La noche en que ardió el Guernica 26 #2
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26 #2

La agarró de la mano y, corriendo, bajaron las escaleras de la torre Dolder, de vuelta a la salida.

No dejaron de correr cuando llegaron abajo.

Alma reía sin poder contenerse, con el viento azotándole la cara y los mechones de su cabello negro tapándole los ojos.

El eco de sus pasos resonaba en la solitaria calle empedrada, mientras las sombras se alargaban a su alrededor.

—¿Adónde vamos? —Alma alzó la voz por encima del viento, su corazón latía con fuerza y tenía una chispa divertida en la mirada.

—¡Ahora lo verás! —exclamó Eric, con una sonrisa cómplice que iluminaba su rostro.

Siguieron corriendo durante un par de minutos, cogidos de la mano, hasta que llegaron a una colina de prados verdes.

Solo entonces se detuvieron, pero no se soltaron de la mano, como si ese gesto fuera lo más natural del mundo.

Eric se sentó en el suelo y Alma lo imitó, sentándose justo a su lado.

La hierba estaba fresca y una ligera brisa hacía que las hojas crujieran suavemente.

—¿Y bien? ¿Me vas a decir qué hacemos aquí? —siguió indagando ella, con la voz llena de curiosidad.

—Vamos a esperarla.

—¿A quién?

—A Agnes, por supuesto. Dicen que se la puede ver en las madrugadas alrededor de la torre Dolder, ¿no? Bueno, pues vamos a esperar.

El aire pareció volverse más denso, como si la noche misma estuviera expectante.

—¿Hemos venido hasta aquí en busca del fantasma de una antigua bruja que ni siquiera sabemos si existió? —Quiso disimularlo, pero una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios.

Intentaba parecer adulta, pero la realidad era que se sentía como una adolescente, con el pulso acelerado y el estómago revuelto por la anticipación.

Eric la miró fijamente a los ojos. Por un momento, la luna se reflejó en su mirada.

—Así es. Y, además, mira... —Se recostó sobre la hierba y, con un dedo, señaló el cielo despejado. La luna brillaba con fuerza—. Hay luna llena. ¿Qué mejor noche que esta?

Finalmente, Alma se rindió. Dejó de intentar aparentar una madurez que no sentía y se recostó a su lado, con la cabeza apoyada contra la de él, ambos mirando al cielo.

Un manto bañado de estrellas se desplegó ante ellos, brillante y lejano.

Nunca había visto tantas estrellas juntas.

Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido para dejarlos ser.

Estaban tan cerca que, si se giraban, podrían besarse.

Notó la mano de Eric rozándola con suavidad, hasta que sus dedos se entrelazaron, tal como lo hicieron años atrás, cuando ella le había dado la mano frente al cuadro del Guernica . Un huracán imparable se desató en su pecho, arrasando con todo rastro de sensatez.

—Eric... —susurró tan bajo que, por un momento, pensó que él no la había oído. Hasta que oyó su voz.

—Dime.

—Antes me has preguntado en qué estaba pensando...

—Ajá...

—Estaba recordando.

—¿Recordando el qué?

—Lo nuestro. Ha pasado tanto tiempo...; pero, aun así, recuerdo cada detalle. Da un poco de miedo, ¿no?

—Un poquito —musitó él, sonriendo.

Alma se rio y le dio un suave codazo en las costillas.

—¿Qué recuerdas? —No sabía bien por qué, pero necesitaba saberlo.

Alma pareció pensárselo durante un segundo; no estaba segura de que abrirse de esa manera con él fuera una buena idea. Pero se dijo que ya no había nada que perder.

—Recuerdo las promesas de meñique, las tardes en la terraza comiendo aceitunas y el silencio compartido, que se fue volviendo cada vez más pesado hasta convertirse en una distancia insalvable...

Tus ganas inmensas de hacerte fotos conmigo a cada rato para inmortalizar todos y cada uno de nuestros momentos: en el metro, en la calle, en los bares...

Aún las conservo; ¿sabes? Me dijiste que hacías tantas porque querías presumir de mí en los cumpleaños y en los aniversarios, que yo era la mujer más preciosa que habías conocido.

—Alma sonrió, ruborizándose al recordarlo—.

También recuerdo la película de superhéroes en tu habitación, y ese anime que te encantaba.

