18
Los tacones de Alma repiqueteaban sobre el suelo de mármol a medida que avanzaba por el pasillo vacío de la editorial.
En cuanto la vieron entrar, se hizo un silencio absoluto.
Las miradas de desdén oscilaban a sus espaldas y el eco de los murmullos entre los trabajadores se intensificaba a cada paso que daba hacia el despacho de Martina.
Algunos se apartaban de su camino sin inmutarse apenas.
Otros, en cambio, preferían farfullar algo en voz baja antes de retomar sus labores.
El ambiente estaba cargado de desprecio, sonrisas cómplices y gestos condescendientes que ninguno se esforzaba por ocultar.
Se detuvo al final del pasillo antes de atreverse a llamar a la puerta, preguntándose por qué su editora la había hecho acudir con tanto apremio.
Las palmas le sudaban, y el desmayo estaba tan solo a un paso de distancia.
Tragó saliva y tocó con los nudillos, esforzándose por aparentar una calma que ni siquiera tenía previsto hacer acto de presencia.
Martina no se hizo de rogar. Imponente, con una seguridad que parecía no conocer límites.
Tras su metro ochenta y su radiante sonrisa, podía ocultar desde una simpatía desbordante hasta unas ganas descomunales de destruirte.
Por eso, cuando Alma la vio allí de pie, dedicándole esa sonrisa tan perfectamente controlada, tembló.
Se hizo pequeñita hasta desaparecer bajo aquella mirada que la observaba con atención y frialdad.
—Querida, qué bien que ya estés aquí. Pasa, por favor.
Parecía extrañamente tranquila; irradiaba una calma antinatural que erizó el vello de la nuca de Alma y la puso en alerta, como si estuviera ante un depredador.
—He venido en cuanto he podido. Por teléfono parecía algo urgente.
—Lo es; descuida. Me gustaría que le echaras un vistazo a algo.
La mujer cogió un sobre marrón de su escritorio y se lo entregó, ordenándole que lo abriera.
Ella obedeció y lo abrió con dedos temblorosos.
De su interior sacó varias fotografías. Al principio no entendió nada, pero, cuando prestó más atención al contenido, se le paró el corazón.
Aquellas imágenes eran de ella. De ella y de Eric.
Se las habían hecho días antes, después del incidente en el restaurante.
En ellas, se los veía paseando por Madrid, cada uno con un perrito caliente en la mano, hablando, riendo, con miradas y gestos cómplices.
En algunas, debido a la perspectiva desde la que se habían tomado, parecía que estuvieran besándose.
—¿Qué es esto? —Alma apenas podía articular palabra.
—Esto, querida, es la importancia de tener buenos contactos. —Hizo una pausa, esperando a que le contestara, pero ella ni siquiera se movió—. Es él, ¿verdad? Es el chico en el que te inspiraste para tu libro; ¿me equivoco? Es guapo.
Alma tragó saliva. Por supuesto que no se equivocaba.
—¿Adónde quieres llegar? —preguntó finalmente.
—Fácil: quiero que hagamos un trato —confesó Martina con la voz calmada, imperturbable—. Tranquila, no pongas esa cara. Está en tus manos aceptar. Aunque, si eres un poco inteligente, lo harás. A no ser que quieras que todo el mundo las vea, claro.
Comenzaron a temblarle las piernas y la voz apenas salía de su garganta, como si las palabras se hubieran quedado atascadas.
Miraba de un lado a otro, buscando una escapatoria.
El aire le quemaba los pulmones, pero no podía moverse.
Su corazón latía desbocado, y cada sonido a su alrededor parecía amplificarse en su cabeza, como el eco de su propio miedo.
Era como un cachorro asustado y perdido, sin terminar de entender qué estaba pasando.
—¿Te has vuelto loca? —pronunció con un leve susurro.
—¿Loca? ¿Todavía tienes el valor de llamarme «loca» después de haberte follado a mi marido?
Alma palideció de inmediato.
—Yo... puedo explicarlo.
—Déjalo. No me interesa. —Hizo un gesto con la mano, como si, realmente, le importara más bien poco—. Tu contrato queda, digamos, parcialmente anulado.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, si no quieres que estas fotografías vean la luz, de ahora en adelante las ganancias totales que generes con tu libro serán para mí. Al completo.
—¿Me estás amenazando? —masculló Alma.
—Oh, no, querida. Pero ya sabes cómo funcionan las redes sociales.
Con un poco de información puedes tener acceso a cualquier cosa.
O a cualquier persona. —Hizo una pausa y sus ojos brillaron con satisfacción—.
He hecho una búsqueda rápida, ¿sabes? Tiene una novia muy guapa, a quien dudo que le guste saber a qué se dedica él en sus ratos libres.
Aunque, quizá, claro, debería contárselo.
Ya sabes, por sororidad femenina. Sería tan fácil escribirle un mensaje anónimo...
—Chasqueó la lengua al tiempo que le dirigía una mirada cargada de desprecio—.
Pero no creo que eso me beneficiara mucho.
Dime, ¿qué conseguiría? Absolutamente nada.
En cambio, la cosa sería bien distinta para mí si esas imágenes salieran a la luz...
, ya sabes, de forma pública. Al fin y al cabo, tus fieles fans se mueren por saber quién fue el chico que te rompió el corazón.
¿No es interesante? Un par de llamaditas a algunos periódicos nacionales y tendrán esa información en bandeja de plata.
