó qué les depararían los siguientes días.

Fuera lo que fuese, esperaba estar preparada para enfrentarlo.