27 #2
Ella se dio cuenta. Lo notó en la forma en que él tragó saliva, en cómo apretó ligeramente la mandíbula y en ese temblor apenas perceptible de las manos.
Si seguía quedándose allí, estaba seguro de que terminaría haciendo una estupidez de la que más tarde se arrepentiría. Y, por un instante, no le pareció tan mala idea.
—Será mejor que vayamos a dormir —susurró—. Gracias por la clase particular.
—Ha sido un placer.
Eric salió de allí de la misma manera que había entrado, con pasos vacilantes, como si no quisiera marcharse del todo.
Cuando la puerta se cerró tras él, Alma oyó sus pasos deslizándose sigilosamente por el pasillo. No pudo evitar contarlos.
«Uno.
»Dos.
»Tres».
A tres pasos exactos estaba su cama de la de ella.
Intentó distraerse, pensar en cualquier cosa que la ayudara a alejar esa sensación de vulnerabilidad. Pero, a medida que su mente divagaba, más cerca sentía la tentación de deshacer la distancia que los separaba y colarse en su cama.
Apagó las velas con un soplido, creyendo que, al ahogar la luz, sofocaría también los pensamientos que la perseguían. Luego se arrebujó entre las sábanas, como si estas pudieran retenerla e impedir que cometiera una locura.
«Mañana será otro día».
Cerró los ojos, sintiendo el silencio pesado y asfixiante ciñéndose a su alrededor, agarrarse a su pecho. Estaba preparada para entregarse a los brazos de Morfeo y dejarse llevar por el sueño.
Pero el sueño parecía no llegar nunca.
Se giró una vez en la cama. Y otra. Y otra más. Su cuerpo no lograba encontrar descanso. Se movía, cambiaba de posición, le daba la vuelta a la almohada en busca de algo que le proporcionara alivio. Pero nada conseguía que el cansancio la venciera.
Y lo peor de todo era que podía oír a Eric, al otro lado de la pared, atrapado en la misma lucha: la misma ansiedad, la misma incapacidad para conciliar el sueño.
«No te levantes, no te levantes, no te levantes», se repetía una y otra vez, como una obligación autoimpuesta.
Aún podía sentir ese calor abrasador entre las piernas. Todo su cuerpo ardía. Ardía de deseo por él.
Aquellos días a su lado, durmiendo pared con pared, estaban resultando ser una puta tortura. Y Alma sabía que no era ella la única que lo sentía. Ambos creyeron al comienzo de todo eso que sería sencillo actuar como si nada y mantener los sentimientos del pasado dormidos.
Pero a la vista estaba que no iba a poder ser.
Sin pensarlo mucho, deslizó suavemente una mano desde su abdomen hasta el borde de los pantalones, mientras su corazón latía desbocado y la saliva se acumulaba en su boca, incontenible.
Con lentitud, introdujo la mano en el short de pijama con el que dormía.
Una oleada de fuego intenso recorrió sus muslos cuando sus dedos alcanzaron el centro de su cuerpo.
Eric ni siquiera la había tocado, pero su mera presencia, el momento que habían compartido hacía apenas un instante, fue suficiente para dejar en ella un visible rastro de humedad que no podía, ni quería, ignorar.
Exploró su cuerpo, acariciando con más intensidad aquellas zonas que siempre la llevaban al límite.
Con la otra mano, ascendió despacio por el interior de su camiseta, acariciándose con parsimonia hasta llegar a uno de sus pechos. Ahogó un gemido cuando, con delicadeza, pellizcó sus pezones, duros, firmes y predispuestos. Como si esperaran que fueran otras manos las que los acariciaran.
La imagen de él la invadió. Pensó en su cuerpo moreno y tonificado, en los tatuajes que cubrían sus brazos y que siempre la hacían perder la cabeza.
Revivió la forma en que se movía, la manera que tenía de mirarla, como si estuviera a punto de saltar sobre ella y devorarla, igual que una pantera se abalanzaría sobre su presa.
Imaginó que entraba sigilosamente en la habitación, le abría las piernas y deslizaba los dedos en su interior.
Un deseo incontrolable la arrastraba, ansiosa por que sus labios rozaran sus pezones, por que su barba incipiente le raspara la piel mientras sus dedos y su lengua exploraban su sexo con firmeza, saboreando la excitación que despertaba en ella, hasta hacerla estallar de puro placer.
Sentiría también el sexo de él, duro y deseoso de entrar en su cuerpo, mientras le arañaba la espalda y le susurraba al oído cómo le gustaba.
Pero en aquella habitación solo estaba ella. Se maldijo por no tener el valor suficiente para recorrer esos tres pasos que los separaban y hacer realidad todas y cada una de sus fantasías hasta que los sorprendiera la mañana.
Mientras tanto, Eric había optado por el mismo remedio para saciar la sed que Alma le provocaba.
Cerró los ojos y se acarició, pensando en ella.
Pensaba en sus labios, tan cerca de él en ese instante, en la curva de su escote, en la manera en que le gustaría verla suplicar que le diera más.
Se imaginaba entrando en su habitación, deslizándose en su cama y perdiéndose en su cuerpo hasta hacerla alcanzar el clímax.
