25
Riquewihr era un pequeño pueblo en la región de Alsacia, al noreste de Francia. Y si a Alma le resultaba vagamente familiar era porque en esa pintoresca localidad se había inspirado el cuento de La bella y la bestia .
Aparcaron frente a una casita de colores vibrantes, con el característico entramado de madera cuyas vigas expuestas le otorgaban un aire rústico y tradicional.
El tejado tenía aún vestigios de hielo de la nevada anterior.
Las ventanas, también de madera, estaban adornadas con geranios que añadían un toque acogedor a la fachada, la cual parecía esculpida a mano.
Alma quedó fascinada por aquella arquitectura.
Era más de lo que había imaginado, pero mejor; mucho mejor.
Cuando entraron en la casa, su admiración no hizo más que crecer.
Al igual que la fachada, el interior era encantador, con un estilo campestre que le resultaba completamente diferente de todo lo que había conocido antes.
El espacio, pequeño y compacto, tenía techos bajos y abovedados en algunas de las habitaciones.
Los ventanales, que daban a las calles adoquinadas del pueblo, inundaban el ambiente con una luz suave.
De las paredes colgaban relojes y utensilios de cobre antiguos.
Y, en el centro de la sala, una gran chimenea de ladrillo dominaba el espacio, preparada para ofrecer calor en los meses más fríos.
—¿Te gusta? —oyó decir a Eric a sus espaldas.
—Es maravilloso.
—Ya tendrás tiempo de deleitarte con ella después. Ahora, vamos, dejemos las maletas y salgamos. Tenemos que empezar a tachar cosas de la lista.
La habitación de Alma era igual de encantadora que el resto de la casa.
La cama, de madera robusta, con un cabecero tallado a mano, emanaba una estética tradicional que parecía sacada de otra época.
La ventana ofrecía vistas encantadoras del pueblo, que enmarcaban el paisaje como una pintura viviente.
Un par de mesillas de noche, con lámparas de hierro forjado, iluminaban suavemente el espacio, creando un ambiente cálido y sereno.
En las paredes, algunos cuadros antiguos le daban un toque personal, casi nostálgico.
Y estaba a tres pasos de la de Eric.
Sí, los había contado.
Dejó el equipaje sobre la cama, abrió la maleta y sacó un jersey de lana suave —sintética, por supuesto— y unos vaqueros, que combinó con un par de botines de ante perfectos para la ocasión.
Al salir por la puerta, él ya la esperaba en el umbral.
Tenía el pelo más alborotado que de costumbre y la camisa le sobresalía ligeramente de los pantalones, dándole un aire desenfadado que, en él, resultaba tremendamente atractivo.
Su imponente figura se enderezó al verla, adoptando un gesto risueño que hizo brillar sus ojos.
Avanzó hacia ella con pasos lentos pero decididos.
Dios... Estaba guapísimo.
—¿Estás lista?
—Estoy lista.
Pasearon juntos por el casco antiguo, donde las calles empedradas serpenteaban bajo las sombras de las casas de colores y las flores que colgaban de los balcones. El aire estaba impregnado con el aroma a pan recién horneado y madera envejecida.
Si Alma hubiera podido elegir un lugar para quedarse a vivir, sin duda habría escogido Riquewihr.
En una de las pequeñas plazas del pueblo, encontraron un mercadillo medieval repleto de productos artesanales.
A ella le encantaban ese tipo de objetos, especialmente los que parecían sacados de otra época.
Fue de puesto en puesto, observando aquellas maravillas, mientras Eric, algo distraído, le seguía los pasos de cerca.
Pronto llegaron a un puesto de productos esotéricos.
Era como si un portal se hubiera abierto ante los ojos de Alma: barajas de tarot, inciensos que humeaban suavemente, bolas de cristal que reflejaban destellos de luz, piedras y cristales que parecían tener vida propia.
Ella los miraba con fascinación, completamente ensimismada.
