La noche en que ardió el Guernica 23 #3
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Al percibir su mirada, Eric se giró hacia ella, quedando frente a frente.

—Aquel domingo —empezó Alma—, antes de que todo terminara..., yo ya conocía el final.

—¿Cómo? —indagó él, frunciendo el ceño.

—Lo soñé —confesó por primera vez. Las palabras pesaron más de lo que había anticipado. Eric pareció visiblemente confuso.

—¿Fue una predicción?

—No sé lo que fue. Me pasa desde chiquitita. Sueño cosas que, a veces, se cumplen. No lo sabe casi nadie.

—¿Es una especie de don?

—Yo diría que soy más bien un bicho raro —masculló, forzando una sonrisa incómoda mientras apartaba la mirada, evitando que él percibiera lo vulnerable que se sentía en ese momento.

Eric evitó mirarla. Ella no había hecho otra cosa más que abrirse a él desde que habían vuelto a verse.

Le había hablado de sus sueños, de su profesión; le había mostrado sus miedos y sus mayores inseguridades.

Y él, en cambio, no había hecho otra cosa más que mentirle.

Allí estaba, ocultándole que se casaba dentro de dos meses.

Había decidido hacer ese viaje con ella porque era lo único que quedaba en pie de su pasado, el puente que separaba las buenas de las malas decisiones que había tomado en su vida.

Y, en un acto absurdamente egoísta, creyó que podría ser una buena forma de reconciliarse consigo mismo.

Pero estaba claro que iba a fracasar. Si es que puede el amor considerarse un fracaso, claro.

La miró directamente a los ojos cuando respondió:

—A mí me pareces el ser más fascinante del planeta.

Alma notó que el aire se volvía más espeso a su alrededor.

Durante un segundo, pensó en lo fácil que sería dejarse llevar por el deseo, por ese impulso de lanzarse a sus brazos y acallar todas las dudas.

Sin embargo, algo en su interior la frenó, un recordatorio de las heridas pasadas y de la barrera que aún se erigía entre ellos.

Porque Eric no era del todo sincero. Y ella lo sabía.

Él también lo sintió. Dirigió la mirada al techo de nuevo, tratando de controlar la turbulencia interna que lo atenazaba. La fuerza de voluntad que necesitaba para mantenerse alejado era titánica.

Fue un bofetón darse cuenta de que, cuando estaba con ella, desaparecía todo lo demás: no existía Laura, ni su vida en Berlín, ni siquiera los problemas con su padre. Todo su mundo se reducía a Alma. Y esa certeza lo hizo temblar.

—Creo que será mejor que durmamos. Todavía nos esperan varias horas de viaje mañana —añadió él finalmente, con un suspiro que revelaba lo difícil que le resultaba alejarse de ese sentimiento.

—Buenas noches, Eric.

—Buenas noches, Alma.

El ambiente en la habitación se cargó de una tensión silenciosa, como si todo lo que habían dicho y lo que no se habían atrevido a decir flotara entre ellos. Alma podía oír su propio corazón latiendo con fuerza en el pecho, como si estuviera a punto de romperse.

Recordó que la última vez que habían dormido juntos él llevaba el brazo escayolado. Esa noche, odió no poder abrazarlo bien por miedo a hacerle daño. Abrazarlo con todo su cuerpo, como le habría gustado.

Y las cosas no habían cambiado mucho desde entonces: seguía sin poder ceder a sus impulsos.

Después de un rato, el sueño los sorprendió a ambos.

Durante la noche, en ocasiones, se rozaban sin querer, como si sus almas buscaran reconectar y encontrar lo que habían perdido.

Otras veces, los brazos de Eric rodeaban el cuerpo de Alma, buscando su calor con una delicadeza que solo el pasado que habían compartido podía explicar.

Por unas horas, la vida se redujo a ese instante y el tiempo se desvaneció, como si no hubiera más mundo allá fuera.

La paz pareció condensar el aire, envolviéndolos en una burbuja ajena a todo lo demás. Y, por primera vez en diez años, se dejaron llevar por la sensación de que todo estaba exactamente en el lugar donde debía.

Al amanecer, se vistieron apresuradamente, recogieron sus pertenencias y desayunaron algo rápido antes de volver a la carretera.

El resto del viaje fue bastante tranquilo.

Alma durmió casi todo el trayecto, mientras que Eric prefirió conducir, tras una ducha fría y un café bien cargado para terminar de espabilarse.

No conseguía quitarse de la cabeza la noche anterior: los ojos azules de Alma observándolo en medio de la penumbra de la habitación, su pelo extendido con delicadeza sobre la almohada y, más tarde, los primeros rayos del amanecer acariciando su rostro.

Lo bonita que estaba incluso recién levantada.

Y lo bonita que continuaba estando ahora, plácidamente dormida con la cabeza apoyada en la ventanilla y una fina manta cubriendo su cuerpo.

Eric se la recolocó para evitar que pasara frío, tratando de hacer caso omiso de esas ganas inesperadas de acariciarla que se habían despertado en su pecho, como un huracán que amenazaba con destruir todo lo que había estado construyendo con tanto cariño en los últimos años.

La imagen de Laura y los recuerdos compartidos con ella volvieron a surgir ante él, acompañados por una oleada de culpabilidad.

Tuvo que hacer acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para alejarse de Alma.

Aquello no estaba bien. Estaba engañando a la mujer a la que le había hecho una promesa de vida, se estaba engañando a sí mismo y, en parte, también estaba engañando a Alma.

Por un momento, se arrepintió de haber emprendido aquel viaje y estuvo tentado de dar media vuelta, hasta que esa mirada —tan profundamente azul— volvió a cortarle el aliento. Entonces supo, con una claridad hiriente, que no podía negarle nada.

Cuando Alma abrió los ojos se encontró con un paisaje de prados verdes que se extendía frente a ella.

Campos interminables salpicados por pequeñas casitas de colores que parecían sacadas de un cuento de hadas.

Los tejados cubiertos de musgo y las ventanas adornadas con flores daban la sensación de que el tiempo no transcurría en ese lugar.

A lo lejos, las montañas se alzaban en el horizonte, serenas y majestuosas, como guardianes silenciosos. Estaban cubiertas por una fina capa de nieve. Los pueblecitos, con sus calles empedradas y su aire tranquilo, le cortaron el aliento.

El aire fresco de la mañana entraba por la ventanilla del coche, trayendo consigo el suave aroma a tierra mojada y flores silvestres.

Parecía un sueño.

Eric, al notar que había despertado, le sonrió suavemente. Su mirada se cruzó con la de ella y, con una expresión llena de ternura, le dijo:

—Bienvenida a Alsacia.