La noche en que ardió el Guernica 24
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Los seres humanos somos un rompecabezas repleto de aristas.

Cada esquina afilada es un reflejo de nuestras luchas y contradicciones.

Somos la suma de fragmentos dispersos, encajando a veces a la fuerza y otras desmoronándonos en la búsqueda de un todo que, tal vez, nunca lleguemos a comprender por completo.

En cada pieza, una historia; en cada arista, un eco de nosotros mismos que muere por hallar su lugar en un mundo donde cada vez resulta más difícil encontrarse.

Y, ante todo, seguimos intentando encajar de alguna manera; negamos realidades y nos escondemos tras mentiras perecederas que no sobrevivirían al invierno, porque esa es nuestra manera de protegernos.

Y tal vez funcione durante algún tiempo.

Pero, aunque el silencio armoniza la espera, como un espacio en el que el tiempo se vuelve más llevadero y ordenado, también encadena.

Nos deja allí, quietos, esperando lo inevitable: que la verdad salga a la luz.

Porque no puedes ocultarte del mundo para siempre.

Amélie decía que son tiempos difíciles para los soñadores. Yo añadiría, además, que son tiempos difíciles para despertar. En los sueños, podemos ser quienes queramos ser, mostrarnos sin miedo, porque no hay nada que temer. Aterrizar en la vida real; eso es lo verdaderamente complicado.

Laura sentía que podría seguir escondiéndose toda la eternidad, como si fuera tan sencillo.

Pero la mentira que había construido a su alrededor empezaba a desgarrarla desde dentro.

Poco a poco, su espíritu comenzó a rebelarse y su verdadera esencia a imponerse, y su interior gritaba en rebeldía.

Toda ella, en cuerpo y alma, estaba exhausta de ocultarse.

Sin embargo, lo seguiría haciendo, lo haría tanto tiempo como fuera necesario.

Porque enfrentarse a esa realidad, con todas sus consecuencias, la atemorizaba más que seguir viviendo una mentira.

Creía que, al menos, eso podría soportarlo.

La observó en silencio, tumbada en el lugar de la cama que solía ocupar Eric; su respiración entrecortada, sus piernas entrelazadas, sus dedos, delicados y largos como espigas, dibujando círculos con parsimonia en el mapa de constelaciones que era su espalda.

Y un único pensamiento rondando en su cabeza: aquello no estaba bien. Pero, si le hubieran preguntado por qué, ni siquiera habría sabido dar con una respuesta lógica.

Sarah levantó los párpados y le devolvió la mirada. Ella parecía mucho más segura de sus sentimientos y de lo que realmente quería en la vida, una certeza a la que Laura jamás llegaría.

—Buenos días —susurró, acariciándole el brazo hasta llegar a su clavícula y descendiendo de nuevo.

Por toda respuesta, Laura se giró en la cama, dándole la espalda.

Sabía que seguramente no estuviera siendo justa con ella, pero lo último que le apetecía en ese momento era mantener una conversación.

Aun así, Sarah trató de no venirse abajo.

Le rodeó el cuerpo desnudo con los brazos, se incorporó un poco y le depositó un suave beso en el hombro.

—¿Quieres que haga algo de desayuno?

—Tenemos que ir a trabajar. —Laura se apartó y sacó los pies de la cama para levantarse.

No se avergonzó de su desnudez; le gustaba la forma en que Sarah la miraba cada vez que se mostraba ante ella, como si fuera la única flor en un jardín repleto de ellas.

No tenía ojos para nadie más. La realidad era que, con Eric, nunca había llegado a experimentar esa sensación.

Sabía que la quería, y ella lo quería a él, pero las cosas eran...

distintas. Distintas de un modo que ni siquiera sabía explicar.

—No, Laura. No hagas eso —pidió Sarah, levantándose también para situarse a su altura y mirarla directamente a los ojos, como si ese simple gesto pudiera convencerla de algo—. No te cierres en banda, por favor. Habla conmigo.

—No sé qué quieres que te diga.

—Quiero que me digas lo que sientes.

—Lo que yo sienta no importa.

—¡A mí sí! —exclamó Sarah, levantando la voz más de lo que pretendía—. Joder, no puedes follar conmigo y luego actuar como si no hubiera pasado nada, porque sí que ha pasado.

—¡Ya sé que ha pasado! Pero me gustaría que lo olvidásemos, por favor. ¿Podrías hacer eso por mí?

—¿Olvidarlo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta la próxima vez que te dé el bajón y quieras volver a meterte en la cama conmigo?

—Eso no va a volver a pasar.

Sarah soltó una carcajada amarga.

—Claro que no —respondió con un deje de ironía—.

Porque no fue eso lo que pasó la última vez, ¿verdad?

Ni la anterior, ni la otra, ni la otra...

Me estoy cansando de jugar a esto, Laura.

No soy tu premio de consolación para los días en que te sientas sola.

—Cogió una de las sábanas de la cama y se la colocó sobre los hombros; no quería mostrarse más vulnerable de lo que ya se sentía en ese momento—.

