La noche en que ardió el Guernica 21
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Las cosas habían cambiado mucho desde que Alma se despidió de Eric aquel domingo con el corazón en las manos.

Ahora, como si el destino hubiera decidido ponerse de su parte por una vez, le había concedido su mayor y más ferviente deseo: devolverle a su amor.

Pero, como suele ocurrir, los designios del universo son impredecibles, y, en este caso, pensó que el cosmos se estaba riendo en su cara.

Porque Eric ya no era suyo.

Alma le había dicho que se iba por el incidente con su editora y, aunque en parte era cierto, porque necesitaba volver a poner su mundo en pie, la realidad iba más allá.

Pese a que él volvería a Alemania en breve, no podía evitar sentir que, si seguía respirando su mismo aire, terminaría por volverse loca.

Se había pasado diez años soñando con su regreso y, ahora que lo tenía, sentía que pasaría otros diez intentando que no volviera a desordenar su vida.

Así que, sin saber qué hacer con todo lo que sentía, decidió ir a ver a la única persona capaz de ayudarla.

Lola no se hizo esperar. Le abrió las puertas de su casa de par en par, como siempre. Una sonrisa serena iluminaba su rostro, como si hubiera sabido quién estaba al otro lado incluso antes de abrir.

—Pasa, mi niña; te estaba esperando —dijo con dulzura.

—¿Sabías que vendría? —Alma arqueó una ceja.

—Imaginaba que vendrías a despedirte.

—¿Cómo...? —No pudo evitar que su voz temblara, pero no le dio tiempo a terminar la frase. Lola la interrumpió con una risa suave.

—Después de tanto tiempo, ¿aún no sabes que a mí no se me puede ocultar nada?

—Por un momento se me había olvidado. —Alma forzó una pequeña sonrisa.

Lola era una de las mujeres más sabias que había conocido.

Le recordaba un poco a su abuela: esa mirada serena y astuta, capaz de ver mucho más allá de lo evidente.

Tenía la habilidad de encontrar las palabras precisas en los momentos más inesperados, como si tuviera una conexión directa con aquello que realmente importaba.

—Entonces, te vas... ¿Es por ese chico?

Alma agachó la cabeza, sintiendo cómo la tristeza se acumulaba en su pecho; no podía evitarlo. La idea de huir de ese amor, de poner tierra de por medio, la destrozaba por dentro.

—Cariño, ¿tanto tiempo y todavía no has aprendido que hay cosas de las que no se puede huir? —El tono de Lola era sereno, casi maternal.

—¿Qué quieres decir?

—Que da igual lo lejos que te vayas o lo mucho que corras. Hay conexiones que siempre te alcanzan. Una y otra vez.

—Pero es que esta conexión no me ha alcanzado. Me ha atropellado, directamente. Y no estoy dispuesta a quedarme sangrando sobre el pavimento. —Alma sintió que se rompía.

—Hay conexiones por las que vale la pena sangrar.

—Ya lo hice. Me desangré por completo hace diez años. No quiero volver a eso. No puedo... —No se dio cuenta de en qué momento había comenzado a llorar.

Lola, con un gesto suave y lleno de cariño, le secó una lágrima que se deslizaba por su mejilla.

—Mi niña..., no es un error sentir tanto. Es un privilegio.

Reflexionó unos segundos acerca de esas palabras. Ella lo había sentido siempre como un castigo, como algo de lo que avergonzarse porque era un «signo de debilidad». Y no quería ser débil.

—No sé cuándo volveré. Creo que me vendrá bien hacer las maletas y perderme por el mundo un tiempo. Dedicarme a escribir, a leer..., a hacer todas las cosas que me completan, esas que siempre me dieron paz en medio del caos de mi vida.

—Y yo sé que encontrarás todas las respuestas que ahora no estás sabiendo ver. Observa las señales, querida. Todas. Hasta la más pequeña puede contener un mensaje importante.

Alma asintió con la cabeza mientras notaba cómo volvía a formarse el nudo en su garganta.

—Será mejor que me vaya; aún tengo muchas cosas en las que pensar. Gracias por todo, Lola. Espero que nos veamos pronto —murmuró, terminando de secarse las últimas lágrimas.

Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, la voz de Lola la detuvo.

—Espera. Acepta esto como obsequio. —La mujer depositó una piedra oscura en las manos de Alma—.

Es una turmalina negra. Sirve como amuleto protector.

Absorbe las energías negativas y te brindará estabilidad en tu camino.

Te ayudará a mantenerte firme, sin importar lo que enfrentes.

Algo me dice que vas a emprender un largo viaje, y que no estarás sola.

Pero no temas. Exprime al máximo el amor.

Aunque ahora no puedas verlo, es un regalo.

Alma miró la turmalina con la garganta constreñida por las emociones, sintiendo el peso de la piedra en sus manos.

La apretó con fuerza y retomó sus pasos de vuelta a la salida. Se detuvo justo antes de cruzar el umbral de la puerta, girándose lentamente hacia Lola.

—Tú ya lo sabías, ¿verdad? Antes de que pasara... Sabías que él volvería.

Lola la observó con tranquilidad, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. Entonces habló.

—Tal vez tú ya no lo recuerdes..., pero hace diez años lo predijeron las cartas.