La noche en que ardió el Guernica 23 #2
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Cuando terminaron de cenar, retomaron el viaje.

Esta vez fue Eric quien se puso al volante, mientras Alma descansaba tranquila, ya sumida en un profundo sueño.

Se había quedado hecha un pequeño ovillo en su asiento, con la cabeza reposando suavemente contra la ventanilla.

Él no pudo evitar observarla de reojo; una fascinante sensación de calma se instaló en su pecho al verla así, tan relajada, tan serena, como si nada en el mundo pudiera perturbarla.

Fue en ese momento cuando lo comprendió: con Laura nunca se había sentido de ese modo.

Estaba enamorado de ella, pero lo que sentía por Alma era otra cosa, algo que ni siquiera podía explicar.

Y, sobre todo, no se sentía preparado para enfrentarse a aquella realidad tan pronto.

Con una sensación de angustia y culpa oprimiéndole el pecho, intentó dejar la mente en blanco y concentrarse de nuevo en la carretera, pero pronto los párpados también comenzaron a pesarle.

—¿Por qué hemos parado? —preguntó Alma con voz somnolienta, al percatarse de que el coche se detenía.

—Me estaba quedando dormido..., así que he decidido parar en un motel. Retomaremos el viaje por la mañana.

Cuando salieron del coche, una ráfaga de aire frío los azotó, haciéndolos temblar. Se cubrieron el cuerpo con los brazos en un intento de protegerse del viento helado, cogieron las maletas y se dirigieron hacia la entrada del motel.

En la recepción, una chica de unos veinte años los recibió con una sonrisa amable.

—Buenas noches. Queríamos dos habitaciones, por favor. Será solo por hoy —dijo Eric.

La recepcionista tecleó algo rápidamente en el ordenador y, tras unos segundos, levantó la mirada.

—En estos momentos solo nos queda una habitación libre.

Eric pareció palidecer de pronto. Alma notó el cambio en su expresión y se giró hacia él, pero no dijo nada. La tensión creció en el aire, hasta volverse palpable.

—Quédatela tú —habló él al fin, con la voz suplicante—. Yo puedo dormir en el coche.

Alma lo miró con una mezcla de incredulidad y frustración.

—No digas tonterías. Solo será por una noche. Nos apañaremos. —Se giró hacia la recepcionista antes de afirmar—: Nos la quedamos.

La habitación no era muy grande. Un pequeño balcón, un cuarto de baño y...

una cama. Alma había leído tantos libros juveniles a lo largo de su vida que, en ese momento, pensó que estaba viviendo uno de los mayores clichés de la literatura.

Sin poder evitarlo, comenzó a reír. Eric la miró pasmado, sin comprender exactamente qué era lo que le hacía tanta gracia.

Y, cuando el ataque de risa llegó a su fin, entonces creyó que estaba a punto de desmayarse.

Algo que ya venía siendo bastante habitual desde que había vuelto a encontrarse con él.

—Tranquila, yo dormiré en el suelo —dijo sin perder la calma.

Alma sintió que no le llegaba la sangre al cuerpo. Su rostro se puso tan pálido como las cuatro paredes que la rodeaban.

—La verdad es que..., cuando dijo que solo le quedaba una habitación, no imaginaba que eso también implicara que solo le quedaba una cama —respondió, intentando procesar la situación.

Cuando al fin consiguieron reaccionar, Eric se sentó sobre el colchón mirando a un punto fijo, mientras Alma, avergonzada, cogía su equipaje y se encerraba en el baño.

—Vale, relájate —se dijo a sí misma, mirando su imagen en el espejo, apoyada en el lavabo.

No se dio cuenta de en qué momento había empezado a hablar sola. Supuso que, de ahí a acabar en una habitación con paredes acolchadas y una camisa de fuerza solo había un paso.

—Solo es Eric. Por favor, si hasta te ha visto desnuda —se dijo en voz baja. Y ella misma se respondió—: Sí, pero eso fue hace mil años, antes de que pegara la espantada.

Abrió el grifo del agua fría y se refrescó la frente y la nuca, tratando de serenarse. Lamentó no haber metido un frasco de valeriana en la maleta.

—Bueno, tranquilidad. Solo será por una noche. Ahora saldrás, os dormiréis y mañana a primera hora retomaréis el viaje como si no hubiera pasado nada.

Abrió la maleta con la esperanza de encontrar algo que pudiera ponerse para dormir, y maldijo no haber hecho el equipaje con más cabeza, como la gente normal.

Solo tenía un pijama de franela de las Supernenas y otro de los Rugrats.

«Maldita sea —pensó—. Angélica Pickles no nos va a ayudar en este momento».

Intentó serenarse y buscar una solución efectiva.

Ante la falta de un pijama medianamente decente, decidió posponer ese paso y centrarse en los demás.

Se hizo una coleta alta y se metió en la ducha.

Al salir, se echó desodorante en exceso, se cepilló los dientes con tanto ahínco que a punto estuvo de sacarles brillo y, con paciencia, se desenredó el cabello.

Ante la evidente palidez de su rostro, se dio un brochazo de colorete y un toque sutil de brillo en los labios.

No faltaron el perfume ni la crema hidratante, porque, claro, ¿quién sabía?

