19
El segundo día del congreso fue mucho más tranquilo que el primero.
Eric ya se había adaptado al ambiente del evento.
En esta ocasión, se dedicó a hacer contactos y a participar en las actividades y concursos por pura diversión culinaria, dejando atrás la presión que lo había atosigado el día anterior.
Ya no tenía que esforzarse en demostrarle a nadie que era el mejor.
Víctor Morales seguía observándolo condescendiente cada vez que se cruzaban, con un gesto que prefería ignorar para no alterar su paz mental.
Siempre que podía, evitaba coincidir con él.
Sin embargo, parecía que no se cansaba de perseguirlo a cada paso, como si quisiera estar al tanto de cada uno de sus movimientos.
Aun así, el día transcurrió con aparente normalidad.
Exprimió hasta el último minuto. Se sentía cómodo en aquel ambiente y, por primera vez, se alegró de haber aceptado la invitación.
Cuando el reloj marcó las ocho, se cambió rápidamente y se dirigió hacia la salida, pensando ya en las experiencias que viviría al día siguiente.
Sería la última jornada del congreso y estaba emocionado ante el infinito abanico de posibilidades que se abría ante él.
Con lo que no contaba era con encontrar a Alma apoyada tranquilamente contra uno de los coches del aparcamiento.
Se acercó a ella con pasos vacilantes, temiendo que fuera una ilusión y desapareciera en cualquier instante.
Pero no fue así. Lo observaba como si no existiera nada más en el mundo, con más aplomo del que recordaba en ella, y, por un momento, se olvidó hasta de cómo caminar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó cuando llegó a su altura, con la voz ligeramente temblorosa.
—Preferiría que me saludaras como la gente normal, la verdad. «Hola, Alma, ¿qué tal? Qué alegría verte por aquí» y todo eso —ironizó imitando su voz, y Eric reprimió una carcajada.
—En primer lugar, yo no tengo esa voz de pito. Y en segundo... —Se acercó un poco más y le sonrió—. Hola, Alma, ¿qué tal? Qué alegría verte por aquí.
—Eso está mejor —respondió, esbozando una sonrisa.
De manera espontánea, le dio un abrazo a modo de saludo.
Para cualquiera que pasara por allí, no habría sido más que eso, un simple abrazo, pero para ellos fue la forma en que el tiempo se ralentizó y la prisa del mundo dio paso a la calma.
No lo habían premeditado; incluso a ellos los pilló por sorpresa.
Pero eso es lo mágico de los sentimientos: a veces cobran vida y se imponen antes de que puedas controlarlos, antes de que sepas siquiera que están ahí.
El amor no se caracteriza por la habilidad de camuflarse.
Puedes ocultarlo durante un tiempo, igual que puedes tapar el sol con un dedo, pero, al final, la Tierra sigue girando.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarme? —preguntó Eric cuando se separaron.
—Lo busqué en internet.
—¿Ahora me espías? —bromeó.
—Las redes sociales son un arma de doble filo. Por eso yo no tengo ninguna.
—Creía que habíamos decidido no volver a vernos...
—Yo lo decidí, no tú —puntualizó Alma con una leve sonrisa.
—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Quería verte. He tenido unos días... complicados. No sabía a quién acudir.
—¿Y yo he sido tu primera opción?
—La única, en realidad. No tengo muchos amigos.
Eric rio ante tal muestra de sinceridad. Así era como la recordaba: siempre pensando en voz alta, como si la vida no fuera con ella, haciendo las cosas a su manera. Perdida en su propio mundo, mientras él se moría por formar parte de ese universo íntimo y peculiar que habitaba dentro de sí.
Alma se había planteado muchas veces si ir a verlo.
La idea de que pudieran sacarles más fotos comprometidas la atormentaba .
No quería, ni podía, arriesgarse. Y, por supuesto, tampoco podía contarle a él lo que había sucedido.
Sin embargo, pensó que, al final, ya estaba todo perdido.
Martina ya tenía lo que quería y, por mucho que lo intentara, no podía borrar el pasado.
¿Qué quedaba por salvar? La sensación de que el daño ya estaba hecho la invadió por completo.
Lo único que le quedaba por hacer, entonces, era encontrarse con Eric una última vez, antes de que todo se viniera abajo.
—Eric, ¿no me presentas a tu amiga?
Al reconocer aquella voz a sus espaldas, él apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. Fue capaz de percibir la mirada soberbia de Víctor incluso antes de girarse.
—¿Qué tal, Víctor? Esta es Alma.
—Encantado, Alma —murmuró, plantándole dos besos con excesiva confianza.
Ella forzó una pequeña sonrisa, claramente incómoda.
—Un placer.
—El placer es mío... —susurró Víctor mientras la recorría con la mirada de arriba abajo. Eric tuvo que reprimir una mueca de asco. Menudo aguililla estaba hecho.
—¿Querías algo, Víctor? Ya nos íbamos.
—Felicitarte por el día de hoy; ha sido muy productivo.
—Tú tampoco has estado mal.
—Quería invitarte a tomar algo, por los viejos tiempos. Y, si lo desea, Alma puede acompañarnos.
—Oh, no, yo... ya me iba, solo pasaba a saludar. —Lo último que le apetecía era tener que socializar; nunca se le había dado bien.
