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Volver a vivir en casa de su madre con más de treinta años no era precisamente su idea del éxito. Su antigua habitación estaba tal y como la había dejado. Le pareció un poco humillante echarse a llorar en una cama de metro veinte adornada con sábanas de Barbie, pero no tenía muchas más opciones.
Eric la llamaba todos los días. Aproximadamente treinta veces por hora. Eso sumaba un total de setecientas veinte llamadas al día.
Alma no contestó ninguna.
Solo necesitaba un poco de tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para sanar. Tiempo, sobre todo, para olvidar.
La imagen de Laura abriendo la puerta, con esa sonrisa petulante e hipnótica, le nublaba la razón.
Cuando le había contado a Emma aquel día lo sucedido, su amiga había intentado, hasta la saciedad, restarle importancia.
Le había dicho que no era para tanto, que le diera otra oportunidad, que solo había cometido un error.
Pero si algo no podía tolerar Alma era la mentira.
Creía que una relación que empezaba con esos cimientos estaba destinada a fracasar.
Y ya había fracasado suficiente en su vida.
Esta vez quería darse prioridad a sí misma, poner sus propios límites y respetarlos.
Aunque eso supusiera perder su corazón en el proceso.
Se pasó una semana sin salir de su cuarto. Comía minúsculas porciones de lo que su madre, con esfuerzo, cocinaba y le llevaba cada día: desayuno, comida y cena. Pero, en cuanto probaba el primer bocado, sentía que el estómago se le revolvía y tenía que correr al baño a vomitar.
Lo que nadie cuenta sobre los corazones rotos es que, cuando empiezan a sanar, es como volver a nacer. Tienes que aprender a hacerlo todo desde cero. Alma tuvo que aprender a comer, a dormir, a hablar..., y, aunque suene irónico, tuvo que aprender a llorar.
Porque siempre hay un momento, después del llanto descontrolado, en el que llega la apatía. Y, cuando eso sucede, también tienes que aprender a sentir.
Sobre todo cuando, por fin, consiguió retener lo que comía y comenzó a dejarse ver por el resto de la casa. Entonces tuvo que aprender a existir. Porque, aunque le habría gustado quedarse encerrada en su pequeña burbuja para siempre, sabía que a vivir solo se aprende viviendo.
Pero, como el dolor era demasiado grande y ella demasiado pequeña y sentía que se desbordaba de su cuerpo sin remedio, hizo lo único que sabía hacer en esas situaciones: escribir.
Día uno
Te has ido y te has llevado el calor contigo.
Día dos
Siento no haberte besado más aquella última vez.
Día tres
Ocupo mil lugares, pero no estoy en ninguno.
Al final, creo que estoy hecha de los recuerdos que abandonaste al irte. Tú te has ido, pero ellos siguen aquí.
Día cuatro
Sentí que era el viaje, pero creo que solo fui el área de servicio donde paraste para que tus penas descansaran.
Día cinco
En una vida paralela somos la eternidad y no el instante, doy a luz a un niño con tus ojos, tus dedos son satélites que acarician las constelaciones de mi espalda, mis poemas ya no lloran, soy la musa y no la artista, el gemido y no el suspiro.
En una vida paralela tú te quedas y yo no estoy escribiendo esto.
Día seis
Quise esperarte. Te juro que quise. Que las ganas se enredaron en mi pelo, que la ternura te construyó una casita para cuando quisieras regresar.
Te juro que quise no abandonarla nunca: la ternura, ni esta casa que es la tuya, ni estos poemas que hoy te escribo y que son lo único que tengo por si quieres regresar.
Día siete
Dime cuántas noches han pasado desde aquella última noche, en cuántos brazos has dormido desde que dejaste huérfanos a los míos. Y yo te confesaré que la esperanza es un sol que ya nunca alumbra, que la vida pasa y tú te acabas.
Dime qué será de mí cuando ya no quede nada de ti a lo que agarrarme.
Día ocho
Te he hecho un huequito en el olvido del que a veces te rescato para volver a cantarte. Hay noches en las que no te encuentro, hasta que me duermo y por fin lo entiendo y por fin te tengo.
Te esperé como la loca del muelle de San Blas, con todos nuestros sueños tendidos, impacientes y enajenados, vívidos de silencio.
He muerto tantas veces en esta vida que ya no sé qué realidad es la buena, qué realidad es la nuestra.
En qué realidad me desbordo de ti, en cuál nos atropellan recuerdos de juventud.
Dime en cuál me acaricias con manos arrugadas y escuchamos canciones de tiempos pasados, en cuál dijimos sí, en qué realidad ganó la partida el valor.
Día nueve
Déjame dormir en la palma de tu mano, descansar en la montura de tu pecho, ajena al devenir de esta vida que me despierta con jirones de pelo.
Acúname en tus párpados, acaríciame las mejillas con canciones de cuna y rayos de sol.
Permíteme que deje reposar mi sonrisa sobre un lecho ya nunca más compartido, donde abandonamos todos nuestros sueños, donde viven los recuerdos.
Día diez
No bastó con llenar de luz mis pies y alejarme de la insidiosa desnudez de tus labios. También tuve que colmar de fuego mi alma y quemar el recuerdo, construir un camino repleto de flores por el que no regresar.
No bastó con sangrar a cada paso.
Tus palabras fueron puñales. Tu mirada, un disfraz.
Mis manos se convirtieron en lluvia, y no bastó, no bastó. Cómo bastaría alejar mi cuerpo, si mi pecho, mi vida y mis cinco sentidos se quedaron atrapados para siempre en la sombra inmensa de tu despedida.
Día once
He cerrado los ojos para no verte ya, y en las noches más oscuras me sigue pareciendo que el hueco de mis brazos aún conserva la forma de tu cuerpo.
He tratado de abrir portales para colarme en tu mente, convertirme en fantasma para acariciarte la espalda. He revestido al vacío de gala. Mis piernas miden varios centímetros menos desde que han aprendido a no correr en busca de nada.
Siénteme en mitad de un orgasmo, como yo te siento cuando las palmas de mis manos se convierten en agua.
Día doce
Nunca sabrás cuánto dolor me costó tu ausencia, ni a cuántos dioses recé, cuántas madrugadas supliqué convertirme en colibrí para descansar en tu ombligo, las señales que busqué, las que me inventé con inescrutable tristeza, las cartas que saqué a la espera de alguna respuesta, las almas que torturé.
Lo cansada que se sintió la mía las veces que intenté desprenderla de mi cuerpo para que fuera a refugiarse en el tuyo.
Día trece
De todos nuestros recuerdos, duelen más aquellos que nunca tuvimos. Las despedidas prematuras envuelven cierta tristeza disfrazada de «qué habría pasado si...». A veces me pregunto si te acuerdas de mí. Yo aún conservo nuestras fotos. Me habría gustado llenar un álbum entero.
El primer día dejamos pasar mil trenes, aplazando el momento de decirnos adiós, y al final no pudimos hacer lo mismo con nuestra historia. Luego estuvimos hablando sobre lo difícil que había sido encontrarnos, y qué estúpido nos pareció a los dos pensar en perdernos.
Vaya puta ironía del destino, ¿no crees?
Pero, a pesar de todo, el alma no vibra con cualquiera, y yo siempre creeré que encajábamos como un puzle de dos piezas. Como un beso en un museo antes de que la vida diga: «En esta no, quizá en la siguiente».
Día catorce
Lo peor de morir por amor es que no te mueres.