Fue entonces cuando la voz de la mujer al otro lado del puesto la sacó de sus pensamientos.
—¿Españoles? —preguntó con un marcado acento francés.
—Sí, hemos llegado hoy —respondió Alma, aún un poco distraída por el ambiente místico que la rodeaba.
—Si algo te gusta, puedes tocarlo. Adelante. Todo lo que ves está hecho a mano.
—Es una maravilla —exclamó, con una sonrisa dulce, mientras sus dedos se deslizaban por los objetos con respeto, como si temiera interrumpir su energía.
Cogió entre sus manos una baraja de tarot tallada en madera de abeto con runas y símbolos en cada carta.
Tenía un diseño minimalista, pero al mismo tiempo las figuras parecían moverse sutilmente bajo la superficie.
Cada una de ellas representaba uno de los cuatro elementos, mostrando una interpretación profunda de cómo estos influían en las emociones humanas y las decisiones que tomamos.
—Mira esto; es increíble —murmuró Alma, extendiendo la baraja hacia Eric.
De pronto, como si un rayo de energía hubiera atravesado el aire, ambos se estremecieron al entrar en contacto con las cartas al mismo tiempo. Un dolor agudo, como si algo eléctrico los hubiera sacudido, los hizo soltar la baraja de golpe, y ambos dejaron escapar una pequeña exclamación.
La mujer que los había atendido se estremeció de pies a cabeza.
Cuando Eric y Alma la miraron, no supieron decir si estaba asombrada o asustada. Quizá una mezcla de ambas.
—No puedo creer lo que veo... —susurró la mujer, con palabras casi inaudibles, como si aún estuviera procesando lo que acababa de ocurrir.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Eric la miraba con confusión.
—Las cartas os han elegido.
—Si su manera de elegirnos es dejarnos como si hubiéramos metido los dedos en el enchufe, mejor que elija a otros.
—Esto no es ninguna broma, niño —refutó la mujer con firmeza—. Si no me crees a mí, pregúntaselo a tu amiga. Ella lo sabe tan bien como yo.
Alma permanecía sumida en un estado de hipnosis, inmóvil, con la mirada fija en un punto indefinido, como si no estuviera completamente allí. Su respiración era errática, entrecortada.
—Alma, ¿qué cojones te pasa? —balbuceó Eric, chasqueando los dedos delante de su cara para intentar sacarla de aquel trance. Pero ella parecía no responder. Estaba completamente ajena.
—Tranquilo, solo está asustada. También lo ha visto.
—¿Ver qué?
La mujer no respondió de inmediato; su mirada se deslizó hacia el suelo, como si estuviera eligiendo cuidadosamente las palabras. Luego, sin previo aviso, se acercó y cogió las manos de ambos, entrelazándolas entre sí con una firmeza sorprendente.
—Llevaos la baraja —ordenó, mirando a ambos con una intensidad penetrante—.
No hagáis preguntas; es un regalo. El tiempo os dará las respuestas que buscáis.
Por ahora, conformaos con esto. Y mantened la mente bien abierta —añadió, mirando directamente a Eric—.
Solo con ella podréis ver lo que vuestros ojos no alcanzan a vislumbrar.
Alma, aún en silencio, pareció reaccionar.
Lentamente al principio; con una fuerza arrolladora después.
No era la primera vez que sentía algo así, pero sí la única en que lo experimentaba con tal intensidad.
Sus ojos ya no estaban fijos en el vacío, pero su mirada seguía reflejando una profundidad inexplicable.
Sin decir palabra, apretó la baraja contra su pecho, sintiéndose conectada y reconfortada por la energía que emanaba de ella.
La mujer lo observó todo en completo silencio, con un brillo en los ojos que irradiaba una sabiduría antigua y oculta. Finalmente se apartó, dejándolos con la sensación de que acababan de cruzar un umbral del que no podrían regresar fácilmente.