—Yo también me iba. Mejor lo dejamos para otro día, Víctor. Pero gracias.
—¡Vamos! No seáis aburridos —insistió—. Solo una hora. No os robaré más tiempo. Nos tomamos una cerveza y luego os dejo seguir con lo vuestro. Además, me encantaría saber más sobre Alma...; su cara me resulta familiar.
Alma no supo si lo decía en un patético intento de ligar con ella o porque de verdad la había reconocido.
Al fin y al cabo, su cara empapelaba toda la ciudad.
Pero lo que, sin duda, la puso de los nervios fue que hablara de ella como si no estuviera delante.
Era guapo, parecía interesante...; quizá, en otro momento, podrían haberlo pasado bien.
Si no hubiera sido por Eric y porque la mirada de aquel hombre era un témpano de hielo.
Alma tenía un sexto sentido para calar a la gente, y Víctor no le parecía de fiar.
Eric la miró en busca de su aprobación. Sabía que, si ella no quería, no importaba cuánto insistiera, pues no irían a ninguna parte. Finalmente, pensó que una cerveza no podía perjudicarle e hizo un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza que él captó al vuelo.
—Está bien. Solo una hora.
Subieron al coche de Víctor y se dirigieron a un pequeño bar en la ronda de Atocha, donde se acomodaron en unos taburetes junto a la barra. Pidieron cada uno una cerveza, mientras que Alma optó por un zumo de melocotón.
—No me miréis así. No me sienta bien el alcohol.
Víctor rio con falsedad mientras dejaba caer una mano sobre la rodilla de Alma.
Este había cometido el error de sentarse en medio de los dos.
O tal vez no: quizá él, astuto como pocos, había buscado la manera de colocarse justo a su lado.
Eric no pasó por alto cómo la devoraba con la mirada.
Y lo entendía. Alma era una jodida locura.
Pero, aun así, tuvo que reprimir las ganas de pegarle un puñetazo cada vez que le ponía una mano encima.
—Me encantas, Alma. Eres tan... auténtica —confesó Víctor, y a Eric le dio la sensación de que ella se ruborizaba.
«Vamos, nena, eres más inteligente que esto», quiso decirle. Pero se contuvo y dio un trago a su cerveza, porque la otra opción era estampársela en la cabeza a ese cretino.
—¿Tú también eres cocinero? —Alma intentó cambiar de tema antes de que la incomodidad fuera en aumento.
—Sí. Me sorprende que Eric nunca te haya hablado de mí. Estudiábamos juntos; ¿sabes? Éramos buenos amigos.
—Nunca fuimos amigos, Víctor.
—Bueno, ¿a quién le importa, a estas alturas? Mejor háblame de ti. ¿A qué te dedicas? —siguió insistiendo Víctor, ignorando por completo la presencia de Eric en aquel lugar.
—Oh, soy escritora. O lo era, hasta hace doce horas —murmuró mientras intentaba restarle importancia a sus palabras.
—¿Cómo? —exclamó Eric, al tiempo que Alma le lanzaba una mirada de «ya te contaré».
—¿Y qué escribes? —insistió Víctor.
—Novelas románticas, principalmente.
—Suena interesante. ¿Me dejarás leer alguna un día de estos? —musitó con un tono profundamente pícaro mientras se acercaba más a ella, hasta que sus rodillas se rozaron.
Eric apretó los dientes y tensó los músculos, haciendo un esfuerzo por contener la ira al tiempo que le daba un sorbo a su cerveza. Cualquiera que lo hubiera visto habría dicho que estaba... ¿celoso?
—Vaya, eso sí que es una sorpresa. No sabía que supieras leer —espetó de pronto, y Alma casi se atragantó con el zumo de melocotón.
—¿Disculpa? —Víctor boqueó como un pez fuera del agua, visiblemente desconcertado.
—Bueeeeno..., ¿quién quiere otro zumito? —intervino Alma rápidamente, tratando de apaciguar las aguas.
—Me ha encantado conocerte, preciosa, pero creo que será mejor que me vaya. Percibo demasiadas tensiones por aquí.
—¿Qué? No, qué va. Él se comporta así siempre.
—No, no lo hago —afirmó Eric con la mirada fija en Víctor. Alma movió los labios como diciendo «cá-lla-te».
—Me encantaría volver a verte, Alma. —Víctor se levantó y anotó su número en una servilleta—. Llámame si te apetece. Podemos tomarnos algo tú y yo. Solos —añadió, dirigiendo una mirada desafiante a Eric, que puso los ojos en blanco y respondió con un suspiro de desdén.
Ella asintió con la cabeza y se despidió de él con dos besos. En cuanto Víctor salió del bar y ella se dio la vuelta hacia Eric, este creyó que lo miraría encolerizada. En cambio, hizo algo que no esperaba: se rio. Se rio a mandíbula batiente, como si no lo hubiera hecho en años.
Tenía un brillo travieso en los ojos que lo hizo enloquecer hasta el extremo.
Y sintió unas irresistibles ganas de tumbarla sobre la barra, arrancarle la ropa y hacerle el amor allí mismo hasta oírla gritar de puro placer.
Joder. Claro que estaba celoso. Puede que nunca se atreviera a reconocerlo en voz alta, pero no era necesario.
Esa certeza hizo tambalear el prometedor futuro que había construido.