La noche en que ardió el Guernica 17
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Habían pasado dos días desde su encuentro con Alma.

Aunque había respetado su decisión de no ponerse en contacto con ella, no había dejado de pensar ni un solo segundo en aquella noche y en la conversación que compartieron.

En particular, en una de las últimas cosas que le dijo: «Hay cosas que nunca se superan del todo».

Eric había comprendido perfectamente lo que Alma quería decir, pero su mayor temor era enfrentarse a la incertidumbre de si él las había superado. Y, si no..., ¿cómo podría seguir con la vida que había establecido?

Intentó desterrarla de sus pensamientos y centrarse en el largo día que tenía por delante. Necesitaba disponer de sus cinco sentidos al completo, especialmente en ese momento.

Al cruzar el umbral del recinto de IFEMA, la magnitud del evento lo golpeó como un huracán.

Aunque no era fácil de impresionar, aquello lo dejó sin aliento.

El ruido, la multitud, las luces..., todo se multiplicaba en su cabeza, dejándolo sin aire.

Se sintió pequeño e insignificante en medio de aquel caos, pero, al mismo tiempo, profundamente afortunado.

Cuando el día llegara a su fin, probablemente llamaría a Matthias para darle las gracias, pero ahora prefería centrarse en arrepentirse de haber aceptado aquella locura.

Productores y expertos en gastronomía se movían por los pasillos con soltura, cada uno perdido en su propio mundo. Eric reconoció a algunos chefs de renombre, que parecían ser los pilares del evento.

Los estands de productos gourmet desplegaban colores vivos y aromas exquisitos.

La luz artificial iluminaba el espacio con una intensidad que hacía brillar cada superficie, desde las vitrinas llenas de alimentos exóticos hasta las mesas donde se exhibían utensilios de cocina de última generación.

Lo observaba todo minuciosamente, con una mueca entre la fascinación y el aturdimiento.

Buscó con la mirada el punto de registro y acreditación. Estaba cerca de la entrada principal; se aproximó con pasos decididos. La chica del mostrador lo recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —comenzó—. Soy Eric Acevedo, chef. Vengo de Alemania, de parte de Matthias Müller.

—Un segundo, por favor.

La chica tecleó rápidamente en el ordenador y, en un instante, le entregó a Eric una tarjeta de acceso personalizada con su nombre y varios códigos QR. Además, le ofreció un programa detallado que incluía toda la información necesaria.

—Esta acreditación le da acceso a todas las áreas y actividades del evento, incluidas la sala de conferencias, las demostraciones en vivo y otras zonas exclusivas para los participantes.

En el material encontrará los horarios de las actividades, los mapas del recinto y todos los detalles sobre las demostraciones o competencias en las que esté involucrado.

Si tuviera algún problema o perdiera la tarjeta, por favor, regrese aquí y avísenos de inmediato.

—Gracias. Muy amable.

—Disfrute.

Eric se perdió entre los pasillos del recinto, indeciso sobre adónde acudir primero.

Al final decidió entrar en una sala al azar y se encontró con una ponencia que se estaba llevando a cabo en el auditorio principal.

Aunque el tema que trataban le resultaba sumamente interesante, su mente no dejaba de volar hacia Alma.

Se preguntó qué estaría haciendo en ese momento, cómo estaría...

y, por un instante, se olvidó por completo de dónde se encontraba.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que alguien había tomado asiento a su lado.

—Eric Acevedo. Qué sorpresa verte por aquí. Te he estado observando desde que has entrado, ¿sabes? Casi no te reconozco. Ha pasado tanto tiempo...

Eric se giró hacia el lugar de donde provenía esa voz, intentando recordar dónde la había oído antes.

—¿Te conozco? —Entrecerró los ojos, tratando de hacer memoria.

—Víctor Morales —se presentó el hombre, sonriendo con cierta arrogancia—. Estudiamos juntos en la escuela de cocina.

Ese nombre lo atravesó como un rayo: Víctor Morales. Su competencia constante. Su mayor rival durante aquellos años en TELVA. El hombre que convertía cualquier ocasión en una batalla despiadada por ser el mejor.

Eric lo observó con atención, recorriendo cada detalle con una mezcla de asombro y curiosidad.

Había algo distinto en él. Un aire de madurez que antes no poseía.

Siempre había sido un hombre atractivo: la barba espesa le confería un toque rudo, y sus ojos grises —fríos como témpanos de hielo— aún guardaban esa capacidad de transmitir cierta indiferencia calculada.

El cabello, despeinado a propósito, le confería una actitud rebelde.

Los músculos, ahora más definidos, se adivinaban bajo la ajustada camisa blanca.

