La noche en que ardió el Guernica 23
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Seis jerséis de lana, dos pares de zapatos, ocho camisetas básicas, cinco vaqueros...

Alma hacía la maleta al tuntún, metiendo de todo un poco, sin pensar demasiado en lo que realmente necesitaría.

Había decidido que iría a la aventura. Le parecía emocionante y aterrador a partes iguales.

Coger el coche y perderse por la carretera podía ser una experiencia interesante.

O eso, o acabaría criando malvas. Pero ¿a quién le importaba, a esas alturas?

Había dejado a Simba en casa de su madre y ahora estaba sentada sobre la maleta, haciendo un esfuerzo sobrehumano para conseguir cerrarla, cuando sonó el timbre.

Se secó rápidamente una gota de sudor que le caía por la frente y fue a abrir.

Al otro lado, Eric la esperaba con una sonrisa de oreja a oreja. Una gigantesca mochila colgaba de sus hombros. Al ver a Alma, su sonrisa se ensanchó. La de ella, en cambio, se esfumó de un plumazo. Pero no le pasó desapercibido cómo su corazón comenzó a dar brincos como un loco.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella cuando por fin consiguió que sus cuerdas vocales reaccionaran.

—Preferiría que me saludaras como la gente normal, la verdad. «Hola, Eric, ¿qué tal? Qué alegría verte por aquí» y todo eso —respondió él, citando lo mismo que Alma le había dicho el día anterior cuando se encontraron después del congreso.

—Muy gracioso. ¿Cómo has sabido dónde vivo?

—¿Recuerdas la primera noche que nos vimos después de tu presentación? Cuando discutimos y te fuiste corriendo...

Alma asintió con la cabeza.

—Pues..., sin ánimo de que suene demasiado creepy , te seguí para asegurarme de que llegabas bien. Después ha sido tan sencillo como buscar tu nombre en el buzón.

—Vale, un poco creepy sí ha sonado.

—Lo imaginaba, pero no hay tiempo para eso. ¿Ya tienes preparado el equipaje?

—¿Disculpa?

—¡Las maletas! Tenemos que irnos.

—¿Irnos adónde? —Alma frunció el ceño.

—Es una sorpresa. Eso sí, vamos en tu coche. El mío está en Alemania y el de mis padres es una tartana; no llegaríamos ni a la esquina.

—Perdona, Eric, pero... me estoy perdiendo.

—El viaje. Te acompaño. A mí también me vendrá bien conocer mundo.

—Oh, no, no, no, no, no —repitió Alma sin cesar, entrando de nuevo en la casa. Él la siguió—. No iremos a ninguna parte.

—¿Ya no quieres irte? —Arqueó una ceja.

—¡Sí! ¡Pero no contigo!

—Que sepas —Eric se llevó una mano al pecho dramáticamente— que eso me ha dolido.

—Lo siento, pero... —Alma intentó buscar una excusa convincente—. ¿Qué pasa con tu vida? Tendrás que volver a Alemania en algún momento, ¿no?

—Sí. El avión de vuelta sale el 23 de diciembre. Estaré aquí justo a tiempo.

Alma meditó en silencio durante unos minutos que a Eric se le hicieron eternos. Pasarse una semana con el chico que le había roto el corazón, compartiendo el mismo espacio... ¿Qué podía salir mal? Pues absolutamente todo. Pero no pareció importarle en ese momento.

Se iba, precisamente, para alejarse de él, para huir de los fantasmas que la mantenían anclada a un pasado que prefería olvidar. Y ahora aparecía con esa estúpida sonrisa y esa propuesta aún más estúpida, y... ¿cómo iba a decirle que no?

—¿Adónde vamos?

El rostro de Eric se iluminó de inmediato, como si hubiera ganado la lotería.

—Ya te lo he dicho: es una sorpresa. Solo te diré que... nos dirigimos a Francia.

—Pasar mis vacaciones rodeada de franceses no era exactamente la idea que yo tenía de un «retiro espiritual».

—Venga, deja de quejarte y haz las maletas. Iremos en coche; un viaje por carretera siempre es relajante. Podemos turnarnos para conducir.

Así que ya estaba decidido. Iba a meterse en un coche con Eric durante las siguientes trece o catorce horas. Y después pasarían una semana respirando el mismo aire. Todo eso, intentando no abalanzarse sobre él y comerle la boca en cualquier momento. Genial. Todo bajo control.

Mientras terminaba de organizar las maletas, estuvo a punto de arrepentirse.

Cuando salió y lo sintió siguiéndole los pasos, pensó en decirle que era una mala idea.

Dudó también al esperar el ascensor, al abrir el portal, al meter el equipaje en el maletero e incluso al sentarse frente al volante...

Cuando llevaban diez minutos de viaje, estuvo tentada de pegar un volantazo y dar media vuelta.

Pero no hizo nada de eso. No dijo ni una palabra. Y el viaje comenzó.

Alma conducía sin apartar la vista de la carretera.

Tenía los músculos tan tensos que pensó que, si no se relajaba, terminaría hundiendo los pedales del coche.

Eric, en cambio, se veía más tranquilo. Picoteaba unas patatas Lay’s con la ventanilla a medio bajar.