—No puedes hacer eso —se defendió Alma, con un hilo casi imperceptible de voz.
—Yo puedo hacer lo que me plazca. Y no estás en condiciones de ponerte exigente.
—Puedo denunciarte.
Martina estalló en una carcajada. Su risa, cruel y vacía, resonó por todo el despacho.
—Sinceramente, querida, me importa un bledo. No tienes lo que hay que tener; en cambio, sí que tienes mucho que perder. Más que yo, de hecho.
—Por favor, Martina...
—¿Eso es una súplica? Qué tierna... —La ironía era palpable en su voz, cargada de veneno, como una víbora a punto de atacar.
—¿Qué es lo que quieres?
—Ya te lo he dicho. Las ganancias totales de los libros que hayas publicado con esta editorial.
Después, harás un comunicado diciendo que te tomas un descanso, que no encuentras la inspiración, o lo que se te ocurra.
Sinceramente, no me importa. —Se acercó a Alma hasta quedar a un palmo de su cara—.
El caso es que no volverás a publicar ni un libro más con nosotros.
Y, de hecho, cariño, voy más allá: mientras yo pueda evitarlo, me encargaré de que no vuelvas a publicar con ninguna otra editorial.
Al menos, en este país. Eso te lo garantizo.
Así que te aconsejo que recojas la poca dignidad que te queda, si es que te queda alguna, des media vuelta y te vayas de aquí con la cabeza bien agachadita, si no quieres que la amenaza se extienda al continente entero.
Eres una chica lista. Sabes lo que te conviene.
Alma le sostuvo la mirada, intentando no derrumbarse frente a ella.
Trató por todos los medios de buscar las palabras adecuadas, de llegarle al corazón, a esa parte humana que aún debía de haber en ella.
Ablandarla y que todo quedara en una burda discusión.
Pero sabía que no había nada que pudiera hacer o decir. Todo estaba perdido.
Su carrera estaba acabada. Alma ya no concebía una vida sin escribir, sin la ovación del público cada vez que anunciaba una nueva novela ni la calidez que le demostraban en cada presentación. No sabía cómo podría sobrevivir sin ello a partir de ese momento.
—¿Quién te lo ha contado? —preguntó. Aunque no había que ser muy perspicaz para imaginarlo, quiso confirmar sus sospechas.
—¿Quién va a ser? Él. Aunque tampoco hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta. Vi cómo te miraba en el restaurante. Era tan evidente...
Hijo de puta.
Esa era su venganza. Al final, sí había cumplido su amenaza.
Las palabras de Pedro resonaron en su cabeza, martilleándole el cráneo: «Tu mediocre carrera ha acabado».
Y lo había llevado a cabo.
—Lo siento, Martina. Sé que el daño ya está hecho, pero lo lamento de verdad. Si pudiera borrarlo, lo haría. No pido que te retractes de tu decisión; es posible que me lo merezca; solo quiero que sepas que lo lamento profundamente.
—No eres la primera, Alma. Y tampoco serás la última. Soy consciente de que Pedro me es infiel desde hace años.
En el fondo, no la sorprendió esa confesión. Sintió ganas de abrazarla, pero supuso que lo último que necesitaba en esos momentos era un abrazo de ella.
—No te voy a preguntar por qué no lo dejas; tus razones tendrás. Pero sí espero que algún día te des cuenta de que eres mejor que él.
Estuvo tentada de contarle lo sucedido en el restaurante, pero tenía claro que lo más probable era que no la creyera.
Y, total, aunque lo hiciera, ¿qué importaba?
Nadie la había obligado la otra noche a acostarse con él.
Era adulta y había tomado su propia decisión.
Ahora solo le quedaba lidiar con las consecuencias, porque todos los actos tienen repercusiones, tanto los buenos como los malos. Especialmente los malos.
Giró sobre sus talones y salió del despacho de Martina sintiendo cómo le ardían los lagrimales.
En cuanto la vieron volver, todos parecieron disimular, como si hubieran estado aguardando en silencio, esperando captar algunas de las palabras que se habían dicho dentro.
Aquellas miradas le quemaron más que la conversación que acababa de tener.
De camino al metro, rompió a llorar. Por suerte, nadie parecía prestarle atención. Es una de las cosas buenas de Madrid: a nadie le importa si estás llorando a moco tendido en mitad de la calle. Todos van con demasiada prisa como para detenerse a contemplar las desgracias ajenas.
«Ya se me ocurrirá algo», pensó.
Al fin y al cabo, cualquier editorial querría publicar un libro de Alma Ferrer. Por favor, si su nombre aparecía incluso en los carteles publicitarios de Callao...
Pero ella no era la única con repercusión en la literatura.
Sabía el poder que tenía Martina sobre el mundo editorial en España.
Y, en el fondo, era consciente de que, por mucho que quisiera convencerse de lo contrario y pensar que, al fin y al cabo, era la mismísima Alma Ferrer, su exeditora tenía razón: si ella quería, no volvería a sacar ni un solo libro en este país.
Y, si lo hacía, aquellas imágenes saldrían a la luz, y no solo la perjudicarían a ella.
Esa idea la atormentó de regreso a casa.
Cuando llegó, Simba corrió a recibirla. Eso pareció calmarla durante unos instantes, pero, cuando se tumbó en la cama, solo un rostro le vino a la cabeza: la única persona con la que querría estar en ese momento para acallar las voces que gritaban en su interior.
Eric.