La noche en que ardió el Guernica 22
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Gabriel Acosta era un hombre ocupado. Cuando Eric lo llamó aquella mañana para reunirse con él, pensó que ni siquiera cogería el teléfono.

Pero, al comprobar su nombre en la pantalla del móvil, no dudó ni un momento.

Lo citó ese mismo día para hablar, y acordaron verse en Mamá Framboise, una prestigiosa cafetería en pleno barrio de Salamanca.

Cuando Eric llegó, Gabriel ya estaba allí, sentado con una postura recta y una expresión que no dejaba lugar a dudas: la reunión no era social, sino una cuestión de negocios.

Se saludaron con un firme apretón de manos, casi protocolario, y cada uno pidió un café irlandés. No perdieron tiempo en formalidades. Acosta era un hombre de ideas claras, y si había algo que Eric sabía era que nunca debía subestimarlo.

—Gracias por venir —dijo Gabriel sin rodeos—. No me gusta andarme por las ramas, así que seré directo. Estoy pensando en abrir un restaurante, uno realmente diferente. Un espacio que no sea solo para comer, sino para vivir una experiencia única. Me gustaría contar contigo para este proyecto.

Eric se acomodó en su silla, ligeramente intrigado, pero también alerta. Ambos sabían que cualquier movimiento en el mundo gastronómico era un riesgo.

—Creía que ya tenías dos o tres restaurantes —señaló—; ¿puedo preguntar qué es lo que hace que este sea diferente de los demás?

Gabriel lo miró fijamente, sin titubear.

—Este será un concepto de vanguardia. Quiero fusionar lo clásico con lo moderno, pero con un enfoque completamente innovador en los sabores y la presentación.

Lo que falta es la dirección ejecutiva. Necesito a alguien que no solo esté en los fogones, sino que también tenga visión empresarial. Ahí es donde entras tú.

Eric frunció el ceño ligeramente, dándole un sorbo a su café. Sabía que Gabriel nunca hacía propuestas fáciles, pero también entendía que aquel hombre jugaba en otra liga.

—Entonces, ¿qué necesitas exactamente? —preguntó, interesado pero cauteloso.

—Socios ejecutivos —respondió con calma—.

Pero no socios de papel. Quiero que estemos juntos en esto, desde el concepto hasta la cocina.

Tengo el capital, la visión..., pero necesito a alguien que, como tú, entienda el negocio desde el mismo nivel.

Quiero que formemos un equipo que haga ruido, que atraiga a los mejores talentos, pero también a clientes que busquen algo nuevo. Algo que marque la diferencia.

Eric se quedó en silencio unos segundos, evaluando las palabras de Gabriel. Sabía que oportunidades como esa no se presentaban todos los días, pero también comprendía que involucrarse en algo tan grande requeriría un compromiso total. Tendría que renunciar a muchas cosas.

—¿Sería en Madrid?

—Sí, estaba pensando en el barrio de Chamberí. Por el momento, me parece perfecto. Un ambiente moderno y bohemio es justo lo que necesito.

—Si aceptara —añadió—, tendría que mudarme de nuevo a España. Me siento muy halagado por la oferta, pero son demasiadas cosas que tener en cuenta. Necesito pensarlo antes de darte una respuesta definitiva.

—Lo entiendo —respondió, levantándose de su asiento—. Tómate tu tiempo y dime algo cuanto antes.

Gabriel pagó la cuenta sin decir una palabra más y se ajustó la chaqueta. Se dieron la mano con la misma firmeza de siempre.

—Piensa en ello —dijo antes de salir, dejándolo solo en la mesa.

Eric se quedó allí unos minutos, mirando su café.

Apenas lo había probado. Sus dedos jugueteaban distraídamente con la cucharilla, mientras su mente daba vueltas a un ritmo frenético.

Sabía que lo que le proponía era algo grande, un proyecto que podría cambiar muchas cosas, aunque también implicaba riesgos.

Suspiró mirando a su alrededor, esperando encontrar alguna respuesta en el bullicio suave de la cafetería.

Pero no la encontró. Así que, sin más preámbulos, tomó una decisión.

Cogió su chaqueta, se levantó lentamente y se dirigió hacia la salida.

La puerta se cerró tras él y el murmullo del lugar quedó atrás.

Fuera, el aire frío de la calle lo golpeó en la cara.

Caminó unos pasos, todavía con la propuesta rondando en su cabeza.

Sin pensarlo demasiado, se encaminó hacia el hospital.

Cuando cruzó el umbral de la habitación 405, su padre parecía mucho más animado.

