La noche en que ardió el Guernica 19 #2
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—¿Se puede saber qué demonios te pasa? —Alma aún conservaba una sonrisa de picardía en los labios.

—No soporto a ese tío. Es insufrible.

—No hace falta que lo jures. Pero tampoco es necesario que lo evidencies de forma tan descarada.

—¿Y tú quieres explicarme qué es eso de que eras escritora «hasta hace doce horas»?

—Ah, sí, eso era lo que venía a contarte. Se podría decir que Martina me ha... digamos que despedido. Las palabras exactas creo recordar que fueron «Mientras yo pueda evitarlo, no volverás a publicar ni un solo libro en este país». O algo así.

Por supuesto, no le comentó nada acerca del chantaje, porque eso implicaría hablarle de las fotos que les habían sacado días antes y que Martina tenía en su poder.

No quería preocupar a Eric; pensaba que lo tenía todo bajo control.

El problema era que, cuanto más intentaba convencerse de ello, más dudas le surgían al respecto.

—¿Por lo que pasó con el tío ese? Me dijiste que era su marido, ¿no?

—Más o menos.

—Pero eso no fue culpa tuya; ¿se lo has explicado?

—Eso no fue culpa mía, pero... lo que pasó antes de eso, sí —comentó, bajando la mirada.

No hizo falta más. Eric entendió perfectamente a qué se refería.

Y, si con el tonteo de Víctor se había puesto celoso, con esto sintió que le iba a dar un brote psicótico.

Sabía que era algo irracional, que se iba a casar y que no estaba bien, pero ¿qué son los celos sino emociones que no atienden a razones?

Quiso preguntarle si había algo más que no le estaba contando, pero decidió no presionar. A veces, cuando alguien llega a ti hecho pedazos, solo necesita que lo sostengas un rato en silencio.

Dejó un billete de veinte sobre la barra y se levantó. Alma lo siguió de cerca. Ambos salieron del bar, dejando atrás el ensordecedor ruido que se respiraba dentro, y se dirigieron a la estación de Atocha. La ciudad empezaba a quedar tranquila a medida que avanzaban por las calles.

—¿Qué vas a hacer? —se interesó él después de un rato, con voz suave.

—No lo sé. Tal vez debería probar suerte en otro planeta. Porque, lo que es en este, estoy jodida.

—Lo resolveremos.

Al decir eso, sostuvo la mano de Alma entre las suyas, en otro de esos gestos espontáneos e irracionales tan propios de las personas enamoradas que aún no saben que lo están.

Y es que, en ese momento, buscar pretextos para sentir el tacto del otro, con la desesperación y el deseo de que su piel también vaya a tu encuentro, es un acto de rebeldía.

—He pensado en marcharme de verdad. Solo una temporada, lo justo para ordenar mis ideas. En realidad..., he venido para eso. Para despedirme. Supongo que, cuando vuelva, tú ya estarás en Alemania.

A Eric se le cortó el aliento.

—¿Cuándo te vas?

—No lo sé. Pronto. Tal vez mañana o pasado. Aún no he decidido siquiera el destino, pero necesito huir de aquí cuanto antes o me volveré loca.

—Siempre fuiste una chica de ideas claras... Eso no ha cambiado —observó con una sonrisa, intentando suavizar el golpe—. ¿Estarás bien sola?

—Eso tampoco ha cambiado. Siempre he sabido que mi soledad no es un desierto, sino un jardín.

Ese había sido uno de los mayores triunfos de Alma: disfrutaba de su soledad. Por eso le gustaba refugiarse en los libros, pues eran un arma contra la hostilidad del mundo. La literatura te encuentra a solas, pero siempre siempre siempre te hace sentir acompañada.

Cuando llegaron frente al reloj de Atocha, se detuvieron. Una oleada de recuerdos los golpeó sin previo aviso.

—¿Te acuerdas? —Una sonrisa melancólica se dibujó en los labios de Alma—. Aquí era donde solíamos quedar.

—¿Cómo olvidarlo? —Eric le devolvió la sonrisa con ternura.

—Recuerdo que, en nuestra primera cita, cogimos el mismo tren sin saberlo, solo que en estaciones distintas.

Íbamos enviándonos mensajes y, al darnos cuenta de que íbamos en el mismo, me puse tan nerviosa que, nada más abrirse las puertas, salí pitando para que no me vieras hasta que estuvimos fuera.

Eric prorrumpió en carcajadas al recordarlo.

—Sí, me acuerdo. Y también recuerdo que yo me quedé en mitad del andén, mirando a todos lados por si te veía. ¡Me hiciste parecer un auténtico idiota!

—¡Lo siento! Me daba muchísima vergüenza —exclamó ella sin poder parar de reír.

Cuando las carcajadas cesaron, volvió a instalarse entre ellos un silencio tranquilo pero denso, como si los recuerdos les hubieran dejado un sabor agridulce.

Estaban tan inmersos en aquel momento que, de haber podido, se habrían quedado a vivir en él para siempre.

Fue Eric quien rompió el silencio, con una pregunta que, aunque podía parecer casual, le quedó mucho más profunda de lo que pretendía.

—¿Volveremos a vernos?

—Claro. Siempre he querido probar el strudel de manzana —bromeó ella, aún sonriendo.

—Buen viaje, Alma.

—Buena vida, Eric.

Estuvo tentada de abrazarlo de nuevo, pero sabía que, si lo hacía, no se iría nunca. Así son las grandes historias de amor: nos anclan y nos elevan al mismo tiempo.

No era la primera vez que se despedían, pero en esta ocasión fue diferente: les dejó un sabor menos amargo.

Alma lo agradeció. Sin embargo, si algo tuvieron en común esas dos despedidas fue precisamente eso: la oportunidad que les brindó la vida de volar por separado y encontrar su propio cielo.

Aunque una parte de ellos se quedara a vivir para siempre dentro de un gran cuadro en un pequeño museo.