Casi podían sentir la energía desbordante del otro. Tuvieron que cubrirse la boca con una mano para no gritar cuando la oleada de éxtasis los arrastró.
El orgasmo los sorprendió a ambos al mismo tiempo.
Al día siguiente amanecieron con las sensaciones de la noche anterior paseándose por todo su cuerpo.
Eric comenzó a respirar agitadamente al recordarlo.
Alma, en cambio, se llevó las manos a la cabeza, sintiéndose completamente deshonesta.
Como si masturbarse pensando en él entrara dentro de los siete pecados capitales.
Estaban la soberbia, la ira, la avaricia, la gula, la envidia, la pereza y, por último, la lujuria, dentro de la cual venía un apartado en letra pequeña que incluía lo siguiente: «Tocarte pensando en tu ex».
Tomó aire con dificultad antes de salir de la habitación. No estaba preparada para encontrarse con él en el pasillo ni mirarlo a los ojos después de lo que había hecho. Pero, puesto que no podía quedarse encerrada en su cuarto durante todo el día, se armó de valor y giró el pomo de la puerta.
El rostro somnoliento de Eric la saludó con una sonrisa cuando cruzó el umbral. A él también se lo notaba visiblemente incómodo, algo que intentó disimular desviando la vista hacia el suelo. Estaba tan tierno que Alma sintió ganas de llenarle la cara de besos.
Pero era una incomodidad diferente de la suya.
—Buenos días. —Ella fue la primera en hablar.
—Buenos días.
—Parece que hace buen tiempo —dijo, intentando aligerar la atmósfera.
—Sí..., eso parece.
«Tierra, trágame», pensaron ambos al mismo tiempo.
Eric jugueteaba con la puntera de su zapato, dando pequeñas pataditas a una baldosa del suelo que no estaba bien colocada.
Alma, por su parte, miraba fijamente las tablillas de madera que adornaban la pared.
Cualquiera habría dicho que le parecían lo más interesante de todo el jodido mundo, puesto que era incapaz de apartar la vista de ellas, mientras se retorcía los dedos, perlados de sudor a causa de los nervios.
—Bueno... —dijeron a la vez, como si fueran a añadir algo.
—Perdona, que te he cortado; dime —se apresuró a decir Alma.
—No, no, ¿qué ibas a decir tú? —respondió él.
Era tan absurdo que Alma estuvo a punto de reírse. Aquello parecía el capítulo piloto de una serie de comedia. Intentaron conservar la calma lo máximo posible y reconducir la conversación, aunque a cada segundo que pasaba se les hacía más complicado.
—Yo... —improvisó rápidamente—. Me voy a duchar.
«Mierda», pensó nada más decirlo.
«Mierda», pensó también Eric.
No creía que imaginarla desnuda en la ducha fuera la mejor de las ideas en ese momento. Apretó los dientes e intentó cambiar ridículamente de tema. Antes de que ella se diera cuenta de todo lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento.
—Sí, eh... Yo... voy a desayunar algo.
Lo único que querían era salir pitando antes de que la situación se tornara más incómoda. Aunque a ambos les parecía que ya era un poco tarde para eso.
Tan desesperados estaban por desaparecer cuanto antes que ni siquiera se fijaron en por dónde iban.
La forma en que chocaron al cruzarse —ella rumbo al baño y él a la cocina— fue una escena digna de verse.
Alma estuvo a punto de dejarse los dientes contra el suelo, aunque, para ser completamente honestos, aquello le pareció una idea más apetecible que la situación que estaban viviendo.
—Perdón, perdón —se disculparon a la vez, apresuradamente, mirando hacia otro lado, y salieron escopeteados de allí.
Alma cerró la puerta del baño tras de sí, más fuerte de lo que pretendía, y se apoyó contra ella, jadeando nerviosamente. Prácticamente se le había olvidado cómo respirar, así que fue un alivio comprobar que aún tenía la capacidad de insuflar oxígeno a sus pulmones.
Se deshizo de su ropa a toda prisa y se metió con cuidado en la bañera, dejando que el chorro de agua helada la despejara.
Ahogó un gritito al sentir el frío perforando sus huesos, pero nada pudo impedir que, sin apenas darse cuenta, le llegaran flashbacks de la noche anterior.
Cerró los ojos con fuerza al recordarlo, apoyando la frente contra los azulejos, mientras el agua fría caía sin piedad sobre su cuerpo desnudo.
Ella tocándose mientras imaginaba que era Eric quien lo hacía.
Ella tocándose mientras lo imaginaba entrando en su cuerpo.
Ella tocándose mientras pensaba en su boca, en sus manos y en su sexo.
Estuvo bajo el chorro de agua fría más tiempo del que se creía capaz de soportar. Sentía que, si salía de aquel baño y volvía a encontrarse con la mirada inquisitiva de Eric, terminaría confesándolo todo como una condenada.
Empezaban bien las Navidades.
Cuando finalmente cerró el grifo de la ducha y salió, envuelta en una toalla y con el pelo aún mojado, se lo encontró cortando unas fresas en la cocina, de espaldas a ella.
No podía seguir evitándolo todo el tiempo, así que decidió acercarse a él.
Claro que habría sido mejor idea hacerlo cuando se hubiera vestido, pero ya qué más daba.