Y recordaba que, cuando todo acabó, vio aquel anime entero, sin pestañear, para estar preparada por si decidía volver.

Pero él nunca volvió.

Creyó que Eric diría algo, pero solo guardó silencio, así que continuó.

—Recuerdo aquel fin de semana que me hiciste la comida. Te comiste una patata cruda, yo te llamé «rarito» y tú soltaste una carcajada. Recuerdo tu risa...

La voz de Alma se quebró. Sintió los dedos de Eric aferrándose con más fuerza alrededor de los suyos.

—Recuerdo... —Sus labios temblaron un segundo, antes de atreverse a continuar—. La ropa tirada por el suelo de la cocina, y las ganas..., tu boca deslizándose entre mis piernas hasta hacerme tocar las estrellas...

Notó que él se tensaba a su lado. Esa era la prueba irrefutable que necesitaba para saber que también lo recordaba.

Eric se giró hacia ella y miró su rostro iluminado por la pálida luz de la luna.

Estaba radiante, increíble. Con una suavidad que rozaba lo imperceptible, le retiró un mechón de pelo de la cara.

Alma se giró para mirarlo también y sus ojos finalmente se encontraron.

El pulso acelerado. El ruido de la vida, los problemas, la cotidianidad...

, todo pareció detenerse por un momento. Nada más importaba.

—Sigo pensando que eres preciosa —susurró con voz temblorosa por la emoción del momento.

A Alma se le cortó el aliento.

Por un momento, pensó que iba a besarla. Deseó que lo hiciera.

—Ven —le pidió Eric casi suplicante, estirando el brazo por encima de la cabeza de ella para que pudiera acurrucarse en su pecho.

Ella oyó los latidos desenfrenados del corazón de él, que parecía querer escapar de su pecho. Había pasado demasiados años pensando que jamás volvería a sentir aquella paz tan visceral, tan absoluta, tan llena de vida. Pero, ahora, allí estaba, despertando de nuevo entre los dos.

—Te late muy rápido el corazón —observó Alma, citando la misma frase que le había dicho años atrás, cuando se acurrucó sobre su pecho exactamente de la misma manera.

Eric guardó silencio, como había hecho entonces, sabiendo perfectamente por qué su corazón palpitaba de esa forma, pero sin atreverse a decirlo en voz alta.

No hacía falta. Ambos lo sabían. Lo sentían.

Las palabras que no se atrevían a decir flotaban entre ellos, como colibríes silenciosos, suspendidas en el aire, invisibles pero presentes.

Él la abrazó aún con más fuerza, y Alma suspiró.

Amaba a ese hombre. Lo amaba con tanta fuerza que sentía que se desintegraría si no lo gritaba a los cuatro vientos.

Amaba al Eric adulto, igual que había amado al Eric niño, al Eric herido, al Eric lleno de dudas y miedos.

Lo amaba con los ojos cerrados, sin preguntar si él la amaba también.

Y esa era la verdad. Lo había amado incluso durante los años que habían estado separados, cuando los mensajes no llegaban y las promesas se desvanecían como el humo.

Ella había estado esperando —esperando y amando, sin descanso—, bebiendo de la esperanza y de un amor que jamás le había pedido que fuera correspondido.

Pero ¿qué más daba? Durante esos diez años, jamás le había importado quién amara a quién. Porque, aunque su corazón había estado vacío muchas veces, ella sabía, en el fondo de su pecho lo sabía, que la vida les tenía preparado algo mejor.

El aroma del perfume de Dolce & Gabbana que usaba Alma le subió a Eric por las fosas nasales, familiar y reconfortante.

No era la única que lo recordaba absolutamente todo.

Y entonces se dio cuenta de que no había cambiado de perfume en una década.

De hecho, no había cambiado casi nada. Seguía vistiendo igual y llevando el mismo color de pelo, como si, de algún modo, hubiera querido cambiar lo menos posible para que, cuando él volviera, la encontrara exactamente igual que la dejó.

Como si el tiempo se hubiera quedado congelado entre los dos el día en que él decidió marcharse.

Y así, ignorando el frío, la leyenda que los había llevado hasta allí y, aún más, los límites de la moralidad, se quedaron dormidos. El mundo siguió girando, pero ellos, por fin, se habían detenido.