27
La turmalina negra que le había dado Lola le quemaba en las manos.
La oscuridad de su habitación se veía alterada tan solo por la tenue luz de las velas, cuyos destellos danzaban lentamente en la penumbra.
Alma trataba de concentrarse, con los ojos cerrados, en la baraja de tarot que se extendía frente a ella, la misma que les habían regalado en el puesto medieval el día de su llegada a Riquewihr.
No le hacía falta ver las cartas para sentir su energía.
Le bastaba con prestar mucha atención a las vibraciones.
La intuición debería ser considerada un sexto sentido, pues es capaz de ver y palpar aquello que no pueden percibir los otros cinco.
Al pasar la mano por encima de ellas, sin tocarlas, podía sentir su peso en todo el cuerpo. Las piernas se le paralizaban sin poder evitarlo, la cabeza estaba a punto de estallarle y el corazón se le atoraba en la garganta.
«Inspira.
»Espira.
»Inspira.
»Espira».
Poco a poco, el aire comenzó a llenar sus pulmones y podía sentir, aún con más intensidad, lo que fuera que le estuvieran diciendo aquellas cartas.
Abrió los ojos lentamente y fijó la mirada en ellas, en medio de la penumbra de la habitación.
Solo hizo eso. Observarlas.
Todo cuenta en el tarot: los números marcan ciclos y destinos, los colores transmiten emociones y los símbolos dibujados revelan historias. Debes analizarlas con una concentración minuciosa si no quieres perderte nada.
Y Alma quería captar cada detalle, por minúsculo que fuera, absorber todo lo que pudiera de la tirada, empaparse de ella, hacerla suya. Hacía años que no leía el tarot, pero no había perdido ni un ápice de práctica.
De pronto, unos golpes secos en la puerta interrumpieron su paz.
Todo su cuerpo se tensó, pues solo podía tratarse de una persona.
— Adelante —jadeó, intentando no desconectar por completo.
Eric entró en la habitación con pasos vacilantes. Solo llevaba los pantalones del pijama, y la vista de su piel expuesta hizo que Alma contuviera la respiración.
Un cosquilleo le recorrió la base de la columna cuando él se acercó, con la mirada fija en ella.
Sintió que el deseo se instalaba en su pecho, apremiante e imparable.
Su cuerpo reaccionó de inmediato; cada fibra de su ser deseaba la proximidad.
Era como si la habitación se hubiera encogido y la distancia entre ellos ya no fuera suficiente para calmar el fuego que le ardía por dentro.
Sus ojos se desviaron por un instante, fijándose en cualquier cosa que no fuera él.
Intentó centrar la atención en el aire, en el suave crujir del suelo bajo sus pies, en cualquier detalle que la alejara de la tentación palpable que tenía enfrente.
A pesar de su esfuerzo por no mirarlo, su cuerpo seguía entregándose a una atracción que no podía negar.
Eric llegó hasta la cama y se sentó a su lado, más cerca de lo que podía soportar. Miró las cartas fijamente, como si pudiera captar algo de lo que le llegaba, pero para él no eran más que cartas con dibujos extraños que no lograba comprender.
—¿Qué ves? —le preguntó, rompiendo el silencio.
Alma tuvo que tragar saliva varias veces antes de responder. No poder tocarlo era un castigo.
—Esta de aquí —dijo finalmente, señalando una carta en la que aparecía una figura alzando una especie de vara— es el mago. Habla de nuevos comienzos. Su gesto, con la mano alzada, señala su capacidad para canalizar energías.
—¿Es buena? —indagó Eric.
—Oh, sí. Mucho. Simboliza el dominio sobre uno mismo, la habilidad para manifestar y transformar la realidad. El mago está en equilibrio entre el plano material y el espiritual.
—Es interesante.
—Lo es. Pero lo importante no es el significado literal de cada carta, sino lo que estas te transmiten.
—¿Y qué te transmiten? —preguntó.
—Esta tirada en concreto, confusión. Siento que todo se está acomodando para la realización de nuestros deseos.
Pero hay que observar las cartas muy atentamente para poder leerlas con claridad.
Quizá una carta, individualmente, tenga un gran significado.
Pero esa calma puede verse perturbada por las que la rodean.
En este caso, el tres de espadas, seguido de la torre, no augura nada bueno.
Pero eso no era lo único que decía la tirada. También confirmaba lo que la intuición de Alma ya presentía: que Eric le ocultaba algo. Aunque todavía no supiera qué.
— ¿Nuestros?
—¿Cómo? —Alma alzó una ceja, sin comprender la pregunta.
—Has dicho que todo se está acomodando para la realización de nuestros deseos.
—Ah, sí. He preguntado por nosotros —aclaró, sin darle mayor importancia—. ¿Quieres probar?
—¿Puedo?
—Claro.
Recogió las cartas de la tirada y las mezcló con el resto del mazo.
Al entregárselas a Eric, este sintió un extraño cosquilleo en las manos, como si tuvieran vida propia.
En realidad, se dice que da mala suerte que otra persona haga uso de tu baraja de tarot, pero, dado que esa en particular se suponía que los había «elegido», Alma consideró que no pasaría nada por compartirla.
