26
El sol brillaba con fuerza cuando se sentaron en la place du Marché con un Häagen-Dazs de frambuesa para compartir, igual que habían hecho tanto tiempo atrás en el Templo de Debod.
—Veo que sigue siendo tu helado favorito —comentó Alma, inclinándose para coger otra cucharada.
—Supongo que hay cosas que nunca cambian. —Le sonrió.
Alma saboreaba el helado despacio cuando, en un momento de distracción, una gota se deslizó y cayó justo sobre el pantalón caqui de Eric.
Él bajó la mirada y vio la mancha que contrastaba con la tela clara, mientras ella se llevaba una mano a la boca.
Sabía que ambos estaban compartiendo el mismo pensamiento.
—Lo que yo decía...: ¿cómo es posible que siempre me manches los mismos pantalones? Y con el mismo helado. Es increíble.
—En mi defensa diré —replicó— que podría haber sido peor. Podrían haber sido blancos.
—Muy graciosa.
Eric no pudo evitar reírse. En realidad, tenía razón: las cosas no habían cambiado tanto. Seguían siendo ellos. Sus corazones latían con fuerza, estrellándose contra la caja torácica.
—Me gusta estar aquí contigo. —Tembló ligeramente, pero procuró que ella no lo notara—. Siento que puedo apagar mi mente durante un rato. No sé si entiendes lo que quiero decir...
—Lo entiendo perfectamente. —Alma se acercó un poco más a él, buscando su contacto.
—Desde que le diagnosticaron la enfermedad a mi padre...
, todo se convirtió en un caos absoluto.
—Hizo una pausa para tragar saliva antes de continuar—.
Él no comprendía qué le estaba pasando, y aquello le despertaba una rabia incontenible.
Los movimientos involuntarios, las dificultades para hablar, para tragar...
Nunca nos habíamos enfrentado a algo así, y no sabíamos cómo hacerlo.
No estábamos preparados. Entonces llegaron los ingresos hospitalarios a causa de las pérdidas de memoria, y creímos que todo mejoraría, porque estaría cuidado, pero con ello aparecieron también los cambios de humor.
Y eso fue lo más jodido de todo. Aún conservo la cicatriz de la hostia que me dio cuando me interpuse para que no le pegara a mi madre.
Alma extendió la mano y apretó con suavidad la de él, pero no dijo nada. Sabía que no quería su compasión. Solo necesitaba sentirse escuchado.
—Y lo peor es que no puedo lamentar la pérdida de esa versión amable y cautivadora de mi padre, porque nunca la he conocido. Eso es lo que más me pesa: que aún conservo la esperanza de poder encontrar en él a un hombre del que sentirme orgulloso.
—Quizá no sea tarde —señaló Alma.
Eric levantó la cabeza para mirarla.
—Ojalá la vida fuera como en los libros, ¿no?
—Puede que no lo sea. Pero, tanto en la vida como en los libros, todos merecemos una segunda oportunidad. Incluso los villanos.
—¿Y si el villano no quiere redimirse?
—Entonces al menos nos quedará la certeza de que hicimos todo lo posible por él —terminó Alma con suavidad—. A veces eso es lo único que podemos controlar. Debemos perdonar y seguir.
Eric esbozó una sonrisa triste y bajó la mirada, dejando que el silencio se instalara entre ellos por un momento. El roce cálido de sus manos le servía como refugio contra el dolor y la incertidumbre.
Sabía que, en la vida de ella, él había sido el villano.
—Lo que te estaba diciendo era que... —Dudó, mientras elegía las palabras correctas—.
Me gusta estar aquí contigo porque, a pesar del ruido de mi vida, consigues que el mundo entero se quede en silencio.
Y eso es algo que no cualquiera logra. No te infravalores, Alma.
Siempre te has sentido un animal herido, pero, en realidad, tienes la fuerza de una leona.
Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron, ella supo leer el arrepentimiento palpable en su rostro por el daño que le había causado. Y eso le bastó.
—Se va a deshacer el helado —fue lo único que dijo.
—Entonces será mejor que ataquemos rápido.
Alma soltó una pequeña risa y, en ese instante, la tensión se disipó un poco.
—Oye, y ya que nos estamos confesando... —añadió Eric—, hay algo que quiero preguntarte desde ayer, pero no he sabido cómo sacar el tema.
—¿El qué?
—¿Qué fue lo que pasó en el puesto medieval? —La voz le salió baja y tensa.
—¿A qué te refieres? —Alma balanceaba las piernas, limpiándose una gotita de helado de la comisura de los labios.
—Ya sabes..., lo de la mujer esa, las cartas...
—Ah, eso... Solo era una loca —contestó, tratando de eludir aquella conversación.
—No parecía una loca; yo la vi bastante cuerda.
—Es lo que tienen las locas: que ninguna parece estarlo.
Eric supuso que no llegarían a ninguna parte, así que prefirió dejar de preguntar y cambiar de tema.