Parecía como si su imagen exterior fuera solo una frágil capa que ocultaba un poder latente.

—¿Me recuerdas ahora? —preguntó, disfrutando visiblemente de la turbación en la mirada de Eric.

—Víctor, ha pasado mucho tiempo.

—Oí que te habías marchado de España —dijo, evaluando cada uno de sus gestos.

—Sí, así es. He vuelto para el congreso; no me quedaré mucho.

Víctor lo miró con una ligera sonrisa de satisfacción.

—También he oído que te vas a casar. Enhorabuena.

Eric lo miró fijamente, con el estómago revuelto por la incomodidad.

—¿Qué quieres, Víctor? —preguntó al fin, yendo al grano.

Sabía que Morales no era un hombre que se anduviera por las ramas. Todo lo que hacía tenía siempre una doble intención oculta, y él no estaba para rodeos.

—Solo desearte buena suerte... y darte la bienvenida. Espero que disfrutes del evento. Ya nos veremos.

Sin decir nada más, se levantó de la silla y salió de la sala con paso firme y en completo silencio. Eric se quedó petrificado en su sitio. Había algo en él que siempre lo ponía en alerta. No tenía dudas de que su nombre era sinónimo de problemas.

Al terminar la ponencia, Eric merodeó sin rumbo, buscando un lugar donde poder asentarse.

En uno de los estands más exclusivos del evento se estaba llevando a cabo una cata de vinos.

Intrigado, se acercó. Un hombre mayor, de pelo canoso, le sonrió con una copa de vino en la mano. El tinto brillaba con un tono profundo.

—¿Por qué no lo pruebas? —sugirió el hombre con tono afable—. Este vino es exquisito. Proviene de la región de Burdeos, y es elegancia en su máxima expresión. De esos que no solo se degustan, sino que se experimentan. Ten, dale un trago.

Le acercó la copa a Eric, quien, sin pensarlo demasiado, la aceptó. Dio un pequeño sorbo y dejó que los matices se desplegaran lentamente en su paladar.

—Es estupendo —exclamó con un brillo de entusiasmo en los ojos.

—Gabriel Acosta —se presentó, extendiendo la mano con una sonrisa cálida—. Encantado de conocerte.

Eric estuvo a punto de atragantarse con el vino.

—Señor Acosta, es... un placer —respondió rápidamente, sintiéndose un poco incómodo—. Yo... lo lamento, no lo había reconocido. He estado un tiempo fuera de España y me siento algo perdido.

Gabriel rio, restándole importancia. Pero Eric se sintió un completo estúpido por no haber sabido reconocer a uno de los chefs más célebres del país, al que, además, admiraba profundamente.

—Yo sí sabía quién eras. —Una sonrisa cómplice enmarcó el rostro de Gabriel—.

Por eso me he acercado a hablar contigo.

—Hizo una pequeña pausa antes de continuar—.

¿Sabes? Estuve dudando mucho sobre si venir o no este año.

Al fin y al cabo, siempre es lo mismo. Pero, cuando supe que tú ibas a estar, no lo dudé ni un segundo. Quería conocerte.

—¿A mí? —Arqueó una ceja confundido—. Creo que se equivoca de persona.

Gabriel no pudo contener la risa.

—No, muchacho, me parece que no me equivoco. A no ser que tú no seas Eric Acevedo.

Él lo miró con extrañeza.

—¿De qué me conoce?

—Soy un buen amigo de Matthias. Ese hombre habla maravillas de ti. Le prometí que te trataríamos bien.

—Me siento muy halagado, señor Acosta. No puede hacerse una idea de cuánto lo admiro.

—Por favor, llámame Gabriel —le pidió con una sonrisa genuina.

—Está bien..., Gabriel.

—En media hora tendrá lugar una demostración culinaria en vivo —anunció el hombre, con entusiasmo profesional—. Yo soy uno de los críticos al mando y me encantaría que participaras. Me gustaría probar tu cocina, ver con qué nos sorprendes. Tal vez podamos hacer negocios.

Eric sintió una punzada de emoción. La oportunidad que le acababa de surgir era mucho más de lo que se había esperado al llegar.

—C-claro —tartamudeó—. Será un placer.

—Nos vemos allí, entonces.

Gabriel se alejó y él se quedó flotando en una nube, preguntándose qué demonios acababa de pasar.

Lo único que sabía era que una de las figuras más destacadas del ámbito culinario de España estaba interesada en él.

Quizá podrían llegar a un acuerdo que los beneficiara a ambos.

Joder, si no hubiera sido porque estaba rodeado de profesionales, habría dado saltos de alegría.