No podía decirse que estuviera exactamente amable: una enfermera lo ayudaba a cambiarse mientras él no hacía más que protestar, pero al menos estaba incorporado, con los ojos abiertos, y parecía bastante más lúcido que la última vez. No era demasiado, pero era algo.

Eric esperó apoyado en la pared a que la enfermera terminara de hacer su trabajo. Cuando esta hubo acabado y se disponía a salir, el chef vio en los ojos de la mujer una profunda sensación de derrota. La entendía bien; su padre podía ser... complicado.

—Ánimo —farfulló ella al pasar por su lado. Suspiró y cerró la puerta tras de sí.

Cuando Alfredo reparó en la presencia de su hijo, puso los ojos en blanco. A Eric le resultó imposible reprimir una pequeña sonrisa; se había propuesto que nadie le aguara el ánimo ese día.

—Hola, papá —empezó, tanteando el terreno con cautela.

Silencio.

—¿Cómo te encuentras hoy? —No estaba dispuesto a darse por vencido—. Te he traído unos bombones.

Dejó en la mesilla de noche los Ferrero Rocher que había comprado momentos antes en la tienda del hospital. Alfredo los miró con condescendencia, pero eso fue todo. Apenas se inmutó.

—Eran tus favoritos, ¿no?

Cuando ya creía que el hombre se había tragado la lengua, oyó su voz, profundamente rasgada y llena de amargura.

—Creía que había dejado claro que no quería volver a verte por aquí —rezongó.

Al menos, era un paso.

—Lo sé. Pero me apetecía charlar un rato.

Además, fijo que te aburres aquí encerrado.

Esto no es precisamente el Ritz —dijo mientras abría la ventana de par en par.

No quería decírselo, pero el aroma dentro de aquella habitación era un tanto...

peculiar—. ¿Quieres que demos un paseo? Podemos bajar a la cafetería.

Alfredo volvió a cerrarse en banda, pero Eric no permitió que eso lo desanimara. Suspiró y, con un entusiasmo exacerbado hasta para él, siguió intentándolo.

—Supongo que no... —añadió para sí—. Si quieres, podemos jugar a algo, o puedo ir a comprarte unas revistas. ¿Un libro, tal vez?

—¿Has venido solo a joderme?

Eric estaba empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.

—He venido a verte.

—Pues yo no quiero que lo hagas —respondió con firmeza.

Eric suspiró y se sentó a los pies de la cama.

—Pues voy a seguir haciéndolo, porque eres mi padre. Así que vete acostumbrando, porque vas a empezar a verme por aquí muy a menudo. Hasta que, por lo menos, me sonrías, que parece que ya se te ha olvidado cómo se hace.

De nuevo, más silencio.

Eric nunca había conocido el apoyo incondicional de su padre.

Había crecido pensando que no le hacía falta, pues su madre y él se apañaban bien el uno con el otro.

Solo ahora se daba cuenta de cuánto necesitaba su cariño y su aprobación.

Había crecido rodeado de silencios, al lado de un hombre que siempre había estado ausente, tanto física como emocionalmente.

Siempre más pendiente de sus propios asuntos que de su hijo, sin saber cómo conectar con él ni cómo transmitirle afecto.

—Me han hecho una propuesta muy importante, ¿sabes?

—Por fin, algo que pareció captar la atención de Alfredo, que se giró a mirar a Eric por primera vez—.

Voy a irme de viaje esta semana. Necesito pensar en ello antes de tomar una decisión, pero quería que fueras la primera persona en saberlo.

Si acepto, tendría que mudarme de nuevo a Madrid.

Quizá nos ofrecería una buena oportunidad para reconciliarnos y tratar de... ser una familia. O algo parecido.

Alfredo no contestó. Así que, finalmente, Eric se dio por vencido.

—Vale, ya te dejo solo.

Ya estaba dirigiéndose hacia la salida cuando la voz de su padre lo detuvo.

—¿Adónde te vas?

Eric se sonrió. Era un avance.

—A donde solíamos ir con mamá a pasar los veranos cuando yo era pequeño. No he vuelto desde entonces.

Alfredo asintió con la cabeza y Eric supuso que ya habían sido demasiados avances por un día. Volvería a intentarlo cuando regresara.

Sin más palabras, salió de la habitación, arrastrando esa constante sensación de inseguridad que siempre lo acompañaba.

Sabía que, en el fondo, la relación con su padre tenía mucho que ver con lo que le había pasado con Alma.

Pero ahora estaba dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Quería recuperar a su padre y, en parte, quería recuperar su vida de antes. Reparar todo lo que había hecho mal en el pasado, poner las cartas sobre la mesa y enfrentarse al amor que un día lo había marcado para siempre.

Miró al frente y se centró en lo verdaderamente importante: tenía un viaje que hacer.