El aire acariciaba su rostro, sobre el que se reflejaba una expresión de profunda imperturbabilidad.

Al parecer, solo una persona en ese coche estaba a punto de pisar el acelerador a fondo y estrellarse.

—¿Qué estás escribiendo ahora? —preguntó Eric después de media hora de silencio.

—Mucho me temo que nada. Últimamente, la inspiración brilla por su ausencia. Era uno de los motivos por los que quería irme; podría ser una buena oportunidad para embarcarme en una nueva historia.

—¿Volverás a inspirarte en mí? —Una sonrisa profundamente cautivadora curvó sus labios mientras la miraba de soslayo.

Alma apretó el volante con fuerza, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Lo disimuló lo mejor que pudo, pero su voz sonó algo más tensa de lo normal.

—Lo bueno de que un artista te convierta en su musa es que nunca morirás. ¿No sabías eso?

—¿Y por qué decidiste hacerme inmortal precisamente a mí? —insistió, con aire travieso.

—Porque hay personas que te dejan heridas... y heridas que son personas. Tú fuiste de las segundas. Si no lo canalizaba, ¿cómo iba a superarlo?

—Siempre supe que tenías madera de estrella. —Eric mostró un profundo brillo de complicidad en la mirada.

—Serías el único. —Lo miró de reojo, con una ligera sonrisa.

—Claro que no. En el fondo, tú también lo sabías. Solo te faltaba confiar.

Alma permaneció dándole vueltas a sus palabras durante unos segundos y pensando en lo surrealista que resultaba todo aquello.

—¿Me vas a decir ya adónde vamos? —La voz le salió cargada de impaciencia.

Eric soltó una carcajada.

—Paciencia, Almita. Te prometo que valdrá la pena.

A medida que pasaban las horas, el ambiente en el coche se fue relajando, llenándose de una calma inesperada.

De fondo, una emisora de villancicos sonaba suavemente por los altavoces.

Alma subió el volumen y, sin pensarlo, comenzó a cantar a pleno pulmón.

Él siguió el ritmo, disfrutando de esa nueva normalidad.

Habían olvidado cuánto disfrutaban de la compañía del otro.

Cuando la noche se instaló por completo, decidieron hacer una parada para cenar algo en un bar de carretera.

Mientras esperaban los platos, Eric abrió su mochila y sacó de ella su ejemplar de Sol de medianoche , junto con un bolígrafo . Ella observó cada uno de sus movimientos sin pronunciar palabra, un tanto intrigada.

—Quiero que me lo firmes —espetó él, rompiendo la quietud.

—¿Ahora? —Una ligera mueca de sorpresa cruzó su rostro.

—Sí. Ahora.

Lo miró detenidamente antes de responder. En un instante, un destello de picardía cruzó su rostro.

—Mira, haremos lo siguiente: esperaremos a que pase esta semana. Si, cuando el viaje llegue a su fin, ha merecido la pena, entonces te lo firmaré. La dedicatoria dependerá de lo mucho que lo haya disfrutado. Y, si no la ha merecido..., bueno, entonces no hay firma.

—Ve pensando una buena dedicatoria, pues. —Eric le guiñó un ojo y a ella se le erizó la piel—. Porque no eres la única a la que le gusta jugar.

Alma intentó disimular el color rojizo que se había apoderado de sus mejillas. No sabía que la palabra «jugar» pudiera resultar tan sexy.

—¿A qué te refieres?

—Hace diez años te hice una promesa.

—Hace diez años me hiciste muchas promesas. —Le sonrió.

—Lo sé. Por eso he hecho una lista.

Levantó la cabeza para mirarlo mientras él sacaba un papel arrugado del bolsillo de su pantalón y lo extendía sobre la mesa.

Leyó la primera parte:

—«Escaparnos»..., hecho.

Trazó un tic junto a esa palabra y continuó leyendo en silencio.

—¿Qué es eso? —preguntó Alma, sintiendo cómo le crecía la curiosidad en la boca del estómago.

—Es una lista con todas las cosas que te prometí y no hicimos. Mira, vamos por aquí.

Alargó el folio hacia ella para que pudiera leer lo que había apuntado:

«Escapadas, pícnic, montar en barquitas, patinar sobre hielo, cerezos en flor, parque de atracciones, ir al teatro...».

La lista era interminable.

—¿Pretendes que hagamos todo esto? —se burló al terminar de leer.

—Ya lo estamos haciendo. ¿Recuerdas que soñábamos con hacer escapadas juntos? Bueno, pues esta es la primera.

Alma desvió la mirada de la lista a Eric y de Eric a la lista, intentando organizar la información en su cabeza.

—¿Estás de coña?

—¿Tengo pinta de estar de coña? —replicó él, adoptando una actitud más seria—. Ha llegado una década tarde, pero aquí está. Estoy dispuesto a cumplir todas las promesas que no cumplí entonces. Me pareció que esta podía ser una buena forma de empezar.

Alma sonrió y le dio una patadita por debajo de la mesa a modo de broma. Siempre había creído en los milagros, pero, en ese momento, el milagro más grande de todos estaba sentado junto a ella.