—Baraja las cartas tanto tiempo como quieras, a la vez que formulas una pregunta —le explicó con tranquilidad.
—¿En voz alta?
—No es necesario. Puedes hacerlo como te resulte más cómodo, pero asegúrate de volcar toda tu concentración en lo que quieres saber.
Eric asintió, absorbiendo sus palabras. Con una concentración meticulosa, comenzó a barajar las cartas mientras formulaba la pregunta para sí.
El mazo parecía vibrar entre sus dedos con cada pensamiento.
En ningún momento le dijo a Alma qué era lo que estaba preguntando, y ella tampoco quiso saberlo.
—¿Y ahora? —preguntó a continuación con un nudo en la garganta.
—Ahora corta el mazo. Como es tu primera vez, haremos una lectura pequeña. Saca cinco cartas.
El dos de copas fue la primera en salir.
Eric la miró por un momento, con una sensación de familiaridad recorriéndole la piel.
Lo siguieron el juicio, la rueda de la fortuna, la luna y el ermitaño.
Las observó una a una con atención, intentando descifrar qué significaban.
Pero no halló nada claro. Ella parecía mucho más segura que él.
No sabía cuál era la pregunta que aquellas cartas respondían, pero veía en sus ojos que no tenía dudas respecto a la interpretación.
—Concéntrate en ellas —le pidió Alma con suavidad—. Trata de canalizar lo que te están diciendo. Tu cuerpo es el canal a través del que te llegan las respuestas, pero es tu intuición la que hace todo el trabajo.
Eric apretó los labios, luchando por comprender; su mente se resistía ante la idea de confiar en algo tan abstracto.
—Es difícil.
—No lo es. Cierra los ojos —le ordenó ella.
—Pero, si cierro los ojos, entonces sí que no veré nada.
—De eso se trata. No es con los ojos con lo que debes ver. Utiliza tu mente —explicó—. Verás...; hagamos una prueba.
Con el corazón acelerado, cerró los ojos. Alma se acercó lo suficiente para percibir el suave susurro de su respiración.
De repente, Eric sintió una mano sobre su barbilla.
Alma lo sostuvo con suavidad, girando su rostro lentamente hacia ella.
El contacto no fue brusco, pero sí cargado de una energía silenciosa que le recorrió el cuerpo.
Se acercó aún más, casi rozando sus labios, como si estuviera a punto de besarlo, pero no lo hizo.
—¿Qué sientes? —preguntó Alma, con voz cálida y profunda.
—Siento un cosquilleo en los labios —respondió casi sin pensarlo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
—¿Qué más? —insistió ella, moviendo la cabeza lentamente, acercándose todo lo que pudo a él.
Eric tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba.
—Calidez, intimidad... —Su voz se rompió mientras un torrente de sensaciones lo recorría de arriba abajo, como si la dopamina y la oxitocina se desbordaran por cada poro de su piel—. Como un...
—Como un... ¿qué? —indagó Alma, ahora tan cerca que su aliento le rozaba el rostro, pero sin romper la distancia.
—Como un beso. —Su voz salió ahogada, abrumadora.
—Abre los ojos.
Lo hizo. Al abrirlos, la encontró a tan solo unos milímetros de él.
La distancia que había entre los labios de ambos parecía infinita, pero al mismo tiempo, en ese segundo, todo se desdibujaba.
Se quedó allí, suspendido en el tiempo, intentando procesar lo que acababa de ocurrir: el cosquilleo en sus labios, la calidez que aún sentía en la piel...
Alma lo miraba con una chispa de conocimiento y sabiduría en los ojos.
Entonces se dio cuenta de que no había ninguna confusión en ella.
Sabía exactamente lo que había sucedido.
—¿Te das cuenta de lo que acaba de pasar? —exhaló, rompiendo el hechizo—. Has sentido, tanto física como álmicamente, todos los efectos que provocan los besos. Pero yo ni siquiera te he rozado. Lo que has sentido ha sido mi energía. Con las cartas sucede lo mismo. Inténtalo tú.
Eric volvió a volcar toda su atención en las cartas, cerrando los ojos como había hecho antes. Pero esta vez fue diferente. Ya no estaba solo buscando respuestas, sino sintiendo cómo estas fluían a través de él.
—¿Qué sientes? —volvió a preguntarle, guiándolo.
—Transformación —respondió sin dudar—. Algo que está profundamente conectado con el destino.
—¿Qué más?
—Introspección, búsqueda de claridad interior... —confesó sin un ápice de incertidumbre—. Cambios.
—Muy bien —sonrió ella satisfecha—. ¿Lo ves? Todos somos energía.
Abrió los ojos de nuevo, sintiéndose complacido y excitado a partes iguales.
—Eso ha sido mucho más que simple energía —susurró—. Ha sido como si abrieras una rendija que me permitiera colarme dentro de tu cuerpo. ¿Cómo es posible?
Alma reprimió un escalofrío al imaginarlo colándose, literalmente, dentro de su cuerpo.
—Hay cosas que no tienen explicación.
Eric la miró en silencio. Sus ojos descendieron hasta los labios de Alma, que se entreabrieron con lentitud. Se humedeció los suyos, como si intentara controlar una sed repentina, y desvió la mirada.