Si no quieres aceptar la realidad, es tu puto problema.

Pero a mí no me involucres en tu mierda.

Hace muchos años que dejé de autoengañarme con mi orientación sexual.

—No me autoengaño. Sé perfectamente lo que quiero.

Sarah rio de nuevo, esta vez con más fuerza.

—Pues me lo vas a tener que explicar hasta que lo entienda —respondió—. O hasta que tú misma te lo creas.

Laura suspiró y se dejó caer sobre la cama con una profunda sensación de derrota.

Se llevó las manos a la cabeza, como si con ese simple gesto pudiera hacer descansar todas sus ideas, en un intento de encontrar las palabras que llevaba toda la vida buscando.

Sarah se merecía sinceridad y certeza, no dudas ni mentiras.

Esta última tomó asiento a su lado y le acarició la espalda con cariño, dándole todo el tiempo que necesitara para hablar.

Sin apenas darse cuenta, Laura había comenzado a llorar.

—No voy a dejar a Eric —dijo—. Si es lo que esperas, olvídalo, porque eso no va a pasar.

—No es lo que espero, Laura. O sea, quizá un poco sí, pero no por mí. No quiero que dejes a nadie por mí. Quiero que todo lo que hagas lo hagas por ti. Sé lo que es vivir atrapada en una mentira, y jamás querría eso para otra persona.

—No puedo... —murmuró con un hilo de voz.

—¿Por qué? —cuestionó Sarah. Pero sabía que, si ella no quería contárselo, no la obligaría a hacerlo.

Para su sorpresa, Laura se tomó unos segundos. Respiraba como si la vida se le escapara en cada bocanada, mientras intentaba ordenar sus recuerdos. Los buenos, los malos y los peores. Y las palabras salieron atropelladas de sus labios.

—Acababa de cumplir los quince, estaba en mi último año de instituto —comenzó—.

Mis padres me habían cambiado de centro a mitad de curso, así que me sentía un poco...

perdida. No tenía muchos amigos. Una chica se acercó el primer día y comenzó a hablar conmigo.

Se llamaba Irene. No tardamos en hacernos buenas amigas; ella se convirtió en mi pequeño refugio allí, y creo que yo también me volví un poco el suyo.

—Una sonrisa melancólica cruzó su rostro, como si se estuviera perdiendo en el recuerdo de aquel día—.

Lo hacíamos todo juntas: íbamos de compras, salíamos de fiesta, nos quedábamos a dormir la una en casa de la otra casi cada semana...

Teníamos más amigos, pero confieso que, en realidad, el resto nos sobraba un poco.

Éramos solo ella y yo; no nos hacía falta nadie más.

—Hizo una pausa para tomar aire antes de proseguir—.

Creo que fue uno de esos viernes en los que ella se quedó a dormir en mi casa.

Estábamos jugando a un juego; ni siquiera recuerdo a cuál, algo como «Verdad o atrevimiento».

El caso es que, en un momento dado del juego, ella...

me besó. Y a mí me gustó. No, no me gustó: me encantó.

Yo me había besado antes con algunos chicos, había experimentado por encima de la ropa lo que era el deseo por otra persona, pero, en realidad, esos chicos nunca llegaron a despertarme nada.

Lo hacía porque se suponía que era lo que debía hacer, ¿no?

Al fin y al cabo, era lo que hacían todas, como si eso fuera lo único que se esperara de las chicas.

Pero yo jamás había sentido algo como lo que sentí cuando Irene me besó.

—Entiendo... —susurró Sarah, instándola a continuar.

—Después de ese beso, vinieron otros. Al principio utilizábamos como excusa juegos como aquel, siempre cuando estábamos solas.

Yo sabía que Irene tenía más experiencia, con chicos y también con chicas.

Aun así, nunca me presionó. Dejó que yo fuera a mi propio ritmo.

Ella sabía que aquello eran más que simples juegos, pero permitió que yo lo creyera durante un tiempo, hasta que estuviera lista para ir un paso más allá.

Pronto dejamos de necesitar excusas. Nos besábamos a todas horas, en cualquier lugar: en mi casa, en la suya, en los baños del instituto, en el portal...

Cuando ya habían empezado las clases y todo el mundo estaba en sus aulas, ella y yo nos escabullíamos para poder seguir besándonos por los pasillos.

Creo que, en parte, fue en sus brazos donde descubrí lo que era el sexo.

Ese tipo de sexo puro, inocente, adolescente y virginal que solo pasa una vez en la vida.

Siempre con calma, por miedo a que yo me asustara y saliera huyendo.

Recuerdo sus manos colándose con delicadeza por debajo de mi camiseta, como pidiéndome permiso, y las mías explorando su cuerpo, hasta donde me dejara llegar, que casi siempre era hasta el final, porque ella no tenía miedo.

Me gustaba contemplar su deseo, siempre ardiente y desenfrenado, y el mío, un poco más pudoroso y tímido.

Se detuvo un segundo, y Sarah pudo percibir el cambio en su expresión, como si una nube negra se cerniera sobre ella.