Cuando comenzó a anochecer, decidieron subir al mirador de la torre Dolder, uno de los monumentos más emblemáticos de Riquewihr. Su estructura robusta y su aspecto imponente dominaban el horizonte, como un guardián de piedra que había resistido el paso de los siglos.
Se alzaba sobre una pequeña colina, desde donde regalaba vistas panorámicas espectaculares del pueblo.
Alma se quedó fascinada ante aquella obra de arte.
Era más que una construcción: era un testigo mudo del paso del tiempo, pero también un lugar perfecto para sumergirse en la belleza natural de Alsacia, con su impresionante vista de los paisajes circundantes, bañados por la luz dorada del atardecer.
Contuvo la respiración.
Eric se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro. Ella tembló al sentir el contacto y una pequeña sonrisa iluminó su rostro.
—¿Te gusta? —le susurró al oído con voz cálida y cercana.
Tardó unos segundos en responder, como si intentara asimilar todo lo que estaba pasando.
—Es perfecto.
—Sí, ¿verdad? No está mal... Pero, como te dije hace diez años en cierto museo... —la giró suavemente hasta quedar frente a frente, con sus ojos encontrándose en la penumbra, sus respiraciones entrelazándose, sus labios a punto de rozarse—, he visto cosas más bonitas.
Alma se ruborizó al oír de nuevo aquella frase.
No creía ni siquiera que Eric recordara detalles tan insignificantes como aquel.
Ella sí, claro. Los recordaba todos, sin excepción.
Desde el brillo en su mirada cada vez que se encontraban en Atocha hasta aquella primera noche, cuando le pidió a la camarera del restaurante que le repitiera la pregunta, alegando que al mirar a Alma se desconcentraba.
Recordaba el tacto suave de sus manos acariciándole con delicadeza las piernas mientras veían El gato con botas en el cine.
Y recordaba cómo, después, se puso a llorar en el coche, mientras él le secaba las lágrimas, por miedo a que desapareciera, a que se fuera sin más. Como terminó haciendo.
—¿En qué piensas? —quiso saber Eric, devolviéndola al mundo real.
—En nada —respondió, restándole importancia—. Siento una energía muy fuerte en este lugar.
—Se dice que la torre Dolder se utilizó en su momento como prisión para las mujeres acusadas de brujería; ¿lo sabías? Durante la cacería de brujas, a muchas las encarcelaron aquí antes de ser juzgadas.
—¿En serio?
—Así es. De hecho..., hay una leyenda interesante.
—Cuéntamela. —A Alma se le iluminaron los ojos. Le encantaban esas historias.
—Pues... cuenta la leyenda que, en tiempos remotos, vivía en Riquewihr una anciana conocida por su sabiduría en hierbas y remedios naturales.
Su nombre era Agnes. La gente del pueblo solía acudir a ella en busca de curas para sus enfermedades, dolores o problemas familiares...
—Hizo una pausa antes de continuar—. Sin embargo, no terminaban de comprender del todo sus conocimientos, y pronto comenzaron a sospechar de ella.
Durante la Edad Media, se creía que cualquier mujer con conocimientos sobre plantas o hierbas debía de estar ligada a la brujería.
Qué tontería, ¿no? —Alma lo miraba atenta, sin perder detalle—.
El caso es... que, un día, un grupo de aldeanos empezó a murmurar que Agnes estaba practicando magia oscura y que había hecho un pacto con el diablo.
La situación no tardó en ponerse tensa y ella fue acusada de brujería.
—¿Y qué pasó después? —inquirió Alma, impaciente.
—En la víspera de su juicio —continuó— arrestaron a Agnes y la llevaron a la torre Dolder.
Algunos dicen que, durante su encarcelamiento, pronunció una maldición sobre el pueblo: «Que el viento se lleve todo lo que amáis, y que el sol nunca vuelva a brillar con la misma fuerza».
A la mañana siguiente, un viento extraño comenzó a soplar con tal fuerza que arrasó las cosechas y rompió las ventanas de las casas.
—¿La ejecutaron?
—Sí. Su juicio fue una farsa. Con pruebas falsas obtenidas gracias a la tortura, la acusaron y condenaron a ser quemada en la hoguera, junto con muchas otras mujeres acusadas de brujería.
—Qué horror —murmuró Alma.
—Antes de su ejecución, se cuenta que Agnes pronunció una última palabra: «Volveré».
Y, según la leyenda, su espíritu jamás dejó el pueblo.
Se dice que, desde entonces, en noches especialmente oscuras, se puede oír el eco de su risa en las colinas cercanas y que, en las tormentas más violentas, el viento trae consigo su voz, como si nunca se hubiera ido.
Algunos también afirman que, si paseas cerca de la torre Dolder de madrugada, puedes ver una sombra misteriosa entre las almenas que recuerda a la bruja.
—Vaya... ¿Y tú crees que pasó de verdad?
—No lo sé. Solo es una leyenda. Siempre he sido un poco escéptico con estas cosas. —Esta vez fue a él a quien se le iluminaron los ojos—. Pero... se me ocurre una forma de averiguarlo.
—¿Cuál?