El silencio de la sala solo era roto por el murmullo de las decenas de chefs que trabajaban frenéticamente y el sonido constante de los cuchillos al cortar los ingredientes.

Eric miró a su alrededor, sintiendo que la presión aumentaba, sin saber por dónde empezar.

La sangre se le heló al alzar la vista y reconocer a los críticos gastronómicos, que lo observaban todo con una atención pasmosa, sin perder detalle.

En medio de ellos estaba Gabriel Acosta; a su derecha, Julián Vázquez, un chef conocido por su cocina de autor, y a su izquierda... , Víctor Morales.

«Genial —pensó Eric—, empezamos bien».

Se esforzó en no sentirse condicionado por la presencia de Víctor e intentó autoconvencerse de que la gente cambia.

Al fin y al cabo, habían pasado catorce años desde la última vez que se vieron.

Catorce años son suficientes para crecer y dejar las tensiones del pasado atrás.

Tomó aire y, con determinación, se puso a trabajar.

Por suerte, tenía libertad creativa. Eso era todo lo que necesitaba. Así que optó por preparar su plato estrella: un ceviche de atún rojo con espuma de coco y lima.

Comenzó cortando el atún en dados muy pequeños, manejando el cuchillo con destreza.

Cuando los tuvo listos, los metió en un bol y los marinó con zumo y ralladura de lima.

Añadió cilantro fresco y removió bien. A su alrededor, todo era un caos absoluto: chefs corriendo de un lado a otro, gritos, tensión, rivalidades.

El nerviosismo que se respiraba era palpable.

Sin embargo, Eric no dejó que la situación lo sobrepasara y se mantuvo imperturbable, haciendo un esfuerzo por mantener la calma.

Continuó con su plato, ajeno al trabajo de los demás, pero no le pasó desapercibido que lo observaban con atención muchos profesionales con los que compartía espacio.

Y también por algunos de los miembros del jurado.

Víctor Morales merodeaba a su alrededor con la única finalidad de sacarlo de sus casillas, mirándolo siempre por encima del hombro. Sin embargo, se armó de paciencia, ignoró su presencia y siguió cocinando sin perder la calma.

Mientras el atún reposaba, Eric se puso con la crema de coco. La preparación era meticulosa. Tuvo en cuenta cada uno de los detalles. Cuando todo estuvo listo, procedió a realizar el montaje del plato y lo sirvió.

La verdad era que, en apariencia, había pocos platos en aquella cocina que tuvieran mejor aspecto.

Pero, como siempre, él no tenía la última palabra.

El primer crítico en probar el ceviche fue Julián Vázquez, quien lo miró con cierto escepticismo.

Al llevarse el tenedor a la boca, abrió los ojos de par en par y asintió lentamente, impresionado.

Acto seguido, se giró hacia Gabriel, le susurró al oído algo que Eric no alcanzó a captar y se alejó de allí con pasos seguros.

Un hombre de pocas palabras.

Le tocó el turno a Víctor. Eric tembló, pero no se dejó intimidar y levantó la cabeza con orgullo. No apartó la mirada mientras probaba el ceviche con gesto impasible.

—Está soso —fue lo único que dijo.

Eric se obligó a mantener la compostura, respirando hondo. «Bueno, podría haber sido peor», pensó.

Finalmente, llegó el turno de Gabriel Acosta. Eric se tensó, pero el chef no tardó en probar el ceviche con una sonrisa ligera. Su rostro se tornó serio mientras masticaba, y Eric contuvo la respiración. Cuando por fin terminó, sus ojos brillaron con satisfacción.

—Chico, Matthias no exageraba ni un poco. Esto está increíble. De verdad, uno de los mejores platillos que he probado en todos los años que llevo como jurado. Enhorabuena.

Una sonrisa de alivio y orgullo apareció en el rostro de Eric, y se amplió cuando Acosta le tendió una tarjeta con su nombre y su número de teléfono.

—Llámame esta semana; ¿quieres? Me parece que podríamos llegar a un acuerdo.

Mientras Gabriel se alejaba, Eric se quedó inmóvil en su sitio.

Muchos de sus compañeros lo observaban con cierta admiración, y tuvo que reprimir la sonrisa, sobre todo al notar que Víctor Morales se encontraba entre ellos, analizando la situación con una mueca de frustración.

No pasó por alto que estaba verde de envidia.

Sabía que las cosas no se quedarían ahí, porque así funcionaba todo con él.

Pero ya no le importó.

«A la mierda con el puto Víctor Morales», pensó.

Eso podía suponer un punto de inflexión en su vida y en su carrera.

Y eso era lo único que contaba.