24 #2
—Un día estábamos en mi habitación, como cada tarde después del instituto.
Pero ese día fue diferente, mi madre había salido antes de trabajar.
Yo no la oí llegar. Sin detenerse a llamar a la puerta, entró en mi cuarto y me encontró con Irene en la cama.
Nos estábamos besando, y yo estaba en sujetador.
Todavía recuerdo su cara... —La mirada de Laura pareció empañarse por un momento, pero se armó de valor y continuó—: Recuerdo que, sin decir palabra, se acercó a mí y me cruzó la cara de una bofetada.
Ni siquiera pareció reparar en Irene: yo era el objeto de toda su rabia.
Después del golpe, me agarró por el pelo y me arrastró por toda la casa.
Vivíamos en un dúplex, así que me llevó a rastras por las escaleras, hasta el piso de abajo.
Yo oía los gritos de Irene a sus espaldas, intentando que se detuviera, pero ella ni siquiera la escuchaba.
No dejaba de vociferar que por qué le hacía eso, que qué había hecho mal.
Se lamentaba. «Dios mío — decía sin parar—.
Dios mío, ¿por qué me haces esto?». Cuando llegamos a la puerta de entrada, me echó semidesnuda a la calle y me gritó que no volviera a aparecer por casa.
Sarah también había comenzado a llorar. Le temblaban los labios y las manos, incapaz de encontrar palabras que pudieran hacer frente al horror que le estaba relatando Laura.
—Pasé unas semanas de aquí para allá —continuó—.
Me quedé con algunos amigos que no dudaron en acogerme en su casa, Irene incluida.
Pero en algún momento tendría que dejar de dar bandazos y enfrentarme a mi madre.
Tenía quince años, ni un euro en el bolsillo, y no sabía qué hacer o adónde ir.
Así que un día volví. Ella parecía haberse calmado un poco, aunque ya no me miraba igual.
Me disculpé. Sin quererlo, asumí e interioricé que había hecho algo malo, algo terrible por lo que tenía que pedir perdón.
Le dije que solo había sido un juego, un error tremendo que no volvería a repetirse.
Ella me abrazó y me hizo jurar que jamás volvería a hacer algo así con una mujer. Y que jamás volvería a ver a Irene.
—¿Y le hiciste caso?
—Claro que le hice caso; ¿qué iba a hacer si no?
Era menor de edad; la única alternativa pasaba por vivir en la calle.
Y, de todos modos, ya se encargó ella muy bien de que no rompiera aquel juramento.
No me permitió volver al instituto para evitar que me encontrara con Irene.
Ella venía todos los días a llamar a la puerta de casa, pero mi madre nunca le abría.
Yo tenía que ver por la ventana cómo se pasaba horas y horas al otro lado de la calle, esperando verme salir en algún momento.
Me dejaba mensajes que nunca llegué a contestar y llamadas que jamás respondía.
A veces tiraba piedrecitas al balcón de mi cuarto, pero nunca me asomé.
Estoy segura de que ella sabía que las oía.
Yo, en cambio, aguardaba apoyada contra la pared de mi habitación, llorando hasta deshacerme.
No encontraba el valor ni las fuerzas para hacer las cosas de manera diferente.
Un mes después, sin consultármelo siquiera, mis padres hicieron las maletas y nos fuimos de allí. Jamás volví a ver a Irene.
—Dios mío, Laura... —fue todo lo que Sarah pudo decir.
—No es tan trágico como parece —respondió ella, con una sonrisa tenue en los labios, intentando restarle importancia.
—Siento haberte presionado.
—No importa...
—Pero ya no tienes quince años —continuó diciendo Sarah—. Eres la dueña de tus propias decisiones. Ya no tienes una madre que te diga lo que hacer.
—Ahora me lo digo yo misma.
—¿Y qué te dices? ¿Que tienes que casarte con Eric para formar una familia «normal»? —Hizo el gesto de las comillas con los dedos al pronunciar esa última palabra.
—Quiero a Eric.
—Y no lo niego. Estoy segura de que es una persona maravillosa, y de que él también te quiere a ti con locura. Pero esta no es la vida que tú habrías elegido de haber tenido elección.
—Tal vez. Pero es la vida que elijo ahora. Él me dio un anillo, y yo le di mi palabra.
—Tu palabra ya no vale casi nada. Quizá vaya siendo hora de que le seas fiel a aquella niña de quince años y luches por lo que verdaderamente quieres. Esconderse nunca es la vía fácil.
—Lo es para mí.
—Te quiero, Laura. Lo sabes de sobra. Te quiero desde el primer día en que te vi. Eres todo lo que siempre he soñado. Pero no puedo vivir una mentira, porque eso acabaría destrozándome también. Merezco estar con alguien que no se avergüence de lo que siente por mí.
—Lo sé. Y siento no poder ofrecerte eso.
Sarah le dio un dulce beso en la frente, se vistió y, sin despedirse, salió por la puerta, dejando a Laura abrazada a la sábana con que su amante se había cubierto hacía un momento, como si así intentara retener su aroma.
Le había dicho que la quería; esas palabras se habían quedado suspendidas en el aire.
Laura podría haber respondido que ella también, pero no lo hizo.
No lo hizo porque no sabía si lo que sentía era amor o si, simplemente, acostarse con ella era una forma de sentirse en paz consigo misma y con esa niña llena de miedos que había sido alguna vez.
Cuando somos pequeños, nos hacen creer que los armarios están llenos de monstruos que nos llevarán consigo si no nos portamos bien. Lo que nunca nos dicen es que, en realidad, los verdaderos monstruos se encuentran fuera.
Laura lo aprendió a los quince.
Y nunca más pudo olvidarlo.