Tal vez a la mañana siguiente despertara convertida en una supermodelo, pero esa noche parecía más bien la protagonista de una comedia de Netflix.

Una comedia muy mala, de esas a las que solo les das una estrella.

No pudo evitar sentirse un tanto ridícula, haciendo todo eso solo para irse a dormir. Seguramente, Eric ni siquiera la miraría. Pero no podía arriesgarse.

Al final, después de haber descartado los dos pijamas que llevaba en la maleta, optó por una camiseta básica de Frida Kahlo con un mensaje feminista y unos pantalones cortos.

Y cuando por fin estaba dispuesta a salir del cuarto de baño...

«Mierda».

Sacó la cuchilla para depilarse las piernas y, en su desesperación, algo salió mal.

En un instante, vio cómo un reguero de agua teñido de rojo se deslizaba hacia el desagüe.

Solo era un corte superficial, pero lo suficiente como para que sintiera ganas de tirarse del pelo hasta quedarse calva.

Si la ansiedad tuviera forma humana, sin duda en ese momento habría adoptado la forma de Alma.

—Respira —se dijo una vez que hubo terminado, con su mano reposando sobre el picaporte. Tras asegurarse de que todo estaba bien, abrió la puerta.

Se encontró a Eric tumbado en el suelo, en una camita improvisada que se había hecho con sábanas y algunos cojines. Estaba viendo algo en la tele cuando oyó el ruido de la puerta al abrirse.

Por un momento, se le cortó el aliento. Esta vez fue él quien se vio en la obligación de respirar profundamente para calmarse.

Estaba tan sexy que se quedó sin palabras.

No le pasó desapercibido que debajo de esa camiseta no llevaba sujetador, lo cual dejaba entrever unos pechos turgentes y bien definidos.

Los pezones se le transparentaban a través de la tela.

Eric no pudo evitar inquietarse, e intentó disimular la erección que comenzaba a formarse en su entrepierna.

Tragó saliva y dirigió la mirada hacia el techo con nerviosismo.

Su corazón latía apresuradamente. Sentía que ese era el momento más erótico de toda su vida.

Alma también lo sintió. Miró al frente y, sin pronunciar palabra, se metió en la cama.

Apagaron la tele y la lamparita de noche y se quedaron allí, a oscuras y en silencio, mirando al techo.

Ambos se preguntaban si debían decir algo o si lo mejor sería dejar correr el momento y que la noche pasara cuanto antes.

Fue Eric quien rompió la quietud.

—¿Volviste a enamorarte? —preguntó de golpe.

Cuando creyó que Alma se había quedado dormida y que no respondería, la voz de ella cortó el aire como un cuchillo:

—Estuve saliendo con un chico un par de años... —confesó, con la voz vacilante—. Eso fue lo más cerca que estuve del amor después de ti.

—¿Y qué pasó?

—Teníamos diferencias insalvables. Discutíamos mucho. Eso nos terminó desgastando.

—¿Lo querías? —siguió indagando él, con un nudo en la garganta que no pudo disimular.

—Sí. Lo quería muchísimo. Me enseñó que había vida después del dolor y que yo también merecía ser amada. —Alma dejó escapar un suspiro cargado de tristeza—. He lamentado cada día que eso no fuera suficiente.

—¿Le dijiste lo que sentías?

—No. Pero espero que él lo sepa. Me salvó la vida..., y ojalá hubiera podido devolverle solo la mitad de lo que él me dio.

—¿Crees que no lo hiciste?

—No lo creo: lo sé. —Alma se giró un poco hacia Eric, pero la mirada de este estaba perdida en algún rincón oscuro del cuarto—. Es muy difícil volver a poner en marcha un corazón que ha dejado de latir.

El silencio volvió a llenarlos, tenso y profundo. Esta vez, fue ella quien habló.

—Eric...

—¿Sí? —respondió él, sin dejar de mirar al techo.

—¿Quieres... subirte a la cama conmigo? Ese suelo no tiene pinta de ser muy cómodo.

Sin decir nada, se levantó, y Alma apartó las sábanas para dejarle espacio.

Su camiseta de manga corta dejó al descubierto los tatuajes de sus brazos, complejos y llenos de colores vivos.

No pudo evitar fijarse en los detalles. Sabía que esos tatuajes habían sido su manera de pasar página mucho tiempo antes de que ella llegara a su vida; aunque siempre se preguntó si guardaban un significado más profundo.

Ambos se acomodaron en la cama, procurando no rozarse.

Pasaron unos minutos en silencio, hasta que ella cambió de postura.

Se giró de lado, mirándolo en la penumbra, su perfil bien definido bajo la tenue luz que se filtraba por la ventana.

Su barba incipiente, sus labios carnosos, sus cejas pobladas...

y el lunar en su cuello. El mismo que tenía ella.

La madrugada del día en que todo acabó, Alma se quedó contemplando ese mismo lunar, pensando en las probabilidades que había de que ambos tuvieran el mismo, en el mismo sitio, con el mismo color, e incluso del mismo tamaño.

Ese pequeño punto en su cuello parecía ser el único vestigio que quedaba de lo que habían sido, en esa u otra vida, una coincidencia que no alcanzaba a comprender del todo.